viernes, 27 de mayo de 2016

La visión del aficionado (I)

Por Jose Morente


1972. Antonio Bienvenida torea con la muleta y de ensueño a un toro de Pablo Romero en la Feria de Málaga. Fue la mejor faena de la Feria y de otras muchas ferias. La primera faena que vi cuando pude volver a los toros con catorce años cumplidos (Fotografía del Ruedo)

Mi primeros pasos como aficionado

Cuando por mi edad, pues ya había cumplido ya los catorce que exigía la reglamentación entonces vigente, pudieron llevarme otra vez a una Plaza de Toros, quedé impresionado por lo que se presentaba ante mis ojos. Toreaba esa tarde, en Málaga, Antonio Bienvenida, un verdadero maestro pleno de torería, con Miguelín y Miguel Márquez, toros de Pablo Romero. El espectáculo, por su emoción y colorido, era fascinante, especialmente para la mirada de un niño ávido de nuevas sensaciones.

Antonio Bienvenida hizo en Málaga, en una tarde en la que Miguelín cortó un rabo, una faena histórica que no pudo coronar con la espada (Tres pinchazos, media bien colocada y un golpe de descabello necesitó para acabar con el noble toro de Pablo Romero). Pese a ello, la vuelta al ruedo fie apoteósica y el Jurado del Capote de Paseo le concedió una mención especial por su buen toreo de muleta. A mí, aquella forma de torear de muleta me impactó (Reseña del Ruedo)
A esa primera e impactante impresión, siguió un ansía tremenda por indagar y por ahondar en los entresijos de la corrida. En un proceso que creo similar al de tantas otros aficionados, mis fuentes fueron: Primero, lo que escuchaba a los viejos aficionados, comenzando por los de mi entorno familiar y, en segundo lugar, lo que leía y aprendía en los libros de toros y en las reseñas de las revistas taurinas.

Y es que oír, oía mucho y leer, leía mucho. Sobre todo, esto último pues yo, lector empedernido, ya había descubierto la biblioteca taurina de mi abuelo y leía todo cuanto de toros caía en mis manos.


Mirando el pasado. Los mitos

Si la corrida en la plaza podía resultar apasionante, la historia del toreo, los hechos y sucedidos de los grandes toreros del pasado, no le iban a la zaga. Tal y como aparecían en los libros, los toreros de antaño eran uno héroes legendarios protagonistas de proezas tremebundas y cuyas anécdotas poblaban el imaginario de los aficionados.
 
La imagen que nos llegaba de los toreros antiguos era triunfalista y heroica (Grabado de Gustavo Doré "El triunfo del espada" 1874)
Tan tremebunda, tan apasionante era esa historia que, a su lado, al lado de aquellos heroicos toreros de los libros, los toreros de aquel presente, que hoy es ya historia, empalidecían y aparecían empequeñecidos como simples mortales que no alcanzaban, ni por asomo, la grandeza de los viejos maestros retirados o desaparecidos.

Si algo caracteriza al aficionado a los toros, es su permanente nostalgia de un pasado imaginado, un pasado que -por desgracia- casi nunca fue como lo imaginamos.

Y es lógico pues del pasado seleccionamos lo mejor, las tardes de gloria, los toreros que llegaron a la cumbre, las ganaderías míticas. Con el presente hacemos todo lo contrario. "Del pasado, sus grandezas y del presente, sus miserias" podía ser nuestro credo como aficionado.


La memoria y recuerdo de los grandes toreros del pasado hacia empalidecer y desdibujaba la importancia de los toreros de aquel presente: Luis Miguel, Ordoñez, Bienvenida, Camino, Puerta, El Viti, Palomo, Paquirri, Dámaso, etc. no eran nadie ni nada frente a Manolete, Joselito, Laartijo o Pedro Romero.

Mirando al infinito. Los cánones

Además, había otro problema añadido, más importante quizás, y es que aquellos libros que yo leía y aquellos aficionados a los que yo escuchaba, defendían, como normas de obligado cumplimiento, una forma de torear -los cánones- que no tenían nada que ver con lo que los toreros hacían realmente en la plaza.

