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miércoles, 18 de agosto de 2021

La ortodoxia del heterodoxo Manuel Benítez

 Por Antonio Luis Aguilera


El Cordobés. V Califa del toreo. Un diestro de singular personalidad y de tremendo influjo en los públicos.
 

Nota LRI: En 2002 se publica en Córdoba un libro homenaje al diestro de Palma del Río: "Manuel Benítez El Cordobés. V Califa. Su Tauromaquia" con una recopilación de artículos sobre el torero que marcó toda una época. 

Me ha parecido interesante recuperar algunas de las reflexiones que, en ese libro, hacía un buen amigo mío, Antonio Luis Aguilera. Aficionado cabal donde los haya que no solo escribe muy bien sino que siempre dice verdades como puños. Estas son sus reflexiones sobre Manuel Benítez.


"Ahora bastantes años después, aprovechando la perspectiva que ofrece el paso de los años, observo la verdadera dimensión de quien fue figura en la historia del toreo como uno de los espadas más importantes de todos los tiempos, aunque siga siendo cuestionado por un sanedrín de aficionados y críticos que lo etiquetan como un fenómeno social, y le culpan de todos los trucos y fraudes del toreo de su época, acusación que también hubieron de soportar toreros como Guerrita, Joselito y Belmonte, Manolete... Sería absurdo ocultar que durante el reinado de El Cordobés pudieron cometerse abusos con la intención de proporcionar cierta comodidad al torero. Más ello siempre ocurrió y ocurrirá con los matadores que han mandado de verdad en el toreo, y no debe ocultar que Benítez, aceptando su condición de máxima figura dio la cara en todas las plazas importantes, tiró del carro de la Fiesta como nadie jamás lo hizo, y triunfó clamorosamente donde actuó, sin que se le resistiera ninguna puerta grande, incluida la del Príncipe en Sevilla, plaza donde cortó un rabo, o la de las Ventas, cuyo umbral cruzó cinco ferias de San Isidro, dos de ellas en 1970 tras cortar ocho orejas en dos tardes.

El Cordobés en Sevilla tras cortar un rabo a un toro de Nuñez.


El Cordobés fue la locomotora que remolcó el toreo de su tiempo. Y lo hizo con una fuerza arrolladora que no nacía de su simpatía natural, ni de los chispazos de humos que intercalaba en algunas actuaciones, ni del desenfadado salto de la rana... Si prescindimos de la puesta en escena del genio y analizamos objetivamente el fondo de su obra, comprobaremos que la verdadera energía que lo propulsó hacia la cúspide del firmamento taurino fue su propio toreo. Así de simple ¡Y de difícil! Un toreo que conectaba inmediatamente con el público que aguardaba expectante la llegada del último tercio de la lidia. Era en ese momento cuando el genial torero tomaba los trastos para dirigirse a los medios y allí, centrado con el toro, lo citaba para dejarlo venir por su terreno natural y con espléndida flexibilidad de cintura y portentoso juego de muñecas, lo llevaba hacia atrás, hacia el terreno de su espalda, donde lo recogía nuevamente para ligar interminables series de pases redondo, técnicamente resueltas con el de pecho, que por cierto era auténticamente obligado.

El natural de El Cordobés, mandón y rematado detrás de la cadera... ¡Y en series de 6 o 7!


Así de esta forma tan ortodoxa, fue como el heterodoxo Manuel Benítez rompió todos los moldes tremendistas con que los escolásticos pretendieron encasillar su toreo.

viernes, 17 de noviembre de 2017

De Valdepeñas a Linares

Por Antonio Luís Aguilera

Pepín en el Sanatorio de Toreros convalece de la cogida de Valdepeñas (8 de agosto de 1947). Su cara lo dice todo.

Faltando veinte días para la cita de Linares, Manolete vio la muerte en Valdepeñas. Fue una tarde extraña, de calor sofocante que encendía el griterío de los tendidos, en un ruedo seco que levantaba nubes de arena ante las inciertas embestidas del encierro de Concha y Sierra. Se observaba preocupación en los toreros por el feo estilo de la corrida. Curro Caro despachó su lote con oficio. 

Curro Caro en Valdepeñas el 8 de agosto del 47

Manuel Rodríguez había cortado las orejas y el rabo del segundo, trofeos que rechazó ante las protestas del respetable; en el quinto se dividieron las opiniones, algo habitual en un público cada vez más en contra. 


Manolete en el segundo de la tarde.

Pepín Martín Vázquez
escuchó palmas en el tercero y buscaba tocar pelo en el sexto, al que saludó con hermosas verónicas e hizo un bonito quite por chicuelinas, que silenció las protestas que denunciaban cojera de la pata izquierda. 

En el callejón, sin soltar el capote, Manolete fumaba un cigarrillo atento al planteamiento de faena de Pepín, que inició el trasteo con unos estatuarios que fueron ovacionados. Con la muleta en la izquierda el toro protestó al tomar el primer natural, repuso y, sin atender el toque, volteó al torero corneándole con saña en la pierna izquierda hasta que el diestro cordobés acudió e hizo el quite. El silencio se apoderó de la plaza ante la visible hemorragia, el nerviosismo del trance, y los rostros desencajados de los compañeros asistiendo al herido para conducirlo a la enfermería. En otro lado del palenque, Manuel Rodríguez fijaba con el capote la atención del toro, observando el pitón ensangrentado y esa mirada fiera, cargada de muerte, que solo saben ver los toreros. 



La cogida de Valdepeñas en 3 imágenes. El toro de Concha y Sierra, mete el pitón mientras Pepín instrumenta un natural. El diestro sevillano caído en el ruedo. Mientras se levanta intentando tapar con la mano la hemorragia, Manolete le hace el quite.

En el interior del cuarto del hule, las expertas manos del doctor Izarra lograron detener la hemorragia en una operación de urgencia vital, pero la gravedad de las lesiones exigía el traslado del herido a un centro hospitalario adecuado, para llevar a cabo una delicada intervención de reconstrucción vascular. No había tiempo que perder. Madrid quedaba a más de doscientos kilómetros y la zozobra comenzaba a adueñarse de los hombres del toro. Manolete ofreció su Buick azul para llevar al compañero al Sanatorio de Toreros, donde avisado aguardaba el doctor Jiménez Guinea, y ocupando el asiento del volante abandonó velozmente la ciudad manchega. Tras el penoso e incierto trayecto, la eficaz intervención del célebre cirujano devolvía a los toreros la esperanza y la sonrisa al filo del nuevo día. Pepín había salvado la vida. 

