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sábado, 29 de mayo de 2021

Digo yo que torear será también esto otro

Por Jose Morente

Emilio Muñoz espatarrado.

Dicen que torear es esto que se ve en la foto. Dicen que lo más fácil es dejar pasar a los toros a su aire con el torero fuera de su trayectoria y dicen además que si escondes la pierna y te pones de perfil, es más ventaja todavía; pues dicen que lo que da miedo y tiene riesgo es darle a los toros el pecho y las ingles muy asentado. Dicen que, al estar cruzado tienes que hacer que el toro cambie su viaje y te rodee y si lo traes enganchado en la bamba y le arrastras la muleta muy ceñido, el toreo es más puro y verdadero y dicen que eso es lo más difícil de hacer. Dicen que, por eso algunos han inventado el toreo moderno: para buscar más ventajas y menos riesgo. Dicen y dicen y no acaban de decir.

Digo yo que me parece bien lo que dicen, que el toreo es y será eso que dicen. Pero también digo yo que torear no será sólo eso. Digo yo que torear no será sólo cruzarse con gesto tenso y crispado en el camino del toro. Digo yo que torear será también estarse quieto, sin menear los pies y sin abrir en exceso el compás, dejando que el toro pueda elegir, llevando al toro por su camino con los vuelillos de la muleta, con un leve movimiento del brazo o, si me apuran, con un leve movimiento de la muñeca o de los dedos. Economía de movimientos. Sin estridencias ni violencias. Sin retorcimientos. Con naturalidad, parsimonia y elegancia. La difícil facilidad. Patrimonio de genios. Como quien no hace nada ¿nada

Digo yo que torear será también esto otro ¿O no?

Pepín Martín Vázquez relajado y natural. ¿Esto no es torear?

martes, 18 de agosto de 2020

La estocada de Frascuelo

 Por Jose Morente

Empuñadura damasquinada de un estoque utilizado por Frascuelo.

Decía Pepe Alameda que era muy poco lo que sus contemporáneos nos habían explicado sobre el modo de torear de Salvador Sánchez Frascuelo.

El torero de Churriana de la Vega pasa por haber sido el más valiente de los valientes. Un rango muy meritorio pues en ese peculiar escalafón de los diestros más arrojados encontramos nombre del calado y la importancia de Diego Puerta o Maoliyo el Espartero

Diego Puerta ha sido uno de los diestros más valientes de la historia del toreo. Por eso Luís Bollaín decía que le veía muchas veces "fantasías de aficionado" con la cara de Frascuelo.

Sonada fue su competencia -larga y dura- con  Lagartijo. Todo ello explica que Frascuelo haya pasado a la historia del toreo como uno de sus nombres más míticos.

Sin embargo, Frascuelo, gran estoqueador, no alcanzó las mismas cotas toreando y su aportación al toreo es, vista con la perspectiva que da el tiempo, bastante reducida. Como decía Pepe Alameda y recogíamos en la anterior entrada, hay diestros que, siendo importantes, no dejan huella histórica al margen de su fama y Frascuelo es posiblemente uno de ellos. Y si su nombre es recordado todavía hoy, quizás lo sea por su papel de contrapunto de Lagartijo quien si que marcó un nuevo rumbo en la fiesta. Con el diestro de Córdoba, la estética, la apostura y la elegancia empiezan a cobrar carta de naturaleza y se imponen como referentes frente a la mera valentía.

En cualquier caso, si no toreando, donde Frascuelo hizo punto y aparte fue en la estocada, la suerte que caracteriza a los toreros valientes. Hay que ser muy decidido para perder de vista los pitones del toro cuando estos cruzan por debajo del cuerpo del torero. Y en la estocada, en la suerte de matar, la memoria de Frascuelo sigue intacta y sus estocadas son todavía recordadas y glosadas, hasta el punto que seguimos llamando estocada frascuelina a aquellas en las que el torero se juega el todo por el todo entrando en corto y por derecho y hundiendo el estoque hasta la bola.

La definición de la estocada frascuelina según Peña y Goñi (Guerrita, 1894. Pág. 148)

Como no hemos visto a Frascuelo no podemos saber como eran esas estocadas. Para intuirlas o soñarlas solo nos cabe leer a sus contemporáneos.

La estocada de Frascuelo según F. Bleu 

F. Bleu seudónimo de Félix Borrell Vidal. Ejemplo de aficionado radical de finales del XIX.

Como toro y torero arrancan a la vez, las estocadas del Negro Frascuelo entran en la categoría de estocadas "a un tiempo". Sus matices nos los describe con mucha precisión F. Bleu, el boticario de la Puerta del Sol, en su libro "Antes y después del Guerra" (Madrid, 1914, páginas 209-210):

"Como todos los buenos matadores que han existido, Frascuelo necesitaba de antemano tener el toro perfectamente igualado y pendiente de su muleta (...). Lo primero lo lograba quebrantando con pases de tremendo castigo en redondo y de pecho, y lo segundo colocándose a la distancia inverosímil de que ya se ha hecho mención, y de la cual, repito, no hay ejemplo en lo moderno, ni acaso en lo antiguo.

Situado a un metro de la cabeza, en el centro de la cuna, entre los dos ojos, acababa de fijar la vista del toro por medio de un movimiento ondulatorio de la muleta. Después de liar en el extremo del palo, armado con la mano derecha a la altura del nacimiento del pecho, sin perfilarse ni meter el hombro izquierdo, empinado sobre los dedos de los pies y estirado el cuerpo, apuntaba calmosamente con la espada y adelantaba las dos manos, bajando la izquierda.

A esta especie de desafío, el toro acudía, y simultáneamente avanzaba Salvador, o más bien, se dejaba caer despacio, llevando brazo y cuerpo en una masa detrás del estoque  y emparejando con imponderable desprecio del peligro y con extraordinaria exactitud.