Luis Miguel Dominguín en un pase natural en la misma Feria de Málaga del 72 en la que vi torear a Antonio Bienvenida. El toreo que los grandes toreros de entonces hacían en la plaza (igual que el que hoy hacen) no tenía (no tiene) nada que ver con los cánones que defendían (y defienden cuarenta y tantos años después) los aficionados más dogmáticos. Un verdadero sinsentido.
Para aumentar esa ceremonia de la confusión que son los actuales cánones, algunos toreros se han obstinado en decir y defender (en público y en privado) justamente lo contrario de lo que luego hacían o habían hecho en los ruedos. Lo preocupante es que al aficionado que los escucha, le resultan más convincentes las palabras que los hechos.
Un divorcio explicable, porque desde principios de siglo y, sobre todo, a partir de la Guerra Civil, el toreo había cambiado de forma radical. A un toro decimonónico de bravura simplificada, criado sólo para matar caballos, le había sustituido un toro de bravura completa, al que se le pedían muchos más matices en la embestida. A un muletazo de trazo corto y simple le había sustituido un muletazo de trazo largo y complejo. Hoy las embestidas del toro y los trazos de los muletazos son aún todavía si cabe mucho más largos y complejos que entonces.

Natural de José Tomás en Nimes. Ni la compleja embestida del toro de hoy, ni el complejo trazo del muletazo del toreo actual tienen nada que ver con el toreo de finales del XIX  y, ni siquiera,, con el toreo de antes de la Guerra Civil.
Aunque esos cambios resultaban muy evidentes, no era tan evidente ni fácil entenderlos ni explicarlos entre otras cosas porque esas claves técnicas del toreo no eran entonces accesibles al aficionado común. Los toreros antiguos eran muy celosos de su oficio y resultaba imposible conseguir que accedieran a desvelar los "trucos" del oficio ni siquiera a sus propios compañeros.

El conocimiento técnico de los viejos aficionados se veía necesariamente reducido a una simplificación esquemática (llamada cánones) de los preceptos contenidos en las viejas tauromaquias con algunas pequeñas -muy pequeñas- aportaciones o matizaciones posteriores.

A lo largo de la historia del toreo, el conocimiento de la técnica por el aficionado se ha reducido prácticamente a lo que decían las viejas Tauromaquias. Siempre me ha interesado sobremanera es la técnica pero, salvo las viejas tauromaquias y algunos raros libros, era muy poco lo que se podía aprender sobre el tema. . 
La visión nostálgica hace que, del toreo ayer, enviemos al baúl de los recuerdos todo lo que no cuadra con nuestros esquemas preconcebidos. Cuando al aficionado dogmático de nuestros días se le habla de toreo en redondo o toreo en ochos, por ejemplo, tuerce el gesto y mira para otro lado pues esas precisiones técnicas, imprescindibles para entender la historia del toreo, le complican la vida y ponen en solfa sus conocimientos anteriores. Todo antes que tener rectificar sus ideas por muy erróneas o parciales que estas sean.. Desde luego no manifiestan ningún interés por comprender el toreo sino sólo por reafirmar sus convicciones. Más que un ejercicio intelectual, el toreo es, para esos aficionados, un ejercicio de fe religiosa.
El estado de la cuestión

Creo que esa radical incapacidad de entender lo que realmente ocurre en el ruedo, propiciada por una visión esquemática y nostálgica, basada en la simplificación de la técnica y en el culto al pasado imaginario, es la que explicaría el radical y eterno descontento o desencanto con el que el aficionado a los toros afronta históricamente su afición.

Dicho de otro modo, no es fácil entusiasmarse con lo que ocurre en la plaza, cuando lo que vemos en ellas no tiene nada con ver con lo que quisiéramos o nos gustaría ver que es lo que ocurre cuando analizamos y valoramos el toreo actual a través de los clichés y estereotipos con los que solemos ir a los toros.

Premiada de forma menor, la grandiosa actuación de Talavante en Madrid con un toro de Cuvillo, ha puesto en evidencia la incapacidad de la afición más conspicua (la madrileña) para entender cabalmente lo que ocurría en el ruedo. Madrid se emociona (¡y de que forma!) pero sólo con lo evidente y emocionante.
(Continuará)

miércoles, 25 de mayo de 2016

Cuando en Madrid se abría la Puerta Grande (casi) todas las tardes

Por Jose Morente

David Mora agradece a "Malagueño" de Alcurrucén su bravura y su nobleza (Fotografía de Andrew Moore)


David Mora y Malagueño

Ayer el público de Madrid recompensó a un toro y a un torero. El torero es David Mora (de todo el escalafón quizás el que más se merecía un éxito de este calibre) y el toro se llamaba Malagueño, de Alcurrucén (ya van dos años seguidos que esa ganadería da el premio gordo en San Isidro). A Malagueño le dieron una merecidísima vuelta al ruedo y a Mora dos merecidísimas orejas y lo sacaron por la Puerta Grande de las Ventas. ¡Bien hecho!

