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domingo, 14 de septiembre de 2025

Asi toreaba (en ochos)... Rafael Ortega

 Por Jose Morente

Grandiosa estocada de Rafael Ortega (ABC)

Rafael Ortega (San Fernando, Cádiz; 4 de julio de 1921 – Cádiz, 18 de diciembre de 1997) ha sido uno de los toreros de interesantes de la postguerra española. Uno de los grandes estoqueadores de todos los tiempos al que, sin embargo, penalizado ante los públicos por su figura que denotaba cierta tendencia a la obesidad y con una calvicie prematura. 

Su toreo de muleta estaba al nivel de su estoque. Por eso, Antonio Ordóñez pudo decir que “Es el mejor que ha toreado de todos nosotros” y Antoñete, allá por el año 85, dejó escrito que "el torero que más me ha gustado, Rafael Ortega, a quien considero además el torero más completo y el que ha toreado con mayor pureza”. 

Natural de Rafael Ortega, muy puro, muy asentado, pero (¿contradicción?) muy en la línea técnica del toreo de Manolete.

Lo de la pureza de Rafael -innegable- dio pié al título del libro que le prologó (¿y le escribió?) Ángel García Mayo, "El toreo puro". Un adjetivo que le ha etiquetado desde entonces.


El caso es que una gran mayoría de los aficionados actuales no le hemos podido ver torear en las plazas, pues Rafael se retiró hace ya 57 años, el 1 de septiembre de 1968, en la plaza de Marbella. Para acercarnos a su toreo tenemos varías fuentes: las películas (viejas películas de NO-DO, Gan o Achúcarro), las fotografías (dificiles de descifrar para quien no es torero) y las crónicas y textos escritos (más engañosos siempre de lo que podríamos suponer).

Es curioso que en un arte visual como es el toreo, los textos escritos hayan tenido tanto peso en nuestra formación como aficionados. Hemos reducido el toreo a varias frases huecas que pretenden explicar la realidad pero que solo sirven para confundir más que para ilustrar.

Ese concepto de lo que es el toreo puro podría ser uno de ellos. La tan traída y llevada pureza ha sido pretexto utilizado (tanto en el toreo como en el flamenco) para encumbrar a unos y descalificar a otros.

No voy a seguir por ahí. Lo que me parece oportuno es rescatar la definición del toreo al natural que daba el propio Rafael Ortega en su libro y compararla con los naturales que daba en la plaza. Dice Ortega (1986:47):

"El toro tiene que venir humillado, metido en la panza de la muleta y con la suerte cargada. La mayor parte de los toreros lo que hacen es descargar; tú citas por un lado o por otro, y en vez de echar para adelante la pierna contraria, lo que haces es echar la otra para atrás; y eso no es cargar, es descargar. El toreo bueno es aquel en que cargas la suerte y apoyas el peso sobre la pierna contraria; y la última parte del pase ha de permitir que el toro te deje colocarte de nuevo sin modificar el terreno, pues lo más clásico y lo más puro es que, en la faena, cuanto menos andes, mejor.

No me refiero a "andarles a los toros" como lo hacía Domingo Ortega, sino a eso de dar un pase aquí y otro allá y recorrer toda plaza para pegarle veinte muletazos sueltos y desligados al toro: eso no es..."

Muy claro y muy gráfico. Tanto que leyendo esto te imaginas (o te crees que imaginas) sin problema como se debe torear al natural en redondo, pero el caso es que ni Ortega (Rafael), ni tampoco Belmonte (Juan), ni Ortega (Domingo) han toreado como sus panegiristas o ellos mismo dijeron que toreaban.

No entro en el primer muletazo de la tanda (siempre controvertido y sobre el que tengo mi propia teoría que algún día contaré) hablo en la manera de  ligar unos muletazos con otros. Pero esa es la historia del toreo en redondo. Ahora estamos hablando de toreros de la otra cuerda, la del toreo cambiado o en ochos.

Ya vimos en este blog como Belmonte, no ligaba nunca los muletazos en serie. Juan toreaba en ochos, yendo al pitón contrario en cada pase, metiendo la pierna y (ahí la diferencia con sus predecesores) dejándola ahí. Era un constante entrar y salir del terreno del toro, enmendando el terreno despúes de cada pase pero aguantando el cabezazo de la res dentro de cacho lo que provocaba enorme emoción.

