Por Jose Morente
Torero dentro y fuera de la plaza. Torero las 24 horas del día. Si hay un torero al que escuchar es a Joselito el Gallo.
Acabábamos la entrada anterior, resumiendo la opinión de José Tomás quien señalaba que el toro que tiene que coger al torero es el bueno, nunca el malo. Tomás explicaba que eso era lo que se había dicho toda la vida.
No obstante, el diestro de Galapagar apostillaba que el también se la había jugado muchas veces con el toro malo, algo de lo que hemos sido testigo directo en numerosas ocasiones.
Sin embargo, a mí me surge una duda.
Pensar que el toro bueno es difícil de torear y que además, es el único que debe coger al torero, puede ser (y de hecho es, como ya hemos demostrado) el criterio mayoritario de los toreros actuales (llamando actuales a los toreros desde los años 60 a nuestros días) pero ¿tenían la misma opinión los toreros antiguos (digamos, los anteriores a la Guerra Civil)?
Vamos a indagar en esa cuestión.
El toreo antiguo
A priori, parece difícil sostener que lo que vale hoy, ha valido siempre. Igual que resultaría difícil sostener la tesis contraria (que lo que valía antes, valga ahora) aunque muchos parecen empeñado en ello.
El tema de las cogidas y el peligro en el toreo, han experimentado un cambio sustancial. Cuando el comportamiento del toro era variopinto y errático y cuando el toreo de muleta no había alcanzado la precisión que alcanzó a partir de la posguerra (Manolete es posiblemente un elemento clave en este cambio, de los que son precursores Joselito y Juan Belmonte), el toro peligroso y complicado era, posiblemente, el más peligroso de torear. Que se lo cuenten (si no) a Pepe-Hillo, Curro Guillén, el Espartero, Joselito el Gallo e, incluso, al propio Manolete.
1801. Cogida mortal de Pepe-Hillo en Madrid por el toro Barbudo, un complicado toro de casta castellana.
Eso, precisamente, es lo que venía a decir Joselito en una entrevista que le hicieron en Lima y que se publicó en “La Prensa” el día 20 de diciembre de 1919.
A preguntas del periodista Gastón Roger, Joselito señalaba que, en su vida, se había encontrado muchos toros difíciles “que parecían enseñados para dar cornadas”.
Joselito recordaba, en especial, un toro de Miura que le había tocado en Sevilla:
“Muy grande, muy bronco, que no pasaba en ningún lance y que el público me pedía a gritos que lo atravesara.
Quería matarlo por la cara y sudé como un peregrino.
El criminal olía los capotes, embestía y a mitad de carrera se quedaba con la cabeza alta, llenando la plaza. Varios capotes fueron por la arena. Tuve que aprovecharlo en una de esas carreras y le acerté la estocada”.
Joselito en Barcelona. Corrida de la Prensa, el 6 de mayo del año 14. Pelando por bajo y por la cara con otro complicado toro de Miura.
También recordaba, en la misma entrevista, a un sobrero que le salió toreando con su hermano Rafael y el gallego Celita:
“Alternaba con mi hermano Rafael y Celita, y el animal se aquerenció entre un caballo muerto y las tablas. De ahí no lo arrancaba nadie. No era grande; al contrario pequeño y gordo, con una cara muy fea y unos pitones recogidos.
Me le fui con la muleta, y cuando creía dominarle, me tiró el trapo de la mano y se me vino al cuerpo. Me salvó mi agilidad. El toro me miró escapar y volvió a la querencia.
Otra vez con la muleta, y la bestia parecía estar enterada de todo. Mi hermano Rafael que sabe tanto, me ayudaba con el capote. Me ayudaba también Blanquet, Cantimplas y Sánchez Mejías. El último, que figuraba entonces en la cuadrilla de mi hermano, dejó la barrera para venir al toro. Confieso que es el animal más duro que he visto en mi vida. No sólo que he toreado; que he visto desde que veo toros. El propio Rafael cree lo mismo”.
