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miércoles, 14 de agosto de 2019

Cuaderno de notas (CXXXVI) El duelo de los cuñados

Por Antonio M. Romero

Luis Miguel y Ordoñez. Frente a frente


Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez protagonizaron un histórico mano a mano en 1959, que Ernest Hemingway plasmó en uno de sus libros

«Fue una de las mejores corridas que he visto; Luis Miguel y Ordóñez actuaron como si fuese lo más serio de su vida». Así se expresa el escritor estadounidense Ernest Hemingway en su obra 'El verano peligroso' y resume uno de los acontecimientos taurinos más destacados que ha visto La Malagueta en sus 142 años de historia: el mano a mano entre dos de las grandes figuras del toreo, los cuñados Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez. La efeméride tuvo lugar en Málaga el 14 de agosto de 1959.



No fue la única vez que ambos se batieron en duelo sobre la arena de una plaza en aquel año. Antes lo hicieron en Valencia y Zaragoza, donde comenzó un enfrentamiento que luego se repetiría en cosos como los de Ciudad Real y San Sebastián, entre otras plazas. Testigo de excepción de aquella temporada fue Hemingway. Su biógrafo, Andrés Arenas, recordó hace unos años en una charla en Málaga que el escritor «planteó ese verano como una lucha a muerte entre los dos, con una visión para los 'guiris' americanos de que Dominguín y Ordóñez iban a morir en el ruedo para ver quién cogía el número uno. Era una visión un poco de ficción, porque no olvidemos que los dos toreros eran cuñados». Efectivamente, el rondeño se casó con una hermana de Dominguín, Carmen, el 19 de octubre de 1953.

La corrida de Málaga estaba incluida dentro de la feria para el 8 de agosto. Sin embargo, las cogidas que sufrieron Luis Miguel Dominguín, en Valencia, y Antonio Ordóñez, en Palma de Mallorca, obligaron a aplazar el esperado mano a mano. Éste se celebró fuera del ciclo, en una corrida benéfica extraordinaria organizada por la Diputación Provincial.


Ese aplazamiento no hizo más que acrecentar la expectación que ya habían levantado los dos toreros. Fotografías y testimonios de aquella tarde evidencian que en el coso del paseo de Reding, y a pesar del fuerte calor, no cabía un alfiler. Había, incluso, espectadores colgados de las columnas de los pisos superiores de la plaza. Los tendidos numerados se llenaron casi una hora antes del inicio del festejo, que fue a las 18.15 horas. Y mucho antes, las localidades no numeradas. Nadie quería perderse tan magno acontecimiento.




«¡Al fin solos! Al fin hemos visto, solos, a Luis Miguel y Antonio Ordóñez, tras una esperanza que se nos hacía demasiado larga y casi interminable. ¡Al fin solos! Es la palabra que precede a la luna de miel, la nuestra, la de los millares de aficionados, que llenaron ayer tarde el circo de La Malagueta». De esta manera empezaba su crónica Juan de Málaga, histórico crítico taurino de SUR.

Vuelta al ruedo de los dos toreros con el ganadero Juan Pedro Domecq


Hoy cuando se cumplen exactamente 60 años desde aquella inolvidable tarde, no está de más recordarla de la mano de mi amigo Antonio Montilla, en este artículo publicado en el Diario Sur el domingo, 10 junio 2018 en la sección Historias de la Malagueta

sábado, 24 de febrero de 2018

Antología del toreo. El natural (I)

Por Jose Morente

El toreo al natural tiene un legítimo dueño y señor: Manolete

Es una lástima que se inventara tan tardíamente la fotografía y más tarde aún el cinemascopio. De haber llegado antes hoy hubiéramos podido disfrutar con las hazañas y proezas de Pedro Romero, Hillo, Costillares, Curro Guillén, Paquiro, Cúchares, el Chiclanero, El Tato, el Gordito, etc.. Y con tantos otros que en el mundo han sido.

Pero no nos lamentemos y vamos a conformarnos con lo que tenemos y de lo que tenemos, aunque lo ideal fuese la película, nos quedan las fotografías, esas antiguas fotografías que nos permiten aislar un lance, un instante, un detalle y captar el momento, el gesto, esa pierna que avanza, ese mano que no torea, esa mandíbula que se hunde en el pecho...

La fotografía no es el toreo pero es parte del toreo. Vamos pues a rescatar del baúl esas viejas y amarillentas fotografías del toreo. Lance a lance, aquí está la memoria gráfica de la evolución de las distintas suertes que es, a fin de cuentas, la historia del toreo.

Hoy empezamos esta serie con EL NATURAL


El natural primitivo de Vicente Pastor


El natural primitivo. Un natural por alto de Vicente Pastor. De cabeza a rabo, barriendo los lomos del toro. La ortodoxia decimonónica del pase natural que era en origen un pase aislado. El único natural legítimo para los aficionados antañones incluso cuando, años después, ya se toreaba por bajo y en redondo.