Belmonte. Nimes (1934) Primer toro

Asi, con la misma técnica del regate (idéntica al mecanismo que usan los recortadores en los bous al carrer y los banderilleros en los pares al quiebro) toreaba Domingo Ortega, como podemos ver en esta faena de Alicante (17/01/1932) que rescatamos del olvido hace ya unos años.

Domingo Ortega en Alicante (enero de 1932)

Y así, metiendo la pierna y desplazando al toro y enlazando los pases en ocho, igual que Belmonte y Domingo Ortega, toreaba Rafael Ortega... ¡cuando toreaba en ochos!.

Auque los estilos son diferentes (patético el de Belmonte, poderoso el de Domingo y sobrio el de Ortega) la técnica es la misma. 

Especialmente sorprende la similitud entre el toreo de Juan y el de Rafael (el de Domingo tiene mucho más movimiento). Ambos -el de Triana y el de San Fernando- se meten en el terreno del toro a pasito corto, cruzando siempre al pitón contrario. 

Pero lo mejor, como siempre digo, es verlo y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Rafael Ortega. 1950

Del toreo de Rafael Ortega al natural en redondo y de su ajuste a lo que dejó escrito, hablaremos otro día.



martes, 13 de agosto de 2024

Parar no es estarse quieto

 Por Jose Morente


Cogida de Pepe Hillo. Por muy expresivo que sea el artista nunca sabremos si esa imagen refleja o no la realidad. 

Comprender cabalmente una faena no vista se revela tarea casi imposible. La reseña es subjetiva pues depende del punto de vista del revistero, sino venal, casi siempre parcial. Lo mismo ocurre con la pintura que refleja no lo que ocurrió en el ruedo sino la visión del artista, aunque  cuando se trata del toreo antiguo anterior a la invención de la fotografía no nos queda otra.

Con la llegada de la fotografía la cosa cambia porque ya no se trata de una interpretación de la realidad, sino que se capta con máxima fidelidad un momento concreto.

Cúchares en el ruedo de la plaza de Madrid. Una de las primeras fotografías de la historia
Pero sin embargo, el toreo es un arte en movimiento y, por tanto, un arte que es difícil de aprehender en su total complejidad si no estamos en la plaza. Sin esa visión directa todo se queda en mera especulación. 

Lo más próximo a la realidad es el cine, pero -por desgracia- la transmisión del toreo se ha hecho a base de palabras y fotografías. Vemos las fotografías de un torero en un lance y pensamos que, solo por eso, ya hemos destripado y  asimilado su forma de torear. Nada más lejos de la realidad.

La fotografía congela la realidad. De los diestros que hemos conocido por fotografías solo tenemos una pálida imagen de su toreo. Creemos que sabemos como toreaban pero no es cierto. Sus fotografías unidas al texto de sus exégetas nos han dado una imagen distorsionada de su toreo.

Uno de los más sangrantes, es el caso de Manolete. La conferencia de Domingo Ortega en el Ateneo (un ajuste de cuentas fuera de la plaza y a toro pasado) se ha convertido en el texto de cabecera de muchos aficionados y sus aforismos sacados de contexto (el mismo los sacó de contexto) en dogmas que han confundido la mente de varias generaciones de aficionados.

Leyendo a Domingo Ortega, y también a sus panegirístas como Corrochano o Vidal, y sobre todo viendo sus fotografías uno pensaría que toreaba parado citando al toro de frente y cargando la suerte en todos los lances. Pero nada más lejos de la realidad.




Su toreo en la plaza, muy recio, era monótono. Su faena (como la mayoría de las faenas de antes de la guerra) se hacía en ochos y en contínuo movimiento. Ortega delante del toro no se paraba. Eso es lo que Domingo Ortega no contó, no quiso contar, en su libro-conferencia "El arte del toreo".

Y es que Ortega en verdad, antes de la guerra, toreaba así.


Decía Luis Bollaín en crítica a Manolete, en su libro la Tauromaquia de Juan Belmonte, que "parar no es estarse quieto". Y tenía razón.

Pero no en el sentido en el que el lo decía sino en el sentido contrario

La quietud verdadera llegó con Manolete (y sus precursores fueron Lagartijo, Guerrita, Joselito y Chicuelo). Lo de Belmonte y Ortega, yendo al pitón contrario en continuo movimiento, no era quietud sino toreo en movimiento, un movimiento que se atenuaba un instante en el centro de la suerte -en el embroque- con una leve detención o parada, a veces solo insinuada. Ese momentáneo parar se convertiría en el primer precepto de la trilogía belmontista.

