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sábado, 29 de mayo de 2021

Digo yo que torear será también esto otro

Por Jose Morente

Emilio Muñoz espatarrado.

Dicen que torear es esto que se ve en la foto. Dicen que lo más fácil es dejar pasar a los toros a su aire con el torero fuera de su trayectoria y dicen además que si escondes la pierna y te pones de perfil, es más ventaja todavía; pues dicen que lo que da miedo y tiene riesgo es darle a los toros el pecho y las ingles muy asentado. Dicen que, al estar cruzado tienes que hacer que el toro cambie su viaje y te rodee y si lo traes enganchado en la bamba y le arrastras la muleta muy ceñido, el toreo es más puro y verdadero y dicen que eso es lo más difícil de hacer. Dicen que, por eso algunos han inventado el toreo moderno: para buscar más ventajas y menos riesgo. Dicen y dicen y no acaban de decir.

Digo yo que me parece bien lo que dicen, que el toreo es y será eso que dicen. Pero también digo yo que torear no será sólo eso. Digo yo que torear no será sólo cruzarse con gesto tenso y crispado en el camino del toro. Digo yo que torear será también estarse quieto, sin menear los pies y sin abrir en exceso el compás, dejando que el toro pueda elegir, llevando al toro por su camino con los vuelillos de la muleta, con un leve movimiento del brazo o, si me apuran, con un leve movimiento de la muñeca o de los dedos. Economía de movimientos. Sin estridencias ni violencias. Sin retorcimientos. Con naturalidad, parsimonia y elegancia. La difícil facilidad. Patrimonio de genios. Como quien no hace nada ¿nada? 

Digo yo que torear será también esto otro ¿O no?

Pepín Martín Vázquez relajado y natural. ¿Esto no es torear?

miércoles, 26 de mayo de 2021

Juan Ortega en el aire de Pepín

Por José Morente

Natural de Pepín Martín Vázquez en un tentadero. Sobran los comentarios.


El toreo de Pepín

Pocos toreros han toreado como él. Pepín Martín Vázquez gustaba del toreo relajado y natural, basado en mínimos movimientos de la muñeca o los dedos. Citando de perfil y con la muleta a la altura de la cintura, dejando llegar al toro y acompañando con suavidad para enganchar un natural tras otro. Sin estridencias ni violencias. Toreo de alta alcurnia. Toreo elegante, de guante blanco. 

La foto del natural que encabeza esta entrada exime de cualquier comentario. No se puede torear más relajado ni se puede estar más tranquilo delante del toro. El muletazo se adivina lento y parsimonioso.

Si bien es cierto que cada torero, cada buen torero, tiene su propio estilo, no lo es menos que el torero, como todo artista, no crea de la nada, sino que se inspira en el toreo de aquellos que le han precedido. Ya sea para tomarlos como referencia o para superarlos o contradecirlos. Es un proceso creativo complejo que se caracteriza por la mezcla de ingredientes diversos. Lo importante es que el artista, el creador acabe incorporando todas esas referencias pasándolas por el matiz de su propia personalidad. Es lo que hizo Pepín con el toreo de Manolete.

Pepín Martín Vázquez bebió en la fuente limpia y clásica de Manolete pero le imprimió, al toreo seco y austero del genial cordobés, los aromas sevillanos del mejor Chicuelo. Era esa su forma de ser o estar en la plaza. Una mezcla explosiva y adelantada a su tiempo que todavía sigue dando sus frutos.


El toreo de Juan Ortega

Juan Ortega es torero de nuestra época. Una época que exige, igual que pasaba en la edad de Plata, una gran capacidad técnica. Hoy muchas cosas (los matices del cite y la colocación de la muleta, por ejemplo) son diferentes a los de la época de Pepín. 

Pero salvando las distancias de tiempo y estilo personal, el toreo de Juan Ortega bebe en la fuente puras del toreo de Pepín. Su devoción o pasión por el torero de la Resolana es conocida y declarada. También por otros toreros de clase como Pepe Luis Vázquez, pero sobre todo por Pepín. 

Ese gusto por un toreo de mínimos gestos, que casi elimina los movimientos del torero ("menos es más", que dijera Mies Van der Rohe), con unos movimientos que nunca son bruscos ni violentos, ese gusto por el temple y por las cadencias, por la naturalidad que propicia cierta verticalidad o esa demora o falta de prisa evidenciada en la ejecución de las suertes, tan despaciosas, tan lentas, hacen de nexo, de fuerte nexo, a través del tiempo, entre el toreo de ambos toreros. 

Para suerte nuestra.





La fotografía lo dice toro. El toreo de Juan Ortega en el aire de Pepín.


sábado, 24 de febrero de 2018

Antología del toreo. El natural (I)

Por Jose Morente

El toreo al natural tiene un legítimo dueño y señor: Manolete

Es una lástima que se inventara tan tardíamente la fotografía y más tarde aún el cinemascopio. De haber llegado antes hoy hubiéramos podido disfrutar con las hazañas y proezas de Pedro Romero, Hillo, Costillares, Curro Guillén, Paquiro, Cúchares, el Chiclanero, El Tato, el Gordito, etc.. Y con tantos otros que en el mundo han sido.

Pero no nos lamentemos y vamos a conformarnos con lo que tenemos y de lo que tenemos, aunque lo ideal fuese la película, nos quedan las fotografías, esas antiguas fotografías que nos permiten aislar un lance, un instante, un detalle y captar el momento, el gesto, esa pierna que avanza, ese mano que no torea, esa mandíbula que se hunde en el pecho...

La fotografía no es el toreo pero es parte del toreo. Vamos pues a rescatar del baúl esas viejas y amarillentas fotografías del toreo. Lance a lance, aquí está la memoria gráfica de la evolución de las distintas suertes que es, a fin de cuentas, la historia del toreo.