El natural primigenio de Bombita


El natural primigenio de un torero que busca el mando aunque no siempre lo consiguió. La preocupación de Bombita fue siempre intentar mandar en el toro, alargando su embestida en el remate. El Bomba se olvidaba de la verticalidad como han hecho tantos toreros en todas las épocas del toreo, la nuestra incluida.  El otro matiz importante, es esa muleta que ya va a la altura natural de la cara del toro. Son dos matices pero estamos ante el embrión del moderno toreo de muleta.


El natural sesgado de Belmonte


Aunque ahora se diga lo contrario, el natural de Belmonte era corto y sesgado, basta compararlo con la foto del natural de Bombita para comprenderlo. El de Juan entra dentro del toreo de expulsión pues el trianero toreaba siempre en ochos, alternando pitones lo que implica la necesidad de ganar terreno al toro, de desplazarlo hacia afuera contínuamente. Belmonte nunca ligaría naturales en serie. A su natural no le seguía otro natural sino un pase cambiado, una trinchera o un pase de pecho. 

Por eso, aunque su estética desgarrada y profunda es magnífica y fecunda, su toreo de muleta traía, en lo técnico (y pese a esa mano baja que tiene su aquel), fecha de caducidad.


El natural moderno de Joselito


Joselito el Gallo, el más grande de los toreros, va a rescatar del baúl del olvido el olvidado pase en redondo que se forma con tres naturales seguidos o en serie. Joselito no torea al natural sino que torea por naturales, lo que es radicalmente diferente. En puridad, acaba de nacer el toreo en redondo, base del toreo moderno de muleta. Gallito no lo inventó pues recuperó una tradición decimonónica que se había perdido y que dicen que venía desde Cayetano Sanz.  

Joselito, todas las tardes, toro tras toro, iba encadenando esos naturales suyos ligados, hilvanados y cosidos y, con ellos, encadenó al toreo.


La borrachera del toreo al natural en Chicuelo


Chicuelo, discípulo dilecto, fue el primero y quien mejor tomó nota del invento y aprendió la lección viendo torear al maestro José. Si al rematar un natural, el torero dejaba muerta la muleta y el toro volvía, los naturales se podían encadenar uno tras otro. Y eso fue lo que Chicuelo hizo, con generoso derroche, en Madrid con Corchaíto... Y eso fue lo que, antes, había hecho en México (¿qué sería del toreo sin México?) con Dentista y Lapicero. Su muletazo, mejor dicho, sus muletazos, en la cuerda limpia y clara de su maestro serán quizás menos poderosos pero destilan sutileza y gracia a raudales. 

O dicho de otro modo, la gracia del toreo vino del cielo y su mejor intérprete fue Chicuelo.


El natural chicuelista de un belmontista: Curro Puya


Trianero de pura cepa. Capotero en la cuerda de Belmonte siquiera ya de manos más bajas, el toreo de muleta de Curro Puya, con ecos de fragua, se fragua -curiosamente- en el horno contrario, el horno clarividente de Chicuelo. De foto a foto, de la Alameda a Triana, sólo dos detalles diferencian esos dos naturales: El codo levantado del torero de la Alameda (detalle gallista) y el talón levantado del gitano de Triana (detalle belmontista). Al final, el más antiguo resultaría ser el más moderno.  

Como suele suceder. Paradojas del toreo y de la vida.


El natural gallista de un gallista: Marcial Lalanda


Marcial -tardogallista- dominaba mucho pero carecía de matices quizás porque había nacido en Rivas Vaciamadrid, o sea de Despeñaperros para arriba Sus naturales resultaban un tanto forzados y rígidos aunque, eso sí, los ligaba en serie como su maestro, algo que los públicos de la época agradecían sobremanera.


El natural gallista de un belmontista. Antonio Márquez


Decían de Antonio Márquez que era belmontista y lo sería pero su natural destila gallismo y chicuelismo por los cuatro costados pues Márquez se reune con el toro, en vez de expulsarlo de su terreno. Lo que cambia es el cite que si en Joselito y Chicuelo, se hacía de frente, ahora se hace de tres cuartos. El torero que citaba de frente y veía pasar al toro por el costado, empieza a ponerse de costado y ve pasar al toro por todo su frente, lo que encierra un enorme, si no mayor, mérito.


El natural republicano de Manolito Bienvenida


Todavía tres cuartos de lo mismo. Todavía -antes de la guerra- el torero seguía citando de tres cuartos en los cites lo que, en consecuencia, hacía que el muletazo resultase de corto recorrido y le obligaba a forzar la cintura en el remate. Pero, incluso en esa posición, Manolo Bienvenida, el más completo de la dinastía, enjaretaba los naturales en serie con indudable apostura como ya no había más remedio que enjaretarlos.


El toreo al natural tiene nombre de Manolete


Esta foto no tiene desperdicio. Viéndola se comprende el tremendo cambio que introdujo Manolete en el toreo de muleta, su revolución. Manolete es fruto de una evolución histórica pero su colocación de perfil en el cite resuelve de un plumazo el problema del toreo en redondo al que se habían enfrentado los diestros anteriores a el y que sólo el supo realmente resolver.

