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miércoles, 28 de agosto de 2019

¿Me matará un toro en esta tarde?

Por Manuel Rodríguez "Manolete"


El 29 de agosto a las 5 horas y 17 minutos fallecía en el Hospital de los Marqueses de Linares, el diestro más honrado de todos los que han pisado un ruedo. Por culpa del público, de su camarilla, de su propio médico y, sobre todo, víctima de su insobornable concepto del toreo, fallecía Manuel Rodríguez "Manolete".

Estas son sus reflexiones, realizadas muy pocos días antes de Linares, sobre su exigente concepto del toreo, sobre la dureza de su profesión, sobre el riesgo de muerte que siempre acecha a los toreros y sobre su clara decisión de retirarse de los ruedos al final de esa dura e inacabada temporada.

Habla Manolete...

Esta profesión es muy ingrata y muy traidora; cierto que el que tiene suerte como yo, gana dinero; pero mucho menos del que la gente cree (...) Dice casi todo el mundo que yo soy un torero muy caro, que cobro tanto y cuanto; es cierto: ¡soy un torero muy caro! Pero también el torear me cuesta a mí ¡carísimo! Porque yo todavía no me he puesto una vez el traje de luces para salir del paso; siempre he hecho todo lo que he podido, sin pensar en que arriesgaba la vida.  
Cuando yo estoy en la plaza, de lo primero que me olvido, es de mí mismo, y echo el alma atrás y el corazón adelante; no me importa el dinero, ni el triunfo, ni el dolor de la familia...; ni siquiera el público me importa. Yo me divierto a mí mismo aislándome de cuanto me rodea y sintiendo como una especie de embriaguez, que no puedo explicar, mientras trato de dominar al toro y ver cómo éste poco a poco, va obedeciendo a mi muleta. No tiene el público que agradecerme las tardes buenas.; yo tengo un concepto dramático del deber, pero es hasta que hago el paseo; después, cuando estoy ante mi toro, me empuja a cumplirlo la propia satisfacción. 
¡A mí me da lo mismo torear un miura que torear ganado de Salamanca! La cuestión es que el toro sea bravo, y si no es bravo hago lo que puedo, sin pensar jamás en huir el bulto. Está por la primera vez que yo haya hecho el ademán feo de demostrarle al público que un toro me da gindama y que desisto de dominarlo, acudiendo a ratimagos cuando llega la hora de matar. Por muy malo que sea un bicho, yo trato de sacar partido de él, y jamás pienso en que pueda cogerme. Si la muerte me llega, nunca me cogerá en ese momento feo de la cobardía, sino con el gesto rabioso del luchador (...) si ha de venir la Muerte que sea en una tarde de éxito. 
La existencia que llevamos los toreros es muy triste, aunque el público crea lo contrario (...) El público no quiere saber de razones. Ha ido a divertirse, para eso ha pagado caro, y no tolera la menor vacilación ante el toro, como si la vida nuestra no valiese na. Es muy dura ¡muy dura!, esta profesión, porque no hay que olvidar la rabia de nosotros, los artistas cuando nos vemos insultados por una muchedumbre de cobardes, que no tienen respeto por el hombre que se juega la vida. Nuestras horas de la temporada son una permanente tortura, siempre con una interrogación en el cerebro: "¡Dios mío" "¿Cómo quedaré en esta corrida?" "¿Me matará un toro en esta tarde?" 
¿Para que morir, todavía, cuando uno apenas se ha asomado a la vida y se está congelado en los quince años? Que la muerte venga a su hora, ¡bien está!: pero que nos quite de la vida, nos rompa las ilusiones que tenemos para el porvenir, es una pena, y lo que nos inquieta seguramente a todos los que peleamos con los toros. 
[Torearé este año] todas las corridas que tengo convenidas y las que salgan (...) empezaré con las dos de Vitoria, después San Sebastián, Santander, Pamplona, Gijón; otra vez Santander, el día 26; de allí a Linares.con toros de Miura; total hasta ahora tengo comprometidas treinta y dos corridas, Creo que con unas extraordinarias que pienso torear en Valencia y dos en Madrid, llegaré de aquí a octubre a cuarenta y tantas. 
Si no me retira antes un toro, cuando termine la temporada me retiro.
Manuel Rodríguez Manolete. Declaraciones al Caballero Audaz publicadas en "El libro de los toreros" (2ª ed., Madrid, 1947)