Ese y no otro es el Madrid que nos gusta. El que sabe recompensar a toros y a toreros. El Madrid de siempre. El de antes. Un Madrid exigente pero justo que, cada vez, aparece menos.


Madrid hoy

Y es que el de hoy es, por el contrario, un Madrid en horas bajas, alicorto y capitidisminuido, que ha sustituido la exigencia por la más dura intransigencia. En Madrid ya no se jalea sino que se vocifera.

Y aunque algunos no lo sepan y no se lo crean, Madrid no siempre ha sido así. Salvo con los toreros dominadores y mandones (a los que Madrid nunca ha tragado) esta plaza ha sido siempre exigente pero justa.

Eso antes, porque lo que antes era normal hoy se ha convertido en una excepción. Como el premio de la Puerta Grande, de esa Puerta Grande por la que ayer salía emocionante y emocionado David Mora.

David Mora, emocionado, camino de la Puerta Grande de las Ventas (Fotografía de Andrew Moore)

Las Piuertas Grandes de antaño

Todavía queda algunos aficionados que siguen empeñados en ningunear y menospreciar a los toreros de hogaño con el curioso argumento de la escasez de trofeos (escasez relativa pues a algunos todavía les parecen excesivos los premios que hoy se otorgan) que, según ellos, obtienen los toreros actuales, en especial las figuras, comparativamente con los éxitos y triunfos tan abundantes en los toreros de antaño, 

El ejemplo más socorrido es el número de puertas grandes conseguidas, en la plaza de Madrid, por los toreros de antes -los de los años 50 y 60, sobre todo- frente al escaso bagaje que presentan los de ahora. Según eso, los toreros de antes eran grandes toreros no porque lo fueran sino porque cortaban más orejas mientras que los de ahora son peores toreros no porque lo sean sino porque rara vez obtienen el ansiado premio de la puerta grande de las Ventas.

El argumento es artero y falaz. En primer lugar, porque antes los públicos eran, en general, mucho más entusiastas y generosos por lo que se prodigaban más (mucho más que hoy) en recompensar el mérito de los toreros. Lo que no sucede en nuestros días, ya que impera, en algunas plazas, el cicaterismo más exagerado.

1966. Década de los 60. Cuando en Madrid se pedían orejas con tanta prodigalidad como acierto (Fotografía de El Ruedo)
Y, en segundo lugar, porque, la mayoría de las veces, son esos mismos aficionados (en Madrid son legión) los que se entretienen (la cosa les debe resultar muy divertida) en reventar los legítimos triunfos de los diestros de nuestros días mediante (¡en eso son unos artistas consumados!) una estratégica colección de pitos, improperios, denuestos, palmas de tango y demás elementos de un repertorio tan amplío como execrable (el execrable repertorio de una"mala baba" gratuita y sin fundamento).

Pero, como aquí los discursos huelgan, vamos a los hechos, Y para hechos, nada mejor que repasar el resultado artístico y en trofeos de una feria de San Isidro de aquellos -por esos mismo aficionados protestantes- añorados años 60 del toreo (y que también nosotros añoramos... pero de otra forma). 

En concreto, vamos a viajar hasta la feria de San Isidro de 1966, la de hace justo medio siglo. 

La Feria de San Isidro de 1966. Programa de mano (Fotografía Todocolección)

Los carteles de 1966. Ordoñez, al final, se cayó de los carteles (Todocolección)


El San Isidro de 1966

La Feria de 1966 comenzó el sábado 14 de mayo con una corrida de Benitez Cubero y finalizó el domingo 29 con la tradicional corrida de Miura.

La corrida inaugural la torearon Bienvenida, Manolo Amador y Paco Pallarés. Bienvenida cortó uina oreja y Amador tres por lo que la puerta grande se abrió ya el primer día de feria (¡Igualito que ahora!).

Antonio Bienvenida inauguró la feria cortando la primera oreja. Una oreja que paseó por el ruedo de las Ventas con su proverbial torería (Fotografía El Ruedo)
Y Manolo Amador, abrió la Puerta Grande. Todo el primer día de feria ¡Eran otros tiempos! (Fotografía El Ruedo)
En la corrida del Santo, con toros de Osborne, solo obtuvo trofeos Antoñete (una oreja) que resultó herido de levedad, saliendo sus compañeros de vacío. A la postre, gracias a la televisión la corrida se convirtió en emblemática e histórica. Fue la tarde de Atrevido.