Manolete con su Buick. Camará observa.

Antes de partir de Madrid para cumplir los contratos del agosto más duro de su carrera, Manolete acudió al Sanatorio para animar a Pepín y despedirse. Ninguno podía imaginar que el adiós sería para siempre. Años después, el fino torero de Sevilla manifestó que nunca pudo olvidar el gesto de su compañero, confesando que el beso que le dio Manuel al despedirse era el recuerdo más hermoso que guardaba de su paso por el toreo: “De Manolete me pasaría la vida entera diciendo cosas. Lo recuerdo constantemente. Fue un hombre inmenso y un torero como no he conocido otro. Ahora pienso que yo tuve mucha suerte en Valdepeñas y él muy poca en Linares. O al revés, porque los hombres no seremos nunca capaces de entender los designios de Dios”. 

En Valdepeñas antes del paseillo, Pepín sonríe. A la derecha se adivina el perfil de Manolete. Luego tras la cogida, el cordobés iría a visitar al diestro de la Resolana al Sanatorio de Toreros
Para el cordobés continuaba el viacrucis en que le habían convertido 1947 desde el regreso de México. Con pena observaba cómo el público que antes le aclamaba entusiasmado ahora le insultaba y le enseñaba las entradas. Había dado fruto la campaña de un influyente sector de la crítica, clanes taurinos y diestros incapaces de aguantarle el pulso en la plaza: la alianza que buscaba destronarlo acusándole de ser el culpable de lo peor del toreo. 

Manolete en el callejón de la plaza de Gijón. La campaña del norte tuvo una dureza inusitada.

Manolete anhelaba acabar la temporada, colgar el traje de luces y casarse con Antoñita, la mujer que amaba, cuyo enlace estaba señalado el 18 de octubre en Barcelona, como reveló más tarde quien fue su confidente, el periodista don Antonio Bellón. Pensaba que había llegado la hora de disfrutar de su fortuna antes de que pudiera arrebatársela un toro, pero su estricto sentido del deber le imponía cumplir los compromisos y entregarse en cada plaza. Eso fue lo que hizo con los puntos sin cicatrizar de la cornada sufrida el 16 de julio en Madrid, su última tarde en Las Ventas, corrida de Beneficencia que toreó cediendo sus honorarios para los necesitados. 

Un respiro. Los días de Fuentelencina con Antoñita Broncalo.

Agosto barruntaba tormenta. Se desencadenó en Linares como pudo haber sido en cualquier lugar. Un relámpago rasgó la tarde y el estruendo del trueno enmudeció al orbe taurino. 



La cogida en dos fotografías tomadas por un aficionado desde el tendido y que fueron publicadas en el número extraordinario que El Ruedo publicó tras la cogida.
Lo que vino después resulta conocido. O no tanto, porque ante el horror de su muerte afloraron sentimientos de culpa y medias verdades que forjaron una historia con aires de leyenda, narrada con los tonos hipócritas de aquella España en blanco y negro. Se obviaba el drama de un hombre joven, que hubo de sufrir el desprecio de los suyos por la mujer que amaba, con la que convivía desde 1943, porque su madre y entorno no la consideraban digna de ser su esposa. Tras la crucifixión faltaba la lanzada, ejecutada en el hospital de Linares por los que presumían de amigos, al negar a Antoñita el paso a la habitación de Manolo hasta que en ella moraba un cadáver. 

Su novia solo pudo entrar a verlo después de muerto. No la dejaron pasar mientras moría.

Terminaba el acoso y derribo del rey de los toreros. Nacía el mito. Fue en la corrida número veintiuno de su temporada española, el mismo que llevaba marcado a fuego Islero, el toro que lo mató, cuyo certero derrote silenció tanta culpa inconfesable.

Remate. La elegancia torera de un gran torero. En Gijón con la capa.

domingo, 16 de julio de 2017

La última tarde de Manolete en Madrid

Por Antonio Luis Aguilera

Como era habitual en la Beneficencia, los toreros (Manolete, Gitanillo y Pepín) cumplimentan a Franco (Fotografía publicada en el Ruedo el 17 de julio de 1947)
La expectación por ver al torero de Córdoba era enorme. El monstruo actuaba en la corrida de la Beneficencia sin cobrar sus honorarios, para contribuir, con su toreo y con su generosidad, a financiar las obras de ampliación del Hospital Provincial de Madrid. Nadie podía imaginar que aquella luminosa y calurosa tarde del 16 de julio de 1947 el famoso diestro iba a echar su último paseíllo en Las Ventas, pero el destino había previsto que el cartel de ese día pasara a ocupar un lugar preferente en los anales de la plaza monumental: Toros de Bohórquez para Gitanillo de Triana, Manolete y Pepín Martín Vázquez.
El segundo toro de la tarde se había defendido con aspereza, sin permitir que Manolete le impusiera su toreo. Durante el trasteo, parte del público, de ese que disfruta levantando ídolos para luego pisotearlos, se metió con él enviándole algunos recados con intención de herirle: ¡Ya era hora de que vinieras a Madrid! ¡Aquí queremos cogerte! ¡Lo de siempre, Manolete, lo de siempre! ¡Menos cuento, acércate más y menos cuento!... Los aficionados de verdad observaron que el toro no admitía faena y optaron por callar, pero su respetuoso silencio fue utilizado como caja de resonancia por los desalmados que ofendían al torero escondidos en la inmensa masa de público.  

Manolete iniciando su faena a Babilonio por estatuarios como en él era habitual (Fotografía publicada en el Ruedo, el 17 de julio de 1947)
Manuel tenía puesta toda su esperanza en Babilonio, el quinto de la tarde, pero una vez más falló el tópico y el toro resultó tan manso como toda la corrida, costó trabajo meterlo en el caballo y la ardua lidia para llevarlo y traerlo despertó en su comportamiento una clara incertidumbre, que desarrolló vacilando en las primeras arrancadas, donde protestó con violentos derrotes cuando era obligado por la poderosa muleta de Manolete, quién a pesar de los tornillazos lo recibió sin dudas, con unos portentosos y majestuosos doblones rodilla en tierra, rematados con calculada severidad, dejando caer la franela sobre la arena. Fuera de la segunda raya, el cordobés probó el toreo en redondo, pero el manso volvió a sacar su genio y su  peligro, se quedaba corto, medía y buscaba sin disimulo al torero, que lógicamente hubo de resolver mejorando su terreno. Fue entonces cuando desde un tendido de sombra un miserable gritó con todas sus fuerzas: ¡Cobarde! 