Como acogotaba a los toros con la izquierda, forzándolos a descubrirse, el estoque no entraba tendido. Como no hería de muñeca ni con la mano alta, no caía perpendicular. Como miraba al morrillo, no se apartaba de la recta y llegaba donde hay que llegar, se burlaba de las bajas, de las atravesadas y de las delanteras. Como hería con el cuerpo más que con el brazo, no había que temer que las estocadas se quedasen a la mitad (...)

Las estocadas altas, hondas y derechas de aquel legítimo fenómeno, avaloradas por unos preparativos y un estilo de entrar a matar que no pueden llamarse más que frascuelinos, se citarán siempre como lo más grandioso y sensacional de un espectáculo que, despojado de lo sensacional y lo grandioso, no tiene más remedio que quedar reducido a piruetas de music-hall"

Al margen de excesos partidistas, la estocada de Frascuelo, tal y como la describe Bleu tuvo que ser una estocada formidable y tremenda, un encontronazo brutal de toro y torero, eléctrico y emocionante, por lo que no me extraña que, en aquella época, arrancase el alarido de los tendidos y pusiera a los públicos en pie.

Tremendismo en la ejecución aparte, su cite (tal como lo describe Bleu) resulta singular y diferente. Anotemos las siguientes características diferenciales:

1º. Frascuelo no se perfilaba, como han hecho hoy y siempre siempre casi todos los toreros, sino que se mantenía de frente al toro y así arrancaba.

Antonio Fuentes "perfilándose" para matar. El título lo dice todo. La colocación de perfil es la habitual en el cite de la estocada.


También de perfil para citar se colocan Emilio Bomba y el Algabeño.

2º. Frascuelo se colocaba en corto y por derecho o, como dice Bleu, a un metro de los pitones y en el centro de la cuna. Hoy y siempre, aunque hay excepciones se suele citar desde más lejos y el torero se coloca en la pala del pitón derecho


Dos excepciones de categoría: Machaquito y Pastor. El recuerdo de Frascuelo - y aún más, el de Mazzantini- citando entre los pitones estaba todavía muy cercano.

Pero lo habitual es colocarse algo más lejos y en la pala del pitón derecho.

3º. Frascuelo citaba al toro echando por delante ambas manos y dejándose caer al mismo tiempo. Así es como mataba Mazzantini. Sin embargo, hoy y siempre casi todos los toreros arrancan antes de que el toro se de por aludido.



Algabeño y Lagartijo chico arrancan a matar a volapié puro. En ambos casos, el toro se encuentra igualado y aplomado. Frascuelo, al contrario, provocaba primero la arrancada del toro al tiempo que iniciaba el ataque.

Una duda razonable

Sin embargo, me entra la duda de si esa descripción es o no fidedigna. No tengo claro si lo que Bleu relata responde a la realidad o está idealizado por el recuerdo. No me refiero a la emoción que provocaban las estocadas de Frascuelo sobre lo que no dudo, sino a la forma de ejecutarla. Es la misma duda que le entró a Joselito el Gallo al que sus amigos le contraponían continuamente el ejemplo de Frascuelo.

Es también la misma duda que tenía Pepe Alameda y que transcribíamos en la entrada anterior de este blog: 

"Sólo hay ciertos análisis de su estocada. Pero son contradictorios, no sólo ellos entre sí, sino con la realidad que reflejan las pocas fotografías de la época, donde Frascuelo está colocado al revés (o casi) de lo que cuentan sus devotos".

Veamos esas pocas fotografías que nos han llegado. He encontrado solo estas dos. 

La primera, muy poco conocida, es este cite en la Maestranza de Sevilla:



La segunda, mucho más vista, corresponde a una estocada en la plaza de Madrid el día de la corrida del Gran Pensamiento.



En ambas, Frascuelo cita para matar en corto, eso sí, pero perfilado de cintura para abajo y con la mano del estoque a la altura de la cara, no a la altura del nacimiento del pecho. Justo lo contrario de lo que afirmaba F. Bleu. 

A Joselito le reprochaban continuamente que matase con la mano en el tupé, por lo que no me extraña que, harto de que le rayasen con la estocada frascuelina, se alegrase sobremanera al encontrar una de estas fotos de Frascuelo citando de modo muy diferente a como le decían que Frascuelo lo hacía.


Joselito citando para la estocada. Con la mano derecha a la de la cara altura igual que lo hacía Frascuelo en las fotos que hemos encontrado. Y otro detalle: Joselito está perfilado y también tiene las puntas de las zapatillas mirando hacia el terreno de afuera como Frascuelo (aunque el de Churriana al girar el torso da la impresión que se coloca más de frente).

domingo, 5 de julio de 2020

Paco Camino y el sobrero del Jaral

Por Jose Morente

Paco Camino remata una tanda ante el sobrero del Jaral de la Mira, en Madrid, la tarde histórica del 22 de mayo de 1975.
Abducido por la prensa de la época, descaradamente en contra de quien tuviera el caché de figura del toreo, mi verdadera devoción por Paco Camino nace demasiado tarde cuando ya retirado del toreo pude revisar unas cintas de vídeo de su época mexicana con varias faenas excepcionales comentadas por el simpar y excepcional Pepe Alameda. Aunque siempre había admirado y respetado al sabio de Camas, desde entonces soy "caminista" declarado, convicto y confeso, absolutamente convencido de la enjundia, profundidad, calidad e importancia histórica de su toreo. 

Hace unos años le dedicaba en este blog cuatro entradas a modo de reivindicación y homenaje:
Paco Camino (I) La inteligencia torera 
Paco Camino (II) De Madrid al cielo...mexicano 
Paco Camino (III) Casta de torero 
Paco Camino (y IV) la estocada
Hoy, me gustaría recordar algo más sencillo: una de sus grandes faenas, si no la más grande. La faena de Madrid al sobrero del Jaral de la Mira, en día de baile de corrales, algo que algunos piensan que solo pasa ahora.