Antoñete frente a Atrevido. No hubo Puerta Grande pero si una faena para la historia (Fotografía El Ruedo)

El lunes, aniversario de la muerte de Joselito, volvieron los éxitos de puerta grande. Diego Valor cortó 3 orejas y abría la de las Ventas que, por lo que estamos viendo, se abría en aquellos años con enorme facilidad.

Puerta Grande de Diego Puerta (Fotografía el Ruedo)

El martes, gran lío. El Cordobés también le cortó dos orejas a su primero y pudo abrir la ansiada Puerta Grande, pero le abroncaron tanto en su segundo toro (6º de la tarde) que renunció a salir por ella.

En el segundo toro del Cordobés se produjo la gran bronca. El de Palma del Río renunció a salir a hombros aunque había cortado dos orejas del toro anterior (Fotografía el Ruedo)

El miércoles, 18 en la confirmación del Inclusero, Litri, que sustituía a Antonio Ordoñez, cortó una oreja en cada toro y Andrés Vázquez dos del sexto, Hubo pues doble salida a hombros por la puerta grande de las Ventas que, como se ve, no se cerraba nunca.

Ordoñez, fue el gran ausente de ese año (Fotografía el Ruedo)

La cosa cambió al día siguiente con los antaño temidos pablorromeros pero que entonces ya sólo eran temidos por su flojedad de remos y por llevar las caras a media altura. El Inclusero cortó, pese a todo, una solitaria oreja.



Otra solitaria oreja cortaría el Pireo en la corrida de Baltasar Ibán del viernes día 20. Una ganadería que, entonces se disputaban la figuras.

Verónica del Pireo en la corrida del día 20 a un toro de Ibán. Un toro muy terciado pues aún no se había cruzado con Juan Pedro (Fotografía El Ruedo)

Los éxitos volvieron el sábado 21 con los de comerciales y algodonosos toros de Alipio Pérez Tabernero. Paco Camino y Tinín cortaron una oreja cada uno pero el Viti hizo doblete en un toro saliendo por la puerta grande.

El día 21 el Viti hizo doblete y una faena calificada de histórica (Fotografía El Ruedo)
El domingo, sin embargo y con los toros de Torrestrella, solo Manolo Amador pudo cortar una solitaria oreja.


Corrida "tediosa" calificaba el Ruedo a la del día 22. Los dibujos de Antonio Casero no tenía, sin embargo, nada de tediosos.
Lo mismo ocurrió el lunes con los Juan Pedro DomecqAntoñete cortó oreja a su primero, mientras que Aparicio y Camino se conformaron con ovaciones y vueltas al ruedo.

El martes 24, con toros de Felipe Bartolomé (Santa Colomas remezclados, según Clarito) Antoñete cortó 2 orejas y Tinín, una. El Cordobés tuvo mala suerte pues aunque cuajó un toro, falló a espadas.

Antoñete cortó dos orejas en la corrida de Felipe Bartolomé(Fotografía El Ruedo)
Pero el miércoles 25, se produjo la clásica explosión (clásica entonces) con los tres espadas a hombros. Litri y El Viti desorejaron cada uno a uno de sus toros mientras Puerta cortaba una oreja en cada uno de los suyos. Los toros eran de Garzón.

En aquella época, todos los años había una corrida (una, al menos) en la que los tres matadores salían a hombros por la Puerta Grande. Hoy día, desde 1982 no se ha vuelto a producir tal evento...  Ni se producirá visto el celo con el que los guardianes de la pureza intentan evitarlo. Siempre la demagogia ha dado buenos frutos
Ni el jueves 26 ni el viernes 27 hubo trofeos y eso que torearon Camino, El Cordobés y Raúl García, la primera tarde, y Ostos, Puerta y Fuentes, la segunda.

Pero el sábado 28, penúltima de feria, Antonio Bienvenida y Curro Romero se las vieron mano a mano con un excelente encierro de Antonio Pérez (los "AP"). Los dos salieron a hombros tras cortar, cada uno, dos orejas en uno de sus toros.


La ausencia de Ordoñez, dejó la penúltima de Feria en un mano a mano entre Antonio Bienvenida y Curro Romero. Los dos salieron a hombros (Fotografía del Ruedo)
Finalmente, con los miuras de cierre, el domingo 29, se las vieron Bienvenida, Ostos y Murillo que no pudieron obtener ningún trofeo. Miura siempre ha sido Miura. 