Hoy empezamos esta serie con EL NATURAL


El natural primitivo de Vicente Pastor


El natural primitivo. Un natural por alto de Vicente Pastor. De cabeza a rabo, barriendo los lomos del toro. La ortodoxia decimonónica del pase natural que era en origen un pase aislado. El único natural legítimo para los aficionados antañones incluso cuando, años después, ya se toreaba por bajo y en redondo.


El natural primigenio de Bombita


El natural primigenio de un torero que busca el mando aunque no siempre lo consiguió. La preocupación de Bombita fue siempre intentar mandar en el toro, alargando su embestida en el remate. El Bomba se olvidaba de la verticalidad como han hecho tantos toreros en todas las épocas del toreo, la nuestra incluida.  El otro matiz importante, es esa muleta que ya va a la altura natural de la cara del toro. Son dos matices pero estamos ante el embrión del moderno toreo de muleta.


El natural sesgado de Belmonte


Aunque ahora se diga lo contrario, el natural de Belmonte era corto y sesgado, basta compararlo con la foto del natural de Bombita para comprenderlo. El de Juan entra dentro del toreo de expulsión pues el trianero toreaba siempre en ochos, alternando pitones lo que implica la necesidad de ganar terreno al toro, de desplazarlo hacia afuera contínuamente. Belmonte nunca ligaría naturales en serie. A su natural no le seguía otro natural sino un pase cambiado, una trinchera o un pase de pecho. 

Por eso, aunque su estética desgarrada y profunda es magnífica y fecunda, su toreo de muleta traía, en lo técnico (y pese a esa mano baja que tiene su aquel), fecha de caducidad.


El natural moderno de Joselito


Joselito el Gallo, el más grande de los toreros, va a rescatar del baúl del olvido el olvidado pase en redondo que se forma con tres naturales seguidos o en serie. Joselito no torea al natural sino que torea por naturales, lo que es radicalmente diferente. En puridad, acaba de nacer el toreo en redondo, base del toreo moderno de muleta. Gallito no lo inventó pues recuperó una tradición decimonónica que se había perdido y que dicen que venía desde Cayetano Sanz.  

Joselito, todas las tardes, toro tras toro, iba encadenando esos naturales suyos ligados, hilvanados y cosidos y, con ellos, encadenó al toreo.


La borrachera del toreo al natural en Chicuelo


Chicuelo, discípulo dilecto, fue el primero y quien mejor tomó nota del invento y aprendió la lección viendo torear al maestro José. Si al rematar un natural, el torero dejaba muerta la muleta y el toro volvía, los naturales se podían encadenar uno tras otro. Y eso fue lo que Chicuelo hizo, con generoso derroche, en Madrid con Corchaíto... Y eso fue lo que, antes, había hecho en México (¿qué sería del toreo sin México?) con Dentista y Lapicero. Su muletazo, mejor dicho, sus muletazos, en la cuerda limpia y clara de su maestro serán quizás menos poderosos pero destilan sutileza y gracia a raudales. 

O dicho de otro modo, la gracia del toreo vino del cielo y su mejor intérprete fue Chicuelo.


El natural chicuelista de un belmontista: Curro Puya


Trianero de pura cepa. Capotero en la cuerda de Belmonte siquiera ya de manos más bajas, el toreo de muleta de Curro Puya, con ecos de fragua, se fragua -curiosamente- en el horno contrario, el horno clarividente de Chicuelo. De foto a foto, de la Alameda a Triana, sólo dos detalles diferencian esos dos naturales: El codo levantado del torero de la Alameda (detalle gallista) y el talón levantado del gitano de Triana (detalle belmontista). Al final, el más antiguo resultaría ser el más moderno.  

Como suele suceder. Paradojas del toreo y de la vida.


El natural gallista de un gallista: Marcial Lalanda


Marcial -tardogallista- dominaba mucho pero carecía de matices quizás porque había nacido en Rivas Vaciamadrid, o sea de Despeñaperros para arriba Sus naturales resultaban un tanto forzados y rígidos aunque, eso sí, los ligaba en serie como su maestro, algo que los públicos de la época agradecían sobremanera.


El natural gallista de un belmontista. Antonio Márquez


Decían de Antonio Márquez que era belmontista y lo sería pero su natural destila gallismo y chicuelismo por los cuatro costados pues Márquez se reune con el toro, en vez de expulsarlo de su terreno. Lo que cambia es el cite que si en Joselito y Chicuelo, se hacía de frente, ahora se hace de tres cuartos. El torero que citaba de frente y veía pasar al toro por el costado, empieza a ponerse de costado y ve pasar al toro por todo su frente, lo que encierra un enorme, si no mayor, mérito.


El natural republicano de Manolito Bienvenida


Todavía tres cuartos de lo mismo. Todavía -antes de la guerra- el torero seguía citando de tres cuartos en los cites lo que, en consecuencia, hacía que el muletazo resultase de corto recorrido y le obligaba a forzar la cintura en el remate. Pero, incluso en esa posición, Manolo Bienvenida, el más completo de la dinastía, enjaretaba los naturales en serie con indudable apostura como ya no había más remedio que enjaretarlos.


El toreo al natural tiene nombre de Manolete


Esta foto no tiene desperdicio. Viéndola se comprende el tremendo cambio que introdujo Manolete en el toreo de muleta, su revolución. Manolete es fruto de una evolución histórica pero su colocación de perfil en el cite resuelve de un plumazo el problema del toreo en redondo al que se habían enfrentado los diestros anteriores a el y que sólo el supo realmente resolver.