martes, 28 de agosto de 2018

El recuerdo de un traslado en camilla

Por Jose Morente.


"Manolete ya se ha muerto, muerto está que yo lo ví" (K-Hito)
Justo hace setenta y un años y por estas mismas horas (escribo entre las 10 y las 11 de la noche) trasladaban a Manolete en camilla desde la enfermería de la Plaza de Toros hasta el Hospital de los Marqueses de Linares donde se iba a consumar el drama.

Un drama que, como las tragedias griegas, tuvo coro de protagonistas: aquel torero joven, aquel ganadero amigo, aquella madre dominante, aquella novia, aquel apoderado y sobre todo, el público, aquel público. 

La última temporada de Manolete en España fue un verdadero calvario por la inquina de algunos periodistas y la inquina de los públicos azuzados por aquellos periodistas. Unos públicos entretenidos siempre en derribar a sus propios ídolos (el viejo deporte nacional). Manolete pensaba retirarse al final de temporada pero lo que encontró fue la muerte en una plaza de pueblo a manos de un toro de Miura. El, de quien decían que ganaba más que nadie, pero que siempre dio más, mucho más, de lo que los demás merecían.

La entrega de Manolete fue proverbial, todas las tardes, en todas las plazas y con todos los toros. En la historia del toreo nunca, nunca, se había dado un caso parecido. Su concepto del toreo era además tremendo, tanto por absoluta entrega como por su perfecta y novedosa técnica. Por eso, todos los toreros le siguieron; Parrita su discípulo, Luís Miguel su joven oponente, Pepín quien elevó a categoría de arte el toreo del diestro de Córdoba, todos...

Mejor dicho, casi todos, pues muerto el mito, hubo quien aprovechó la ocasión para ganar en los púlpitos la pelea que no había podido ganar en los ruedos. El problema es que esas tesis mezquinas -seguidas al pie de la letra- fueron y son el dogma donde se han ido formando las sucesivas generaciones de aficionados que, desorientados, hace tiempo que han dejado de entender lo que realmente pasa en los ruedos.

No importa, porque todavía hay toreros -no todos, pero si los suficientes- que tienen como referente al Monstruo, en su toreo y en su ética. Ellos son los que mantienen vivo su recuerdo.



Dos toreros en el concepto de la entrega de Manolete: José Tomás y Saúl Jiménez Fortes


viernes, 17 de noviembre de 2017

De Valdepeñas a Linares

Por Antonio Luís Aguilera

Pepín en el Sanatorio de Toreros convalece de la cogida de Valdepeñas (8 de agosto de 1947). Su cara lo dice todo.

Faltando veinte días para la cita de Linares, Manolete vio la muerte en Valdepeñas. Fue una tarde extraña, de calor sofocante que encendía el griterío de los tendidos, en un ruedo seco que levantaba nubes de arena ante las inciertas embestidas del encierro de Concha y Sierra. Se observaba preocupación en los toreros por el feo estilo de la corrida. Curro Caro despachó su lote con oficio. 

Curro Caro en Valdepeñas el 8 de agosto del 47

Manuel Rodríguez había cortado las orejas y el rabo del segundo, trofeos que rechazó ante las protestas del respetable; en el quinto se dividieron las opiniones, algo habitual en un público cada vez más en contra. 


Manolete en el segundo de la tarde.