Manolete fue un torero de sistema con un sistema netamente definido y acabado, sin dudas ni fisuras. Un sistema técnicamente coherente y perfecto que le servía para todos los toros. Manolete citaba de perfil y con la muleta atrasada, a la altura del cuerpo, arriesgando todo en ese cite. Trueca el control en el inicio a cambio de garantizar  la precisión en el remate. En ese giro al citar está el descubrimiento del tercer tiempo del muletazo que posibilita la ligazón de las suertes y que será la clave del toreo moderno. En México -público, crítica y toreros- lo vieron y lo jalearon de inmediato. Aquí, en España, todavía no nos hemos enterado.

Todos los toreros, todos, igual que ocurriera con Joselito, van a seguir su estela y su enseñanza.


El natural de Manolete por Armillita


Torero largo, a fuer de inteligente y clarividente, Armillita fue el primero que, cuando vio torear a Manolete, proclamó la buena nueva a los cuatros vientas. Del "así no se puede torear" que dijo el Guerra (con toda razón) cuando vió torear a Belmonte, pasamos al "sólo se puede torear así" que dijo Armillita (con toda la razón) cuando vio torear al Monstruo. 

El caso es que acertaron los dos. Tanto Rafael como Fermín. Dos genios que no sólo sabían torear como el que más sino que también sabían ver lo que veían.


El natural de gran estilo de Pepín Martín Vázquez


Aunque el aroma y la estética sean diferentes, el muletazo de Pepín es un hijo pródigo y legítimo del muletazo de Manolete lo que se evidencia en esta fotografía. El toreo de Pepín atesoraba una enorme calidad, toreo de muchos quilates, gracias evidentemente a su estética pero también gracias a su concepto y al modelo elegido: Manolete.


El sencillo natural del joven rival: Luis Miguel Dominguín


Pocos toreros tan poderosos como el hijo del Rubio de Quismondo. Luis Miguel ha sido como Guerrita y como Armillita un genio, soberbio y clarividente, dentro y fuera de las plazas. Su muletazo, manoletista como el que más, se caracterizaba por el poder, el mando, la longitud y la facilidad (difícil facilidad) más que por la estética, quizás algo dudosa.

Pero es que ¿les importa algo la estética por la estética a este corte de toreros?


El muletazo sevillano del Séneca de San Bernardo


A quien si le importaba la estética (¡y cómo!) era al rubio torero de San Bernardo. Aunque en las antípodas conceptuales y teóricas de Manolete, el muletazo sevillano de Pepe Luis jondo y liviano a la vez- virtud que no defecto- es, técnicamente también, hijo legítimo  -minimalista y de perfil- del muletazo del diestro de Córdoba pues, como hemos dicho, todos (y aquí ya se ve que fueron todos) los toreros de entonces bebieron en la misma fuente.

¿A la vista de la imagen, alguien lo duda?

(Fin de la primera parte)

viernes, 23 de febrero de 2018

Postales taurinas (XXIII) Soberbia y chulería de Luis Miguel Dominguín

Por Paco Carmona
Luis Miguel. Bendita soberbia y bendita chulería

Luis Miguel. Uno de los "toreros malditos". Uno de los pocos que cambiaron el devenir técnico en el arte de torear.  Eslabón fundamental entre Manolete y el toreo definido, largo, poderoso y ligado de los años 60/70. 

Con una personalidad muy marcada, una soberbia y chulería que aún a día de hoy pica a más de uno. Una pena que los aficionados fetén no le hayan valorado en su justa medida, y le hayan menospreciado por los temas del corazón y la política. 

Luís Miguel fue mucho más que un torero importante.

lunes, 19 de febrero de 2018

Cuaderno de notas (CXXXI) La Beneficencia de Luis Miguel

Por Luis Miguel Dominguín

Luis Miguel sale a hombros por la Puerta Grande de las Ventas el día de la corrida de Beneficencia de 1946 (Fotografía publicada en El Ruedo el día siguiente)
Esto no impide que, por otra parte, haya días definitivos. Me acuerdo de la corrida de Beneficencia de Madrid, en que toreamos Álvaro Domecq, Antonio Bienvenida, Gitanillo de Triana, Manolete y yo. Fue en el año 1946. En esa corrida no había programación, había que salir a morirse. La plaza estaba abarrotada porque era la única corrida que toreaba Manolete, quien, por otra parte no solía torear conmigo. Tuve además, para estar en el cartel, que dar un donativo de cien mil pesetas. Yo que llevaba pocos años de matador de toros, no las tenía en el banco (...)

Bueno allí, ya no calculaba nada, ni esperaba a ver como era el toro (...) me dijo el chófer que iba a colocar el coche para poder salir más fácilmente al finalizar la corrida. Contesté: "Eso es un problema de la cuadrilla, porque yo, o voy a la enfermería, o voy a hombros a casa". Claro, eso se dice y se hace en los días claves (...) si uno va todos los días a por todas, un día se equivoca.