El toro al que se refiere Joselito era un berrendo de Arribas que se lidió el 24 de septiembre de 1916 en Valladolid (no en Zaragoza como se decía en la entrevista. La reseña de la Correspondencia publicada el día 25 corrobora, punto por punto, lo que contaba José.
Pero lo importante empezaba ya a ser lo que se hacía con el toro bueno, no con el malo, y los públicos agradecían naturales como este que dio Joselito, solo unos días antes en la misma feria vallisoletana, a un buen y noble toro de Benjumea (Fotografía de la revista Toros y Toreros)
Lo cierto es que, en la época de José y Juan, el toreo estaba empezando a evolucionar y la faena de muleta comenzaba a coger un peso e importancia que, probablemente, no tenía antes.
La suerte de matar iba perdiendo importancia y se empieza a valorar la forma de torear. Por eso, el propio Joselito matizaba lo anterior y, a otra pregunta de la misma entrevista, reconocía la dificultad que tenía torear bien al toro bravo.
“¿No ha encontrado usted nunca un toro bravo, que de puro bravo, le resultara difícil?”
Preguntaba Gastón Roger, a lo que Gallito contestaba contundente:
“Una tarde en Pamplona, le fui a un toro con las dos rodillas en tierra citándole para un pase ayudado. El toro acudió muy claro comiéndose el trapo. Fue un pase estupendo, pero cuando iba a levantarme, el animal se me revolvió y tuve que darle el segundo; y así, empapado el toro en el trapo, resultaron cuatro pases de rodillas que no los di yo, sino que se los daba el toro mismo
Creo que allí tenía segura la cornada; la ovación del público pudo alterarme tanto como la nerviosidad del bruto, pero estoy convencido, para mi éxito como torero, de mi serenidad y de mi vista.
Cuando acababa la fiesta, los aficionados venían a saludarme en forma entusiasta al hotel y me entraba un poco de rubor.
Esas felicitaciones le correspondían al toro”.
("La Prensa" del 20 de diciembre de 1919)
Era algo parecido a lo que le había pasado con el famoso Santa Coloma de los 7 naturales y medio que lidió en Madrid, aquel que dio pie a uno de los Cuentos del viejo mayoral de Luís Fernández Salcedo.
Joselito se lió a darle naturales a noble toro de Santa Coloma en los medios de la plaza de Madrid, en faena de mucha emoción por el evidente riesgo y que acalló las fuertes protestas (“una bronca de órdago”) con las que ese día (ya empezaba la inquina del público madrileño contra José) fueron recibidos él y Belmonte desde el paseíllo.
Resulta, por tanto que la consideración de que lo difícil es torear bien al toro bravo y noble no es ahora pues viene de largo, de principios del siglo XX al menos.
Lo corrobora lo que el mismo Joselito le dijo a Curro Posada (el hermano de aquel Faustino, al que mató un novillo de Miura en Sanlúcar) cuando este, buen torero pero sin el reconocimiento que creía merecer, andaba por ahí protestando por las “brevas” de Santacoloma y Parladé que toreaban José y Juan:
--A propósito, Curro, los toros de Santa Coloma son bravos y buenos… para los buenos toreros.
Vienen mucho y bien pero hay que aguantarles su impulso bien y mucho. Los de media arrancada, no se te despegan y al menor descuido te cogen, y si te cogen, te hieren.
En fin tienen el busilis de la mucha casta. Y hay que conocerlo y afrontarlo. Para que lo compruebes, vas a torearlos el próximo jueves con nosotros..”
Y, en efecto, el jueves 13 de abril de 1916, el nombre de Curro Posada aparecía anunciado en los carteles de la Plaza de Madrid, junto al de Joselito y Florentino Ballesteros (que recibiría la alternativa del de Gelves) y con toros de… Santa Coloma.