La mejor contestación a ese injusto grito la dio Gerardo Diego: "¡Cobarde! grita un cobarde/y un valiente palidece/la afrenta ciega la tarde/y el instante enorme crece"
Un sentimiento de vergüenza ajena se apoderó del monumental recinto. Manolete, de forma instintiva, levantó la mirada tratando de localizar el lugar que ocupaba el valiente espectador, pero inmediatamente volvió su mirada al toro, atornilló las zapatillas en la arena, y con la muleta en la diestra aguantó impávido las inciertas acometidas del murubeño, que probaba y había que esperarle mucho. La angustia se adueñó de la plaza ante el estoicismo de Manolete, que espeluznantemente resistía en el sitio, sin variar su posición, hasta que en un pase el toro derrotó de forma seca y le hirió en la pierna izquierda. El fugaz gesto de dolor del espada encogiendo la pierna hizo pensar que se trataba de un simple varetazo o un pisotón. 

El momento de la cogida con la pierna izquierda del torero levantada por el derrote seco del pitón del toro de Bohórquez (Fotografía publicada en el Ruedo el 17/07/1947)
Mas él sabía que estaba herido y continuó su faena con indecible exposición, perseverando su toreo sobre ambas manos, mientras un hilo de sangre bajaba por la pantorrilla tiñendo de rojo la media. La casta de Manolete suplía su falta de facultades, seguro de su dominio fue bajando cada vez más la muleta hasta imponerse definitivamente a Babilonio, que acabó entregado al espada que domeñó su violencia, y colaborando en una faena que fascinó a veinticuatro mil personas que no creían lo que veían sus ojos. La afición comprobó que el torero estaba herido, y se entregó unánime e incondicionalmente ante la belleza e importancia de aquella faena emocionante, dominadora, de quien erguido como una torre en el ruedo, aguantó, ligó y bajó las manos como nadie antes lo había hecho.  

Con la media ensangrentada y la mirada clavada en el morrillo, Manolete atacó derecho y dejó una estocada en todo lo alto que, en escasos segundos, provocó la muerte del murubeño. 

La estocada. Un hilo de sangre mancha la media rosa. Manolete mata a Babilonio (Fotografía publicada en el libro "Cuando suena el clarín" de Corrochano)
Los miembros de la cuadrilla le esperaban al salir de la suerte, y el torero se echó en sus brazos para que lo llevaran a la enfermería, donde fue intervenido quirúrgicamente. Cuando toda la plaza se puso en pie, unos aficionados desvelaron a la policía el escondite y la identidad del espectador que había insultado al torero, y esta hubo de acudir de inmediato para prestarle protección. A Manolete le otorgaron las orejas, que no pudo pasear por el ruedo donde había derramado su sangre.    

El Mosntruo camino de la enfermería en brazos de las asistencias (Fotografía publicada en El Ruedo, el día 17)
Estando recuperándose en el Sanatorio La Milagrosa de Madrid fue visitado por José María Carretero, escritor montillano que popularizó el seudónimo El Caballero Audaz. El paisano le comentó la mala pata que había tenido la corrida, pero Manolete mostró su disconformidad con unas palabras que delataban su grandeza como hombre y como torero: ¡No lo creas!... Yo la consideré una corrida de suerte, a pesar de la cogida que me tiene aquí fastidiado... Se trataba de una corrida de Beneficencia, en la cual yo no cobraba nada. En estas obras benéficas, el millonario, con sacar la cartera y dar un cheque de cien mil pesetas, ya está listo; pero yo he tenido la satisfacción de haber colaborado en una obra de caridad con dinero, con mi arte y, porque Dios lo ha querido, con mi sangre; esto es un lujo que no se lo puede permitir todo el mundo. Además, tuve la suerte de torear a gusto y bien.

Manolete recuperándose de la cogida en el Hospital, donde le entrevistó el Caballero Audaz (Fotografía publicada en el Ruedo el 24 de julio)
Cuarenta años después, quien hilvana estas líneas tuvo el privilegio de sujetar el traje que Manuel vistió aquella tarde, un terno celeste y oro, ligeramente palidecido por el tiempo, que el torero regaló a su íntimo amigo Manuel Sánchez de Puerta Guerrero. Con emoción acariciamos las taleguillas, que se hallaban como se las quitaron en la enfermería, mostrando el boquete que horadaba la seda a la altura de la pantorrilla izquierda, la huella de Babilonio, teñida con un reguero de sangre que llegaba a los machos. Aquellas taleguillas testimoniaban la entrega del rey de los toreros, el extraordinario matador que implantó definitivamente el toreo ligado en redondo como canon de faena seriada, donde el espada deja venir al toro por su terreno natural para llevarlo hacia atrás y hacia dentro, la sólida estructura de un sistema capaz de acoger los más diferentes estilos, al que habrían de adaptarse todos los toreros. 

Y en efecto, a su sistema, al sistema de Manolete, tuvieron que adaptarse todos los toreros, comenzando por ese genial Pepín Martín Vázquez que supo adaptar a la estética sevillana los modos y maneras toreras del rey de los toreros: ¡Manolete! (Fotografía de un natural de Pepín de esa tarde publicada en el Ruedo el día 17) 
Addenda:

A la semana siguiente, no sólo el Caballero Audaz, sino también un reportero del Ruedo entrevistaba a Manolete postrado en cama y recuperándose de la cogida. Esto es lo que opinaba el de Córdoba sobre el público madrileño:


El toreo de aguante y exposición que Manolete prodigaba todas las tardes (Fotografía de un natural a Babilonio publicada en el Ruedo, el día 17)
Esa faena y la del segundo toro (de Vicente Charro) están recogidas en la colección Achúcarro. La vemos.

lunes, 22 de mayo de 2017

"Tercio de Quites". Una gran tertulia taurina y cordobesa

Por Antonio Luis Aguilera

En Córdoba, en la explanada de la Plaza de toros, antes de salir hacia la finca de Jacinto Ortega para asistir el pasado sábado a un tentadero de su ganadería. Una ganadería rara avis en el actual panorama ganadero pues tiene puro abolengo veragueño (el más puro según los estudios de la Unión sobre el ADN). En el grupo -buen grupo- nos acompaña también, otro amigo nuestro y de la Tertulia, el joven y gran aficionado mexicano Manolo David Castillo (Fotografía de José Luis Cuevas)

NOTA de LRI
: Confieso que esto de las asociaciones siempre me ha traído un poco al pairo y es que, a lo largo de mi vida, he preferido andar por libre antes que tener que marcar el paso al compás de un grupo cualquiera y es que, lo de las Asociaciones, Comités, Sindicatos, Partidos, etc. siempre me ha parecido más una forma de medrar o figurar que de involucrarse en causas que merezcan la pena.

