NOTA de la LRI. Es evidente que donde está el toro, está la corrida y también que sin mirar al toro, es imposible entender lo que ocurre en la plaza. El toro es, pues, en la fiesta lo primero. Pero esa atención obsesiva por el toro, sin la cual nada se entiende, necesaria e imprescindible hasta el punto que caracteriza al aficionado fetén, no debe confundirse con el "torismo" que no es sino su vulgar remedo cuando no una burda caricatura de la afición cabal e interesada por el toro y por el toreo.
Este texto de Joaquín López del Ramo, escrito hace 15 años, describe, muy bien, el perfil de ese tipo de aficionado y explica, con mucho acierto, esa deriva en la que aún seguimos inmersos.
El "torismo" es una corriente de opinión utópica. irreal y regresiva, que parte de una distorsión interesada y preconcebida del concepto clásico de la bravura y el trapío del toro.
Este texto de Joaquín López del Ramo, escrito hace 15 años, describe, muy bien, el perfil de ese tipo de aficionado y explica, con mucho acierto, esa deriva en la que aún seguimos inmersos.
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El "torismo" es una corriente de opinión utópica. irreal y regresiva, que parte de una distorsión interesada y preconcebida del concepto clásico de la bravura y el trapío del toro.
Su nacimiento se sitúa en Madrid a comienzos de los años setenta, de la mano de un sector de la crítica que ensalzaba al toro destartalado y bronco como paradigma de la autenticidad, y al torero de gestualidad garbosa pero superficial o corto de valor, como modelo de torería o esencia lidiadora.
Esta retórica, envuelta en tópicos y lugares comunes, envolvía una realidad de fondo muy diferente al supuesto "purismo" de sus impulsores: ese toro y ese torero resultaban mucho más baratos para los grandes empresarios, y mientras se vendieran como puros y auténticos, y la gente lo creyera, el negocio era redondo.
Los demagogos tergiversaron la técnica y la historia del toreo, se inventaron como referente un "toro de antes" que nunca existió, y sus mensajes, por repetidos y lanzados a través de potentes altavoces, condicionaron a presidentes y veterinarios, que impusieron un baremo mastodóntico al que debieron amoldarse los ganaderos en las plazas importantes.
Desaparecieron de las ferias los contreras, los coquillas, los vega-villares y los santacolomas. Se agigantaron las demás estirpes y se hundieron los murubes, los condesos y los pablorromeros, todo ello, casualmente, al mismo tiempo (...)
La demagogia "torista" da una visión empobrecedora del toro y de su lidia, se queda en lo externo, es superficial y simplificadora. Así, establece como única referencia del trapío el tamaño y los pitones grandes, sin tener en cuenta las especificidades propias de cada estirpe; llama bravo al manso espectacular; equipara la raza al genio bronco y defensivo; niega la nobleza como cualidad básica del toro y trueca la emoción por el morbo.
Ademas, tergiversa la lidia, pues impugna las figuras del toreo presentes y pasadas por el hecho de serlo; prefiere el toreo sobre los pies a la quietud y la ligazón; confunde el cite largo con la pureza; exalta más al trincherazo pinturero que el natural macizo; prefiere, en suma, el toreo detallista y accesorio al profundo y fundamental, ya que este no lo entiende.
A su falta de enjundia, el "torismo" une la arrogancia de sus formas, pues se manifiesta hosco, agresivo, prepotente, chllón y muchas veces insultante, quizás para tapar su corta sustancia argumental. Lo malo es que, desde hace veinticinco años esta tendencia se ha oficializado, manda en varias plazas importantes y sirve de modelo en otras, con el apoyo de los viejos mercaderes de la crítica que la crearon, de sus aprendices actuales, de muchos equipos veterinarios y de algunos empresarios que la siguen manteniendo en beneficio propio.
Por ello, lejos de disminuir, todos los males que ha ocasionado se manifiestan hoy con la misma o mayor virulencia, y sus tópicos, de tan escuchados, se asumen por algunos como dogma de fe, tanto más en una esfera proclive a las ideas prefabricadas y a las frases hechas como es la taurina.
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El torismo es, según Joaquín López del Ramo, hosco, agresivo, prepotente, chillón y muchas veces insultante (Aficionado protestón en Lima a principios de los 70) |
LÓPEZ DEL RAMO, Joaquín. Las claves del toro (1ª ed., Madrid, Espasa-Calpe, 2002. páginas 15 y 16)