Un extraordinario derechazo de Camino al sobrero del Jaral.

Un torero en las postrimerías de su carrera


Tras en la entrada en vigor del guarismo que certificaba la "verdadera" edad del toro, en 1972 se retiran Antonio Ordoñez, El Viti y el Cordobés. Camino se mantiene como maestro y referente de una nueva generación de jóvenes toreros: José María Manzanares, José Luis Galloso, Niño de la Capea, Antonio José Galán. Ruiz Miguel y los mexicanos Curro Rivera y Eloy Cavazos. La generación de los 70.

Fue una década, la del final del "régimen", confusa y convulsa, contestaria, rebelde y, sobre todo, muy protestona. Protestas que, lógicamente, alcanzaron al mundo del toreo. 

La andanada del 8. Ahí empezó la protesta. Con el tiempo se propagó al 7, donde hoy se asienta el núcleo duro de la afición.
En el 73, un toro de Atanasio Fernández, ganadería de las consideradas comerciales, mataría en la plaza de Barcelona al hermano de Paco, Joaquín, banderillero en su cuadrilla. Tras un parón de seis meses, Camino regresa a los ruedos en 1974. Para llegar a 1975, el año de su enfrentamiento televisivo con Palomo Linares y el año de su faena al sobrero del Jaral. Una faena sobre la que Carlos Abella opinaba:
"No sé si la mejor, pero sí en conjunto la que para la historia del toreo mejor resumió sus virtudes toreras, renovadas con el paso del tiempo y perfeccionadas gracias a su gran cabeza y maestría". 
Por si la valoración de Abella pudiera parecer exagerada y parcial, conviene recordar que también Alfonso Navalón, compartía el mismo criterio:

"El trasteo tuvo una primera parte técnica hasta someter la distracción del manso y luego una docena de muletazos bellísimos, ejecutados con una lentitud y un temple que jamás había logrado Camino en su larga carrera. Al pasar el tiempo nos asalta la duda de si la faena fue realmente templada o si fue la lenta embestida del toro la que obligó a Camino a torear despacio. Lo cierto es que esta fue la mejor faena de su vida, coronada además con una estocada muy limpia, aunque algo desprendida." 
Pero, lo que para Carlos Abella había sido una prueba de maestría, para Joaquín Vidal (que todavía no escribía en El País) había sido un raro acaso, un momento aislado dentro de una trayectoria discutible y criticable:
"Camino se presentó en Madrid con responsabilidad y con una entrega como jamás se le había visto en esa plaza". 
Y añadía:
"En su primer toro estuvo en los tonos de muletero rápido y de ventaja que le han caracterizado"
Creo que despachar la carrera de Paco Camino con el calificativo de "muletero rápido y de ventaja" es pasarse tres pueblos. A Camino se le pudo discutir su velocidad toreando, algo que quizás pudiera justificarse por su afición al toro de encaste santacoloma, un toro ágil y de gran picante y velocidad de embestida, pero lo de ventajista, clama al cielo, máxime en un diestro como el camero cosido a cornadas.

En cualquier caso, la predisposición negativa de Vidal hacia Camino pone en valor su valoración de la faena:
 "Fue el delirio... lo que hizo Camino esta tarde escapa a las posibilidades del relato: había que vivirlo. En los tendidos se produjo una enorme conmoción. Como si la plaza hubiese sido sacudida por una corriente eléctrica; la faena fue contemplada por el público en pie, vibrando, en un auténtico delirio. 
Cuando Camino remató su penúltima tanda de naturales, sensacional, con el pase de pecho ligado, tan mandón como suave, de una armonía inigualable, y se fue del toro pinturero, con la muleta hecha un cartucho y recogido bajo el brazo, aquello fue un manicomio. Ya entonces se pedía insistentemente la oreja. Mató despacio, recreándose, pero la estocada quedó baja"
Un faenón de ese calibre no está a la altura de cualquiera. Y Camino no era ni fue nunca un cualquiera. Camino era grandioso, no porque le sonara la flauta una tarde concreta o llegase a Madrid con más ganas que otras veces, sino porque su concepto del toreo era grandioso. Podía estar mejor o peor, que eso depende de múltiples imponderables como el estado de ánimo del torero o la calidad del toro, pero siempre dentro de un nivel medio altísimo... para quien sepa y quiera verlo, claro.

Y para verlo, lo primero es mirar al toro.

Natural de Camino al sobrero del Jaral
Un toro manso en varas que fue muy bueno en la muleta

Y si miramos al toro, nos encontramos con esa aparente paradoja del toro manso en varas y bravo en la muleta. He dicho bravo aunque muchos dirían que solo noble. En cualquier caso, bueno para el torero y malo para el ganadero, como se hubiera dicho en la década de los treinta con mosqueo y enfado de Corrochano

Pero así fue el sobrero del Jaral. Un toro manso en varas, pero nobilísimo en los engaños con una despaciosidad que Camino entendió a la perfección y le permitió la faena que hizo. Una faena que puso en cuestión el calificativo de torero "rápido" con que se le juzgó con injusta dureza tantas tardes.

Camino podía torear ligero, pero era capaz de torear tan despacio como el que más despacio hubiera toreado, lo demuestran la faena al sobrero del Jaral y otras muchas de sus grandes faenas, especialmente algunas de sus temporadas mexicanas.

Camino y el sobrero del Jaral. San Isidro de 1975. Un faenón de un gran torero. Lo vemos.