Manolete fue un torero de sistema con un sistema netamente definido y acabado, sin dudas ni fisuras. Un sistema técnicamente coherente y perfecto que le servía para todos los toros. Manolete citaba de perfil y con la muleta atrasada, a la altura del cuerpo, arriesgando todo en ese cite. Trueca el control en el inicio a cambio de garantizar  la precisión en el remate. En ese giro al citar está el descubrimiento del tercer tiempo del muletazo que posibilita la ligazón de las suertes y que será la clave del toreo moderno. En México -público, crítica y toreros- lo vieron y lo jalearon de inmediato. Aquí, en España, todavía no nos hemos enterado.

Todos los toreros, todos, igual que ocurriera con Joselito, van a seguir su estela y su enseñanza.


El natural de Manolete por Armillita


Torero largo, a fuer de inteligente y clarividente, Armillita fue el primero que, cuando vio torear a Manolete, proclamó la buena nueva a los cuatros vientas. Del "así no se puede torear" que dijo el Guerra (con toda razón) cuando vió torear a Belmonte, pasamos al "sólo se puede torear así" que dijo Armillita (con toda la razón) cuando vio torear al Monstruo. 

El caso es que acertaron los dos. Tanto Rafael como Fermín. Dos genios que no sólo sabían torear como el que más sino que también sabían ver lo que veían.


El natural de gran estilo de Pepín Martín Vázquez


Aunque el aroma y la estética sean diferentes, el muletazo de Pepín es un hijo pródigo y legítimo del muletazo de Manolete lo que se evidencia en esta fotografía. El toreo de Pepín atesoraba una enorme calidad, toreo de muchos quilates, gracias evidentemente a su estética pero también gracias a su concepto y al modelo elegido: Manolete.


El sencillo natural del joven rival: Luis Miguel Dominguín


Pocos toreros tan poderosos como el hijo del Rubio de Quismondo. Luis Miguel ha sido como Guerrita y como Armillita un genio, soberbio y clarividente, dentro y fuera de las plazas. Su muletazo, manoletista como el que más, se caracterizaba por el poder, el mando, la longitud y la facilidad (difícil facilidad) más que por la estética, quizás algo dudosa.

Pero es que ¿les importa algo la estética por la estética a este corte de toreros?


El muletazo sevillano del Séneca de San Bernardo


A quien si le importaba la estética (¡y cómo!) era al rubio torero de San Bernardo. Aunque en las antípodas conceptuales y teóricas de Manolete, el muletazo sevillano de Pepe Luis jondo y liviano a la vez- virtud que no defecto- es, técnicamente también, hijo legítimo  -minimalista y de perfil- del muletazo del diestro de Córdoba pues, como hemos dicho, todos (y aquí ya se ve que fueron todos) los toreros de entonces bebieron en la misma fuente.

¿A la vista de la imagen, alguien lo duda?

(Fin de la primera parte)

viernes, 17 de noviembre de 2017

De Valdepeñas a Linares

Por Antonio Luís Aguilera

Pepín en el Sanatorio de Toreros convalece de la cogida de Valdepeñas (8 de agosto de 1947). Su cara lo dice todo.

Faltando veinte días para la cita de Linares, Manolete vio la muerte en Valdepeñas. Fue una tarde extraña, de calor sofocante que encendía el griterío de los tendidos, en un ruedo seco que levantaba nubes de arena ante las inciertas embestidas del encierro de Concha y Sierra. Se observaba preocupación en los toreros por el feo estilo de la corrida. Curro Caro despachó su lote con oficio. 

Curro Caro en Valdepeñas el 8 de agosto del 47

Manuel Rodríguez había cortado las orejas y el rabo del segundo, trofeos que rechazó ante las protestas del respetable; en el quinto se dividieron las opiniones, algo habitual en un público cada vez más en contra. 


Manolete en el segundo de la tarde.

Pepín Martín Vázquez
escuchó palmas en el tercero y buscaba tocar pelo en el sexto, al que saludó con hermosas verónicas e hizo un bonito quite por chicuelinas, que silenció las protestas que denunciaban cojera de la pata izquierda. 

En el callejón, sin soltar el capote, Manolete fumaba un cigarrillo atento al planteamiento de faena de Pepín, que inició el trasteo con unos estatuarios que fueron ovacionados. Con la muleta en la izquierda el toro protestó al tomar el primer natural, repuso y, sin atender el toque, volteó al torero corneándole con saña en la pierna izquierda hasta que el diestro cordobés acudió e hizo el quite. El silencio se apoderó de la plaza ante la visible hemorragia, el nerviosismo del trance, y los rostros desencajados de los compañeros asistiendo al herido para conducirlo a la enfermería. En otro lado del palenque, Manuel Rodríguez fijaba con el capote la atención del toro, observando el pitón ensangrentado y esa mirada fiera, cargada de muerte, que solo saben ver los toreros. 



La cogida de Valdepeñas en 3 imágenes. El toro de Concha y Sierra, mete el pitón mientras Pepín instrumenta un natural. El diestro sevillano caído en el ruedo. Mientras se levanta intentando tapar con la mano la hemorragia, Manolete le hace el quite.

En el interior del cuarto del hule, las expertas manos del doctor Izarra lograron detener la hemorragia en una operación de urgencia vital, pero la gravedad de las lesiones exigía el traslado del herido a un centro hospitalario adecuado, para llevar a cabo una delicada intervención de reconstrucción vascular. No había tiempo que perder. Madrid quedaba a más de doscientos kilómetros y la zozobra comenzaba a adueñarse de los hombres del toro. Manolete ofreció su Buick azul para llevar al compañero al Sanatorio de Toreros, donde avisado aguardaba el doctor Jiménez Guinea, y ocupando el asiento del volante abandonó velozmente la ciudad manchega. Tras el penoso e incierto trayecto, la eficaz intervención del célebre cirujano devolvía a los toreros la esperanza y la sonrisa al filo del nuevo día. Pepín había salvado la vida. 