En el fondo, no se trataba de parar o estar parado, que es lo que uno piensa cuando lee la literatura belmontista, sino de pararse un leve instante, componiendo la figura en el centro de la suerte, en el embroque, para gratificación de los aficionados y los fotógrafos de la época. Una leve parada que acentuaba el gesto y la estética. Por eso, esos toreros y esos lances salían tan bien en la incipiente fotografía de la época. 

El parar de Belmonte en el embroque, daría lugar, al exagerarse, al "parón" de los toreros de la Edad de Plata.

Pero después de la guerra eso ya no tenía sentido, sobre todo si se comparaba con lo de Manolete y es que, insisto, ese pararse en el embroque no tenía nada que ver con la quietud de Manolete, quietud de estatua, con el torero parado (esta vez de verdad) desde el cite hasta el remate del pase. Aguantando la embestida -a veces descompuesta- de los toros, de todos los toros, gazapones incluidos.

Aquí no hay parón en el embroque, sino quietud del tren inferior del torero desde el cite hasta el remate.

Nuestras teorías sobre el toreo se cimentan en texto parciales y partidistas de autores dogmáticos y en fotografías mal entendidas y mal interpretadas, con olvido de que el toreo es un arte temporal o, dicho de otro modo, cinematográfico. Transcurre en el espacio y en el tiempo.

Mal asunto ese que nos hace no entender hoy casi nada de lo que ocurre en el ruedo. 

Me permito un consejo: de toros, tenemos que leer menos (sobre todo, a ciertos autores) y ver más (ya sea en la plaza o en el celuloide), pero sin prejuicios en la cabeza. Si no, no vale.




domingo, 26 de diciembre de 2021

Solución al Quiz V: No se te ocurra torear mirando al tendido

Por Jose Morente

Manolete en un muletazo mirando al tendido en la plaza de las Ventas (Dibujo de Antonio Casero publicado en el Ruedo el 11 de julio de 1944)

En anterior entrada, preguntábamos quien dijo aquello de: 

"No se te ocurra, muchacho, mirar al público mientras el toro está pasando por delante de tu cuerpo, porque esto es lo que hacían todos los días Charlot y Llapisera, pero eso no es el arte de torear. Cuando un hombre está compenetrado con un toro en su sensibilidad, es imposible que de la sensación de que se está riendo de él.

Señores, bien entendido que no digo esto para molestar a nadie que lo practique hoy, sino para que puedan dar ustedes un consejo a los muchachos que quieran ser toreros mañana."

Un ataque a toda regla contra Manuel Rodríguez Manolete que fue quien popularizó e hizo enseña de su toreo aquello de torear mirando, no al toro, sino al tendido. Un ataque injusto por muchas razones. Primero, porque de ser cierto que el lance lo hicieron antes Charlot y Llapisera, no es lo mismo apartar la mirada cuando lo que pasa por debajo de nosotros es un becerro que cuando lo que pasa es un toro. Y lo segundo, porque para poder torear mirando al tendido hay que llevar al toro muy dominado y muy toreado.

Cierto que se le puede quitar importancia al astado, pero peor -en mi opinión- es darle al toro una importancia que no tiene, simular una dificultad que no existe, que eso es lo que, a veces -demasiadas veces-, hacía el autor de la frase, quien utilizaba un toreo de pelea, viniese o no viniese a cuento, cualquiera que fuesen las condiciones de las reses. 

Manolete miró al tendido por primera vez en Barcelona un 6 de septiembre de 1942, con un toro de Vicente Charro protestado por chico. Manolete no le quitó importancia al toro, eso lo hacen los espectadores que confunden tamaño con peligro, sino que le dio importancia al toreo. Lo explicaba muy bien el propio diestro en declaraciones a Quiroga Abarca y lo recogíamos nosotros en esta antigua entrada de este blog.