Aquí el enlace en facebook


Epílogo breve con dedicatoria
Tras el faenón de Camino, Ángel Teruel, que tuvo una gran tarde, le brindó la faena del sexto.

miércoles, 17 de junio de 2020

Divagaciones sobre la quietud en el toreo (III)

Por Jose Morente

Espectadores contemplan una faena de Belmonte. El cine ¡Que gran invento! (Fake)
Cine y toros

Vimos en la entrada anterior de esta serie, las desventajas de la fotografía a la hora de reflejar lo que ocurre en los ruedos, pues congelar un arte como el toreo puede llegar a distorsionar la realidad por muy parado que toreen los toreros. Es cierto que las películas antiguas tampoco son un fiel y absoluto reflejo de lo que pasó en los ruedos, pero si el cine no es un documento fidedigno, la imagen fotográfica lo es todavía menos.

Por lo que hace al cine, a mí me han sorprendido siempre todos esos aficionados (y son legión) que desprecian de plano el cinematógrafo. Son aquellos que afirman que el cine no conseguirá nunca reflejar mínimamente la verdad del toreo o que el cine nunca podrá reflejar los matices o las emociones que provoca el toreo en la plaza. Son los mismo aficionados que -de modo sorprendente- prefieren y dan más crédito a una fotografía o a una crónica escrita antes que a una película.

Creo que quien así piensa, se hace trampas a sí mismo, entre otras cosas porque el cine no engaña. O, al menos, engaña menos que la fotografía o la crónica. El cine no nos permite manipular ni distorsionar la realidad a nuestro antojo, lo que si nos puede pasar con la fotografía, que capta un solo instante, o con una reseña periodística, tan cargada de subjetividad. Y si me apuran, lo que también sucede con nuestra propia percepción en las plazas, siempre tan parcial.

Puede que al cine le falte la tercera dimensión y puede que le falte el calor del público en la plaza o la incertidumbre del resultado, pero lo más parecido a lo que ocurre en el ruedo es lo que se ve en una pantalla.

Dicho de otra manera más cruda, despreciamos el cine porque el cine pone al desnudo nuestras carencias y nos demuestra que lo que creímos ver en la plaza no era real. También es verdad que algunos prefieren vivir engañados. Allá ellos.

Para los toreros, no. Para los toreros que saben lo que ven, el cine es hoy y lo ha sido siempre un medio imprescindible de poder acercarse a aquellos toreros que, por edad, no pudieron ver en las plazas (Uceda Leal en la filmoteca Gan revisa viejas cintas de JoselitoPepe Luis y Manzanares, padre)
Vayámonos al cine...

Visto lo dicho, creo que para entender en serio que diantres puede ser eso de la quietud en movimiento y dado que la fotografía -que capta un instante- no nos puede ilustrar sobre esa cuestión -que depende de una sucesión de instantes-, lo mejor será que vayamos a alguna sala de cine a ver películas de Juan Belmonte.

Hemos visto hasta la saciedad las imágenes de Belmonte en Nimes, el día de su reaparición. Esta vez vamos a tener la fortuna de disfrutar con unas imágenes mucho menos conocidas. Se trata de un documento excepcional, una filmación de la casa Cuesta de Valencia donde se recogen faenas de dos corridas diferentes en la plaza de Valencia, con el Gallo, Belmonte, Paco Madrid e Isidoro Martín Flores. Las faenas de Juan son del viernes día 5 de junio de 1914. El trianero acababa de tomar la alternativa a finales de la temporada anterior y ya desataba pasiones en los tendidos.

La película de la Casa Cuesta es un montaje de dos tardes de toros en Valencia. La corrida del 17 de mayo de 1914 con Rafael El Gallo e Isidoro Martí Flores y la del viernes 5 de junio del mismo año en la que torearon Belmonte, Madrid y Flores.
El Tío Candiles en la revista Arte y Cinematografía ensalzaba a los cuatro diestros y, muy especialmente, la labor de Juan Belmonte en una curiosa y divertida lección de toros y gastronomía :
"Pero... Belmonte ¡Que 75 metros de película! Floreos, valor, monerías en lo del capoteo y aluego. ¡qué tío más zaragata con la muleta! Eso no es pasar de muleta: eso es emborrachar al toro con Tío Pepe, Manzanilla, champagne, pechuguitas de ángel y arrope manchego, mezclaíto con miel de la Alcarria".
Y lo cierto es que Juan, fiel a su estilo, estuvo tremendo de valiente y acabó saliendo a hombros.

Por si lo anterior fuera poco, tenemos como proyectista nada menos que a Joselito el Gallo.


Gallito era un entusiasta del cinematógrafo y, al menos en sus primeros años, se hacía acompañar por un cámara profesional para grabar sus actuaciones. Hoy, sin embargo, que nos toca visionar películas de su gran rival Juan Belmonte, no está nada mal que sea el quien le haga de proyectista...

La película (The movie)

Nunca llegaremos a saber cuales hubieran sido nuestras sensaciones si hubiéramos podido ver torear a Joselito, Belmonte, Marcial, Chicuelo, Ortega, Manolete o Arruza, pero -gracias al cine- podemos saber como toreaban realmente.

Por lo que respecta a Belmonte, Juan no era un torero elegante, pero transmitía mucho en la cara del toro y su muñeca era excepcional, especialmente en el manejo del capote.

En su muleta predominaba el uso de la mano derecha, utilizando la izquierda en raras ocasiones. Un toreo aprendido en las noches de campo de Tablada ante reses corraleadas y resabiadas. Un toreo defensivo y nada escolástico que hoy es tenido por canónico.

Ese toreo aprendido en el campo, era un toreo basado en el regate, mediante un continuo movimiento de avance y retroceso; alternando, que no ligando, el natural con el de pecho (toreo en ochos), metiendo mucho la pierna, entrando y saliendo del terreno del toro de manera incesante.