Sin embargo, es evidente que no se puede aplicar el mismo rasero a todos estos grupos. Quizás por eso, últimamente uno ha acabado por implicarse con varios de ellos pero es que, como digo, no es lo mismo aprovechar y utilizar a los que nos rodean para defender intereses personales indefendibles o inconfesables. que luchar por fomentar o difundir la fiesta o, más sencillamente, reunirse  con los amigos para pasar un rato hablando de toros o de flamenco.

De este último tipo, el del grupo de amigos que se reúnen de vez en cuando sin más interés que hablar de su afición común (los toros en este caso), es un buen ejemplo la tertulia taurina cordobesa "Tercio de Quites", con la que compartimos el pasado sábado -en la casa ganadera de Rodolfo, Jacinto y Cristina- una jornada entrañable e inolvidable.

Decía el Selu: "Mis amigos van a hacer fiesta en la Peña/Mis amigos van a hacer una excursión/Mis amigos van a hacer arroz en el campo/Y van a hacer jornada de mus y dominó"... Pues eso


Tertulia "Tercio de Quites" (Córdoba)

Por Antonio Luis Aguilera

Treinta y dos años han pasado desde que unos aficionados decidieron agruparse para empaparse de los conocimientos y experiencias de quienes de verdad pueden enseñar con autoridad de la materia: los profesionales del toreo. Así nació “Tercio de Quites”, con la filosofía que retrata Alberto Cortéz en su canción “Qué suerte he tenido de nacer”, donde tras este verso dice: ...para callar cuando habla el que más sabe, aprender a escuchar, esa es la clave, si se tienen intenciones de saber. Así, propiciando un clima de respeto y admiración hacía los invitados, conscientes de que se trataban de unos privilegiados cuando alguien les acompañaba, semana tras semana con formato de año académico, han transcurrido más de tres décadas hablando del toreo y compartiendo experiencias únicas en torno del toro bravo.

Ganaderos, toreros, apoderados, empresarios, veterinarios, médicos, profesores de Universidad, mozos de espada, banderilleros, ponedores de torerillos incipìentes, críticos, aficionados... Por Tercio de Quites fueron pasando muchos que tenían cosas que decir sobre este mundo, para compartir experiencias, narrar biografías, desvelar sueños e inquietudes... Para dialogar y ofrecer otros puntos de vista que permiten conocer a fondo el toreo, descubrir perfiles en los que difícilmente pueden reparar los aficionados sin el testimonio de quienes dedicaron sus vidas a la Fiesta, cuyas palabras hilvanaron y tejieron reuniones únicas e inolvidables. 

Un gran matador de toros y miembro del grupo fue José María Martorell, el maestro que tras la tragedia de Linares fue capaz de abrirse paso hasta llegar a figura del toreo. Algo que se parecía imposible en aquella Córdoba hundida taurinamente cuando en 1949 recibió la alternativa. Contaba con enorme cariño el maestro que un atardecer, siendo adolescente, después de un tentadero celebrado en las Cuevas de Altázar, donde había dado unos pases en calidad de aficionado, Manolete, que había dirigido la tienta, lo reconoció al verlo sentado en la gradilla de la puerta de su casa, en San Cayetano, y le dijo dos palabras que jamás olvidaría: ¡Adiós, torero! Sólo el destino sabía la trascendencia de lo que Manuel Rodríguez estaba diciendo. ¿Imagináis –recordaba, José María- lo que significó para mí que ese monstruo me llamara torero? 

Fue tanto el cariño de Tercio de Quites por el maestro, que a su muerte la tertulia instauró el trofeo que lleva su nombre e imagen, obra magistral de los hermanos García Rueda, que colaboraron desinteresadamente en el proyecto. No es el único premio que otorga el grupo, pues anualmente regala un capote de brega al becerrista que destaca en los festejos de promoción celebrados en Los Califas o la provincia de Córdoba. 

Durante estos años varias han sido las sedes de la Tertulia, encontrándose actualmente en la taurina Taberna “San Cristóbal”, en el barrio de Ciudad Jardín, donde los lunes se sigue rindiendo culto al toreo.  

Interior de la Taberna San Cristóbal, donde tiene su sede, los lunes, la Tertulia "Tercio de Quites". La foto corresponde al día del mes de noviembre en el que recorrimos Córdoba de la mano de Antonio Luis Aguilera y Rafael Sánchez, evocando la memoria de Manolete (Foto José Luis Cuevas).
Nota LRI: A título de curiosidad insertamos a continuación, el listado (que también me facilita Antonio Luis Aguilera) de los premios anuales concedidos por la Tertulia en sus años de existencia (premio "José María Martorell") y también el listado de los becerristas, premiados con el capote de brega que la Tertulia regala cada año al más destacado del año en Córdoba y provincia.





No reproduzco la lista de invitados a la Tertulia porque alcanzan, en estos 32 años de existencia, la altísima cifra de 200. Por la Tertulia, han pasado representantes de todos los estamentos taurinos. Un plantel impresionante.


En la ganadería de Jacinto Ortega quien, junto a su mujer Cristina, acoge todos los años con mucho afecto a los miembros de la Tertulia (y este año también a nosotros), pudimos disfrutar de un tentadero inolvidable viendo torear -con la muleta planchá- al matador Juan Ortega. Un torero de gran y buen estilo (Fotografía de José Luís Cuevas)
Enlace al blog Puerta de los Califas de José Luis Cuevas con algunas imágenes más del tentadero.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Manolete. La culminación de un sueño (IX) La crítica contra el Rey de los toreros

Por Antonio Luis Aguilera


Manolete. Dios del toreo (Fotografía de la web del Ayuntamiento de Alicante)

Nota de LRI: El día antes de nuestro paseo cordobés en memoria de Manolete, nuestro amigo Antonio Luis Aguilera nos hablaba, en magistral charla, con acierto y tino sobre la importancia de Manolete en el toreo venidero y sobre la inquina que sobre su figura desataron algunos aficionados, algunos críticos y, lo que es más penoso, algunos toreros de la época..