Manolete con su Buick. Camará observa.

Antes de partir de Madrid para cumplir los contratos del agosto más duro de su carrera, Manolete acudió al Sanatorio para animar a Pepín y despedirse. Ninguno podía imaginar que el adiós sería para siempre. Años después, el fino torero de Sevilla manifestó que nunca pudo olvidar el gesto de su compañero, confesando que el beso que le dio Manuel al despedirse era el recuerdo más hermoso que guardaba de su paso por el toreo: “De Manolete me pasaría la vida entera diciendo cosas. Lo recuerdo constantemente. Fue un hombre inmenso y un torero como no he conocido otro. Ahora pienso que yo tuve mucha suerte en Valdepeñas y él muy poca en Linares. O al revés, porque los hombres no seremos nunca capaces de entender los designios de Dios”. 

En Valdepeñas antes del paseillo, Pepín sonríe. A la derecha se adivina el perfil de Manolete. Luego tras la cogida, el cordobés iría a visitar al diestro de la Resolana al Sanatorio de Toreros
Para el cordobés continuaba el viacrucis en que le habían convertido 1947 desde el regreso de México. Con pena observaba cómo el público que antes le aclamaba entusiasmado ahora le insultaba y le enseñaba las entradas. Había dado fruto la campaña de un influyente sector de la crítica, clanes taurinos y diestros incapaces de aguantarle el pulso en la plaza: la alianza que buscaba destronarlo acusándole de ser el culpable de lo peor del toreo. 

Manolete en el callejón de la plaza de Gijón. La campaña del norte tuvo una dureza inusitada.

Manolete anhelaba acabar la temporada, colgar el traje de luces y casarse con Antoñita, la mujer que amaba, cuyo enlace estaba señalado el 18 de octubre en Barcelona, como reveló más tarde quien fue su confidente, el periodista don Antonio Bellón. Pensaba que había llegado la hora de disfrutar de su fortuna antes de que pudiera arrebatársela un toro, pero su estricto sentido del deber le imponía cumplir los compromisos y entregarse en cada plaza. Eso fue lo que hizo con los puntos sin cicatrizar de la cornada sufrida el 16 de julio en Madrid, su última tarde en Las Ventas, corrida de Beneficencia que toreó cediendo sus honorarios para los necesitados. 

Un respiro. Los días de Fuentelencina con Antoñita Broncalo.

Agosto barruntaba tormenta. Se desencadenó en Linares como pudo haber sido en cualquier lugar. Un relámpago rasgó la tarde y el estruendo del trueno enmudeció al orbe taurino. 



La cogida en dos fotografías tomadas por un aficionado desde el tendido y que fueron publicadas en el número extraordinario que El Ruedo publicó tras la cogida.
Lo que vino después resulta conocido. O no tanto, porque ante el horror de su muerte afloraron sentimientos de culpa y medias verdades que forjaron una historia con aires de leyenda, narrada con los tonos hipócritas de aquella España en blanco y negro. Se obviaba el drama de un hombre joven, que hubo de sufrir el desprecio de los suyos por la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, porque su madre y entorno no la consideraban digna de ser su esposa. Tras la crucifixión faltaba la lanzada, ejecutada en el hospital de Linares por los que presumían de amigos, al negar a Antoñita el paso a la habitación de Manolo hasta que en ella moraba un cadáver. 

Su novia solo pudo entrar a verlo después de muerto. No la dejaron pasar mientras moría.

Terminaba el acoso y derribo del rey de los toreros. Nacía el mito. Fue en la corrida número veintiuno de su temporada española, el mismo que llevaba marcado a fuego Islero, el toro que lo mató, cuyo certero derrote silenció tanta culpa inconfesable.

Remate. La elegancia torera de un gran torero. En Gijón con la capa.

viernes, 13 de enero de 2017

Torear a toro parado

Por "Los Vázquez"

Pepín Martín Vazquez (Coloreado de fotografía publicada en El Ruedo)

Nota de la razón Incorpórea.
Hoy se incorpora a este blog un aficionado de campanillas. De esos que conocen y, sin embargo, sueñan el toreo. De los que no alardean de nada y que, por no presumir, prefiere mantener el anonimato que nosotros vamos a respetar escrupulosamente. Un aficionado cabal, enamorado de Pepe Luís, de Pepín y del encaste vazqueño. Un aficionado que sabe lo que dice y por qué lo dice.

---ooo0ooo---


El otro día, conversando con un amigo, me recordó una frase del gran Pepe Alameda: "el toreo empieza cuando se para el toro". Parece mentira, pero así es, tanto para el toro como para el torero.

Para el toro; porque considero mucho más difícil que, desde parado, arranque con los riñones, eche el morro al suelo y empuje el engaño hasta el final. En vez de pasar por pura inercia.

Para el torero; porque meterle el engaño en el morro, tirar de la embestida, mandarlo y soltarlo es más complejo que aprovechar la inercia del toro y acompañarlo en una sucesión ininterrumpida de lances.

Por ello, estoy buscando vídeos de Pepín Martín Vázquez. Porque está en la línea de los toreros que enganchan, tiran y sueltan. Porque en todo este proceso, además, juega con el pecho, como si tuviera un medallón colgando del cuello el cual le va ofreciendo al toro en todo momento. Porque la cintura es el eje a través del cual construye la faena. Porque no necesita encorvar la figura y estirar el brazo para soltar y alargar la embestida, sino que manda con las muñecas. Y porque juega con los codos, dándole esa gracia especial a sus obras.

Para mí, hoy en día sólo tres toreros permiten o prefieren que se les paren los toros: Morante, Urdiales y José Tomás.