Un toreo espatarrado, histriónico y muy efectista caracterizado por un leve parón en el momento del embroque estirándose el torero y componiendo la figura  lo que le daba un matiz muy fotogénico a su toreo. Ese parón era el momento aprovechado por los fotógrafos de la época para impresionar sus placas.

El "parón" en el momento del embroque le da mucha prestancia y fotogenia al lance. En la Edad de Plata, todavía el gesto se exageraría más.
Visto en fotografía, impresiona. Visto en cine... impresiona también pero de otro modo.

Un altísimo nivel con el capote (aunque la mano de salida va muy alta), pero de menor calado en la muleta, con un aire de toreo antiguo muy perceptible por ese empeño de torear alternando pitones.

En todo caso, lo que nos importaba era entender eso de la quietud en movimiento.

Parar no es lo mismo que estar parado

Creo que el propio vocablo ("parar") define y sentencia esa forma de torear.

Una cosa es parar y otra, muy diferente, estar parado. Solo se puede parar lo que está o estaba en movimiento. Para pararse hay que estar antes en movimiento. 

En el toreo que analizamos, del que es paradigma el toreo de Juan Belmonte, el diestro, en continuo movimiento, ganando siempre el pitón contrario al cruzarse, "para" un instante en el embroque y compone la figura. Hoy, por contra, en el toreo al hilo, citando con los pies asentados en el albero, sin cargar la suerte, sin cruzarse, el torero mantiene la quietud, "está parado", desde que el toro arranca hasta que pasa.

No digo que sea mejor o peor, no juzgo, pero si digo que el parar de la trilogía belmontina es muy diferente al quedarse quieto, al torear "sin menear los pies" del que hablaban las viejas tauromaquias, y que es base y fundamento del toreo moderno, del toreo que hoy se hace en las plazas.

Son dos modos muy, pero que muy diferentes. Lo vemos... en cine.

martes, 16 de junio de 2020

Manolete con Platino

Por Jose Morente

Platino de Coaxamalucan en los corrales (Fotografía del facebook del nieto del ganadero)
La corrida del día 17 de febrero de 1946 en la plaza el Toreo de la capital mexicana, pasará a la historia como una de las tardes más grandes y emocionantes de nuestra fiesta.

Con reses de Coaxamalucan, los diestros Manuel Rodríguez Manolete (azul celeste y oro), Pepe Luis Vázquez (azul plomo y oro) y Luis Procuna (blanco y plata) pusieron la plaza al rojo vivo. Para la crítica "fue la corrida más brillante, más grandiosa, más extraordinaria de que se tenga memoria. La corrida ideal, la corrida perfecta".

En esa tarde de grandes faenas, la faena de Manolete a Platino brilló con luz propia.



El toreo cruzado o al hilo según Manolete

Frente al dogmatismo de otros toreros, Manolete hablaba siempre del toreo con máximo respeto a los demás punto de vista. Manolete hablaba de "su" concepto del toreo pero sin pretender imponerlo a nadie.

Es lo que hizo en una entrevista concedida al Tío Carlos para El Universal Gráfico el día que abandonaba México, el 10 de marzo de 1947.

Sobre el toreo cruzado o al hilo, decía:
-Creo que la cuestión ha sido mal planteada y que no hay en ello las enormes diferencias que se dicen que existen entre un modo u otro de torear. Generalmente se dice que "cruzarse" representa más riesgo que "enhilarse" con el toro. Y yo no creo eso...
 - El único momento difícil del pase cruzándose es el primer tiempo, cuando se engancha al toro. El segundo tiempo es mucho más desahogado que en cualquier otro estilo de cite, por la sencilla razón de que el toro se va para afuera siguiendo su natural embestida en línea recta. El tercer tiempo ni siquiera llega a darse en la mayor parte de las ocasiones, casi siempre el natural, dado así, se queda en medio natural.
-La mejor prueba de ello es que, en ese modo de torear cruzándose, es muy difícil que se pueda ligar. El torero se enmienda entre muletazo y muletazo y es obligado a repetir una y otra vez el cite.
- Y si además, se mueve ligeramente la pierna contraria hacia atrás en el momento de enganchar al toro, se tendrá muy clara la idea de como no hay en el toreo "cruzado" hecho en esa forma, el riesgo que se piensa.
- En el toreo enhilado con el pitón del toro, se logra más pureza en la ejecución del pase, y sobre todo se puede rematar perfectamente el pase, con toda limpieza y mando; y además se puede seguir toreando en el mismo sitio, haciendo el toreo redondo. El último tiempo de las suertes resulta así irreprochable.
Ese último tiempo de las suertes,  el del remate, "el tercer tiempo" que Manolete había traído a las plazas con una longitud y precisión impensables hasta entonces, constituye un hallazgo técnico de enorme calibre.


De la teoría a la práctica: La faena a Platino

En la misma entrevista confesaba al periodista que las mejores faenas que había hecho en México fueron las del toro "Montecillo", sobrero de San Mateo, en la corrida inaugural de la plaza México; la de "Platino" el día de los toros de Coaxamalucan y la de "Manzanito" de Pastejé. 

Sobre la ligazón, en la faena de muleta a Platino (castaño aldinegro, con bragas, ojalado, astifino, de hermosa estampa), decía:
-Con "Platino" toreé con la derecha a mi sabor. Recuerdo tres derechazos en que el toro no salió de la muleta: fueron como uno solo.
Muletazo con la derecha de Manolete a Platino.
Al final de la lidia de ese toro, cuarto de la tarde, el público bramaba enloquecido. Se le concedieron al torero la oreja y el rabo y al toro se le dio la vuelta al ruedo. Manolete tras dos lentas y pausadas vueltas devolviendo prendas y regalos, sacó al ganadero, don Felipe González,  a saludar y luego fue a por Pepe Luis y Procuna, para dar, todos juntos, otra triunfal vuelta al ruedo. 