Aquella corrida cambió el destino de mi vida. Quería tener la cabeza clara, pero hacía el paseo y se me iban cayendo unas lágrimas... Salí a morirme. Esa tarde me pegaba un toro una cornada y hubiera seguido toreando, si no me partía los músculos y no pudiera andar, Así lo hice algunas veces.

(...) Recuerdo esa famosa corrida de Beneficencia porque fue un día definitivo. Tal era la fuerza que se desarrolló en aquellos momentos y el ambiente que agarró a la gente, que fuí un día al cine y en el No-Do ponían esa corrida. Había unos muletazos míos y en un desplante al toro, miré a la cámara sin saber que estaba allí, ¡El cine entero se levantó para aplaudir! Yo, que estaba escondido en las últimas filas, me quedé impresionado.

¡Lo que uno transmite cuando lo siente!

ZUMBIEHL, François. "La voz del toreo" (1ª ed., Madrid, Alianza Editorial, 2002)



Nota:
Luis Miguel no mira a la cámara como recordaba años después pero si que mira al tendido con gesto muy significativo en un desplante arrancando el aplauso del público de Madrid y el de toda España gracias al NO-DO. 

Luis Miguel torero largo, de dominio, en la cuerda de Gallito y Guerrita, transmitía seguridad.mucha seguridad. Algo que, a veces, se podía convertir en un inconveniente.

martes, 20 de junio de 2017

Cuaderno de notas (CXXIII) La única verdad del toreo


La única verdad del toreo (Cornada mortal de Iván Fandiño. Fotografía de Iroz Gaizka-AFP)


"Todo el mundo se cree con derecho a decir lo que es verdad y lo que no, pero la única verdad del toreo es que los toros matan y los toreros mueren".

Luis Miguel Dominguín

sábado, 11 de febrero de 2017

Tercio de banderillas (V) ¿Quiebro o cambio?

Por Jose Morente

Antonio Márquez, marcando el quiebro en banderillas al quiebro en tablas (Foto archivo Vaquero)
Los debates de los viejos afiionados

Los aficionados decimonónicos gustaban de las controversias taurinas. Era época de grandes discutidores y grandes discusiones tanto sobre los temas más trascendentes como sobre los más nimios.

Así, en aquellos tiempos románticos se podía pontificar sobre si debía primar el conocimiento de las suertes o el las reses o si era de más mérito el toreo de la escuela rondeña que el de la sevillana. Se opinaba sobre como debía ser el tope de las puyas, se polemizaba sobre el sorteo o sobre qué plazas estaban legitimadas para conceder las alternativas y cuales no. Se especulaba sobre el orden de lidia de las reses en función de la antigüedad de las ganaderías, etcétera, etcétera,...

En fin, que analizaba todo, se cuestionaba todo y se discutía sobre casi todo. Hasta el nombre que debía ponerse a cada suerte era motivo de litigio.


Quiebro y no cambio

Por eso, cuando el Gordito trajo a los ruedos el par quiebro en banderillas, suerte gracias a la cual ese tercio se revistió de un novedoso prestigio, los viejos aficionados se enzarzaron en si la nueva suerte debía llamarse quiebro o cambio.

Aunque esa cuestión semántica quedaría resuelta con el tiempo pues -segun la opinión mayoritaria y unánime- no debe llamarse "cambio" a una suerte en la que se quiebra la trayectoria del toro pero no se le cambian los terrenos, los aficionados más nostálgicos (tal don Luís Fernández Salcedo) seguían gustando -todavía a mediados del siglo pasado- en llamar "cambio" a esa siempre espectacular suerte.

La distinción no es baladí. Quiebro es la suerte que practica Luis Miguel Dominguín sacando el pie hacia un lado, desviando la trayectoria del toro y volviendo a recuperar su posición en el momento de clavar los rehiletes.




Por el contrario, en el cambio, al toro se le cita por un lado y se le da salida por el otro. Un buen ejemplo es el pase cambiado. Por eso, según los teóricos del toreo, el cambio sólo es posible a favor de un engaño (capote o muleta o incluso las banderillas de lujo, por lo recargadas que son) pero, sin engaño, en banderillas podrá haber quiebro pero no cambio.


Un giro inesperado: Cambio y quiebro

Siempre he creído que la cuestión estaba zanjada y bien zanjada, pero revisando viejas revistas taurinas, me encuentro   con este artículo publicado en la Lidia en junio de 1883, sobre los matadores en el tercio de banderillas, donde se comparan los respectivos méritos del Gordito y Guerrita, los dos diestros de más éxito popular en esta suerte.



El párrafo final no tiene desperdicio: Según el artículo, cambio y quiebro no serían lo mismo. Lo transcribimos porque está muy calro:
"Ahora bien, el diestro sevillano ha cambiado y el cordobés ha quebrado en lo cual hay mucha diferencia. Porque quebrar es solo el engañar por un lado a la res, haciendo sólo un movimiento de cintura y cambiar há menester de tres compases que se dan junto al mismo testuz del toro, uno de ellos engañando, otro dando la salida y el tercero clavando sin mover los piés."
Casi nada. Ahí queda la opinión de ese desconocido (anónimo pero notable) matador de aquella época. Mil ochocientos ochenta y tres. Algo ha llovido desde entonces.