Por supuesto, no le quito mérito al resto de toreros, sólo expreso lo que siento y las razones por las que busco a los toreros de esa línea.


lunes, 1 de agosto de 2016

Los toques básicos de muleta

Por Paco Carmona y Jose Morente


El torero ya está situado frente al toro. En un instante tendrá que citarlo y elegir el toque más apropiado a sus condiciones y a la distancia a la que se encuentra el burel (Fotografía de portada del libro "Ronda-50 goyescas soñando el toreo")

Algunas cuestiones previas

Veíamos en entradas anteriores, la importancia enorme de los toques. Toques que definíamos como sacudir o mover las telas para centrar la mirada y la atención del toro y dirigir su embestida hacia ese engaño y no hacia el cuerpo del torero,

Veíamos también que el ideal era torear sin toques lo que no siempre será posible (más bien al contrario). Por eso, lo que se procura es torear mediante toques dirigidos al toro pero que sean, al mismo tiempo, poco visibles para el espectador. Eso es posible porque el toro, ya lo decíamos, es un animal hipersensible al movimiento.

Respecto a la muleta hay que advertir (como saben los aficionados) que existe una enorme diferencia entre torear con una u otra mano. No es lo mismo el toreo con la mano derecha (muleta montada) que el toreo con la izquierda (muleta sin montar). Podríamos simplificar diciendo que con la derecha se domina al toro y con la izquierda se le torea.

En cualquier caso, son tantos y variados los matices que presenta el toreo con la mano izquierda que, para simplificar, nos vamos a centrar en el toreo de muleta con la derecha. A esa mano nos referimos en esta entrada.

Con la muleta en la izquierda se pueden hacer cosas impensables con la mano derecha (Fotografía de José Tomás en un remate de lujo)

3 toques, 3

Según Raúl Galindo ("El toreo, en teoría"), en el cite, hay tres toques básicos destinados a "llamar la atención" del toro o a "provocar" y/o "conducir" su arrancada en una determinada dirección.

Nosotros diríamos que hay un toque para fijar (tocar con todo), otro de adelantarse al toro (anticiparse por abajo con los vuelos) y otro  de esperar (tirar del toro). Galindo los llama, respectivamente, toque hacia abajo, toque hacia adelante y toque hacia atrás.

Tres toques, tres, que se aplican de forma diferente según la condiciones de cada astado y según la distancia a la que se encuentre el toro. Vamos a verlos.


El toque para fijar (El toque hacia abajo o en vertical)

Hay situaciones en as que un toque seco y enérgico se convierte en casi imprescindible.(Imagen de Paco Ojeda, ante un toro de Torrestrella, en la goyesca de Ronda de 1986)

Es el toque básico y fundamental. El más utilizado y habitual tanto en los cites como en casi cualquier situación.

Consiste en mover el engaño verticalmente de forma autoritaria (pues es un toque seco, vertical firme y contundente) para centrar la embestida del toro (fijar su mirada y/o provocar o retomar su arrancada).

La intensidad de la sacudida va en función de las condiciones de la res y la distancia a la que nos encontremos. En el cite, este toque suele ser el prólogo de un segundo toque más sutil.

Se suele utilizar con toros tardos, con animales sin fijeza y en todos los momentos en los que necesitamos imponernos.

Vemos a Luís Miguel citando así a un toro que lo pedía.






Echar los vuelos al hocico del toro (el toque hacia adelante)


Pepe Luis Vazquez en Madrid, cita de frente, echando los vuelos de la muleta al hocico del toro (Imagen extraída de una cinta de Gan) 

El toque echando los vuelos hacia adelante se realiza generalmente a media-corta distancia.

Es un toque suave, con las muñecas, que busca enganchar al toro por abajo para intentar que la embestida nazca ya fija, templada y armónica, logrando así que el inicio del muletazo sea también rítmico y controlado.

Se utiliza en muy diferentes situaciones pero sobre todo, con toros que no responden a los toques bruscos y también cuando se quiere traer a los toros toreados desde adelante.

José Tomás en la histórica mañana de Nimes le echa los vuelos a su toro.





Esperar o jalar del toro (toque de tirón o toque hacia atrás)


Pepín Martín Vazquez iniciando un muletazo. Cuando se torea así, ajustando el inicio del movimiento de la muleta a la arrancada del toro, es muy difícil distinguir si hubo o no toque pero lo que está claro es que el muletazo surge suave y templado.

Consiste en tirar de la muleta hacia atrás (por eso se le llama toque de tirón) para así provocar la arrancada del toro.

En realidad, es un toque que casi no se ve. Difícil de apreciar en la plaza ya que, como advierte Raúl Galindo, a veces es el toro el que arranca antes del toque del torero.

Pero otras es el torero el que espera la arrancada, en cuyo caso tendrá que intuir el momento preciso en que esta se produzca. Cuando se pretende torear así, hay que hacerlo con mucho valor, muy convencido y entregado a la suerte, para tratar de alargar y dormir el muletazo.

Ese toreo asentado y tocando hacia atrás, jalando del toro como se dice en México, es una verdadera maravilla.

Vemos a Pepín Martín Vazquez iniciando el muletazo con esos toques invisibles. Con el toque que no se ve.




De la teoría a la práctica


Con todos los matices que se quiera pero combinando estos 3 toques (más el lanzar la muleta lateralmente para propiciar desplazamientos), los toreros van solucionando la mayor parte de los avatares que se presentan y que pueden resolverse con pequeños movimientos de la muleta.

La práctica siempre es más compleja, mucho más compleja, que la teoría. Pero la técnica básica de los toques es la que aquí hemos intentado explicar mediante nuestros textos y los vídeos de Luís Miguel, José Tomás y Pepín Martín Vazquez.