Manolete con Pepe Luis, Procuna y el ganadero don Felipe González, en triunfal vuelta al ruedo tras la lidia de Platino.
Al terminar, el público seguía de pie aplaudiendo al Monstruo que tuvo que dar otra nueva vuelta al ruedo recogiendo al final una de las ovaciones más grandes que se han dado en México.

Veamos esa faena de Manolete Platino la tarde de los toros de Coaxamalucan, para disfrutar con su toreo y con el entusiasmo del público (¡ese empleado del callejón!) y, sobre todo, para comprobar como Manolete llevaba a la práctica, con absoluta fidelidad y pureza, su estricto concepto del toreo.

domingo, 14 de junio de 2020

La manoletina la inventó Domingo Ortega

Por José Morente

Manoletina de Domingo Ortega, su inventor (captura de vídeo)

Mucho se ha escrito y hablado sobre las manoletinas, ninguneadas y criticadas hasta la saciedad por los aficionados más exigentes. Lo curioso es que ese muletazo atribuido a Manolete no fue invención suya sino ¡asómbrense!... de Domingo Ortega.

El propio Manolete lo explicaba en una entrevista reproducida en el libro de Juan Castillo Casas:
"La manoletina no es un muletazo que yo haya inventado. Yo se lo ví a Ortega. Ortega la ejecutaba dando un paso o dos. Yo lo que hice fue quedarme en un solo lugar y no moverme, como no fuera girando en el mismo sitio: Yo no he creado ningún muletazo...
Frente a tanta afirmación gratuita como es habitual en este mundillo taurino donde las palabras (dogmas, tópicos, clichés) solo sirven para esconder la verdad, lo mejor es oponer la irrefutable verdad de las imágenes. Ellas hablan por si solas.

En la película vemos a Ortega por manoletinas. ese adorno que Manolete hizo emblema de su toreo vertical y mayestático.




Cuando las palabras mienten

Que la palabra se puede utiliza para decir la verdad o para esconderla es una evidencia. Como prueba de lo segundo traemos esta entradilla de una crónica de Joaquín Vidal a una corrida de la feria de Valencia de 1998.

La crónica se titulaba "El año de la manoletina" y venía a cuento porque fue cuando, después de muchos años de ostracismo, a José Tomás se le ocurrió desempolvar las olvidadas manoletinas de Manolete, en claro homenaje al inolvidable diestro cordobés y dándole, a ese lance menor, la misma dignidad, al menos, que aquel le daba.
"El año de la manoletina (Valencia, 25 de julio de 1998. Crónica de Joaquín Vidal)
Las manoletinas están de moda: las da todo el mundo. 
Es una moda retro, en realidad, porque las sacó a relucir Manolete, su recuerdo las mantuvo vigentes durante la década de los cincuenta, y luego el propio público se encargó de mandarlas a paseo, por obsoletas y por embusteras. 
No se trata de un embuste total, obviamente. En toreo todo tiene riesgo, y el propio Manolete sufrió un volteretón con fractura de clavícula precisamente cuando ejecutaba la manoletina. 
Ocurre, sin embargo, que la manoletina es invento bufo. Salían allá por los años treinta y cuarenta los charlores, aquellos simpáticos cómicos de Llapisera y El Empastre, o los del Bombero Torero, o los de Charlot, para remedar el toreo, y en plena faena -que a veces era buenísima- se sacaban de la manga, quiere decirse por la espalda, ese chusco pase recreado luego por los mexicanos e incorporado por Manolete a su corto repertorio, y al verlo, el público se partía de risa.

Una espectacular manoletina de José Tomás en una corrida de las Fallas valencianas.

El público se partiría de risa, pero pocas ganas de reír provoca este texto que destila, en cada línea y en cada palabra, una mala baba que sorprende. Vidal ha sido uno de los periodistas taurinos que más veneno ha vertido contra las figuras en general y contra Manolete en particular y uno de los que, con más vehemencia, ha defendido a ultranza las tesis toreras (aunque mal aprendidas y peor digeridas) de Domingo Ortega. Allá cada uno con sus convicciones y sus neuras, pero lo que no es de recibo es que, por mor de esas convicciones y esas neuras, se falsee o manipule la realidad.

Y la realidad es que, en esa hipotética cadena que va de Llapisera a Manolete, hay que citar (inevitablemente, si no se quiere mentir) a Domingo Ortega, al que Vidal ni nombra, pues fue Ortega, y no los mexicanos ni Manolete, quien trajo ese lance supuestamente bufo a las plazas. 

Conviene que se sepa... que se sepa la verdad.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Divagaciones sobre la quietud en el toreo (II)

Por Jose Morente

El toreo de Domingo Ortega era un toreo en ochos y en continuo movimiento, lo que aquí se ve perfectamente. El toreo de Ortega estaba en la misma línea que el toreo más parado y pausado, que no quieto, de Juan Belmonte. No en balde ambos se hicieron toreros en la "escuela" de las capeas y los cerrados, con reses viejas y corraleadas. En todo caso, la fotografía (que capta solo un instante) puede, a veces, llegar a ser muy engañosa...
Divagando sobre la quietud en el toreo (ver entrada anterior pinchando aquí), llegábamos a la conclusión que el parar de la trilogía belmontista era -valga la paradoja- una "quietud en movimiento".

Una afirmación iconoclasta, atrevida y desconcertante, que, estoy seguro, será discutida por muchos aficionados pues va contra de lo que siempre nos habían dicho: que Belmonte fue el primer torero en quedarse de verdad quieto.

