viernes, 10 de julio de 2015

Los riesgos de la selección

Por Juan Antonio Polo
Iván Fandiño ante un toro de pitones tan pavorosos como todos los que se suelen lidiar hoy en Pamplona (Fotografía de Pidal-EFE)

Pamplona. Tercera de Feria. 9 julio 2015

La tauromaquia —ya lo dijo en su “Taurofilia racial” el poeta y ganadero Fernando Villalón— tiene mucho que agradecer a los ganaderos de los siglos XVIII y XIX, que fueron los que, partiendo de las primitivas vacadas que en estado de semilibertad poblaban sus fincas, iniciaron unas no menos primitivas labores de selección que les permitieran suministrar a las plazas —mayores o de carros, por aquel entonces— las reses que juzgaran más apropiadas en función de la importancia del lugar y de la categoría del festejo. Esta selección, que en principio se limitaba a la mera apariencia física de los toros, se extendió rápidamente a otros conceptos —resistencia, acometividad, movilidad, bravura, etc.— y, consecuentemente, a la aparición de los primitivos encastes y, con el tiempo, a las más o menos definidas castas que configuran a las ganaderías actuales.

Todo esto estaría muy bien… si no fuera porque esas funciones de selección han degenerado últimamente en situaciones realmente aberrantes. Si Madrid impone el toro grande, los ganaderos se afanan en la cría de toros enormes sin atender al tipo y características de su encaste. Si las figuras exigen el toro noble a ultranza, los criadores se dedican a rebajar su casta hasta extremos insospechados y logran la creación de esos toros “tontos” —“artistas” los llaman algunos—, que no saben para qué tienen los cuernos. Y si en Pamplona, Madrid o ciertas plazas francesas gustan los toros cornalones… pues a servirles toros como algunos de los de hoy. El caso es servir al cliente lo que quiera… aunque pase lo que pasó esta tarde.

¿La corrida de hoy? Mejor olvidarla. Los dos primeros toros, sin fuerza y en la línea de la tontería, embistieron cansina —pero incansablemente— a las telas y permitieron a sus matadores, Castella y Fandiño, lograr sendas faenas de muy buen corte, pero sin emoción ninguna, que fueron premiadas con una oreja gracias a las magníficas estocadas con que cerraron su labor. El tercero y el cuarto, más de lo mismo, aunque sin ganas de colaborar —a Talavante ni le vimos—, y los dos últimos, mansos y rajados, estuvieron a punto de doblar  y morir en el ruedo —de muerte natural, claro— antes de que se tiraran a matarlos. ¡Ah! Recordar que el ganadero, Victoriano del Río lidió una gran corrida el año pasado.¿Alguien lo entiende?

Y suerte que todo esto ocurrió en Pamplona y que gran parte del público sanferminero se conforma con la fachada y las apariencias. No quiero ni pensar lo que hubiera pasado en Madrid

Juan Antonio Polo

jueves, 9 de julio de 2015

Los imponderables

Por Juan Antonio Polo

Una terna atractiva, bonita e, incluso, original (Foto de Javier Arroyo-Aplausos)


Pamplona. Segunda de Feria. 8 de julio 2015

El cartel anunciado —Urdiales, Morenito de Aranda y Fortes, con reses de El Tajo y la Reina— era atractivo, bonito e incluso original. Sin embargo —ya se sabe—, de la ilusión a la decepción hay sólo un paso y ese paso, lamentablemente, se dio en la tarde de ayer. Las cosas no salieron como se deseaba. ¿Fue culpa de los toros? ¿Fue culpa de los toreros? No se sabe, pero siendo que ninguno de estos interrogantes tiene una respuesta inequívoca, personalmente optamos por salirnos por la tangente y culpar del desaguisado —antes era muy corriente— a los imponderables.

Y no me hagan ustedes que entre en el significado de la palabreja, pero lo cierto es que el fracaso del festejo no se puede cargar exclusivamente sobre las espaldas del ganadero. Los pupilos de Joselito, muy bien armados todos ellos, en realidad no presentaron dificultades insuperables. Varios de ellos, es cierto, se pararon en el último tercio, pero la mayoría “se dejaron” y hubo uno, el primero, que quizás mereció mejor suerte.