Manolete en Barcelona, el 6 de septiembre de 1942, mirando al tendido

Y vamos a lo que ahora nos interesa: descubrir al autor de la frasecita. Mi amigo Luis Miguel López Rojas, gran aficionado, que sabe darle a cada lance del toreo la importancia que realmente tienen, es quien ha acertado el nombre del interfecto. Copio su respuesta a la pregunta (¿Quién lo dijo y en que año?) que hacíamos en este blog:

"Estas palabras fueron pronunciadas por Domingo Ortega en la conferencia dada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en la primavera de 1960, bajo el título “La bravura del toro”. Publicada originalmente en la Revista Occidente en 1961, aunque yo la he leído en el libro “Domingo Ortega: El arte del toreo y la bravura del toro” (3ª edición). Publicado por la Peña Taurina “El trapío” de Toledo y editado por la Excma. Diputación de Toledo. Se recoge en la página 48 de dicho libro.

Bajo dicha afirmación iba se ocultaba una crítica feroz al toreo de Manuel Rodríguez “Manolete”. Torero que vino a implantar definitivamente el toreo ligado en redondo (aquel que esbozó Joselito, el Rey de los Toreros, que en algunas ocasiones desarrollo Manuel Jiménez “Chicuelo” (en Méjico y al toro “Corchaíto” en 1928), y que consolidó el IV Califa cordobés, pues se lo hizo a todos los toros y todas las tardes. Muy distinto al toreo cambiado (o en “ochos”), toreo antiguo que practicaba el maestro de Borox.

Aunque la plaza y el público dictó sentencia y se decantó por el toreo de Manuel Rodríguez. Domingo Ortega trató de ganar la pelea que perdió en el ruedo, ya con Manolete muerto, bajo estas dos conferencias, que se han convertido en “santo y seña” de “algunos críticos y la mayoría de aficionados auténticos que saben más que los toreros” parafraseando a Joaquín Vidal y que según mi opinión ha provocado un “cacao” considerable que hace que en muchas ocasiones no entendamos el toreo de hoy en día."

Recorte de la revista El Ruedo (25.02.1960) dando noticia de la Conferencia pronunciada, en el Círculo de Bellas Artes dentro del ciclo organizado por la Peña "Los de José y Juan", por Domingo Ortega el día 22.02.1960 (y no en la primavera de ese año, como se indica en el libro de la Revista de Occidente donde se publicó) sobre "La Bravura del toro". En la foto, Ortega con Corrochano y el notario Amorós.

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Más sobre el muletazo mirando al tendido. 

Conviene recordar que el muletazo mirando al tendido no lo trajo a los ruedos Manolete, sino Ángel Luís Bienvenida en Barcelona, en una faena, magnífica y completa, al novillo "Matutero" de Muriel el 23 de julio de 1942. La faena y el muletazo causaron un enorme revuelo y muchos comentarios. Por eso, cuando Manolete unos días después vio la reacción del público al bravo pero chico toro de Vicente Charro no tuvo mejor recurso que instrumentarle ese lance que había dado, unos meses antes, en esa misma plaza el novillero Ángel Luís.

Barcelona, 23 de julio de 1942. Ángel Luis Bienvenida sonriente y confiado "inventa" el muletazo mirando al tendido

Pero tampoco Ángel Luís copiaba a Charlot y Llapisera, pues, además de lo dicho, conviene recordar que mucho años antes, en 1897 nada menos, Minuto, confiado y seguro, ya citaba de muleta mirando al tendido. Lo cuenta Cándido en la Lidia:

Reseña de la corrida celebrada en Madrid el 18.07.1897. Minuto cita mirando al tendido (La Lidia 19 de julio de 1897)

Manolete fue quien popularizó el muletazo mirando al tendido y, cada vez que lo daba, alborotaba hasta límites increíbles al público de la época (ahí están las películas para quien quiera comprobarlo).

Y lo comprobamos... Vemos a Manolete, en México en 1946, en la  famosa tarde de los toros de Coaxamalucan con Pepe Luis y Procuna . El diestro de Córdoba torea mirando al tendido, no en un muletazo sino en varios ligados en redondo. El gesto eufórico del empleado de la plaza que está en el callejón lo dice todo (Imagen extraída de la filmación de esa corrida)

No obstante, el muletazo mirando al tendido no pasa de ser una anécdota o, si se quiere, un "tour de force". Lo importante es que Manolete dominaba a los toros a base de tandas de toreo en redondo, sin necesidad de doblarse con ellos al estilo de los lidiadores antiguos, lidiadores antiguos entre los que se encontraba Domingo Ortega. Como le dijo un día Manolete a Ortega: "Maestro, mientras usted se dobla con el toro, yo ya le he dado 4 ó 5 naturales". 

Una frase que el de Borox nunca le perdonó.