Lo curioso es que ya hace muchos años, en 1963, ese ínclito belmontista que fue don Luis Bollaín -el belmontista más belmontista de todos los belmontistas que en el mundo han sido, el number one del belmontismo- decía lo mismo que ahora decimos nosotros: Que la quietud del toreo de Belmonte era una quietud en movimiento. (¡A ver si va a resultar que, al final, vamos a tener razón...!). Bollaín añadía que "¡Esa [quietud en movimientos] es la que sirve en Tauromaquia!"...

La prueba irrefutable. El texto de don Luis Bollaín. La quietud belmontista es una quietud en movimiento. No lo digo yo. lo testifica un notario (La tauromaquia de Juan Belmonte, Madrid, 1963, página 98)
Lo de la "quietud en movimiento" que defiende Bollaín, valdrá para la tauromaquia belmontista, pero a mí eso del movimiento me parece la antítesis de la quietud.

Para que nadie diga que hacemos trampa, conviene aclarar que el movimiento al que se refería Bollaín en su libro es el movimiento de los brazos. Sin embargo, algo no le debía cuadrar al notario belmontista en su defensa de la quietud del toreo de su ídolo, cuando en su texto relaciona quietud con movimiento. Su subconsciente le delata.

En todo caso, yo discrepo del ilustre aficionado y afirmo lo contrario. Sostengo que la cacareada quietud belmontista es una quietud ¡en movimiento!, en efecto, pero en movimiento de piernas y no solo de brazos.

¿Que, sino movimiento, puede ser ese tan alabado echar la pata 'alante?

El toreo espatarrado resulta basto y antiestético cuando el movimiento de la pierna de salida, al cargar la suerte, se exagera tanto como hace aquí Domingo Ortega.

Cargar la suerte se podrá valorar, no como ventaja de quien desplaza al toro, sino como la meritoria acción de cruzarse en su camino, pero ya sea ventaja o mérito (eso ahora no importa) el caso es que nadie puede negar que para cargar la suerte hay que moverse.

Un movimiento que podrá ser muy exagerado, como es el caso de Domingo Ortega, o más comedido y ajustado, como era el caso de Juan Belmonte, pero movimiento a fin de cuentas.


Para cargar la suerte, para cruzarse al pitón contrario hay que moverse, mucho o poco, pero hay que moverse (Belmonte en un pase de pecho. Fotografía publicada en El Ruedo)
Lo cierto es que todos los toreros que han toreado en ochos (con la excepción singular del genial Paco Ojeda merecedor de una tesis doctoral) han toreado sobre las piernas. Vamos a comprobarlo.


De la fotografía... al cine

Acostumbrados a ver el toreo del primer tercio del siglo XX (y casi todo el toreo de ese siglo) a través de la fotografía, más de uno estará tentando de decir que, al afirmar lo que acabamos de afirme, hemos perdido la cabeza o que nos mueven confusas e inconfesables razones, pues lo que en esas fotos se ve, parece contradecir lo que nosotros decimos.

Empecemos con estas cuatro y excepcionales fotos del genial Juan Belmonte:





La serie es magnífica. Además. analizando las cuatro fotografía, podríamos llegar a la conclusión de que Belmonte no solo está quieto sino que está... quietísimo.

Pero, además, su postura y su apostura resultan impresionantes. Creo que que nadie puede dudar, viendo estas imágenes, que Belmonte ha sido uno de los grandes toreros de la historia, cumbre de una forma de torear que subyuga y arrebata.

La expresión de Juan toreando (gesto tenso, mandíbula hundida en el pecho, dientes apretados) creo que podría ser muy similar a la de todo aquel (llámese Cortés, Pizarro o Magallanes) que, en situación límite, en vez de rehuir el peligro, decide tirar para adelante.

Ya solo esa pierna de Juan, adelantada en pleno embroque, tan dentro siempre del camino del toro, impresiona y apabulla.

O sea que, a la pregunta: ¿Belmonte, quieto?, tendremos que responder: ¡Quieto, no! ¡Quietìsimo!

Sin embargo, si dejamos de lado la fotografía y nos vamos al cine, la cosa cambia...

Pero eso, lo veremos en la próxima entrega.


lunes, 18 de mayo de 2020

Divagaciones sobre la quietud en el toreo (I)

Por José Morente

Último tercio del siglo XIX. Frascuelo esquiva la acometida del toro. Si no te quitas, te quita el toro". El toreo antiguo era un toreo en continuo movimiento:  (O eso dicen)
Dicen quienes saben de esto

Dicen quienes saben de esto, que el toreo antiguo era un toreo en continuo movimiento, mientras que el toreo moderno, el de nuestros días, se caracteriza por la absoluta quietud del diestro ante el toro.

Dicen quienes saben de esto, que esa quietud, antes desconocida, la trajo al toreo un diestro llamado Juan Belmonte, quien convirtió la quietud en un pilar fundamental ("parar") de su famosa trilogía.

Dicen quienes saben de esto, que Manolete llevo a su punto álgido eso de la quietud, consumando así la senda que había iniciado el trianero.

Eso dicen...

Belmonte en su última época. El torero ha citado de frente y acompaña la embestida del toro en el embroque con el quiebro de la cintura sin menear los pies como prueban esos dos talones asentados en la arena. Un buen ejemplo de quietud de la buena (Por cierto: ¿no nos habían dicho que lo ortodoxo -y lo que Juan hacía siempre, siempre- era "cargar la suerte"? ¿En que quedamos?)
Cuando empecé como aficionado.

Cuando empecé como aficionados, los dos dogmas más repetidos (esos que algunos llaman "cánones") eran:
  • "Parar, templar y mandar", la trilogía belmontina. Entendiendo "parar" como esperar quieto la arrancada del toro.
  • "Cargar la suerte". Entendiendo "cargar" por adelantar la pierna de salida tras la arrancada del toro.
De entrada, algo ya no cuadra, pues -así definidos- "parar" y "cargar" son términos antitéticos. O se para o se carga la suerte. O el torero está quieto antes que el toro inicie su arrancada o se mueve adelantando la pierna de salida tras esa arrancada. Las dos cosas a la vez, no es posible.