Pepín Martín Vázquez
escuchó palmas en el tercero y buscaba tocar pelo en el sexto, al que saludó con hermosas verónicas e hizo un bonito quite por chicuelinas, que silenció las protestas que denunciaban cojera de la pata izquierda. 

En el callejón, sin soltar el capote, Manolete fumaba un cigarrillo atento al planteamiento de faena de Pepín, que inició el trasteo con unos estatuarios que fueron ovacionados. Con la muleta en la izquierda el toro protestó al tomar el primer natural, repuso y, sin atender el toque, volteó al torero corneándole con saña en la pierna izquierda hasta que el diestro cordobés acudió e hizo el quite. El silencio se apoderó de la plaza ante la visible hemorragia, el nerviosismo del trance, y los rostros desencajados de los compañeros asistiendo al herido para conducirlo a la enfermería. En otro lado del palenque, Manuel Rodríguez fijaba con el capote la atención del toro, observando el pitón ensangrentado y esa mirada fiera, cargada de muerte, que solo saben ver los toreros. 



La cogida de Valdepeñas en 3 imágenes. El toro de Concha y Sierra, mete el pitón mientras Pepín instrumenta un natural. El diestro sevillano caído en el ruedo. Mientras se levanta intentando tapar con la mano la hemorragia, Manolete le hace el quite.

En el interior del cuarto del hule, las expertas manos del doctor Izarra lograron detener la hemorragia en una operación de urgencia vital, pero la gravedad de las lesiones exigía el traslado del herido a un centro hospitalario adecuado, para llevar a cabo una delicada intervención de reconstrucción vascular. No había tiempo que perder. Madrid quedaba a más de doscientos kilómetros y la zozobra comenzaba a adueñarse de los hombres del toro. Manolete ofreció su Buick azul para llevar al compañero al Sanatorio de Toreros, donde avisado aguardaba el doctor Jiménez Guinea, y ocupando el asiento del volante abandonó velozmente la ciudad manchega. Tras el penoso e incierto trayecto, la eficaz intervención del célebre cirujano devolvía a los toreros la esperanza y la sonrisa al filo del nuevo día. Pepín había salvado la vida. 

Manolete con su Buick. Camará observa.

Antes de partir de Madrid para cumplir los contratos del agosto más duro de su carrera, Manolete acudió al Sanatorio para animar a Pepín y despedirse. Ninguno podía imaginar que el adiós sería para siempre. Años después, el fino torero de Sevilla manifestó que nunca pudo olvidar el gesto de su compañero, confesando que el beso que le dio Manuel al despedirse era el recuerdo más hermoso que guardaba de su paso por el toreo: “De Manolete me pasaría la vida entera diciendo cosas. Lo recuerdo constantemente. Fue un hombre inmenso y un torero como no he conocido otro. Ahora pienso que yo tuve mucha suerte en Valdepeñas y él muy poca en Linares. O al revés, porque los hombres no seremos nunca capaces de entender los designios de Dios”. 

En Valdepeñas antes del paseillo, Pepín sonríe. A la derecha se adivina el perfil de Manolete. Luego tras la cogida, el cordobés iría a visitar al diestro de la Resolana al Sanatorio de Toreros
Para el cordobés continuaba el viacrucis en que le habían convertido 1947 desde el regreso de México. Con pena observaba cómo el público que antes le aclamaba entusiasmado ahora le insultaba y le enseñaba las entradas. Había dado fruto la campaña de un influyente sector de la crítica, clanes taurinos y diestros incapaces de aguantarle el pulso en la plaza: la alianza que buscaba destronarlo acusándole de ser el culpable de lo peor del toreo. 

Manolete en el callejón de la plaza de Gijón. La campaña del norte tuvo una dureza inusitada.