 

Este año de 2021, en Palencia, Roca Rey daba este sensacional muletazo mirando al tendido. El toro no va toreado sino toreadísimo (Foto BMP Toros)

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuaderno de notas (CXLII) Ortega y la conferencia del Ateneo

 Por Pepe Alameda

Iván Redondo, el propagandista de moda. El objetivo de la propaganda está en conseguir la máxima difusión de un mensaje, sin importar su veracidad.

 

"Importante fue de hecho la conferencia de Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid sobre el arte de torear, editada por Revista de Occidente, debido a la influencia inmediata que ejerció sobre la crítica y la afición.

Pero me parece que se perdió ahí la gran oportunidad de que Ortega hubiera explicado cabalmente su toreo, un toreo único, en el sentido de radicalmente distinto a todos.

Quizás fuera aquella su idea primera a juzgar por el título, pero la limitó y redujo, sin duda por la pasión polémica, todavía entonces muy viva, ante la figura de Manolete, no nombrada pero latente en toda la disertación.

Manolete, a quien no se nombra, omnipresente en la conferencia de Ortega.

De otra manera no se comprende que el conferenciante lo redujera todo al movimiento inicial de echar la pierna de la salida hacia delante como base de una técnica opuesta al toreo enhilado o paralelo del Cordobés.

El toreo de Ortega era mucho más que aquel primer movimiento. Limitado a él como si el torero después debiera quedarse inmóvil esperando a que el toro volviese por su terreno, es una simpleza, es lo que hacen todos los que se creen que torean como Ortega.


Corrochano y Vidal: Dos de los críticos que se creyeron (o quisieron hacernos creer) que en cargar la suerte estaba todo el toreo. Sus descripciones del pase natural (en ¿Qué es torear? El toreo es grandeza respectivamente) todavía confunden a muchos aficionados.

Pero lo importante del toreo de éste era la continuación de los pases, para ir tomando el terreno que el toro iba dejando al pasar, el andarle al toro o andar con el toro. No los pases, sino los pasos. Su toreo, como hemos dicho, no se limitaba ni se encerraba en pases determinados, acuñados, iba siempre más allá, en constante interdependencia con el toro. Y esto es algo mucho más importante que el simple movimiento de adelantar una pierna. Adelantar una tras otra en sucesión armónica entre ellas, y sobre todo, con el toro. De lo cual resulta que mientras todos los demás buscan el temple en el ritmo de los brazos y de la cintura. Ortega era el único que templaba con los pies; llevaba el "duende" en las zapatillas. Es lo que hubiéramos querido que Ortega describiera y explicara.




















El toreo de Domingo Ortega. Lo que Ortega tenía que habernos contado y no nos quiso contar era que su toreo consistía en una sucesión de pases y, sobre todo, de pasos, siempre en continuo movimiento hacia el rabo del toro. Nada que ver con la interpretación que -de su forma de torear- nos han dado quienes sabrían leer y escuchar (Corrochano, Vidal, Cañabate,..) pero no sabían mirar.


Este tendría que haber sido el título del libro de Ortega: "El arte del toreo... en movimiento". Así no hubiera habido engaño.


Pero la pasión polémica de aquel tiempo pudo más y nos quedamos sin la explicación cumplida que Ortega pudiera habernos ofrecido.

Domingo fue un gran apasionado.

Aunque no lo pareciera, podía en él más el corazón que la mente, No escribió el hombre de análisis, sino el hombre de lucha. Seguro, por intuición, de que una sola idea corta y repetida como un solo clavo sobre el que se remacha, una bandera, un eslogan, en un momento preciso de acción, puede más que el desarrollo sereno de una clara teoría".

ALAMEDA, Jose. El hilo del toreo (Madrid, Espasa Calpe, S.A., 1989, páginas 264-266)

En el propagandista Ortega pudo más conseguir difundir al máximo su eslogan de que el toreo se reduce a echar la pata 'alante que explicar su verdadera forma de torear. Ortega en la conferencia del Ateneo miró más a Manolete, al que no nombró, que a sí mismo. Como todas las propagandas que ocultan, manipulan o tergiversan la verdad, sus teorías han causado un daño enorme a la fiesta.

domingo, 14 de junio de 2020

La manoletina la inventó Domingo Ortega

Por José Morente

Manoletina de Domingo Ortega, su inventor (captura de vídeo)

Mucho se ha escrito y hablado sobre las manoletinas, ninguneadas y criticadas hasta la saciedad por los aficionados más exigentes. Lo curioso es que ese muletazo atribuido a Manolete no fue invención suya sino ¡asómbrense!... de Domingo Ortega.

