Por Jose Morente
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Cutervo. 26 de junio de 2017. Manolo Muñoz en un desplante coloca a su toro -al que le cortaría la oreja- un sombrero en el testuz (Foto: Jose Carlos Arata Cockburn ) |
Me encuentro, en las redes sociales, esta foto de Manolo Muñoz en Cutervo colocando un sombrero en la testuz de su toro e, inmediatamente, me viene al recuerdo otra muy similar de Joselito el Gallo en Sevilla, en idéntica actitud, hace ya más de 100 años.
Joselito, con ese gesto, entusiasmó al público de la Maestranza. Sin embargo, hoy fuera de las plazas (dentro, por suerte, las cosas siguen estando más o menos como antes) consideramos una falta de respeto al toro lo que hace un siglo era motivo de elogios y premios.
En realidad, no ha cambiado el toreo que vive en una espiral continua y eterna de actitudes, movimientos, gestos y desplantes similares que se repiten hasta el infinito. El hilo del toreo. Extraño hilo que enlaza a toreros tan distintos, de distintas épocas y tan distintos lugares. Y es que aquí nadie inventa nada sino que todos reinterpretan algo que ya existía antes de ellos.
Pero lo que sí que ha cambiado es nuestra percepción del toreo. Nuestra manera de ver y valorar los toros. Imbuidos por las corrientes animalistas, tan en boga hoy, nos llama más la atención el supuesto desprecio hacia el toro que encierra la imagen que comentamos que la evidente osadía y arrojo del diestro que se juega la vida en una suerte menor, en un mero alarde, en un simple desplante.
El toreo tiene su liturgia porque es un rito pero no confundamos pues, además de rito, el toreo es fiesta. No la fiesta de los toros, sino la fiesta del torero con el toro. O mejor aún, la fiesta del torero que domina al toro.
Hace un siglo eso lo tenían muy claro los aficionados... y lo premiaban.
