Por Jose Morente
Cuando en Sevilla sacaron a saludar a Morante después de que, tras una gran faena, le hubieran echado un toro al corral por transcurrir el tiempo reglamentario, hubo algunos aficionados (demasiados, para mi gusto) que se indignaron y consiguieron que ardieran las redes sociales. No podían entender la benévola (y, sin embargo, justa) actitud del público sevillano. Ellos querían sangre.
Es el mismo planteamiento de aquellos otros aficionados madrileños que se levantaron contra Antonio Ferrera hace unos años en una corrida de Victorino en Madrid, cuando este torero pretendía apuntillar a un toro que había destrozada la rodilla y la carrera profesional del tercero de su cuadrilla en funciones de puntillero.
Y es el mismo planteamiento de quienes, hace muy pocos días y también en Madrid, pedían (con una desmesurada saña y exagerada indignación) que sonara el tercer aviso para David Mora por su desacierto con el descabello. Excesivo rigor con un torero que sólo estaba fracasando en una suerte menor.
Y es que, como bien dice Carlos Ruiz Villasuso en Mundotoro:
"Donde el fracaso no nos basta. No sólo no admitimos que sea el otro lado del éxito, algo pueril, pues el día y la noche siempre se besan a compás de todos los números de los calendarios, sino que sólo nos sirve la derrota. Somos hoy esos que la derrota del otro nos hace más grandes. No el fracaso. Esa forma de pedir la hora de pie, puño en alto, las venas de los cuellos iracundas y las gargantas en graderío de coliseo y el alma desbordando calificativos de paredón. Somos esos que no hacemos prisioneros. Somos la batalla al grito de no hay cuartel. No nos sirve la belleza triste y de luto de pena del fracaso. Sólo nos vale la derrota. Y de ella preferimos la que termina con la humillación".
Esos deshumanizados e insolidarios espectadores de hoy, capaces de empatizar antes con los animales que con las personas, son, a fuer de animalistas encubiertos, (in)dignos herederos de aquellos otros que hace casi justo 100 años, increparon e intentaron agredir a Gallito y Belmonte, a cuenta de una corrida de Murube que, por la glosopeda o por lo que fuese, salió cayéndose. Era el 15 de mayo de 1920. Al día siguiente Joselito se encontró con su destino en Talavera.
Energúmenos de ahora, émulos de aquellos otros energúmenos de antes que prepararon el Gólgota para el mejor de los toreros.
Si esta Fiesta (la del rigor mezquino y la malévola saña) es la Fiesta que predican algunos... ¡Maldita sea esta Fiesta!
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Madrid. 15 de mayo de 1920. Un mulillero contempla filósofo, antes del arrastre, a uno de los toros de esa tristemente famosa corrida. Han pasado 100 años y seguimos igual. |