Puntualicemos que, para los puristas -está escrito-, la suerte se carga cuando el movimiento de la pierna tiene lugar tras la arrancada del toro.

Según opinión mayoritaria, solo se carga la suerte cuando el avance del pie de salida se produce tras la arrancada del toro (Valga por todas, esta cita de Joaquín Vidal. del libro "El toreo es grandeza", Ediciones Turner, Madrid, 1987, página 38)
El caso es que a mí, igual que a casi todos los aficionados, esas contradicciones me traían al pairo. Los cánones son los cánones y uno no va dejar de "creer" en ellos, por más absurdos e imposibles que sean, máxime cuando son muchos los que los defienden a pies juntillas, con ardor digno de mejor causa y como si en ello les fuera la vida. Al fin y al cabo, somos españoles y eso, queramos o no, imprime carácter.

Lo peor vino después.

Así que yo seguía en mis treces, en mis trece años, atento más a mis convicciones que a buenas razones, cuando un día cayó en mis manos un libro más que interesante: "Los toros desde la barrera" (Ediciones RIALP S.A., Madrid, 1966) de un francés, Claude Popelin, al que, como buen francés, se le entendía todo lo que escribía.


La cosa tenía su miga, mucha miga. Un libro escrito por un francés para iniciar en el toreo a los franceses, se sumergía en sus primeras páginas (página 17 del Capítulo II "Qué es torear") en el proceloso y complejo mundo de la técnica más depurada. 

Lo que no se encontraba en los libros escritos por españoles estaba ahí en ese libro. Una explicación razonada de la técnica del pase natural, pero, y esto es lo importante, de la técnica verdadera, no de la teórica. Y es que Popelin, además de francés y aficionado, toreaba, así que no se limitaba a repetir lo mismo que siempre habían dicho y repetido todos los que habían escrito de toros, pero nunca se habían puesto delante de un toro, sino que explicaba el toreo desde su propia experiencia

Claude Popelin toreando... de verdad

Ganar el pitón contrario. 

Y entre las muchas cosas que decía, una de las que más me llamó la atención fue como Popelin explicaba, con esa sencillez propia de su pueblo, la importancia de cruzarse o ganar el pitón contrario del toro. 

La clave, decía, estaba en la forma de embestir del toro:
"Los animales al embestir, aumentan progresivamente su velocidad, lo mismo que un Renault 4-4 pasa de la primera a la segunda, y después a la tercera. Pero, una vez embalados, su peso les impide rectificar la dirección y, por tanto, no consiguen alcanzar al enemigo que se aparta de ellos en diagonal. Desde jóvenes, pues, adquieren la costumbre de observar el punto hacia el cual se desplaza su adversario, con objeto de embestirle cortándole el camino, tal como hace un cazador cuando apunta a la cabeza del venado"
Para que quedase claro como se aplicaba eso al toreo, incluía un sencillo esquema. Este:


Si, en el pase natural, el torero avanza hacia el punto A, le indica al toro la salida y será cogido irremisiblemente. Retroceder supone echarse al toro encima. Que es, en el fondo, lo mismo que aconsejaba Domingo Ortega cuando decía que el único que puede ir para atrás es el que abre la puerta del toril.

Por el contrario, si el torero avanza hacia el pitón contrario, hacia el punto B, hace creer al toro que esa es la dirección que va a seguir y lo orienta hacia un punto al que no llegará, puesto que se parará antes. Y añadía Popelin: 
"Esta técnica básica, el famoso ir al pitón contrario, no debe iniciarse demasiado pronto, ya que si se hace así, da una ventaja demasiado grande al hombre, y al mismo tiempo perjudica la precisión del pase".
Para mí fue una especie de revelación, pues ya me encajaba aquello de parar y cruzarse. El torero se cruza al pitón contrario, pero se para antes de llegar a ese pitón, desplazando el toro hacia un punto que no alcanzará nunca. 

Eso es lo que se ve en las viejas películas de Juan Belmonte y Domingo Ortega y de todos los que en aquellos tiempos toreaban en ochos. Un continuo movimiento de avance y retroceso. Curioso concepto de la quietud en quienes no paran de moverse.

El toreo de Domingo Ortega se basaba en un continuo movimiento de avance y retroceso, metiendo la pierna al toro. Es el mecanismo del regate que tan bien describen las tauromaquias clásicas. La misma técnica que utilizaba Juan Belmonte y que suelen utilizar los toreros que han aprendido a torear en los cerrados, en las capeas, en las marismas... ante reses resabiadas o corraleadas. Un toreo de tinte claramente defensivo y en movimiento.
Pero lo sorprendente es que, leído y pienso que comprendido todo esto, un servidor todavía seguía pensando que cargar la suerte era lo máximo en el toreo. Hasta tal punto estábamos influenciados por tópicos y dogmas y, sobre todo por esas lecturas taurinas de tan doctos y sesudos escritores que nos hablaban de las vías del tren y del mérito de meterse en el camino del toro, en curiosa y rara unanimidad.

No sería hasta muchos años después, cuando empezamos a comprender que cruzarse, ganar el pitón contrario, cargar la suerte no es más que un recurso. Recurso válido para determinado modo de torear o necesario en determinados momentos y para determinados toros, pero recurso a la postre. Entonces todavía faltaba mucho para que pudiera llegar a comprender lo grande, lo grandioso que había sido  el toreo de Manolete, descalificado y crucificado por los santones de la crítica... ¡por no cruzarse!

Pero esa es otra historia. La historia de la verdadera quietud.

Manolete torea al hilo, sin acudir al recurso de cruzarse.