Hoy ya no vemos cambiar en los ruedos, sólo quebrar y al hilo de las tablas como hacía Luis Miguel Dominguín, pero ¿Y en las calles? ¿Se ve o se podrá ver alguna vez un cambio tal y como lo describe la Lidia?


Juan Nieto frente al toro ¿Quiebro o quizás cambio?





lunes, 24 de octubre de 2016

Zahonería = torería

Por Jose Morente




Unas fotografías de Diego Urdiales toreando en la Malagueta el pasado sábado han causado sensación entre los aficionados. No solo por la calidad intrínseca del toreo del riojano sino también por un detalle que no ha pasado inadvertido. Esos zahones puestos sobre el traje corto. 

Y aunque no ha faltado algún aficionado al que parece que no acaban de gustarle los zahones, en general la reacción ha sido más que favorable. Y es que los zahones traen a la plaza un aire campero que tiene su enjundia.

Joselito el Gallo, en un tentadero, toreando una vaca complicada con los zahones puestos

Identificados hoy con la indumentario de los rejoneadores, los zahones (léase "zajones") se han venido utilizando tradicionalmente por los caballistas, resultando imprescindibles en las faenas de campo. Cuando el torero que ha acosado a caballo, echa pie a tierra, los zahones evitan esos molestos varetazos y palotazos cuando no ese golpe en la rodilla que puede tener su peligro y sus consecuencias.

Antonio Bienvenida despliega su capote para colocar la becerra en suerte en un fotograma de la película "La Becerrada"

Luis Miguel citando para una gaonera en un tentadero en el campo (Del NO-DO)

Pero lo importante no es sólo eso sino ese aire de fiesta antigua y añeja, ese sabor a otra época, que transmiten determinados gestos, determinadas indumentarias. Algo que muchas veces resumimos con un vocablo: torería.

Una escena que rezuma torería de la buena.. Juan Belmonte en el campo
Joselito en el campo de cacería con los zahones puestos.

Diego Urdiales en Málaga, nos trajo el sábado a la memoria el recuerdo de todos esos toreros (Joselito, Belmonte, Bienvenida, Luis Miguel, Morante y tantos otros) a los que recordamos, ya sea por haberlos visto en directo, en las películas o en las antiguas fotografías de color sepia, con sus zahones puestos. En el campo o en la plaza. Lo dicho, torería.



Del campo a la plaza ¡Torería! 
(Fotografía de Urdiales del Blog La suerte natural. Fotografía de Morante facilitada por Christian Eduardo Franco)

jueves, 22 de septiembre de 2016

El primer gran torero

Por Jose Morente


Joaquín Rodríguez Costillares (Detalle del retrato de Francisco Domingo Marqués-1880)

El apellido Rodríguez en el toreo

Rodríguez y Rodríguez se llamaba aquel intrépido José Dámaso "Pepete" al que mató un toro de Miura -Jocinero- en la plaza de Madrid. También Rodríguez pero Manuel se llamaba aquel mítico Manuel Rodríguez "Manolete" también muerto por otro miura -Islero- en la plaza de Linares. Otro Rodriguez, Félix, fue torero de culto en la Edad de Plata. Y también Rodriguez se apellidaba ese genial e irregular torero trianero que se llamó Joaquín Rodríguez "Cagancho" quien comparte nombre y apellido con el primer gran torero realmente importante de la historia del toreo: el sevillano del barrio de San Bernardo, Joaquín Rodriguez "Costillares".

He dicho realmente importante, y lo he dicho con fundamento. No sólo porque su competencia con Pedro Romero, a la que luego se uniría Pepe-Hillo, es la primera competencia digna de tal nombre, sino porque sus aportaciones en esa época primigienia del toreo a pie son fundamentales.


Las aportaciones de Costillares

A saber: Costillares perfecciona, si no inventa como suerte de recurso, el vuelapiés, solventando el problema que planteaban los toros que no podían recibirse por no acudir al cite. Hecho cierto que atestigua Pepe-Hillo en su Tauromaquia.

Asimismo se le atribuye la invención de la verónica. Aunque. como apunta Cossío, "debe entenderse que lo que debió hacer fue regularizar el lance de frente imprimiéndole un estilo propio".

Pero su aportación más decisiva y sustanciosa fue la que hizo al toreo de muleta. Antes de él, la muleta se utilizaba sólo para llamar la atención del toro y para distraerlos en el momento de la estocada. Costillares va a utilizar la muleta como elemento de trasteo, para ahormar al toro antes de la estocada. Costillares es, por tanto, el germen del toreo de muleta que tanto esplendor alcanzaría con el tiempo.

Eso en lo que atañe a la lidia que, en lo que respecta a la organización del espectáculo, puso bajo su mando a las cuadrillas, quitando poder a los varilargueros, y también cambió el traje de torear.