La Feria se cerró con la corrida de Miura que no dio opciones de trofeo a la terna. Bienvenida se adornaba no obstante con mucha torería. Cerraba la feria como la empezó (Fotografía El Ruedo)

Balance final




En una feria de 15 corridas de toros (no hubo novilladas y los rejoneadores actuaban de uno en uno como prólogo o epílogo de las corridas "formales") se cortaron 36 orejas y se abrió la Puerta Grande en ocho tardes. Dos de ellas por partida doble y una por partida triple. Lo que no está nada mal.

Todavía se lidiaba un toro terciado y de poca edad que, por tanto, tenía mucha más movilidad que el galafate gigantón y cornalón, muy baqueteado y manoseado, o sea, muy correoso que ahora tanto gusta y que sólo excepcionalmente (como Malagueño) embiste con repetición y ritmo. Un toro que, en general, transmite muy poco y obliga al torero a ponerlo todo de su parte.

El público, el aficionado, era quizás mucho más entendido que ahora. Desde luego, era mucho menos dogmático, los pinchazos en lo alto se valoraban igual que una estocada buena y mejor que una estocada mala y aunque ya la prensa empezaba a arrear con cánones y tópicos, la baraja de toreros, de estilos de toreros, era amplía y se podía triunfar manejando conceptos muy diferentes. La diversidad de estilos era un valor apreciado y valorado por la afición. Al contrario, de lo que hoy ocurre ya que por mor de los talibames que tienen secuestrada ideológicamente a la plaza, triunfar resulta casi imposible para la mayoría de los toreros.

Madrid ya no es lo que era.

Lo peor es que, tal y como están las cosas, difícilmente lo volverá a ser.

Lo que va de ayer a hoy. La corrida de Pablo Romero en el Batán. Cuando Madrid era Madrid


martes, 24 de mayo de 2016

Ya tengo otro torero. Paco Ureña

Por Jesús Triana

Natural de Ureña, el domingo en Madrid a un toro de las Ramblas (Fotografía El Mundo)

LRI me ofrece la alternativa y yo como Camará con Gallito, aceptó el reto pero, como decía Gallito: "confiando más en la benevolencia del publico que en mis propios méritos"

Mi motivo es Paco Ureña. Yo no creía en él, no era uno de mis toreros. Sólo por el crédito que me merecen algunos buenos aficionados como Fermín Merino, empecé a verlo buscando esas cualidades que ellos me resaltaban y que yo no había sido capaz de apreciar.

Y, por fin, lo vi....y estoy lleno de emoción.

Fuera de las corridas duras, con toros muy variados, no sólo se ha mantenido fuerte, sino que ha aportado otras dimensiones de su toreo: Calidad. Un concepto clásico tanto con el capote como con la muleta en toda la variedad dentro de los cánones. Toreria en su manera de andar por la plaza y metiéndose en los cites. Personalidad, afición y superación. Y, lo que es cualidad de figura, conexión con el tendido. 

He gozado mucho su toreo en la plaza y, lo que es más importante, me ha dejado mucho poso... lo pienso y lo siento, días después. 

Ya tengo otro torero. Gracias.

La entrega de Paco Ureña se ha puesto de manifiesto en las Ventas en los riesgos asumidos que se han traducido en varias cogidas (Fotografía de Mundotoro)

Nota de LRI. 

El otoño pasado Paco Ureña impactó en las Ventas. Yo lo ví. Este año, en sus dos corridas de Feria (en la segunda actuó convaleciente de cogida) han acentuado y reforzado su comunión con esta plaza. Una comunión cimentada en la infinita entrega del murciano. 

Un buen aficionado afincado en Madrid, Jesús Triana, describe lo que, para él, ha sido una revelación. La revelación del buen toreo de Ureña. Una revelación compartida con el resto del público venteño. Y que, ahora, comparte con nosotros.


lunes, 23 de mayo de 2016

¿Donde están las llaves de la Puerta del Príncipe?