El propio Manolete lo explicaba en una entrevista reproducida en el libro de Juan Castillo Casas:
"La manoletina no es un muletazo que yo haya inventado. Yo se lo ví a Ortega. Ortega la ejecutaba dando un paso o dos. Yo lo que hice fue quedarme en un solo lugar y no moverme, como no fuera girando en el mismo sitio: Yo no he creado ningún muletazo...
Frente a tanta afirmación gratuita como es habitual en este mundillo taurino donde las palabras (dogmas, tópicos, clichés) solo sirven para esconder la verdad, lo mejor es oponer la irrefutable verdad de las imágenes. Ellas hablan por si solas.

En la película vemos a Ortega por manoletinas. ese adorno que Manolete hizo emblema de su toreo vertical y mayestático.




Cuando las palabras mienten

Que la palabra se puede utiliza para decir la verdad o para esconderla es una evidencia. Como prueba de lo segundo traemos esta entradilla de una crónica de Joaquín Vidal a una corrida de la feria de Valencia de 1998.

La crónica se titulaba "El año de la manoletina" y venía a cuento porque fue cuando, después de muchos años de ostracismo, a José Tomás se le ocurrió desempolvar las olvidadas manoletinas de Manolete, en claro homenaje al inolvidable diestro cordobés y dándole, a ese lance menor, la misma dignidad, al menos, que aquel le daba.
"El año de la manoletina (Valencia, 25 de julio de 1998. Crónica de Joaquín Vidal)
Las manoletinas están de moda: las da todo el mundo. 
Es una moda retro, en realidad, porque las sacó a relucir Manolete, su recuerdo las mantuvo vigentes durante la década de los cincuenta, y luego el propio público se encargó de mandarlas a paseo, por obsoletas y por embusteras. 
No se trata de un embuste total, obviamente. En toreo todo tiene riesgo, y el propio Manolete sufrió un volteretón con fractura de clavícula precisamente cuando ejecutaba la manoletina. 
Ocurre, sin embargo, que la manoletina es invento bufo. Salían allá por los años treinta y cuarenta los charlores, aquellos simpáticos cómicos de Llapisera y El Empastre, o los del Bombero Torero, o los de Charlot, para remedar el toreo, y en plena faena -que a veces era buenísima- se sacaban de la manga, quiere decirse por la espalda, ese chusco pase recreado luego por los mexicanos e incorporado por Manolete a su corto repertorio, y al verlo, el público se partía de risa.

Una espectacular manoletina de José Tomás en una corrida de las Fallas valencianas.

El público se partiría de risa, pero pocas ganas de reír provoca este texto que destila, en cada línea y en cada palabra, una mala baba que sorprende. Vidal ha sido uno de los periodistas taurinos que más veneno ha vertido contra las figuras en general y contra Manolete en particular y uno de los que, con más vehemencia, ha defendido a ultranza las tesis toreras (aunque mal aprendidas y peor digeridas) de Domingo Ortega. Allá cada uno con sus convicciones y sus neuras, pero lo que no es de recibo es que, por mor de esas convicciones y esas neuras, se falsee o manipule la realidad.

Y la realidad es que, en esa hipotética cadena que va de Llapisera a Manolete, hay que citar (inevitablemente, si no se quiere mentir) a Domingo Ortega, al que Vidal ni nombra, pues fue Ortega, y no los mexicanos ni Manolete, quien trajo ese lance supuestamente bufo a las plazas. 

Conviene que se sepa... que se sepa la verdad.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Divagaciones sobre la quietud en el toreo (II)

Por Jose Morente

El toreo de Domingo Ortega era un toreo en ochos y en continuo movimiento, lo que aquí se ve perfectamente. El toreo de Ortega estaba en la misma línea que el toreo más parado y pausado, que no quieto, de Juan Belmonte. No en balde ambos se hicieron toreros en la "escuela" de las capeas y los cerrados, con reses viejas y corraleadas. En todo caso, la fotografía (que capta solo un instante) puede, a veces, llegar a ser muy engañosa...
Divagando sobre la quietud en el toreo (ver entrada anterior pinchando aquí), llegábamos a la conclusión que el parar de la trilogía belmontista era -valga la paradoja- una "quietud en movimiento".