Apostilla Cossío que "es muy difícil apreciar a distancia y sin documentos gráficos suficientes, las circunstancias y perfecciones de su toreo pero encontrar su nombre como fundamental, en la evolución del juego de capa, muleta y estoque, nos da idea de su valía"


Con Costillares la muleta comienza a utilizarse para trastear a los toros y no sólo para matarlos (Láminas X y IX de la colección de aguafuertes de Luís Fernández Noseret-1790)
Una larga cuerda

Y, aunque efectivamente, a distancia, es muy difícil vislumbrar y encuadrar su figura, se me antoja que, en el triunvirato de Hillo, Romero y Costillares, el primero, encarna el arte, alocado si se quiere; el segundo, el valor seco y desnudo y el tercero, nuestro personaje, sería la encarnación primera de ese tipo de torero de cuerda larga y de enorme intuición con los toros que tanta relevancia ha tenido a lo largo de la historia. Costillares es, por tanto, el primer gran torero de una saga que pasa por Paquiro, El Gordito, Guerrita, Joselito el Gallo, Armillita, Luis Miguel Dominguín, Paco Camino y llega, en nuestros días, hasta el Juli.

La columna vertebral del toreo.

Costillares, el primer gran torero vertebral de la historia, con la muleta en la mano izquierda (Aguafuerte de Juan de la Cruz de 1777 en pleno apogeo del diestro sevillano)

lunes, 1 de agosto de 2016

Los toques básicos de muleta

Por Paco Carmona y Jose Morente


El torero ya está situado frente al toro. En un instante tendrá que citarlo y elegir el toque más apropiado a sus condiciones y a la distancia a la que se encuentra el burel (Fotografía de portada del libro "Ronda-50 goyescas soñando el toreo")

Algunas cuestiones previas

Veíamos en entradas anteriores, la importancia enorme de los toques. Toques que definíamos como sacudir o mover las telas para centrar la mirada y la atención del toro y dirigir su embestida hacia ese engaño y no hacia el cuerpo del torero,

Veíamos también que el ideal era torear sin toques lo que no siempre será posible (más bien al contrario). Por eso, lo que se procura es torear mediante toques dirigidos al toro pero que sean, al mismo tiempo, poco visibles para el espectador. Eso es posible porque el toro, ya lo decíamos, es un animal hipersensible al movimiento.

Respecto a la muleta hay que advertir (como saben los aficionados) que existe una enorme diferencia entre torear con una u otra mano. No es lo mismo el toreo con la mano derecha (muleta montada) que el toreo con la izquierda (muleta sin montar). Podríamos simplificar diciendo que con la derecha se domina al toro y con la izquierda se le torea.

En cualquier caso, son tantos y variados los matices que presenta el toreo con la mano izquierda que, para simplificar, nos vamos a centrar en el toreo de muleta con la derecha. A esa mano nos referimos en esta entrada.

Con la muleta en la izquierda se pueden hacer cosas impensables con la mano derecha (Fotografía de José Tomás en un remate de lujo)

3 toques, 3

Según Raúl Galindo ("El toreo, en teoría"), en el cite, hay tres toques básicos destinados a "llamar la atención" del toro o a "provocar" y/o "conducir" su arrancada en una determinada dirección.

Nosotros diríamos que hay un toque para fijar (tocar con todo), otro de adelantarse al toro (anticiparse por abajo con los vuelos) y otro  de esperar (tirar del toro). Galindo los llama, respectivamente, toque hacia abajo, toque hacia adelante y toque hacia atrás.

Tres toques, tres, que se aplican de forma diferente según la condiciones de cada astado y según la distancia a la que se encuentre el toro. Vamos a verlos.


El toque para fijar (El toque hacia abajo o en vertical)

Hay situaciones en as que un toque seco y enérgico se convierte en casi imprescindible.(Imagen de Paco Ojeda, ante un toro de Torrestrella, en la goyesca de Ronda de 1986)

Es el toque básico y fundamental. El más utilizado y habitual tanto en los cites como en casi cualquier situación.

Consiste en mover el engaño verticalmente de forma autoritaria (pues es un toque seco, vertical firme y contundente) para centrar la embestida del toro (fijar su mirada y/o provocar o retomar su arrancada).

La intensidad de la sacudida va en función de las condiciones de la res y la distancia a la que nos encontremos. En el cite, este toque suele ser el prólogo de un segundo toque más sutil.

Se suele utilizar con toros tardos, con animales sin fijeza y en todos los momentos en los que necesitamos imponernos.

Vemos a Luís Miguel citando así a un toro que lo pedía.






Echar los vuelos al hocico del toro (el toque hacia adelante)


Pepe Luis Vazquez en Madrid, cita de frente, echando los vuelos de la muleta al hocico del toro (Imagen extraída de una cinta de Gan) 

El toque echando los vuelos hacia adelante se realiza generalmente a media-corta distancia.

Es un toque suave, con las muñecas, que busca enganchar al toro por abajo para intentar que la embestida nazca ya fija, templada y armónica, logrando así que el inicio del muletazo sea también rítmico y controlado.

Se utiliza en muy diferentes situaciones pero sobre todo, con toros que no responden a los toques bruscos y también cuando se quiere traer a los toros toreados desde adelante.