Aunque puede haber toreo sin toques, sin toques no habría toreo

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Cuaderno de notas (LXVI) Un jarro de agua fría sobre nuestro entusiasmo

 
Ava Gadener en la Maestranza de Sevilla, reacciona ante una cogida de Manolo González. Corría el año 1950. El disfrute del espectador, sus emociones, no deben verse empañados, bajo ningún concepto, por un mal entendido prurito técnico
 
"Los toros, o sea, la fiesta taurina, como sucede con todos los espectáculos y en general con todas las manifestaciones de arte, pueden considerarse desde dos punto de vista diferentes y hasta casi se podría decir antagónicos; uno es el del simple espectador aficionado; y otro el del profesional y por extensión el del aficionado práctico.
 
Para estos tienen los lances un valor técnico, mientras que para aquellos no lo tienen más que espectacular.
 
(...)
 
El torero y el que ve los toros con ojos de torero, no hay más remedio que repetirlo, da la máxima importancia a detalles y formas de ejecución en las suertes que el no profesional, el simple aficionado espectador, es muy difícil que aprecie, aun conociendo teóricamente y de memoria en que consisten.
 
El entusiasmo, la emoción, que le haga experimentar un determinado lance, por su belleza, por su gallardía, por su elegancia, por lo que haya puesto de personal, y por lo tanto, de nuevo e imprevisto, el diestro que lo realiza, distraerá su atención hasta el punto de olvidar en que terreno, con que ventaja o desventaja, etc. se ha llevado a cabo.
 
El profesional, por el contrario, eso es lo que tendrá en cuenta; y sobre nuestro entusiasmo verterá un jarro de agua fría, haciéndonos saber que aquello hubiera tenido mérito un poco más fuera del tercio, bajando otro poco más el capote, adelantando la pierna contraria, etc., etcétera, también.
 
Total, que el aficionado espectador que estaba la mar de contento con el buen rato que el tal torero le había dado, so pena de confesar su ignorancia, ha de renunciar a la impresión recibida y trocarla por la ajena.
 
(...)
 
Lo que yo trato, con los reparos expuestos, es de evitar que un exceso de técnica perturbe al aficionado, lo desoriente, lo desconcierte, acabando por no saber qué es lo que le gusta o qué es lo que le debe de gustar o no gustar."
 
Tomas Orts y Ramos "Uno al Sesgo" El arte de ver los toros (Nueva edición ilustrada, corregida y notablemente aumentada, Barcelona, Ediciones de la Fiesta Brava, 1928. Páginas 7-11)

 
El punto de vista del torero es muy distinto al del espectador. Pepín Martín Vázquez, en la misma tarde, ve la corrida mezclado entre el público. El conocimiento de la técnica es positivo si nos lleva a entender mejor lo que ocurre en el ruedo sin mermar nuestro entusiasmo pero cuando la técnica sólo sirve como jarro de agua fría para enfriar nuestras emociones, es preferible prescindir de ella.
 

viernes, 28 de octubre de 2011

Antoñete

 

Copia (2) de Antoñete

Antoñete, con la izquierda.

 

Antoñete como referente de una generación de aficionados

Para los aficionados madrileños que llegaron a la fiesta a principios de los 80, Antoñete era un Dios.

Quizás no lo fuera tanto para aquellos que, aunque de la misma edad, ya llevábamos una década entera viendo toros. Pero sin embargo, también para nosotros, Antoñete ha sido sin duda uno de los mejores y más interesantes e importantes toreros que hemos tenido la fortuna de ver en las plazas.

Paco Parejo cuñado de Antoñete

Paco Parejo, mayoral de las Ventas y cuñado de Antoñete. Su mentor.

Y ello tanto por sus innegables cualidades como por una azarosa biografía que le da a su figura un encanto especial. Un gran torero al que, sobre todo en sus primeros años, le falto suerte para alcanzar el puesto que merecía.

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Un jovencísimo Antoñete al que todavía las lesiones de huesos no le habían empezado a castigar.

El reconocimiento de los públicos (unánime en Madrid aunque quizás no tanto fuera de esa plaza) le llegó muy tarde, a principios de los 80, ya con avanzada edad.

Sin embargo, gracias a una afición -entonces bisoña- y al apoyo incondicional de parte de la prensa se le hizo al fin justicia. Puede incluso que por encima de sus propios méritos o, mejor dicho, por encima de sus escasas condiciones físicas (sus méritos fueron indiscutibles), ya mermadas entonces pues los años y la mala (buena) vida no pasan en balde para nadie.

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Incluso en sus últimas temporadas, muy mermadas ya sus condiciones físicas, su natural seguía siendo algo fuera de serie.

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También su pase de pecho (este lo dio en la plaza de Guadalajara) seguía siendo el mismo.

 

¿Antoñete=Belmonte+Manolete?

Se ha señalado reiteradamente que Antoñete fue digno heredero de Belmonte y Manolete. Que fundió el toreo manoletista con el canon o estética belmontista. Y será verdad, aunque también otros han pretendido silenciar u ocultar la parte de herencia manoletista que asumió Antoñete.

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En La Tauromaquia de Antoñete, (Editorial Akal, Madrid, 1987) pequeño pero gran libro, José Carlos Arévalo defiende la tesis de la doble herencia compartida de Belmonte y Manolete en Antonio Chenel.

Y es que Manolete, inexplicablemente, no ha gozado del afecto unánime ni de la crítica ni de la afición. Especialmente de las generaciones más recientes (los que no le vieron torear). Por ello, se contaba y se admitía (se cuenta y se admite incluso hoy) sólo como algo anecdótico que Manolete era uno de los toreros preferidos de Antoñete (junto con Rafael Ortega, faltaría más), pero nadie ahondaba al hablar de su magnífica técnica (la distancia, la forma de citar, la manera de acompañar la embestida) en explicar por qué el toreo de Antoñete suponía la continuidad respecto al toreo del gran diestro cordobés.

