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Antoñete y el Juli. Los dos citan al natural. Los dos citan encorvados y con la pierna retrasada (pierna retrasada que -ambos mantendrán atrás hasta el final del muletazo). Hay un hilo invisible del toreo que transmite conocimientos y soluciones de un torero a otro y que conecta a través de la historia incluso a diestros de muy distinto concepto.
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Vivimos en una cultura de la imagen y, curiosamente, prestamos muy poca atención a las imágenes. Renegamos de los vídeos y sacralizamos las fotografías (pero sólo las que nos interesan; las demás las desechamos). Nuestra imagen del torero, de cada torero, y nuestra opinión sobre su forma de torea se condicionan más por lo que otros dicen de él o por sus propias declaraciones que por su forma de torear en la plaza. Por eso, no vemos más allá de las apariencias y, a veces, ni siquiera valoramos esas apariencias. En resumen, que damos más importancia a lo leído (a las etiquetas) que a lo vivido (o visto). Un buen eslogan vale hoy más que mil faenas.
Sin embargo, cada torero es un mundo. Su concepto, su personalidad, su experiencia y conocimiento, incluso su propio físico condicionan -¡y de que manera!- su modo de torear. Una forma de torear que está hecha de multitud de matices y detalles fruto de la observación y la experiencia. El toreo es conocimiento adquirido por la experiencia pero también conocimiento fruto de la imitación (emulación) del modelo, del maestro.
Tan complejo es el toreo que muchos de esos matices -en ocasiones, los más importantes- pueden pasar desapercibidos a los ojos del aficionado. Manolete decía que compartía concepto con Chicuelo y, sin embargo, a muy pocos aficionados de la época se les hubiera ocurrido hacer del torero de Córdoba discípulo del sevillano pues sus formas eran muy diferentes. Pepín Martín Vazquez se miró en el de Córdoba, en cuyo concepto cimentó su forma de torear y sin embargo a muy pocos aficionados de hoy se les ocurre relacionarlos. El problema de las formas que no dejan ver el fondo.
Maestro indiscutible del toreo fue Antoñete: maestro indiscutible del toreo, es hoy el Juli. Son, empero, igual que Chicuelo y Manolete, dos toreros muy diferentes, con dos conceptos muy diferentes y con dos tauromaquias también con muy pocas cosas en común. Más poético, irregular, desgarrado y ortodoxo, literariamente ortodoxo, el maestro Chenel y más pragmático, ambicioso, experimentador y contundente, ambiciosamente contundente, el maestro Julián.
Pero no se trata de compararlos (¿a quien se le podría ocurrir comparar a uno con el otro?). No ya porque montarían en cólera los guardianes de la ortodoxia siempre dispuestos a lapidar a los herejes sino porque, como hemos dicho, encarnan dos toreos, dos conceptos del toreo, radicalmente distintos.
No son comparables, evidentemente, pero estas dos fotos que encabezan esta entrada y que fueron publicadas hace tiempo en algunos blogs taurinos con la perversa intención de jugar al juego, malévolo de "buenos y malos", si que nos dan pie para jugar nosotros a otro juego bien diferente y mejor intencionado: al juego de las semejanzas ya que no al juego de las comparaciones.
Y es que, aunque incomparables y diferentes, si que podemos atisbar, en esas imágenes, matices o técnicas similares. Quizás bajo unas formas aparentemente disimiles (aunque, precisamente en esas dos fotos, no tanto) subyace, en esos dos cites, un fondo común con más semejanzas de las que pudiéramos sospechar.
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Herencia posible (todo es posible) pues, en nuestro caso y no en balde, en Chenel se han mirado la mayoría de los toreros jóvenes de los 80 y 90, igual que Chenel, y con él todos los toreros de su quinta, se miraba, a veces sin querer confesarlo, en Manolete. Al final, el trasvase de influencias técnicas entre toreros puede que rebase las fronteras que marcan los estilos y los modas e, incluso, las que marca el tiempo, la edad o la época. En el toreo, la cuestión es buscar soluciones a los problemas -siempre los mismos- que plantea el toro, y no respuestas a las demandas esteticistas o teorizantes de los que están en los tendidos que eso, si es el caso, vendrá después. Esta última es cuestión importante pero, en el fondo, secundaria.
No en balde y por ello, el toreo se está retroalimentando continuamente, en un ciclo sin fin, de una época o otra y de un torero a otro, desde sus albores.
Es el hilo invisible del toreo. El verdadero.
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Postdata aclaratoria para sabelotodos.
Chenel no sólo tiene la pierna atrasada en el momento de la foto (el del cite) sino que -al contrario de lo que algunos han afirmado en los blogs aludidos-
ahí la mantendrá hasta el remate. Se puede
comprobar lo que afirmamos viendo las grabaciones de las faenas de esa época donde -si bien en ocasiones adelanta la pierna de salida lo habitual era en él mantenerla retrasada.
Se puede comprobar aquí. El mecanismo de adelantar la pierna lo utilizaba más -en mi opinión- como medio de ajustar el cuerpo del torero al del toro cuando la trayectoria de la embestida era más periférica que como medio de cruzarse en su camino.
Postdata puntualizadora para suspicaces:
El muletazo de
Chenel que ilustra esta entrada
no es una mácula en su toreo. Era un modo habitual de citar en aquellos años y en los posteriores. Guste más o guste menos su falta de verticalidad y esa pierna retrasada, esa forma de citar no es ni un "lapsus" ni un "accidente", ni una "excepción", sino un ejemplo de como se citaba entonces... y como se sigue citando todavía,
Postdata final para teorizantes
Enjuiciar el toreo a partir de
ideas fijas -que es lo que siempre se suele hacer- es renunciar a
entenderlo. Construir nuestros
argumentos solo como medio de
justificar nuestras hipótesis de partida, nuestras
convicciones previas solo sirve para
engañarnos a nosotros mismos. El toreo, a fin de cuentas,
es como pueden o quieren los toreros de cada época, no como a nosotros nos
gustaría que fuera o como
pensamos que debería ser.