Por Jose Morente
Portada de una de las más recientes ediciones de Carmen (Alianza Editorial, col. El Libro de Bolsillo, Madrid, 2007). La novelita de Merimée ha conocido múltiples reediciones desde su primera publicación en la “Revue des deux mondes” en 1845 y, sobre todo, a raíz de su adaptación para ópera en 1875.
Una de las obras musicales más conocidas y difundidas en el mundo es, sin duda, la ópera Carmen de Bizet, obra que tiene su origen y se inspira en una novelita escrita por el parisino Prósper Merimée en 1845.
Merimée visitó España varias veces, en plena corriente romántica, atraído por el exotismo de nuestro entonces incómodo país.
Lhardy. Más de 170 años de historia gastronómica. Abierto en 1839 por el pastelero Emile Huguenin a quien parece que Merimée (amigo suyo) convenció de abrir un negocio en Madrid para ofrecer comidas más del gusto de los visitantes extranjeros en España nada seducidos por las dietas de “acite y ajo”. L’hardy, que al principio fue apodo, se traduce por “el intrépido”. El apostrofe se debió perder en el camino.
En su primera visita a España en 1830, y cuando contaba con 27 años, hizo numerosas amistades siendo la más destacada la malagueña María Manuela Kirpatrick, Condesa de Montijo y madre de Eugenia, la futura emperatriz de Francia. quien luego le nombraría Senador en su patria.
Prosperó Merimée hizo amistad en España con la malagueña -pero de ascendencia escocesa y belga- María Manuela Kirpatrick, Condesa de Montijo, a la que vemos en una fotografía mortuoria muy del gusto de la época (F. Laurent publicada en la Ilustración Española y Americana)
Según Merimée, el argumento de Carmen parte –en realidad- de una historia que le relató la propia Condesa de Montijo durante uno de sus encuentros y que:
“Trata sobre aquel valentón de Málaga que había matado a su querida, que se debía exclusivamente a su "público". Como yo había estudiado a los gitanos durante un tiempo, he convertido a mi heroína en gitana”
Aunque uno de sus protagonistas es un picador Lucas, y una fugaz escena tiene lugar en una plaza de toros, la de Córdoba, el tema taurino no será tratado con algo más de profundidad (que no mucha) hasta la Ópera de Bizet.
El torero herido. Dibujo de Carlos Vázquez para una edición de Carmen.
Más contenido e interés para nosotros tienen sus artículos y cartas, escritos con motivo de sus frecuentes viajes a nuestro país, y donde habla de toros con más enjundia.
Una edición reciente de las cartas de España de Merimée (Ed. Renacimiento. 2005)
Merece la pena detenerse en esos escritos, pues la visión que sobre la fiesta tienen los visitantes foráneos es muy interesante pues sin estar exenta de tópicos y clichés, comentan detalles en los que el espectador habitual, acostumbrado a estas fiestas, no suele reparar.
Próspero Merimée, escritor taurino
Merimée asiste a su primera corrida y se aficiona a los toros
Este es el aspecto interior de la Plaza de Madrid a finales del siglo XVIII, en 1791 (Dibujo de Carnicero).
Merimée partió de Francia para España por primera vez el día 27 de junio de 1830 y una de las primeras cosas que hizo en nuestro país fue asistir a una corrida de toros. Así comentaba sus sensaciones:
“La primera vez que entré en la plaza de Madrid temía no poder soportar la vista de la sangre que allí se hace correr pródigamente; temía sobre todo que mi sensibilidad, de que desconfiaba, me pusiera en ridículo ante los aficionados empedernidos. No hubo nada de eso.
Vi matar el primer toro, y no pensé ya en salir. Transcurrieron dos horas sin el menor entreacto, y aún no estaba yo cansado.
No falté a una corrida mientras permanecí en España”
Descripción de una corrida de toros de 1830
Cartel de la corrida celebrada en la Plaza de Madrid el 25 de octubre de 1830 (Atención a la fecha pues esta corrida se celebró el mismo día en que está fechado el artículo de Merimée “Les combat de taureaux”). Toreaba de primer espada, Roque Miranda Rigores, con reses madrileñas, colmenareñas y castellanas. Como era habitual entonces, los picadores (Alonso Pérez y Francisco Sevilla, en este caso) todavía se anunciaban por delante de los matadores.