La actuación con capa y muleta del esperado Urdiales ante ese toro fue, sin duda, correcta, aunque si aquilatáramos un poco quizá debiéramos decir “solamente correcta”, ya que el de Arnedo, diestro bregado en las más complicadas plazas españolas, pareció abrumado por una responsabilidad que en Pamplona no existía y su faena pecó de rapidez y careció del asiento y el sosiego del que tantas veces ha hecho gala el riojano.

Tampoco estuvo muy inspirado Morenito de Aranda. Cierto que sus toros no le dieron facilidades, pero no es de recibo la falta de  recursos mostrada por el burgalés —otro tanto le ocurrió a Urdiales en el cuarto— ante unas reses muy paradas que pedían a gritos otro tipo de faena. Está claro que el insistir machaconamente para arrancarles un pase y, logrado esto, quitarles inmediatamente la muleta de la cara, no es el sistema.

Curiosamente, Jimenez Fortes, el menos bregado de la terna, fue el que despertó mayor interés. El malagueño evidenció haber olvidado el cornalón de Madrid y lució el angustioso valor de siempre —voltereta incluida—,  pero al propio tiempo puso de manifiesto unos importantes avances a la hora de estructurar sus faenas, especialmente en lo que respecta a su colocación, mando y parsimonia. Para Fortes no contaron los impoderables y al toro que cerró plaza le enjaretó varios muletazos templadísimos: los mejores sin duda de la tarde. Lástima de la espada le hizo perder la oreja.
Juan Antonio Polo


Gran muletazo de Saúl. Para Jimenez Fortes, los imponderables empiezan a no condicionar su toreo (Foto Javier Arroyo-Aplausos)

miércoles, 8 de julio de 2015

Triunfar a golpe cantado

Por Juan Antonio Polo


El triunfo incontestable de López Simón (Jesús Diges-El País)


Pamplona. Primera de Feria. 7 julio 2015

Aunque hoy día no suela utilizarse en demasía, no está de más recordar que esta expresión ―el triunfo a golpe cantado― definía perfectamente la situación en que se hallaba un torero en racha ante la necesidad ineludible de triunfar en una corrida, una plaza o una feria determinada. Afrontar con éxito una situación de este tipo dice mucho del estado de ánimo y de la fe en sí mismo del torero, algo así como lo ocurrido esta tarde con el diestro López Simón, que salió al ruedo pamplonés dispuesto a demostrar, sí o sí, que sus triunfos de Madrid no fueron fruto de la suerte o la casualidad.

Y a fe que lo demostró.  Se vio desde el primer momento, cuando al quitar por templadísimas chicuelinas puso de manifiesto las excelencias del primer toro de Moral, y lo confirmó a lo largo de toda la tarde en lo que fue un derroche de valor, colocación, claridad de ideas, conocimientos, temple, imaginación y torería. No vale la pena describir sus faenas —para eso están los videos—, pero si consignar la importancia de su aldabonazo, sus tres orejas y su salida por la puerta grande.

La corrida de Jandilla, muy seria y con mucha movilidad, resultó algo desigual. Corretona y un tanto falta de fijeza de salida, fue a más en los siguientes tercios, transmitió y no opuso graves dificultades a sus matadores. 

A Padilla le correspondió el peor lote, pero lo cierto es que el jerezano no tuvo su día. No se entendió con su primer oponente, incomodísimo de salida y, en el cuarto, estuvo a punto de perder los papeles, salvándole de la bronca su sabida complicidad con el público de Pamplona. 

Por su parte, el sevillano Pepe Moral logró muletazos de calidad en su primero, perdiendo la oreja por la espada y por el vicio de eternizar sus faenas, una preocupante manía que afectó también a sus compañeros de terna y en la que, a mi modo de ver, incurre casi todo el escalafón.

Mención especial merece el comportamiento del público. Bullanguero como siempre, siguió con atención el desarrollo del festejo y en todo momento se mostró respetuoso con los toreros. Algo de lo que hay que felicitarse, ya que otro tanto ocurrió en la novillada de anteayer.

Finalmente ruego que me dispensen aquellos que esperasen un comentario mío al festejo de ayer. Quizá no llegue a las exageraciones de Recondo, pero lo cierto es que mi religión me prohíbe asistir a las corridas de rejones.