José Tomás en la histórica mañana de Nimes le echa los vuelos a su toro.





Esperar o jalar del toro (toque de tirón o toque hacia atrás)


Pepín Martín Vazquez iniciando un muletazo. Cuando se torea así, ajustando el inicio del movimiento de la muleta a la arrancada del toro, es muy difícil distinguir si hubo o no toque pero lo que está claro es que el muletazo surge suave y templado.

Consiste en tirar de la muleta hacia atrás (por eso se le llama toque de tirón) para así provocar la arrancada del toro.

En realidad, es un toque que casi no se ve. Difícil de apreciar en la plaza ya que, como advierte Raúl Galindo, a veces es el toro el que arranca antes del toque del torero.

Pero otras es el torero el que espera la arrancada, en cuyo caso tendrá que intuir el momento preciso en que esta se produzca. Cuando se pretende torear así, hay que hacerlo con mucho valor, muy convencido y entregado a la suerte, para tratar de alargar y dormir el muletazo.

Ese toreo asentado y tocando hacia atrás, jalando del toro como se dice en México, es una verdadera maravilla.

Vemos a Pepín Martín Vazquez iniciando el muletazo con esos toques invisibles. Con el toque que no se ve.




De la teoría a la práctica


Con todos los matices que se quiera pero combinando estos 3 toques (más el lanzar la muleta lateralmente para propiciar desplazamientos), los toreros van solucionando la mayor parte de los avatares que se presentan y que pueden resolverse con pequeños movimientos de la muleta.

La práctica siempre es más compleja, mucho más compleja, que la teoría. Pero la técnica básica de los toques es la que aquí hemos intentado explicar mediante nuestros textos y los vídeos de Luís Miguel, José Tomás y Pepín Martín Vazquez.


Aunque puede haber toreo sin toques, sin toques no habría toreo

viernes, 27 de mayo de 2016

La visión del aficionado (I)

Por Jose Morente


1972. Antonio Bienvenida torea con la muleta y de ensueño a un toro de Pablo Romero en la Feria de Málaga. Fue la mejor faena de la Feria y de otras muchas ferias. La primera faena que vi cuando pude volver a los toros con catorce años cumplidos (Fotografía del Ruedo)

Mi primeros pasos como aficionado

Cuando por mi edad, pues ya había cumplido ya los catorce que exigía la reglamentación entonces vigente, pudieron llevarme otra vez a una Plaza de Toros, quedé impresionado por lo que se presentaba ante mis ojos. Toreaba esa tarde, en Málaga, Antonio Bienvenida, un verdadero maestro pleno de torería, con Miguelín y Miguel Márquez, toros de Pablo Romero. El espectáculo, por su emoción y colorido, era fascinante, especialmente para la mirada de un niño ávido de nuevas sensaciones.

Antonio Bienvenida hizo en Málaga, en una tarde en la que Miguelín cortó un rabo, una faena histórica que no pudo coronar con la espada (Tres pinchazos, media bien colocada y un golpe de descabello necesitó para acabar con el noble toro de Pablo Romero). Pese a ello, la vuelta al ruedo fie apoteósica y el Jurado del Capote de Paseo le concedió una mención especial por su buen toreo de muleta. A mí, aquella forma de torear de muleta me impactó (Reseña del Ruedo)
A esa primera e impactante impresión, siguió un ansía tremenda por indagar y por ahondar en los entresijos de la corrida. En un proceso que creo similar al de tantas otros aficionados, mis fuentes fueron: Primero, lo que escuchaba a los viejos aficionados, comenzando por los de mi entorno familiar y, en segundo lugar, lo que leía y aprendía en los libros de toros y en las reseñas de las revistas taurinas.

Y es que oír, oía mucho y leer, leía mucho. Sobre todo, esto último pues yo, lector empedernido, ya había descubierto la biblioteca taurina de mi abuelo y leía todo cuanto de toros caía en mis manos.


Mirando el pasado. Los mitos

Si la corrida en la plaza podía resultar apasionante, la historia del toreo, los hechos y sucedidos de los grandes toreros del pasado, no le iban a la zaga. Tal y como aparecían en los libros, los toreros de antaño eran uno héroes legendarios protagonistas de proezas tremebundas y cuyas anécdotas poblaban el imaginario de los aficionados.
 
La imagen que nos llegaba de los toreros antiguos era triunfalista y heroica (Grabado de Gustavo Doré "El triunfo del espada" 1874)
Tan tremebunda, tan apasionante era esa historia que, a su lado, al lado de aquellos heroicos toreros de los libros, los toreros de aquel presente, que hoy es ya historia, empalidecían y aparecían empequeñecidos como simples mortales que no alcanzaban, ni por asomo, la grandeza de los viejos maestros retirados o desaparecidos.

Si algo caracteriza al aficionado a los toros, es su permanente nostalgia de un pasado imaginado, un pasado que -por desgracia- casi nunca fue como lo imaginamos.