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Más claro, imposible. Antoñete en sus primeros años de novillero remedando a  Manolete (¿A quién si no?).

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Manoletismo también, y esto es más relevante, en la interpretación del pase natural, en el que el diestro de Madrid fue –igual que el de Córdoba- gente.

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Un cite manoletista en el concepto -muleta a la altura del cuerpo que está de perfil con la pierna de salida retrasada- siquiera la estética –compás ligeramente abierto, cintura quebrada y pecho encarando al toro- le diferencia de Manolete. Pero la técnica es idéntica. Son los años 50 y estamos en la primera etapa del torero, el día de la faena al “toro blanco” (Por cierto, un toro –de Osborne- de nobleza infinita y de ganadería nada terrorífica).

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Muchos años después, en su reaparición a principios de los 80 (concretamente, el 8 de septiembre de 1981 en el Puerto de Santa María), se mantiene el mismo concepto de cite que 30 años antes. El torero está algo más cruzado pero el cuerpo sigue de perfil y la pierna de salida retrasada para profundizar el recorrido del toro que seguirá su viaje natural. (Tal y como decía Natalio Rivas que toreaba Lagartijo). Clasicismo puro corregido por la colocación de perfil que implantó en el toreo de muleta el simpar Manolete.

Eso por lo que respecta a la técnica, que por lo que hace a la estética el referente de Chenel dicen que fue Belmonte. Así se cita y ahí quedó su monumental media verónica homenaje enorme al trianero. En este caso, sin embargo, no hubo problemas ya que Belmonte siempre tuvo buena prensa por lo que los cantores del madrileño sí que pudieron glosar hasta el infinito y sin tapujos las influencias del trianero, quizás menores de lo que se dice.

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Antoñete, al ejecutar la media verónica, decían que se buscaba en el recuerdo idealizado de Juan Belmonte (Foto de Muriel). En la foto el madrileño se “enrosca” el capote en la cintura.

 

Un referente: Cayetano Sanz

Puestos a buscar referencias podríamos ir más lejos. A mí personalmente me gusta pensar que Antoñete tiene su antecedente en Cayetano Sanz, el otro gran torero madrileño. Todo un personaje del toreo decimonónico, coetáneo del Chiclanero y Cúchares primero y de Lagartijo y Frascuelo después.

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Cayetano Sanz, el gran torero madrileño. Muy elegante. Pura estampa torera del XIX.

La figura de Antoñete me recuerda más a la del torero madrileño del XIX que a la de Manolete (a quien seguía técnicamente pero cuya estética no compartía) o a la de Belmonte (cuya elegancia era de corte trágico mientras que la de Chenel era más castiza, más hondamente popular, muy madrileña).

Más allá de épocas, modas y estilos creo que ambos (Cayetano y Antoñete) coinciden en un cierto concepto común de lo que es la torería y que comparten una cualidad importante la enorme clase que tuvieron como toreros (de lo mejor que se despachaba en cada momento).

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Elegancia castiza y muy madrileña y, sobre todo, una enorme clase, la de Chenel en este pase con la derecha a un toro que embiste bien pero con la carita alta

También les une un cierto infortunio pues los dos fueron toreros malogrados, no por una muerte joven o una lesión irreparable sino por circunstancias que les impidieron rendir lo que tenían que haber rendido. En Cayetano su debilidad con el estoque y en Antonio su debilidad de huesos, les impidieron alcanzar las cotas a las que estaban destinados. Bien es cierto que Antoñete (mucho más valiente que Cayetano lo que le convertía en mejor matador) tuvo la oportunidad del desquite en los 80 y pudo darnos magníficos y esplendorosos cantos del cisne en cada una de sus sucesivas reapariciones.

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En la estocada, Antoñete demostraba el valor que tenía y del nunca hacía alarde.

Pero para mí y sobre todo lo anterior, lo que les ata y les une es la preferencia (quizás mejor sería decir debilidad) que por ellos tuvo la afición madrileña. Madrid, plaza a la que hay mucho que reprochar por su trato con los toreros, ha tenido en Cayetano Sanz y Antonio Chenel Antoñete sus dos grandes debilidades históricas que, en mi opinión, disculpan y justifican plenamente a esa afición. (En el interregno queda Vicente Pastor, otro mito de la afición madrileña aunque en tono menor).

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Antoñete aclamado por su público de Madrid.

 

Antoñete, maestro del toreo y torero de toreros.

A Antoñete se le etiquetó en su reaparición como el Maestro Chenel. Y como maestro le reconocimos todos.

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Antoñete, magistral

Si bien, en una primera acepción, a todos los diestros por extensión se le moteja de maestros, no todos merecen en puridad tal calificativo. Un uso más ajustado de este término lo restringe a los toreros veteranos condición que cumplía sobradamente el diestro madrileño.

Pero tradicionalmente el calificativo de maestro se ha reservado (desde Paquiro acá) para el torero ecléctico que aúna conocimiento de las reses y conocimiento de las suertes.

Maestro es, por tanto en puridad, el torero de largo repertorio y de intuición genial para entender los toros. Maestros fueron por antonomasia Paquiro, Guerrita y Joselito y, en otra escala menor, Marcial Lalanda (el joven maestro) o Luís Miguel. Sin embargo, a nadie (salvo a sus panegiristas más alucinados) se le ocurriría motejar de maestros a Belmonte o Manolete con ser tan inmensos toreros. Son conceptos distintos.

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Guerrita, maestro indiscutible del toreo, junto a Paquiro y Joselito.

No entra Antoñete en ese concepto de la maestría. Su repertorio era corto (aunque intenso, muy intenso) y su conocimiento de las suertes superior a su conocimiento de las reses (pues atesoraba una depurada técnica en el manejo de los engaños y su concepto del toreo era puro, muy puro).