La alternativa de Ballesteros a manos de Joselito, el 13 de septiembre de 1916 en Madrid y con toros del Conde de Santa Coloma, fue portada en la revista Toros y Toreros publicada el día 18. Al fondo, Posada observa.
Joselito estuvo bien, muy bien y Posada mal, muy mal, por lo que pudo comprobar (“para daño de su cartel”, según decía Clarito que es quien contaba la anécdota) que Joselito tenía razón en lo que le había dicho.
Y eso que, según Barbadillo, los toros de Santa Coloma habían sido:
“[… ] de bonito tipo, altos de agujas, finos de pelo, prietos de carnes y armados sin exageraciones, salvo el primero.
Una corridita escogida con escrupulosidad manifiesta. Esto en cuanto a las láminas; lo que dentro traían, no era tan superior, si bien no fue malo, salvo el segundo, que estuvo tardo con la caballerías, los demás, respondieron mejor en el primer tercio que en los restantes, sin excederse en la acometividad.
Mas respecto á nobleza, nobles fueron como noble es el escudo del dueño de la vacada”.
O sea que los toros salieron bravos y nobles. Y con esos toros bravos y nobles, fue cogido Ballesteros que se la jugó; estuvo bien Joselito, buen torero y estuvo mal Posada, que no pasaba de ser un torerito apañado.
Aquello de “para daño de su cartel”, que decía Clarito hablando de Posada, quedaba más que patente en la reseña del revistero Barbadillo quien, en su crónica del Liberal, se lamentaba (con mucha dureza) de que Curro Posada no hubiese resultado también cogido (Ballesteros lo había sido al entrar a matar al toro de la alternativa) para poder así disfrutar del toreo de Joselito en cinco de los buenos y nobles toros de Santa Coloma.
El lamento (cruel) de Barbadillo en el Imparcial del día 14. ¡Lástima que el toro no hubiese enviado al hule a Posada! ¡Así se hubiese podido ver y disfrutar a Joselito en cinco toros!
Verónica de Posada a uno de los Santa Coloma. Curro no estuvo nada bien ese día.
Joselito, como en él era habitual, estuvo muy bien.
Cogida de Ballesteros en el toro de su alternativa (Fotografía de Alfonso publicada en el Mundo Gráfico). Un toro que como sus hermanos (menos el 2º) salió bravo y noble hasta caer (según el crítico Barbadillo) en la “simpleza y la bobería y la buena fe exagerada”.
Los toros buenos empiezan, en esa época, a coger a los toreros que se la juegan…
El toro más peligroso
Que, en la época de José y Juan, estaban cambiando los conceptos sobre el toreo resulta evidente. Es, entonces, cuando se empiezan a aceptar los toreros que, como el Gallo e incluso el propio Belmonte, esperaban el toro bueno para dar el do de pecho.
Es cuando (palabra de Gallito) se empieza a resaltar y señalar lo difícil que es torear bien al toro bueno.
Y es cuando, además, se crea ese aforismo de que al torero bueno sólo le tienen que coger los toros buenos (bravos y boyantes).
Aforismo que, para Felipe Sassone, trae causa en el comportamiento de Rafael el Gallo, quien:
“…no luchó jamás con las malas condiciones del enemigo; abandonaba la pelea, renunciaba a ella, prefería huir a exponer. y se dejaba viva la res o la asesinaba a traición. Rafael dejó sentada con su actitud, un indiscutible aforismo taurómaco:
Que al buen torero sólo le cogen los toros bravos y boyantes.
Por exceso de confianza: por torear oyéndose, viéndose, sintiéndose torear, engreído de belleza como un cantante que alarga y ritarda por divismo una frase musical; nunca por temeridad, torpe o inconsciente”.
Lo que dice Felipe Sassone sobre Rafael el Gallo en Casta de Toreros.
Con Rafael el Gallo fue cuando se empezó a decir que al buen torero sólo le tiene que coger el toro bueno.
Más claro, agua.