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viernes, 18 de agosto de 2017

De la épica a la estética

Por Clarito

Final de la tarde de ayer. Apoteósica vuelta al ruedo de los protagonistas del espectaculo Crisol (Foto: Alex Zea-La Opinión de Málaga)

Medio recuperado de la impactante tarde de toreo puro y fundamental de Saúl Jiménez Fortes y, mientras el torero convalece de su cogida, nos topamos con el espectáculo Crisol, pasando -como me decía Jose Morente- sin solución de continuidad, sin cámara de descompresión, de la épica a la estética, del toreo seco, valiente y entregado de Saúl al toreo elegante y estético de Enrique Ponce. De la verdad desnuda del toreo al toreo en envoltorio de lujo. Del drama al espéctaculo. Demasiadas emociones para vividas sólo en veinticuatro horas.

La de antesdeayer quedará en el recuerdo de muy pocos pues la plaza estaba casi vacía. Muy pocos aficionados que, además en su mayoría, no quisieron o no supieron -ellos sabrán- valorar lo que Jiménez Fortes les estaba regalando. La plaza de la Malagueta, su público, su banda de música, su presidenta se mostraron toda la tarde secos, duros, ariscos y exigentes sin justificación con el torero malagueño. Como dijo, con total acierto una voz del tendido: ¡Fortes en tu pueblo no te quieren

La airada reacción de los espectadores ante ese grito prueba que el vociferante puso el dedo en la llaga pues constataba dos hechos. Primero, el desapego de la plaza, el público, la banda y la presidenta hacia el torero de la tierra y, segundo, la falta de categoría de esta plaza. Y es que, las categorías no se adquieren por imposición administrativa sino demostrando la plaza, el público, la banda y la presidenta- rigor, conocimiento y sensibilidad hacia el buen toreo. No los hubo.

Una tarde pues de sensaciones contrapuestas entre la emoción de lo que hizo Fortes en el ruedo y la tristeza que produce la escasa respuesta que obtiene quien -como él- clama en el desierto. Fortes fue profeta de un mensaje no atendido ni entendido. Nadie es profeta en su tierra.

Espectáculo Crisol

Al día siguiente, cambio total de decoración. De la plaza casi vacía a la plaza casi llena. De la sequedad del que espera atento el menor fallo a la actitud amable del que acude ilusionado esperando el milagro. Y el milagro, llegó.

No voy a contar la corrida. No voy a entrar en analizar ni valorar faenas, indultos y demás historias. Ahí está para quien quiera verla pues se retransmitía por televisión. Baste decir que fue algo diferente, algo más, que una corrida de toros. La superposición de toros y música añade un plus al espectáculo. Un espectáculo que, hoy por hoy, sestea anclado en el pasado. No sé, no puedo saber pues no soy adivino, si esta es la solución a algunos de los graves problemas que arrastra la fiesta. Personalmente, pienso que no pues el espectáculo de ayer magnífico como tal espéctaculo se me antoja excepcional, único y difícilmente repetible. Por otro lado,  las causas de los problemas de la fiesta son estructurales, del propio sistema. Pero lo que tengo claro, es que el formato tradicional está caduco pues no sabemos venderlo y cada vez interesa menos a menos gente. 

El toreo necesita urgentemente una puesta en escena diferente que acentúe sus valores estéticos y culturales, aquellos más cercanos a la sensibilidad de los públicos actuales, sin renunciar por ello a su riesgo y emoción, a sus valores éticos más profundos. Globalizar e imponer el modelo francés -tan querido por algunos- podrá valer para Francia y el norte de España, donde siempre se ha estimado más la lucha que el arte pero no es la solución perfecta. Lo que la gente quiere, con lo que vibra -de Despeñaperros para abajo, al menos- es con el buen toreo. Toreo, no trabajo ni pelea o lucha. Eso se vió ayer.

La música puede subrayar los aspectos amables de la corrida pero sobre todo puede atraer un público nuevo a los tendidos. Algo totalmente necesario. Necesario lo de atraer un público nuevo, no la música. Y es que, lo llevamos diciendo hace mucho tiempo, la fiesta necesita el calor del público. Toro y torero en el ruedo necesitan, como agua de mayo, espectadores en los tendidos que se emocionen aplaudan o protesten. Sin público en los tendidos, el espectáculo -magnífico- no tiene ningún sentido. Y digo público y no aficionados porque los aficionados además de caber en un autobús se muestran en general -al contrario que los públicos- excesivamente secos, duros, ariscos y exigentes hasta la exageración. Sin sensibilidad. 

A la fiesta la salvará, si la salvan, los públicos amables, pródigos y generosos, no los aficionados que la estamos dejando morir poco a poco. O ayudando a morir, lo que también tiene pecado. Lo que hicimos el jueves con Saúl fue de juzgado de guardia. Y sólo había aficionados en la plaza.