Una afirmación iconoclasta, atrevida y desconcertante, que, estoy seguro, será discutida por muchos aficionados pues va contra de lo que siempre nos habían dicho: que Belmonte fue el primer torero en quedarse de verdad quieto.

Lo curioso es que ya hace muchos años, en 1963, ese ínclito belmontista que fue don Luis Bollaín -el belmontista más belmontista de todos los belmontistas que en el mundo han sido, el number one del belmontismo- decía lo mismo que ahora decimos nosotros: Que la quietud del toreo de Belmonte era una quietud en movimiento. (¡A ver si va a resultar que, al final, vamos a tener razón...!). Bollaín añadía que "¡Esa [quietud en movimientos] es la que sirve en Tauromaquia!"...

La prueba irrefutable. El texto de don Luis Bollaín. La quietud belmontista es una quietud en movimiento. No lo digo yo. lo testifica un notario (La tauromaquia de Juan Belmonte, Madrid, 1963, página 98)
Lo de la "quietud en movimiento" que defiende Bollaín, valdrá para la tauromaquia belmontista, pero a mí eso del movimiento me parece la antítesis de la quietud.

Para que nadie diga que hacemos trampa, conviene aclarar que el movimiento al que se refería Bollaín en su libro es el movimiento de los brazos. Sin embargo, algo no le debía cuadrar al notario belmontista en su defensa de la quietud del toreo de su ídolo, cuando en su texto relaciona quietud con movimiento. Su subconsciente le delata.

En todo caso, yo discrepo del ilustre aficionado y afirmo lo contrario. Sostengo que la cacareada quietud belmontista es una quietud ¡en movimiento!, en efecto, pero en movimiento de piernas y no solo de brazos.

¿Que, sino movimiento, puede ser ese tan alabado echar la pata 'alante?

El toreo espatarrado resulta basto y antiestético cuando el movimiento de la pierna de salida, al cargar la suerte, se exagera tanto como hace aquí Domingo Ortega.

Cargar la suerte se podrá valorar, no como ventaja de quien desplaza al toro, sino como la meritoria acción de cruzarse en su camino, pero ya sea ventaja o mérito (eso ahora no importa) el caso es que nadie puede negar que para cargar la suerte hay que moverse.

Un movimiento que podrá ser muy exagerado, como es el caso de Domingo Ortega, o más comedido y ajustado, como era el caso de Juan Belmonte, pero movimiento a fin de cuentas.


Para cargar la suerte, para cruzarse al pitón contrario hay que moverse, mucho o poco, pero hay que moverse (Belmonte en un pase de pecho. Fotografía publicada en El Ruedo)
Lo cierto es que todos los toreros que han toreado en ochos (con la excepción singular del genial Paco Ojeda merecedor de una tesis doctoral) han toreado sobre las piernas. Vamos a comprobarlo.


De la fotografía... al cine

Acostumbrados a ver el toreo del primer tercio del siglo XX (y casi todo el toreo de ese siglo) a través de la fotografía, más de uno estará tentando de decir que, al afirmar lo que acabamos de afirme, hemos perdido la cabeza o que nos mueven confusas e inconfesables razones, pues lo que en esas fotos se ve, parece contradecir lo que nosotros decimos.

Empecemos con estas cuatro y excepcionales fotos del genial Juan Belmonte:





La serie es magnífica. Además. analizando las cuatro fotografía, podríamos llegar a la conclusión de que Belmonte no solo está quieto sino que está... quietísimo.

Pero, además, su postura y su apostura resultan impresionantes. Creo que que nadie puede dudar, viendo estas imágenes, que Belmonte ha sido uno de los grandes toreros de la historia, cumbre de una forma de torear que subyuga y arrebata.

La expresión de Juan toreando (gesto tenso, mandíbula hundida en el pecho, dientes apretados) creo que podría ser muy similar a la de todo aquel (llámese Cortés, Pizarro o Magallanes) que, en situación límite, en vez de rehuir el peligro, decide tirar para adelante.

Ya solo esa pierna de Juan, adelantada en pleno embroque, tan dentro siempre del camino del toro, impresiona y apabulla.

O sea que, a la pregunta: ¿Belmonte, quieto?, tendremos que responder: ¡Quieto, no! ¡Quietìsimo!

Sin embargo, si dejamos de lado la fotografía y nos vamos al cine, la cosa cambia...

Pero eso, lo veremos en la próxima entrega.