Hoy, en la distancia, esa actitud nos parece inconcebible e injusta, como también nos lo parece el trato que otros públicos y otros críticos dieron a toreros tan incontestables como Guerrita o Joselito, por poner dos ejemplos señeros. 

Espero que la  ajustada enseñanza que hoy comparte con nosotros Antonio Luis Aguilera nos sirva a nosotros para no caer de nuevo en los mismos errores. Lo espero, aunque, a la visto del trato que, en ocasiones, reciben los toreros y el toreo de nuestros días, lo dudo.

El texto de Antonio Luis Aguilera, publicado antes en el Diario Córdoba el 28 de agosto de 2012, es impagable.

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Manolete, dios del toreo

El 3 de noviembre de 2005, en la magnífica sede de la Tertulia Taurina “El Castoreño” del Círculo de la Amistad de Córdoba, con el auditorio lleno hasta la bandera y actuando como notario el historiador taurino Fernando Claramunt López, el matador de toros Ángel Luis Mejías Jiménez, último representante de la célebre dinastía de los Bienvenida, una de las más toreras de la historia, respondió con el señorío, sencillez y gallardía que le caracterizaban al ser requerida su opinión sobre la campaña antimanoletista emprendida por críticos y toreros para restablecer la “verdad” del toreo, poco tiempo después de que un toro de Miura matara al torero cordobés: 
“Mire usted, si el toreo ha tenido un dios y una virgen, ése ha sido Manolete. Primero fue él y luego todos los demás. Lo que ocurre es que aquí hay mucha envidia y eso no se perdona. Desgraciadamente, en España hay muchos envidiosos”. 


Contra Manolete

En sus dos últimas temporadas Manolete sufrió el hostigamiento del público. Se metían con él y le protestaban el precio de las entradas. No era de extrañar, pues críticos de la influencia de Gregorio Corrochano (Diario ABC) le habían llamado banquero en sus crónicas al verlo de espectador en la feria de Sevilla. 

Resulta sorprendente que un crítico tan conocedor como Gregorio Corrochano participase en dos de las campañas más injustas de toda la historia del toreo: Las iniciadas contra Gallito en 1919 y contra Manolete en el 46.. Luego quiso enmendarlo en sus libros postreros ("¿Qué es torear?" y "Cuando suena el clarín") pero el daño ya estaba hecho.

Por otra parte, toreros que gozaban del fervor de una crítica ortodoxa pero de escasas miras, nunca perdonaron al espada de Córdoba que les anticipara la retirada, como fue el caso de Marcial Lalanda, quien juzgaba a Manolete de torero corto que se desenvolvía bien con los toros chicos y afeitados, cuando precisamente fue él quien protagonizó un enorme escándalo en Valencia, al aparecer afeitada en los corrales de la plaza la corrida del Conde de la Corte prevista para su despedida de la afición de aquella ciudad, hecho que originó el arresto y consiguiente rapado al cero de su representante, como entonces era habitual. 

Manolete era el torero que más cobraba, porque era el que más se arrimaba. Precisamente por eso ocupaba el trono del toreo y mandaba en la Fiesta. Y como no podían pararlo, los envidiosos recurrieron a quienes sin escrúpulo propagaron que en él todo era truco y fraude. Sin embargo, la historia termina poniendo a cada uno en su sitio, por mucho que se empeñen en lo contrario algunos de los que la escriben. Basta comprobar cómo se toreaba antes de Manolete, examinando fotos de los toreros más influyentes de las primeras cuatro décadas del siglo XX, para verificar que se trata de un toreo de escasa reunión, con trasteos a la defensiva, donde la muleta balbucea un toreo de mayor sosiego, pero todavía desplaza al toro lo más lejos posible del sitio que ocupa el torero. El público aceptaba esta tauromaquia y veía como algo extraordinario cuando un toro propiciaba una actuación donde adquiría protagonismo la quietud de piernas. 

El toreo anterior a Manolete era -en general- un toreo de poco ajuste y escasa quietud (fotografía de un natural por alto de Vicente Pastor en la primera década del siglo XX, publicada hace unos días en Toro, torero y afición)
Quietud y ajuste

Por el contrario, analizando detenidamente fotografías de Manolete podemos observar que nos hallamos ante un toreo que no ha perdido actualidad. El ligado en redondo, donde el diestro deja venir al toro por su terreno natural para obligarlo a ir hacia atrás y hacia dentro, un planteamiento, que permite la ligazón de los pases, no fue descubierto por el inolvidable torero de Córdoba. Téngase en cuenta que en su formulación y desarrollo tuvieron mucho que ver matadores como Guerrita, Joselito y Chicuelo. Ahora bien, lo que sí hizo Manolete fue aceptarlo y adoptarlo como patrón de su modelo de faena y ejecutarlo ante todos los toros. De esta forma, asumiendo el riesgo que conllevaba no esperar a que saliera “su toro”, con una firmeza y regularidad impresionantes, implantó definitivamente el toreo ligado en redondo como la base técnica donde habría de cimentarse cualquier manifestación artística. 

Antes de él se hablaba de “parar, templar y mandar”, pero fue necesario su reinado para hallar el gozne que permitiera la implantación y desarrollo de esta célebre fórmula, atribuida a Belmonte, a la que le faltaban los verbos: “aguantar y ligar”. Manuel Rodríguez asume cada tarde el riesgo que supone, mientras los demás murmuran que está llegando muy lejos, porque a todos los toros no se les puede torear por naturales y, por supuesto, porque ninguno es capaz de aguantarle el pulso. 

Comentaba el matador de toros Rafael Jiménez Castro “Chicuelo”, hijo del gran maestro sevillano que otorgara la alternativa a Manuel: 
“Mi padre decía que Manolete fue el único torero al que había visto pararse con los toros gazapones”.
Manolete fue el primer torero de la historia que se paró de verdad con los toros que entraban en la muleta gazapeando. Sólo los aficionados saben el mérito y la verdad que eso supone. 