López Simón hizo derroche de buen toreo.(Javier Arroyo-Aplausos)


Juan Antonio Polo

martes, 7 de julio de 2015

Personalidad y ambición

Por Juan Antonio Polo

Andrés Roca Rey. Gaoneras de infarto (EFE)


Novillada de Feria (5 julio 2015)

La personalidad de Posada de Maravillas y la ambición sin límites de Roca Rey definieron el primer festejo de la Feria del Toro. Y eso que la cosa empezó regular, ya que el esperado encierro de El Parralejo, divisa que se había ganado por méritos propios su tercera comparecencia sanferminera, dio un evidente paso atrás. Cierto que la novillada, pareja y de preciosas hechuras, “se dejó”, pero cierto también que adoleció de una alarmante falta de fuerzas que, como suele ocurrir, devino en esa sosa nobleza, propia de los llamados “toros tontos” −que no “artistas”− característicos de su encaste, por más que su movilidad engañara en algunos momentos a los espectadores. 

Contra esa sosería y falta de transmisión se estrellaron los indudables buenos ánimos del debutante Varea, que se ganó una vuelta al ruedo merced a su contundencia estoqueadora.

Tan sólo un novillo se salvó de la quema. Con nobleza, clase y algo más de chispa que sus compañeros, el colorado cuarto propició el triunfo −frustrado finalmente con los aceros− de un Posada de Maravillas, también en su tercera aventura sanferminera, que no sólo demostró ser uno de los escasos diestros actuales que disfruta de una personalidad definida, sino que plasmó media docena de lentos y templados naturales −auténtico cante grande− que ahí quedaron. Para el recuerdo.

El debutante Roca Rey, un caso aparte, también dejó para el recuerdo un ansia de triunfo espectacular. En novillero-novillero, pero con una prestancia y aplomo propias de un matador experimentado, el peruano no perdonó un quite, peleó bravamente con su incómodo primero–que se dolió en banderillas− y se metió al público en el bolsillo en su faena a la res que cerró plaza, raquíticamente premiada con una oreja. Al margen de su carisma, me impresionó el absoluto dominio que mostró en todo momento con su capote y, en especial, al bordar sendos quites, uno por tafalleras floreadas, y otro, al quinto, con unas gaoneras de auténtico infarto.

Mención aparte merece el atípico público propio de la novillada sanferminera. Más numeroso que en otras ocasiones –tres cuartos largos del aforo−,  consiguió “entrar” en el festejo, fue calentándose paulatinamente a lo largo del mismo y, tras la apoteosis final de Roca Rey, incluso salió toreando por la calle. 

Un positivo paso adelante.

Juan Antonio Polo

lunes, 6 de julio de 2015

Decíamos ayer... Pamplona

Por Juan Antonio Polo

Sanfermines de 1963 (Fotografía de Ramón Masats)

Decíamos ayer −apenas hace un año−, tras haber comentado diariamente desde La Razón Incorpórea el devenir de la feria del toro 2014, que  los auténticos sanfermines no tienen afortunadamente nada que ver con ese desagradable espectáculo que, propiciado por las descripciones de un Hemingway –que, dicho sea de paso, no llegó a captar el fondo de las fiestas ni fue acabado de digerir por sus lectores−, nos sirven año tras año los telediarios nacionales, reiterando esa serie de tópicas, absurdas y desagradables escenas, protagonizadas por elementos foráneos –de aquende y allende los Pirineos− que acuden a Pamplona los fines de semana sanfermineros con la distorsionada idea de que el único objetivo de las fiestas es… emborracharse.

Pamplona y sus gentes… son mucho más.

La gente de Pamplona... son mucho más (Fotografía de Ramón Masats, 1963)
Y al hacerlo, pretendía también curarme en salud y tratar de conciliar mi entusiasmo por estas fiestas… con un perfil de aficionado –el mío− que dista años luz del que arroja el público sanferminero. A mí me gusta el toro de trapío, claro está, pero prefiero el toro armónico, fiel a las características de su encaste, que el gigantesco toro al uso, de cuernas pavorosas y a menudo destartaladas; me gusta que el toro tenga casta y bravura, no genio y mal estilo en sus destempladas acometidas; y finalmente, aunque me gustan los toreros valientes –en Pamplona hay que echarle mucho valor−, prefiero que ese valor vaya acompañado de técnica, capacidad lidiadora y, a ser posible, de arte. Y todo eso también lo encontramos en Pamplona.