Manolete anhelaba acabar la temporada, colgar el traje de luces y casarse con Antoñita, la mujer que amaba, cuyo enlace estaba señalado el 18 de octubre en Barcelona, como reveló más tarde quien fue su confidente, el periodista don Antonio Bellón. Pensaba que había llegado la hora de disfrutar de su fortuna antes de que pudiera arrebatársela un toro, pero su estricto sentido del deber le imponía cumplir los compromisos y entregarse en cada plaza. Eso fue lo que hizo con los puntos sin cicatrizar de la cornada sufrida el 16 de julio en Madrid, su última tarde en Las Ventas, corrida de Beneficencia que toreó cediendo sus honorarios para los necesitados. 

Un respiro. Los días de Fuentelencina con Antoñita Broncalo.

Agosto barruntaba tormenta. Se desencadenó en Linares como pudo haber sido en cualquier lugar. Un relámpago rasgó la tarde y el estruendo del trueno enmudeció al orbe taurino. 



La cogida en dos fotografías tomadas por un aficionado desde el tendido y que fueron publicadas en el número extraordinario que El Ruedo publicó tras la cogida.
Lo que vino después resulta conocido. O no tanto, porque ante el horror de su muerte afloraron sentimientos de culpa y medias verdades que forjaron una historia con aires de leyenda, narrada con los tonos hipócritas de aquella España en blanco y negro. Se obviaba el drama de un hombre joven, que hubo de sufrir el desprecio de los suyos por la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, porque su madre y entorno no la consideraban digna de ser su esposa. Tras la crucifixión faltaba la lanzada, ejecutada en el hospital de Linares por los que presumían de amigos, al negar a Antoñita el paso a la habitación de Manolo hasta que en ella moraba un cadáver. 

Su novia solo pudo entrar a verlo después de muerto. No la dejaron pasar mientras moría.

Terminaba el acoso y derribo del rey de los toreros. Nacía el mito. Fue en la corrida número veintiuno de su temporada española, el mismo que llevaba marcado a fuego Islero, el toro que lo mató, cuyo certero derrote silenció tanta culpa inconfesable.

Remate. La elegancia torera de un gran torero. En Gijón con la capa.

domingo, 8 de noviembre de 2015

La dureza del toreo (XII) ¿Porqué murió Manolete?

Por Jose Morente

Manolete, sonriente, saluda al público en Linares

Las causas de la muerte de Manolete

Sobre las causas de la muerte de Manolete se ha dicho y escrito mucho. Quizás, demasiado.

¿Un amor fou? ¿Una especie de hastío vital, de agotamiento mental, de cansancio físico? ¿La espiral en la que se había metido el propio torero acostumbrando a los públicos a esperar de él lo máximo tarde tras tarde? ¿La inquina de los públicos y, en particular, la de los anti-manoletistas? ¿Un error de su apoderado llevándole -sin necesidad- a torear miuras a final de temporada en una plaza como la de Linares? ¿O el error de su médico de cabecera al ordenar una transfusión de un plasma noruego en deficiente estado y que ya se había cobrado bastantes víctimas en Cádiz cuando la explosión de los astilleros?

Todo esas causas se han barajado y todas ellas pudieron influir, es evidente, en la muerte del "monstruo". Cierto es y mucho lo que se ha dicho y escrito sobre las mismas pero poco, muy poco, sobre las razones técnicas o propiamente taurinas de la cogida que le causó la muerte. Causas taurinas que podemos resumir en sólo dos: Su forma de ejecutar la suerte suprema y las condiciones con las Islero llegó a ese momento de la estocada.

 
La forma de estoquear de Manolete

Sobre la forma de estoquear de Manolete ya comentamos algo en su día en este blog: Recapitulamos.

Fuentes Bejarano, gran estoqueador madrileño decía:
"Manolete se perfilaba muy en corto y al pitón contrario. Arrancaba lento y con serena consciencia de que el toro humillaría porque con la muleta le había bajado mucho la mano. Lo que le admiraba en sus estocadas era como se doblaba  en el pitón. Lo hacía con una verdad insuperable".
Aunque Fuentes Bejarano destacaba lo de humillar el toro y bajar la mano y aunque es posible que ocurriera así en bastantes ocasiones, lo cierto es que Pepe Alameda a la vista de sus propios recuerdos y de las fotografías disponibles, señalaba lo contrario y decía que Manolete a la hora de la estocada, a veces, no bajaba la mano sino que la encogía, lo que generaba una situación de peligro. Alameda añadía que eso daba mucha emoción a sus estocadas. 