Unidad de estilo. Un sistema de torear novedoso

Sobran comentarios, pues cualquier aficionado sabe lo que eso significa. Sin embargo, no podemos pasar por alto que esta valiosísima opinión confirma que el toreo de Manolete tenía unidad de sistema porque lo aplicaba a todo tipo de toros.

El tiempo acabó desarmando a quienes interesadamente etiquetaron al espada cordobés de “torero corto”, como Marcial Lalanda, que fue “el más grande” en la letra de su pasodoble. A un torero de la solemne majestuosidad y hombría de Manolete no se le puede juzgar por el austero catálogo de suertes que practicaba. El torero cordobés no realizaba, ni falta que le hacía, quites como el de la mariposa, donde se le tocan las orejas al toro, ni necesitaba torear de rodillas para que el público vibrara. Sin embargo, ejecutó con singular pureza las suertes fundamentales de la tauromaquia, como la verónica  -reina del toreo a capote-, el natural -rey del toreo de muleta- y la estocada -reina de todas las suertes, llamada suprema porque en ella se pierde de vista la cara del toro cuando se entra a matar derecho y atacando arriba-. Sin concesiones a lo accesorio, Manolete ejecutó las suertes fundamentales en sus actuaciones. ¿Torero corto?

También Domingo Ortega, aprovechando que soplaban vientos a favor cuando Manolete ya no podía replicarle, conferenció sobre la “verdad” del toreo censurando al diestro que no adelanta la pierna contraria cuando se arranca el toro, porque no carga la suerte. Era una clara referencia al toreo de perfil del espada cordobés. Pero si la verdad del toreo se resumiera en esa acción de avance de la pierna de salida, todos los toreros, desde Manolete hasta nuestros días, habrían sido unos farsantes. Y no fue así. Conviene precisar que Manuel Rodríguez cargaba la suerte siempre que volcaba el peso de su cuerpo sobre la pierna de salida, que es la máxima expresión de entrega y dominio sobre el toro, sin que en ello tenga mucho o poco que ver que el compás permanezca abierto o cerrado. 

No tuvo discípulos Domingo Ortega, que basaba su faena en un intercambio de pases y pasos, en un toreo sobre las piernas, de avance con el toro, armonioso para quienes aceptaban esta forma de dominio y de menor valor para los que veían en su sistema una forma más o menos elegante de irse al rabo. 

Por el contrario, todos los toreros adoptaron para expresar su arte el sistema de toreo ligado en redondo consolidado por el torero cordobés, donde el lidiador, con el compás abierto o incluso retrasando ligeramente la pierna de salida, deja venir al toro por su camino natural para, sin quebrar su viaje hacia afuera, llevarlo hacia atrás y hacia adentro, y con un giro de talones resolver la colocación para ofrecer nuevamente la muleta y ligar los muletazos. 

Ninguna campaña pudo evitar que la sombra de Manolete siguiera agigantándose en la historia de la Fiesta, porque como escribió “Clarito”: 
“El toreo está tan lleno de Manolete como los cielos y la tierra de la voluntad de Dios”.
Frente a la inquina de algunos aficionados, algunos críticos y algunos toreros, los públicos reconocieron mayoritariamente en España y, sobre todo, en México la categoría y grandeza de este dios del toreo (Manolete en Alicante. Fotografía publicada en la web del Ayuntamiento)

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El viernes en Córdoba

Por Jose Morente



Alabado por muchos (En México era un dios) y criticado por algunos, la figura de MANUEL RODRÍGUEZ MANOLETE, pieza clave en la historia del toreo, se agiganta a medida que pasa el tiempo. 

Manolete no es el martillo que destroza y pulveriza las normas clásicas o el canon belmontista, como algunos han dicho, sino el torero en el que culmina el sueño del toreo en redondo que tantos desvelos e inquietud había provocado los toreros desde los albores de la Fiesta. Al mismo tiempo con Manolete empieza también la andadura, la magnífica andadura, del toreo moderno.

Sin conocimiento, no puede haber entusiasmo ni empatía. Analizar el toreo de nuestra época, sin conocer cuál ha sido el papel y legado de Manolete (y el de Guerrita, y el de Joselito el Gallo y el de Chicuelo) en su construcción, es imposible. 

Quizás ese desconocimiento sea la principal causa del desapego de muchos aficionados de hoy hacia el toreo de hoy. Un toreo que es hijo legítimo y magnífico de la apuesta que hace ya 70 años hizo, en los ruedos, un cordobés cabal y honrado como pocos.

Es necesario, por tanto, evocar su figura, analizar su papel en la historia del toreo y recuperar su memoria. Sólo entendiendo a Manolete y descubriendo lo que significó y supuso su arriesgada apuesta torera, podemos entender plenamente el toreo de nuestra época. 

miércoles, 6 de julio de 2016

El toro Ratón se llamaba "Centella"

Por Antonio Luis Aguilera

 Madrid 7 de julio. Manolete torea a "Ratón" de Pinto Barreiros (el sobrero más famoso de la historia del toreo) mirando al tendido.(Dibujo de Antonio Casero publicado en el Ruedo el día 11)

En la temporada de 1942 fue desenjaulado en los corrales de la madrileña plaza de Las Ventas el novillo “Centella”, marcado con el número 242, de pelo negro, perteneciente al hierro portugués de Pinto Barreiros. Era hijo de la vaca del mismo nombre y del semental “Interrogado”, extremos que serian facilitados años más tarde por los propietarios de la ganadería, debido a que en aquellas fechas no existían documentos que registraran los datos de las reses, como hoy ocurre con los certificados de nacimiento, ni tampoco el Libro Genealógico.

Este ejemplar acabaría siendo inquilino de los corrales madrileños cerca de dos años, pues aunque era encerrado como sobrero en algunas corridas, la puerta de su chiquero volvía a abrirse para que retornara a los cobertizos de reses previstas para la lidia. Así, “Centella” se hizo toro y fue acostumbrándose al lugar, tomaba las puertas cuando era requerido para  cambiar de corraleta, y acudía tranquilo a los pesebres para consumir su pienso y el destinado para otros toros, motivo por el cual fue “bautizado” como “Ratón” por el mayoral de la plaza. 