Y es lógico pues del pasado seleccionamos lo mejor, las tardes de gloria, los toreros que llegaron a la cumbre, las ganaderías míticas. Con el presente hacemos todo lo contrario. "Del pasado, sus grandezas y del presente, sus miserias" podía ser nuestro credo como aficionado.


La memoria y recuerdo de los grandes toreros del pasado hacia empalidecer y desdibujaba la importancia de los toreros de aquel presente: Luis Miguel, Ordoñez, Bienvenida, Camino, Puerta, El Viti, Palomo, Paquirri, Dámaso, etc. no eran nadie ni nada frente a Manolete, Joselito, Laartijo o Pedro Romero.

Mirando al infinito. Los cánones

Además, había otro problema añadido, más importante quizás, y es que aquellos libros que yo leía y aquellos aficionados a los que yo escuchaba, defendían, como normas de obligado cumplimiento, una forma de torear -los cánones- que no tenían nada que ver con lo que los toreros hacían realmente en la plaza.

Luis Miguel Dominguín en un pase natural en la misma Feria de Málaga del 72 en la que vi torear a Antonio Bienvenida. El toreo que los grandes toreros de entonces hacían en la plaza (igual que el que hoy hacen) no tenía (no tiene) nada que ver con los cánones que defendían (y defienden cuarenta y tantos años después) los aficionados más dogmáticos. Un verdadero sinsentido.
Para aumentar esa ceremonia de la confusión que son los actuales cánones, algunos toreros se han obstinado en decir y defender (en público y en privado) justamente lo contrario de lo que luego hacían o habían hecho en los ruedos. Lo preocupante es que al aficionado que los escucha, le resultan más convincentes las palabras que los hechos.
Un divorcio explicable, porque desde principios de siglo y, sobre todo, a partir de la Guerra Civil, el toreo había cambiado de forma radical. A un toro decimonónico de bravura simplificada, criado sólo para matar caballos, le había sustituido un toro de bravura completa, al que se le pedían muchos más matices en la embestida. A un muletazo de trazo corto y simple le había sustituido un muletazo de trazo largo y complejo. Hoy las embestidas del toro y los trazos de los muletazos son aún todavía si cabe mucho más largos y complejos que entonces.

Natural de José Tomás en Nimes. Ni la compleja embestida del toro de hoy, ni el complejo trazo del muletazo del toreo actual tienen nada que ver con el toreo de finales del XIX  y, ni siquiera,, con el toreo de antes de la Guerra Civil.
Aunque esos cambios resultaban muy evidentes, no era tan evidente ni fácil entenderlos ni explicarlos entre otras cosas porque esas claves técnicas del toreo no eran entonces accesibles al aficionado común. Los toreros antiguos eran muy celosos de su oficio y resultaba imposible conseguir que accedieran a desvelar los "trucos" del oficio ni siquiera a sus propios compañeros.

El conocimiento técnico de los viejos aficionados se veía necesariamente reducido a una simplificación esquemática (llamada cánones) de los preceptos contenidos en las viejas tauromaquias con algunas pequeñas -muy pequeñas- aportaciones o matizaciones posteriores.

A lo largo de la historia del toreo, el conocimiento de la técnica por el aficionado se ha reducido prácticamente a lo que decían las viejas Tauromaquias. Siempre me ha interesado sobremanera es la técnica pero, salvo las viejas tauromaquias y algunos raros libros, era muy poco lo que se podía aprender sobre el tema. . 
La visión nostálgica hace que, del toreo ayer, enviemos al baúl de los recuerdos todo lo que no cuadra con nuestros esquemas preconcebidos. Cuando al aficionado dogmático de nuestros días se le habla de toreo en redondo o toreo en ochos, por ejemplo, tuerce el gesto y mira para otro lado pues esas precisiones técnicas, imprescindibles para entender la historia del toreo, le complican la vida y ponen en solfa sus conocimientos anteriores. Todo antes que tener rectificar sus ideas por muy erróneas o parciales que estas sean.. Desde luego no manifiestan ningún interés por comprender el toreo sino sólo por reafirmar sus convicciones. Más que un ejercicio intelectual, el toreo es, para esos aficionados, un ejercicio de fe religiosa.
El estado de la cuestión

Creo que esa radical incapacidad de entender lo que realmente ocurre en el ruedo, propiciada por una visión esquemática y nostálgica, basada en la simplificación de la técnica y en el culto al pasado imaginario, es la que explicaría el radical y eterno descontento o desencanto con el que el aficionado a los toros afronta históricamente su afición.

Dicho de otro modo, no es fácil entusiasmarse con lo que ocurre en la plaza, cuando lo que vemos en ellas no tiene nada con ver con lo que quisiéramos o nos gustaría ver que es lo que ocurre cuando analizamos y valoramos el toreo actual a través de los clichés y estereotipos con los que solemos ir a los toros.

Premiada de forma menor, la grandiosa actuación de Talavante en Madrid con un toro de Cuvillo, ha puesto en evidencia la incapacidad de la afición más conspicua (la madrileña) para entender cabalmente lo que ocurría en el ruedo. Madrid se emociona (¡y de que forma!) pero sólo con lo evidente y emocionante.
(Continuará)