"Hacía la suerte suprema con tanta lentitud, que a mí me parecía que la hacía a velocidad de dos kilómetros por hora" (Pepe Luís Vázquez).
Manolete al matar encogía la mano izquierda y la pegaba al cuerpo. Al fondo, Alfredo David su peón de confianza sale del burladero preocupado. Siempre decía que con esa forma de matar, algún día podría ocurrirle una desgracia.


Una foto histórica y curiosa. El Espartero dando una estocada. Como se puede apreciar, ejecuta la suerte de forma muy similar a como lo hacía Manolete: encogiendo el brazo izquierdo que se pega al cuerpo.

Las condiciones con las que llegó Islero al último tercio

Por lo que respecta a las condiciones con las que Islero llegó al momento de la estocada, son también dos circunstancias las que podemos destacar. Una, la querencia que demostró ese toro de Miura durante la faena de muleta. Algo que ya se ha comentado en varios libros y en algunos artículos. La otra, de la que no se ha hablado casi nada, es el hecho de haberse partido el palo en un puyazo, quedándose el casquillo de la puya dentro del cuerpo del toro


La importancia de las querencias

En una entrada reciente, Jack Coursier explicaba como en la lidia moderna (desde Manolete acá) las querencias tienen menos relevancia. No es que no importen pues siguen siendo importantes pero el toreo de hoy no se subordina como ocurría en el toreo de antes, a las querencias que puedan presentar las reses. Hoy día (desde Manolete acá) se torea en redondo o sea, mediante tandas de muletazos sobre el mismo pitón, por lo que a un muletazo a favor de querencia sigue necesariamente otro contra la misma.

Es lo que parece que ocurrió en Linares con el 5º toro, Islero. El toro acusó cierta querencia a empujar hacia las afueras pero Manolete, como era en él habitual, lo toreó en redondo. Con los muletazos que el toro tomaba por fuera (a favor de querencia) no había problemas pero, en los que tomaba por dentro, el toro empujaba hacia las afueras poniendo en apuros al torero cordobés.


En los muletazos en los que el toro iba por las afueras (caso de la foto de arriba), no había problemas pues se daban a favor de querencia. Sin embargo, en los muletazos dados con el toro por los adentros, este empujaba hacia las afueras, obligando al diestro a defenderse y a descomponer, a veces, la figura (como ocurre en la foto inferior). Las querencias siguen existiendo pero no se subordinan la faena ni los muletazos a ellas como se hacía en la lidia antigua. Hoy, en ese sentido, se asumen más riesgos que antes.
Un opinión muy particular

Cagancho de Linares, que fue picador reserva esa tarde, comentaba años después a Filiberto Mira como fue la suerte de varas del quinto de la tarde, de Islero.

Decía ese picador que "Remache", en el primer puyazo, le había cogido los blandos y que el toro se había ido suelto a la puerta de arrastre donde Ramón Atienza le pegó otro puyazo en el mismo boquete del anterior. Atienza le hizo la carioca (no en balde era su "inventor") y le metió al toro el casquillo y tres cuartos de palo. Este se rompió, quedando el casquillo dentro.

Según la peculiar y particular versión de este picador que, en tiempos había sido vaquero en lo de Celso Pellón, los toros extrañan mucho las "picás" ya sea de los alambres de las cercas o de las garrochas que se utilizan en las plazas. Por eso, según él, el toro se encogió al sentir la estocada. La prueba es que también se había frenado al sentir el primer par de banderillas. Ese toro de Miura -decía- no se había olvidado en el último tercio de la "piquiña" que estaba sufriendo desde el primero por el casquillo de la puya dentro de su cuerpo.
Sea o no cierto, lo que es indudable es que lo que se hace en el primer tercio influye sobremanera en el comportamiento del toro a lo largo de toda su lidia.