El 6 de julio de 1944 se celebraba en Las Ventas la tradicional corrida de la Prensa y la plaza se llenó hasta el tejado para contemplar la actuación de Luis Gómez “El Estudiante”, Juanito Belmonte y Manuel Rodríguez “Manolete”, que habrían de vérselas con toros de Alipio Pérez Tabernero. A mediodía, tras la celebración del sorteo, fueron enchiqueraron, por orden de lidia, “Ratonero”, “Perdigón”, “Carbonero”, “Rabón”, “Costurero” y “Naviero”. También, una vez más, “Centella”, que en los documentos oficiales era reseñado con el calificativo que por glotón le había adjudicado el mayoral del coso. 

Con cinco años cumplidos y otro nombre, “Centella” iba a convertirse en el toro más célebre de la ganadería de Pinto Barreiros. El público protestó la presencia de “Naviero”, sexto de la tarde, y el presidente señor Cartier, a quien asesoraba el matador de toros Antonio Márquez, ordenó su devolución. Llegaba la hora de la verdad para el viejo inquilino de los corrales venteños, que a pesar del tiempo permanecido en ellos y contra toda lógica embistió con celo al capote de Manolete, que lo saludó con unas  magníficas verónicas a las que puso broche con media escultural que por majestuosa levantó el clamor de la plaza.

El de Córdoba, que estrenaba un traje violeta y oro, se dirigió al tercio para brindar al público la que luego sería considerada como una de las mejores faenas de su vida. Dueño y señor de la situación ligó en un palmo de terreno una serie de cinco naturales, que por su inmensa torería cautivaron el alma de la afición más exigente del mundo. “Ratón”, haciendo gala de su casta y encelado por el poderoso temple del “Monstruo”, tomó otras dos series de cuatro naturales cosido a la tela que le obligaba a rodear la esbelta figura del torero, mientras éste, erguido como una torre, parecía clavado en el ruedo.

El natural de Manolete. Economía de movimientos (Foto publicada en el Ruedo el día 11)
En un alarde de mando sin igual, Manolete agarró el estaquillador con la mano derecha y dejando llegar a “Ratón” lo toreó increíblemente despacio mientras dirigía la mirada al tendido. Era la primera vez que lo hacía en Madrid, que rendida a su proverbial toreo no daba crédito a lo que veía, una faena mágica, engarzada con indescriptible primor y elegancia, donde los pases fluían ceñidos con asombrosa lentitud. Tras unos molinetes el animal juntó las manos, el público enmudeció y el matador atacó despacio y en rectitud para enterrar la hoja del acero en el morrillo del noble toro.

Manolete sale de Madrid a hombros el día 6 de julio de 1944 (Foto publicada en el Ruedo el día 11)

Al caer la tarde, en la calle de Alcalá nadie hablaba de las tres orejas conseguidas por Manolete, sino de la asombrosa faena que hizo a “Ratón” el rey de los toreros. Curiosamente, con este toro utilizó por última vez Manuel Rodríguez la espada de acero para ayudarse en la faena de muleta, pues de Madrid viajó a Pamplona para actuar en las fiestas de San Fermín y tuvo un accidente de circulación en las proximidades de Buitrago, donde todos los ocupantes del vehículo resultaron ilesos excepto él, que sufrió fractura en el dedo pulgar de su mano derecha. Desde su reaparición en la Línea de la Concepción usaría el estoque simulado. 

¡Así no ha toreado nadie! (Titular de la crónica de Federico M. Alcazar en el dinamitado diario Madrid (7 de julio de 1944)
Nota de LRI: Paco Laguno en su colosal Tauromaquia del Monstruo de Córdoba, afirma que el verdadero nombre de "Ratón" era "Rabanito" y aporta algunas pruebas de ello. Sin embargo su tesis suscita algunas dudas (por ejemplo, no coinciden los números de los toros). Joaquín López del Ramo apuesta, al contrario, por "Centella" que es el nombre que le atribuye al toro uno de los descendientes de su ganadero. Quede constancia de esta pequeña duda.

domingo, 22 de mayo de 2016

Un siglo apasionante (De Gallito a José Tomás)

Por Antonio Luís Aguilera



“En José estuvo el soplo
y en Juan la brasa:
y en los dos encendida,
la llamarada”
José Bergamín


Dicen que Juan Belmonte paró el toreo, pero quien de verdad se paró fue el genio de Triana, que conservando la quietud de plantas toreó a la verónica como nadie lo había hecho: cuadrando el capote para encelar, adelantándolo para citar, enganchando al toro antes de que llegara al terreno del torero y, atrayéndolo en un temple portentoso, llevarlo hacia detrás de la cadera, agotando el recorrido del brazo, para inmediatamente volver a presentarle la tela y ligar otra verónica que parecía continuación de la anterior. Y así, los lances se sucedían mientras el toro repetía, hasta ser abrochados con media verónica escultural, liándose el animal a la cintura, que liberaba la emoción contenida del público y provocaba su jubilosa manifestación ante un toreo nuevo, verdaderamente excepcional, que nacía de la quietud del torero en la suerte. 


La escultural media verónica de Juan Belmonte

Callan que Gallito, con un toro que había evolucionado e iba consintiendo que le disputasen su terreno, reveló la senda del toreo moderno, colocando la primera piedra de la técnica que con el tiempo permitiría la ligazón del toreo de muleta. Una aportación de enorme trascendencia histórica que no halló eco literario, pues mientras Belmonte se rodeó de intelectuales, cuyas glosas le atribuirían la paternidad del toreo moderno, Joselito, enamorado de su profesión y obsesionado por sujetar en solitario el cetro del toreo, frecuentó la vida campera para conocer al detalle todas las ganaderías y las reacciones de los diferentes encastes. De ahí que, a menor relación social, su toreo no encontrara idéntica repercusión literaria. No obstante, desde una perspectiva histórica, aquella segunda edad de oro del toreo –este título ya había rotulado la competencia entre Lagartijo y Frascuelo- no puede entenderse sin la solidaria y determinante influencia de José y Juan.


En el larguísimo pase natural de Joselito se encierran las claves del moderno toreo de muleta
Tras la muerte de Gallito en Talavera de la Reina, un discípulo suyo, Manuel Jiménez Chicuelo, otorgaría continuidad al pase natural revelado por su maestro, pero instrumentado con el aplomo manifestado por Juan. Y como el de la calle Betis estaba bendecido por la gracia del arte, su toreo asombró por la belleza. No lo hizo todas las tardes, pues ni todos los toros lo consentían ni su ánimo se prestaba a batallas, pero cuando manifestaba su arte “acababa con el cuadro”. Su toreo, por sosegado y ligado, era diferente a todos e inmediatamente encontró la cálida acogida del público, que maravillado por tan armónica ligazón comenzó a exigirla a los demás toreros. Para ello fue determinante la faena que Chicuelo llevó a cabo en Madrid el 24 de mayo de 1928, donde deslumbró ligando primorosamente el toreo en redondo por ambas manos a “Corchaíto”, bravo ejemplar de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, al que formó un alboroto que sin lugar a dudas marcó un antes y un después en la historia del toreo.