El día 25 de octubre, cuando lleva en España casi cuatro meses, sin haberse perdido una corrida –según propia confesión- y subyugado por el cruel pero emocionante espectáculo (probablemente acaba de llegar de la corrida de esa tarde cuyo cartel acabamos de reproducir), Merimée se decide a contar sus impresiones en un artículo que se publicaría en en la “Revue de Paris” en enero del año siguiente.
Vista interior de la plaza de Madrid hacia 1863. Aunque había sufrido algunas reformas su aspecto era muy similar al que debió presentar en la época en que Merimée pisó sus tendidos.
La descripción de Merimée, está llena de detalles de interés aunque no parece corresponder a ninguna corrida concreta pues, aunque hubo toros el mismo día en el que está fechado el artículo, no fue este el único festejo de ese mes.
Una corrida de aquella época, tenía poco que ver con el espectáculo que hoy conocemos. Para empezar, Francisco Montes Paquiro (el gran primer reformador del toreo) todavía no era sino un alumno de la incipiente Escuela de Tauromaquia, que se acaba de fundar en Sevilla ese mismo año.
Por eso, el protagonismo (al menos formalmente) lo seguían ostentando los picadores, quienes aparecían en los carteles por delante de los espadas y los banderilleros y ocupaban su sitio en la plaza antes de la salida del toro, lo que ocasionaba numerosos derribos.
Uno de esos picadores, Francisco Sevilla, que acababa de debutar precisamente en la plaza de Madrid a principios de ese mismo mes de octubre (concretamente, el día 4), sería el protagonista del artículo de Merimée.
El picador Francisco Sevilla, según detalle de una lámina de la Lidia (publicada el 13 de agosto de 1883). Era moreno y fuerte, aunque no muy alto pero si agraciado según las descripciones de la época que añaden que no era un gran jinete pero que destacaba por su valentía y arrojo.
Relación (creo que incompleta) de diestros participantes en las corridas de la Corte del año 1830. Francisco Sevilla aparece como nuevo en esa plaza (Del libro “Efemérides taurinas” de Leopoldo Vázquez. 1880)
Una vara homérica
En una de las corridas celebradas ese mes, acaeció la anécdota que cuenta Merimée y que vamos a resumir nosotros.
Dice el escritor francés que derribado y despanzurrado el caballo del piquero Sevilla por un toro andaluz, éste se encontró debajo del caballo y a merced del toro quien hacía caso omiso de los capotes que acudieron al quite del picador.
Sevilla, con un “esfuerzo desesperado”, y mientras estaba debajo del toro, agarró a este por la oreja con una mano y con la otra por el hocico, mientras el toro le pisoteaba, golpeaba e intentaba cornearle.
La plaza se mantuvo expectante y en silencio mientras duraba esa lucha titánica que cesó cuando el toro abandonó su presa en pos de un capote.
Cuando el público esperaba que se lo llevaran en brazos de sus compañeros a la enfermería… (Detalle de lámina de la Lidia de 1883)
Y cuando el público esperaba que se llevaran al picador a la enfermería en brazos de las asistencias, este se levantó enfurecido y cogió una capa con intención de lancear al toro. Al fin, le quitan la capa y le traen un caballo…
“Lo monta echando chispas por los ojos, y arremete contra el toro en medio del anillo. Fue tan terrible el choque de los dos enconados adversarios, que caballo y toro cayeron de rodillas.
¡Oh, si hubiera usted oído las aclamaciones, si hubiera visto la alegría frenética, la especie de embriaguez de la muchedumbre al presenciar tanto valor y tanta fortuna, hubiera usted envidiado como yo la suerte del gran Sevilla. Ese hombre se ha hecho inmortal en Madrid!”
Fue tal su éxito ese año y tal su fama (que alcanzó al extranjero gracias a estos escritores viajeros) que Sevilla se mantuvo en los carteles de la plaza de Madrid ininterrumpidamente desde su debut hasta su fallecimiento, el año de gracia de 1841.
El éxito popular del picador Francisco Sevilla (¿1809?-1841) lo hizo “inmortal en Madrid” según Merimée.
(En el grabado muy posterior de Gustavo Doré otro picador famoso: El picador Calderón. Un detalle: lleva la puya de limoncillo. Según Merimée. las varas no debían hacer al toro más que una “leve herida” pues su objeto no es otro que el de “irritarle”.