Lo de ayer, la actitud de los espectadores ante el espectáculo Crisol de Enrique Ponce y Javier Conde, fue, por el contrario, una bendición.

jueves, 20 de agosto de 2015

Un toro de Garcigrande endereza la tarde

Por Clarito

Inicio de una tarde complicada y densa (Fotografía de Hugo Cortés para SURDigital)

Iba más que mediada la, hasta entonces, decepcionante tarde cuando -lesionados y devueltos a los corrales el toro de Daniel Ruiz (que se partió el cuerno derecho por la cepa en una voltereta) y el sobrero de Lagunajanda (inválido)- alguien decidió que en lugar del 4 tris saliera el quinto toro. El toro de Garcigrande.

Sabia decisión la de ese alguien. Sabia decisión -no sé si reglamentaria o no- pero muy acertada pues enderezó una corrida que, desde luego, no se desarrollaba conforme al guión previsto y/o programado por el torero.

Antes habían salido al ruedo tres toros infumables. Uno, primero, de Fuente Ymbro, bruto y renuente a embestir pero con el que Alejandro Talavante hizo un verdadero esfuerzo. Un segundo de Victoriano del Río, con movilidad pero rajadísimo desde el principio lo que deslucía todo lo que se le pudiera hacer y un tercero, sobrero de Jandilla, más brutote aún que el de Ricardo Gallardo, sustituto de un Juan Pedro de ensueño, un precioso jabonero tan bravo, noble y suave como ayuno de fuerzas.

Fueron tres toros imposibles. No, desde luego, para lidiarlos y torearlos, pero si para hacer ese toreo que todos esperábamos, el toreo que el extremeño llevaba en la cabeza.

Maticemos esta afirmación.


El toreo que el torero lleva en la cabeza

Básicamente a lo largo de la historia y en su relación con el toro, los toreros han adoptado dos posturas diferentes.

Uno, es la de los diestros lidiadores que se adaptan y responden en cada momento (o intentan responder) a las condiciones y problemas que les plantean los toros.

Otra postura, que viene de Juan Belmonte, es la de los toreros que, por el contrario, intentan imponer su forma de torear a los toros. Es la de aquellos diestros que pretenden que sea el toro el que se adapte a su toreo y no al revés.

En esa segunda línea se encuentran la mayoría de los toreros actuales. En esa línea se encuentra Alejandro Talavante.

Es un planteamiento válido y que no excluye la sorpresa (al menos, para el público) aunque el torero llegue a la plaza con la faena hecha, con la faena en su cabeza.

Eso se vio, por ejemplo, en el lance de recibo al suave toro de Juan Pedro. Toro que luego sería devuelto. Talavante lo recibió con una larga afarolada de pie. Una larga de ensueño. Con ese mismo lance, con una larga idéntica, recibió Talavante al sobrero de Jandilla, un toro bruto y áspero que no tenía nada que ver con el anterior.

Un mismo planteamiento para dos toros muy diferentes. Más que contradicción es el signo de los tiempos.

Así, de esa forma tan fantásticarecibía el extremeño al tercero bis. Antes había recibido de la misma guisa al toro de Juan Pedro (Fotografía: FIT)

El toro de Garcigrande

Ese planteamiento, que comparten la inmensa mayoría de los toreros actuales, es muy exigente para el toro pues no todos los toros "valen" para el exigente toreo moderno. Por eso es tan difícil hoy ser ganadero.

Ser ganadero puntero exige por tanto dar respuesta a la evolución del modo de torear. Exige capacidad visionaria para anticiparse a los derroteros por los discurre el toreo. Un toreo que cambia por momentos. Aunque a nosotros nos falte muchas veces perspectiva y distancia para poder apreciar cabalmente ese proceso.

Quienes si tienen clara esa evolución son los ganaderos punteros. Por eso, alguno de ellos ha dicho que mantener los mismos sementales durante muchos años es síntoma de mal ganadero (al contrario de lo que se ha pensado siempre) pues denota incapacidad de adaptación a un "mercado" cambiante.

En anticiparse a la evolución del toreo. En ser capaz de producir ese toro que "necesitan" los toreros, Garcigrande se lleva la palma. Por eso y solo por eso es la ganadería predilecta de las figuras.

Algo que ayer se pudo comprobar de forma palmaria y evidente

El toro de hoy tiene que responder a toques y trazos impensables hace unas décadas (Fotografía: Hugo Cortés-SUR Digital)


La faena del cuarto. Viva Talavante

El cuarto toro de la tarde, el toro de Garcigrande, el toro que cambió el signo de la corrida, fue un toro noble que manseó en el caballo (donde le pegaron poco) pero que regaló a su torero unas francas y bonancibles embestidas que le permitieron desarrollar todo su toreo y desplegar toda su capacidad e inventiva.

La buena embestida del toro de Garcigrande para el buen toreo de Alejandro Talavante (Fotografía: FIT)

Faena de ensueño, antes soñada, donde es difícil destacar algo pero que alcanzó momentos excepcionales en esa tanda postrera de rodillas.

No hay más allá, salvo lo que se le ocurra hacer a este torero la próxima tarde. Como dice un buen amigo mío. Talavante este año juega una liga distinta a la que juegan los demás diestros del escalafón. ¡Viva Talavante!