Lo que se hace en el primer tercio, los errores que se cometen durante el mismo (siquiera no sean tan evidentes como el de la foto) influyen en el resto de la lidia (En la imagen, momento de un tercio de varas en las Ventas en 1946, según una fotografía del Ruedo publicada en Facebook por Jack Coursier)
La estocada mortal

Sea como fuere y, al margen de lo anterior, lo que ocurrió, en el ruedo, fue lo siguiente que copiamos de K-Hito:
"(...) Entonces vino lo sorprendente. Manolete se perfiló a poca distancia del miura. Lió la muleta, arrastró el pie izquierdo y centímetro por centímetros fue clavando el acero en el morrillo del toro. 
Duró aquello demasiado: Se le vieron marcar todos los tiempos de la suerte suprema. Ni entró a matar con el morlaco pegado a toriles, ni la res se le vino encima de modo que él no pudiera evitarlo. Nada de eso. Nada de eso. El toro tuvo tiempo de prenderlo por el muslo derecho. Lo elevó un polmo del suelo y Manolete, girando sobre el pitón cayó de cabeza. Cogida sin aparato. Quedó el espada entre las patas delanteras del miura, que optó por seguir un capote. 
Manolete, aún en el suelo, se llevó la mano a la herida. Toreros y asistencias acudieron con toda rapidez y lo tomaron en brazos. Equivocaron el camino de la enfermería y tuvieron que rectificar. Manolete iba pálido, intensamente pálido: 
En la arena habían quedado dos regueros de sangre."


Manolete matando a Islero de Miura, el toro que le mató. El diestro de Córdoba ejecuta la estocada en la suerte natural, precisamente donde más apretaba el toro. Después de cogerle, el toro le pasó por encima ignorándole. Ambos iban heridos de muerte.
Lo demás es ya es historia y leyenda.


El drama se va a consumar. Manolete, en brazos de toreros y asistencias (protagonistas directos), camino de la enfermería.  Camino de su trágico fin. En la arena habían quedado dos regueros de sangre.


El sino de Manolete

Para un andaluz, herencia árabe obliga, el destino -el sino- está ya escrito de antemano.

Manolete era hijo de torero, sobrino de toreros y nieto de toreros. A su tío-abuelo Pepete, lo mató un Miura en Madrid de una cornada certera en el corazón.

Por eso, es su última entrevista -premonitoria- el Caballero Audaz le preguntaba por su opinión sobre los toros de Miura. La contestación del torero, que no tiene desperdicio, la transcribo:
"¡A mí me da lo mismo torear un miura que torear ganado de Salamanca!, ¿sabes? La cuestión es que el toro sea bravo, y si no es bravo, hago lo que puedo, sin pensar jamás en huir el bulto. Está por la primera vez que yo haya hecho el ademán feo de demostrarle al público que un toro me da gindama y que desisto de dominarlo, acudiendo a ratimagos cuando llega la hora de matar. Por muy malo que sea un bicho, yo trato de sacar partido de él, y jamás pienso que pueda cogerme. Si la muerte me llega, nunca me cogerá en ese momento feo de la cobardía. sino con el gesto rabioso del luchador. Tú has escrito y yo lo he leído hace poco, que Sánchez Mejías había dicho: "El ideal de un torero es morir de una cornada en el corazón, instantáneamente, cuando está toreando a gusto". Bueno, pues yo también siento esa aspiración; si ha de venir la Muerte, que sea en una tarde de éxito."
Proféticas palabras pues, efectivamente, la muerte le llegó después de una estocada dada "con el gesto rabioso del luchador" y "en una tarde de éxito". Como él quería.