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Su repertorio fue corto, pero quizás por elección propia. Aquí ejecuta una gaonera en su primera etapa de novillero. Muy valiente (siempre lo fue)

Por ello, como Juan y cuando se acoplaba al toro, fue torero de grandes faenas. Mejor aún, de faenas excepcionales. Faenas que jalonan toda su carrera (El toro blanco, el de Garzón, el de Félix Cameno, etc.).

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Antoñete en un pase de pecho el 7 de junio de 1985 en Madrid cuando le hizo una grandiosa faena a ese buen toro de Garzón.

Y sin embargo y pese a no responder al concepto tradicional del término creo que pocos toreros enseñaron tanto a tantos como el diestro de la Fuente del Berro. Torero de toreros y de buenos aficionados. Por eso creo que, pocas veces en la historia del toreo, el título de maestro se ha utilizado, a pesar de todo, con más justeza y con más justicia. Queda pues Antoñete como maestro del toreo, con todos los merecimientos.

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La distancia. Práctica torera habitual de los años 50 (v.g. el litrazo de Litri) que ya se había olvidado en los 70. Enseñanza del maestro Chenel.

 

Su concepto del toreo. El toreo de línea natural.

Una de las contradicciones de la fiesta es que, a veces, se ensalzan en un torero cualidades de las que carece y se denigran aquellas que poseen. Culpa de los críticos desorientados.

Algo de eso pasó con Antoñete quien fue señalado como torero de línea contraria (cargar la suerte, expulsar al toro de su camino) cuando fue en sus primeros años (herencia manoletista ya indicada) un claro torero de línea natural. Y ese concepto lo mantuvo hasta sus últimas temporadas.

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El toreo de línea natural y, en este caso, con los terrenos cambiados. Antoñete con el capote frente a Atrevido.

Ahí queda su pase de pecho. Tremendo y en línea donde en vez de llevar al toro al hombro contrario (como hacía, por ejemplo, ese otro gran torero que se llamó Santiago Martín el Viti) gustaba de sacar la franela por el rabo. En el pase de pecho de Antoñete, todo el toro pasaba por debajo de su muleta de pitón a rabo. Muy clásico el concepto y muy puro su toreo.

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El pase de pecho de Antoñete. De pitón …

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… a rabo

A veces gustaba de avanzar la pierna de salida, pero sólo en los primeros muletazos de cada tanda. Lo que exageraba mucho en sus últimos años, quizás más por razones de forma que de fondo.

Sin embargo, lo normal es que mantuviera el compás levemente abierto cargando la suerte (el peso del cuerpo) hacia el lado, sin avanzar la pierna. Si gustaba y solía en ocasiones adelantar la muleta en el cite (sobre todo en las larga y media distancia), lo que lo diferenciaba de Manolete, pero en corto citaba con el cáncamo a la altura del cuerpo.

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Al natural con Atrevido. Sin mover la pierna de salida (ni la otra)

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A veces gustaba de avanzar –en sus últimos años de forma muy ostensible- hacia delante la pierna de salida (lo que algunos impropiamente confunden con cargar la suerte). Pero esto solo lo hacía en el primer pase de cada tanda (cuando lo hacía) y creo que más por razones de estilo que por motivos técnicos. Y hablando de detalles técnicos repárese en la posición de la muleta a la altura del cuerpo en el cite.

Cuando reapareció en 1981, ese estilo de toreo, el de los años 40 y 50, supuso una revelación para los aficionados, sobre todo los más jóvenes. Su contraste con el toreo cambiado y cruzado de Paco Ojeda era evidente.

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El estilo de toreo de la posguerra en uno de sus mejores representantes, Pepín Martín Vázquez (una de mis debilidades taurinas).

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Lo contrario. El toreo de línea contraria del genial Paco Ojeda (Otra debilidad)

Con Antoñete pasó entonces algo parecido a lo que cuenta Pepe Alameda que pasó cuando reapareció Belmonte y es que ambos habían mantenido sus respectivos estilos mientras que el toreo había seguido evolucionado por otros derroteros mientras ellos permanecían retirados.

Pese a ello, los públicos los aclamaron y nadie pensó que sus conceptos fueran anacrónicos. Antes al contrario, en esa primera mitad de la década, el toreo de los veteranos, Antoñete y Manolo Vázquez hizo furor en las plazas y se celebró con alborozo lo que la propuesta de ambos suponía como alternativa al toreo entonces imperante representado por los diestros más jóvenes. ¡Diversidad, sirena del mundo!

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Manolo Vazquez, otro veterano de moda en los 80.

Antoñete. Epílogo

En resumen, torería, la suya, de desgarro y mala vida. De torero transgresor que fuma cigarrillos entre barreras (tal que Manolete) como otros fuman puros en el paseíllo (El Pana o Morante). Donde el toreo se entiende no como ciencia sino como estética que es expresión vital. Pero que esconde o tras la que subyace (tal que en el caso de José Tomás) una enorme capacidad técnica y un tremendo valor.

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Antoñete empezó a fumar en la plaza por imitación de Manolete (Foto del blog Opinión y Toros)

Y, sobre todo, el toreo entendido como apuesta a cara o cruz con o contra el toro. De ahí la perplejidad primero y la emoción después, que su toreo causó a los nuevos públicos en su (re)aparición en los ruedos. Una bomba torera que no podíamos entonces procesar en plenitud pero que si podíamos disfrutar hasta el límite.

Lo de Antoñete, en los primeros años de la década de los 80, fue una revelación. El descubrimiento (o reencuentro) con el toreo de siempre y que nos ha marcado a más de un aficionado para los restos.

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Acuarela de Jose Morente para la portada y contraportada del magnífico libro de Antonio Gónzalez Pérez “San Isidro-50 ferias 50” de Editorial Rubiños. Madrid, 1997.

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