1928. Chicuelo con Corchaíto. Un antes y un después en el toreo de muleta (aunque él "antes" ya había hecho lo mismo en México)
Un después que concluiría Manolete, figura indispensable para entender el toreo actual, porque representa el eslabón de la cadena que engarza la sabiduría plasmada por Guerrita en su Tauromaquia, con la portentosa técnica revelada por Joselito y la asombrosa quietud de Belmonte, para consolidar el toreo ligado en redondo, método que tras el reinado del espada cordobés sería aceptado por todos los toreros como la estructura necesaria para interpretar cualquier manifestación artística. Manolete acorta distancias y articula la ligazón de los pases para otorgar sentido de unidad a la faena de muleta.

Con escalofriante quietud y asombrosa regularidad añade los verbos “aguantar y ligar” a la trilogía “parar, templar y mandar”, para que adquiera validez un sistema donde el espada deja venir al toro por su terreno natural para llevarlo hacia atrás y hacia adentro. El monstruo cambia definitivamente el toreo: de la expulsión a la reunión, del distanciamiento al ajuste, del pase suelto uno aquí y otro allí al acoplamiento que facilita la ligazón y realza la expresividad artística.

1944- Natural de Manolete en Bilbao. Se consolida la estructura de la faena moderna de pases ligados en tandas.

Consolidado el toreo ligado en redondo, Manuel Benítez el Cordobés irrumpe en la Fiesta para dar un nuevo giro de tuerca al método. El de Palma del Río se impone a un maravilloso elenco de espadas, triunfa clamorosamente en todas las plazas y se convierte en la locomotora que remolca el toreo de su tiempo. También en el torero que más público ha movilizado en la historia del arte de Cúchares, otro heterodoxo histórico cuestionado por los escolásticos de su época. Excluyendo la puesta en escena de Manuel Benítez y analizando su obra, encontramos un torero que conectaba de inmediato con el público cuando sujetando muleta y espada, en los medios y centrado con el toro, lo dejaba venir por su terreno natural, y con espléndida flexibilidad de cintura y gran juego de muñecas lo llevaba hacia atrás, hacia el terreno de su espalda, donde una y otra vez volvía a engancharlo para ligar larguísimas y ajustadas series con las que rompió todos los moldes del toreo en redondo.

El Cordobés enganchaba al toro y lo llevaba hacia atrás con un gran juego de muñecas
Parecía imposible que otro espada pudiera torear más cerca. Sin embargo, la historia volvió a sorprender con Paco Ojeda, otro revolucionario que, en las distancias más cortas, daba los pases más largos, ligando el toreo de un pitón a otro sin variar la posición. El genio de Sanlúcar de Barrameda cambiaba la muleta de una a otra mano para coser redondos con naturales, mientras el toro trazaba “ochos” en sus idas y venidas alrededor del torero, que asombrosamente permanecía impasible en el ruedo hasta cerrar aquellas espeluznantes series con auténticos forzados de pecho. Ojeda dominaba primorosamente los toques, no sólo para fijar o alargar la embestida del toro, sino para obligarlo a describir una curva de más en el remate de la suerte, donde le exigía volver por el otro pitón sin que él rectificara su posición en la arena y mientras el público se ponía de pie al ver lo que ocurría en el ruedo. Paco Ojeda revolucionó la Fiesta desarmando todas las teorías sobre los terrenos del toro o del torero y proclamando un solo terreno: el del toreo.

En las idas y venidas del toro tras la muleta de Ojeda se produce el novedoso y sorprendente aporte del toreo cambiado pero con el torero quieto como eje de la faena.

De todas las fuentes citadas bebe la tauromaquia de José Tomás, y a todas honra con un toreo conmovedor que ha devuelto a la Fiesta la emoción que siempre le tributaron las grandes figuras. Pocas veces la historia del toreo ha registrado una reaparición más deseada por el público y con mayor poder de convocatoria. La afición añoraba la vuelta de José Tomás por su imperturbable quietud, por el sitio tan comprometido que pisa, por lo cerca que se pasa los toros, por su forma de sentir el toreo y porque sabe que está ante un torero histórico. De ahí que las localidades de sus actuaciones se agoten con increíble anticipación, la reventa maneje cifras increíbles y las peregrinaciones de aficionados se sucedan por las plazas donde el madrileño echa el paseíllo. Todos quieren ser testigos de ese toreo de manos bajas mecido por unas telas cuyo temple y mando otorgan majestuosidad y hondura a una reunión que por bragueta, pureza y belleza eriza el vello y pone un nudo en la garganta.

Casi cien años de historia han sido necesarios para la evolución, desarrollo y perfeccionamiento de un toreo apasionante: el ligado en redondo. Desde el soplo de Gallito en la brasa de Belmonte a la llamarada del gran Chicuelo, propagada tarde a tarde por la perseverancia de Manolete, que marca definitivamente el rumbo de la tauromaquia contemporánea, consolidando un sistema que todos los toreros adoptarán para interpretar su toreo. He aquí la síntesis histórica de cuatro figuras legendarias que al expresar el toreo enseñaron el camino que conducía a la ligazón de los pases y su estructura en series, estrechado angustiosamente por Manuel Benítez el Cordobés y Paco Ojeda. Es, en esa estrechez, donde ha brotado una nueva primavera de esplendor y emoción con José Tomás, en cuya manifestación artística confluye el curso de un apasionante siglo de tauromaquia.

José Tomás en Jerez este mismo años. Bragueta, pureza y belleza en el toreo al natural. Un toreo al natural donde confluyen cien años de historia (Fotografía Arjona)
Nota de LRI: Este artículo se escribió hace ya 8 años con motivo de la vuelta a los ruedos de José Tomás. La síntesis que hace de los cien años que llevamos de toreo moderno es sencillamente genial por lo que me ha parecido oportuno rescatarlo ya que al haberse publicado en una revista local concretamente "Toreros cordobeses" no había tenido la difusión que creo que se merece.