El toro de Pamplona de 1963 (Detalle de fotografía de Ramón Masats)
En Pamplona siempre ha habido que echarle mucho valor (Detalle de fotografía de Ramón Masats)
Y otra cosa. Jamás me permití escribir una crónica o crítica sobre un espectáculo que no hubiera presenciado directamente desde el coso. Sin embargo, en esta ocasión, en que circunstancias ajenas a mi voluntad me van a impedir sentarme en mi localidad de toda la vida, me voy a tomar una licencia y, amparándome en los 52 sanfermines consecutivos vividos in situ hasta la fecha (1963 a 2014, ambos inclusive) y en mi sobrado conocimiento de la plaza y el público pamplonés, me permitiré trasladarles en los próximos días unos breves apuntes en los que pretendo destacar aquellos aspectos positivos o negativos que me permitan registrar las cámaras y pantallas del Plus

Por una vez…

Cura de sueño en Pamplona, 1963 (Detalle de fotografía de Ramón Masats)


Juan Antonio Polo
4 julio 2015

domingo, 5 de julio de 2015

Regreso al futuro

Por Jose Morente

Cubano de Valdellán se arranca al caballo de Iván García (Foto de André Viard tomada del blog Toro, torero y afición)

Si algo distingue al aficionado francés es su gusto por la suerte de varas, a la que se concede una importancia que, en España, perdió hace tiempo pues, en nuestro país dicha suerte es hoy por hoy un mero trámite.

Sin embargo, ese interés por el comportamiento del toro en el primer tercio de la lidia no va nunca en desdoro del torero pues, también al contrario de lo que sucede en España, en Francia el torero sigue siendo considerado como un héroe.

Un buen ejemplo podría ser lo que ocurría en Vic-Fezensac la tarde del pasado 25 de mayo durante la lidia del toro Cubano de Valdellán. Un toro con mucha movilidad y agresividad, que propició un llamativo tercio de varas protagonizado por el varilarguero Iván García. Tanto gustó a los aficionados franceses que sonó la música en ese primer tercio, algo que no sucedía en esa plaza desde 1992.

El toro llegó con mucho peligro a la muleta. Un peligro acrecentado por la impericia de su matador, César Valencia quien fue cogido al entrar a matar sin cuadrar y a la carrera. Sin embargo, la cuadrilla dio la vuelta al ruedo a petición del público y también mereció ese honor el toro de Valdellán.

Como todas las cosas en esta vida tienen muchos matices y puntos de vista, a mí las imágenes de la lidia de ese toro (que he podido contemplar en Feria TV), aderezadas con ese gusto de los buenos aficionados de Vic por la suerte de varas y sus aplausos a una faena movida, más o menos valentona, me trae a la memoria recuerdos de épocas pasadas. De épocas pasadas no vividas pero si soñadas.

Me ha parecido interesante, mediante la imagen y el sonido, intentar traducir mis sensaciones y convertir esos sueños en realidad.



miércoles, 1 de julio de 2015

Cantavieja. Santuario de los festejos populares

Por Juan Magallón Navarro


Cantavieja

Cantavieja es un pueblo del maestrazgo de Teruel, allí perdido en el monte.

No tiene ni 800 habitantes pero tiene una feria muy buena. Hacen festejos un fin de semana al mes desde mayo hasta octubre. 

Pagan muy bien a los ganaderos y van con todo. 

Cada día se suelta un lote de vacas corridas bastante fuertes de las mejores ganaderías dedicadas a eso, y uno o dos toros de lidia de hierros de la Unión.



La arena está fija porque está sin asfaltar, y la plaza es preciosa, toda de piedra y porticada. Uno de los lados es un palacio y otro una iglesia, y los otros dos de casas.



Tiene una enfermería de plaza de primera y es donde mas respeto se procesa tanto al animal como a los compañeros

Nunca hay mas de una persona en la arena y se quiebra, se recorta y se torea de capote y de muleta y el público es exigente con los animales y con las personas.



Postdata: Por si fuera poco, yo los mejores lances que he visto en mi vida los he visto en esa plaza a uno de la Dehesilla. Se paró el tiempo. Un novillero de Teruel.


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-Justamente de esa ciudad te hablaba cuando me interrumpiste.
-¿La conoces?¿Dónde está? ¿Cuál es su nombre?
-No tiene nombre ni lugar. Te repito la razón por la cual la describía: De todas las ciudades imaginables hay que excluir aquellas en las cuales se suman elementos sin un hilo que los conecte, sin una norma, uan perspectiva, una explicación. Ocurre con las ciudades lo que con los sueños; Todo lo imaginable puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un temor.
Italo Calvino. Las ciudades invisibles (Ediciones Siruela, Madrid, 18ª ed., 2009)