El toreo de muleta de Talavante de rodillas tuvo una hondura impresionante (Fotografía: Hugo Cortés para SUR Digital)

El doble epílogo

Cambiado el signo de la corrida. Reconvertido en éxito, lo que pudo haber sido fracaso. Talavante se relajó y la tarde discurrió ya por caminos diferentes a los del infortunio e impotencia que habían marcado la primera parte.

Así, al toro sexto, escaso de fuerzas, Talavante le dibujó líneas de precioso y preciso trazo, ya en el tercio, ya cerradísimo en tablas. Exquisitez talavantera para rematar la tarde.

Antes, en el quinto con un toro de la Quinta, el torero demostró que que no es cierta esa incapacidad que se achaca a las figuras de "no poder" con el toro de ciertas ganaderías. Antes bien, Talavante anduvo sobrado y su faena fue medida y perfecta. Magistral, además, en el sentido de enseñar como hay que torear (al vuelo de los vuelos y sin molestar) a los toros grises de encaste Santacoloma.

Inspirado desplante en el flojo pero noble sexto. La tarde se cerraba con tranquilidad en el torero y en el público (Fotografía: FIT)


Resumiendo

En resumen que partiendo de un planteamiento que, aunque común en el toreo moderno, es, en mi opinión, bastante equivocado, llegamos a un final relativamente placentero gracias a la innegable capacidad torera de un gran torero, Alejandro Talavante, y, sobre todo, a la capacidad ganadera de un gran ganadero: Domingo Hernández.

Y gracias también, bueno es decirlo, a la actitud siempre respetuosa y expectante del público de la Malagueta.

Talavante brindó  el sexto toro al público -de forma harto respetuosa- en agradecimiento pos su actitud durante toda la corrida (Fotografía: FIT)

miércoles, 24 de junio de 2015

¿Qué es preferible?

Por Jose Morente



Toro de Daniel Ruiz lidiado ayer en Alicante


Los usos y abusos de los años 60 (años en los que se lidiaba habitualmente un toro de poca edad y poca cara) provocaron las demandas quizás justificadas de los años de la transición.

Sin embargo, la moda del toro grande que se impuso la plaza de Madrid a partir de los años 80 no solo trajo consigo la desaparición de algunos encastes (hoy llamados minoritarios) sino también una cierta preferencia o tendencia a primar la apariencia frente a la esencia.

Y, en efecto, hoy se tiende a poner el trapío del toro (a veces, muy mal entendido e interpretado) por encima de su comportamiento. Quizás porque es más fácil distinguir un toro grande de un toro chico que discernir sobre los infinitos matices que conforman la bravura.

Esa exigencia de un trapío a veces desmesurado y/o desproporcionado a las características de cada encaste y cada plaza hace que hoy se hile (y muy fino) en los reconocimientos veterinarios.

Esta bien la exigencia en ese sentido pero siempre que no olvidemos que tan importante es la presencia del toro en el reconocimiento matinal como su comportamiento en el ruedo por la tarde.

Y llegados a este punto, la pregunta-duda es razonable ¿Que es preferible? ¿El toro de las 12 (el del reconocimiento) o el toro de las 5 (el de la plaza)?

¿Que es preferible? ¿El toro que a algunos no les gusta en el reconocimiento (por ejemplo, el ejemplar de Daniel Ruiz cuya foto encabeza este post y que se lidió ayer en Alicante) pero que luego entusiasma al público en la plaza por la tarde? ¿O por el contrario, tenemos que optar por el toro que asusta en el reconocimiento (por ejemplo, el Adolfo de la foto que cierra el post lidiado hace un par de años en Daimiel) y que luego no tiene un pase ni un paso ni un aplauso en el ruedo?

Yo lo tengo claro.

Para mi, tan importantes son el trapío como el comportamiento. En ese sentido, me dan igual ganaderías y encastes.

Pero lo que también tengo claro, lo que NO quiero es que el toro de Madrid, las hechuras del toro de Madrid y el volumen del toro que se exige en la plaza de Madrid (lógicas por otra parte en ese plaza), se impongan en el resto de las plazas que no son Madrid.

Y es que uno empieza a estar cansado de quienes quieren imponer (por bemoles) un mismo toro en todas las plazas sean de la categoría que sean o sea, de quienes quieren convertir en un aburrimiento solemne lo que era un espectáculo vibrante y emocionante en los años 60. Un espectáculo vibrante gracias a los buenos toreros que había entonces pero, sobre todo, gracias al toro terciado y vareado pero con buenas hechuras que se lidiaba en aquella época. 

Que es el toro que normalmente embiste aunque no guste a algunos en los reconocimientos.


Toro de Adolfo lidiado en Daimiel hace un par de años.

Postdata: Hablo del volumen que se exige en Madrid..... a las ganaderías que no son del gusto de esa plaza porque a las ganaderías que son del gusto de Madrid, en Madrid le perdonan todo...hasta la falta de trapío. ¡Imparcialidad que le dicen!