Por Fernando Cámara

Joaquín Galdós a hombros de los "costaleros" alumnos de las Escuelas Taurinas (Fotografía de Álvaro Pastor Torres publicada en Sevillatoro)
Una vez más. la rancia jerarquía del toreo pone palos en las ruedas de la tauromaquia. Presidentes que roban el protagonismo del público que poblaba la maestranza; Delegados que obligan a los costaleros a bajar de sus hombros a su ídolo para que no salga por la Puerta Grande en volandas cuando se tendría que haber abierto de par en par la del Príncipe

¡Qué dos feos detalles! ¡Qué falta de sensibilidad hacia un novillero con talento y con futuro!. Talento y futuro fresco de Joaquin Galdos quien, ante Sevilla, se ha reivindicado como otro de los héroes capaces de luchar, contra todo, por un fin. El "imposible" fin de ser figura del toreo. 

Héroes que luchan contra la suerte, contra la incomprensión, contra los elementos y como no, contra esa especie de taurocracia cuya tarea es salvaguardar la integridad de la tauromaquia. 

Al final, la responsabilidad siempre cae sobre los principales actores: público, toro y torero, los únicos que nunca fallan. Estallaba, serena y exquisita, la profunda tauromaquia de las telas  de Galdos, aparecía la interpretación del arte de seducir al toro para crear un arte puro, la sutil danza donde tres bailan al mismo tiempo y al ritmo de la divina música de Sevilla

Toro torero y público en un perfecto "ménage à trois" y nunca en mejor lecho que el de la Maestranza. Primoroso recinto donde la sensibilidad corre por los tendidos esperando el climax de los verdaderos protagonistas. El arte de la sugestión se conjuga con la belleza del toro para crear la obra del toreo que estalla en los aficionados. Creatividad sublime de Joaquin Galdos haciendo posible enhebrar de un fino hilo las embestidas del toro y el erudito conocimiento del público de Sevilla

Derechazos, naturales y pases de pecho con tempo musical, sutil danza a ritmo de bravura e interpretación perfecta de la tauromaquia. Por lo visto, para todos menos para dos o tres en toda la plaza. Joaquin Galdos hoy ha brillado junto al toro y el albero de la maestranza y la sensibilidad de los tendidos en dos faenas de Puerta del Príncipe, pero no estaba disponible, hoy no. 

Alguno de los "responsables" taurócratas de la fiesta se había olvidado la llave en el cajón de la insensibilidadJoaquín no pudo ver realizado el sueño de su toreo. 

No importa, la puerta de los corazones de Sevilla se abrió con un portazo en la pared.


Cuando se torea así y cuando se mata así no cabe la cicatería a la hora de conceder los trofeo (Fotografía Arjona-Aplausos)
-o-


Nota de LRI.

La prensa ha sido casi unánime en calificar de "robo" la no concesión de la segunda oreja del sexto novillo, la que abría la Puerta del Príncipe, a Joaquín Galdós.

Tengo, para mí, que Francisco Fernández-Figueroa (el Presidente de la novillada de ayer) es un gran aficionado pero quizás las excesivas y recientes críticas que recibiera por la segunda oreja que concedió a Padilla el sábado de Feria y que posibilitaron que el Ciclón de Jerez abriera la Puerta del Príncipe, puedan haber influido en su decisión. Las diatribas que contra él lanzaron algunos aficionados fueron desaforadasexcesivas e injustas.

En ese caso, dentro de la lista de insensibles "taurócratas" a los que, con tanto acierto, hace referencia el maestro Fernando Cámara, tendremos que incluir también a esos aficionados sevillanos tan elitistas como dogmáticos. Puntualicemos: a "esos".

El resto, la mayoría de la afición sevillana, tiene por suerte otro estilo. Mucho mejor estilo. 







domingo, 22 de mayo de 2016

Un siglo apasionante (De Gallito a José Tomás)

Por Antonio Luís Aguilera



“En José estuvo el soplo
y en Juan la brasa:
y en los dos encendida,
la llamarada”
José Bergamín


Dicen que Juan Belmonte paró el toreo, pero quien de verdad se paró fue el genio de Triana, que conservando la quietud de plantas toreó a la verónica como nadie lo había hecho: cuadrando el capote para encelar, adelantándolo para citar, enganchando al toro antes de que llegara al terreno del torero y, atrayéndolo en un temple portentoso, llevarlo hacia detrás de la cadera, agotando el recorrido del brazo, para inmediatamente volver a presentarle la tela y ligar otra verónica que parecía continuación de la anterior. Y así, los lances se sucedían mientras el toro repetía, hasta ser abrochados con media verónica escultural, liándose el animal a la cintura, que liberaba la emoción contenida del público y provocaba su jubilosa manifestación ante un toreo nuevo, verdaderamente excepcional, que nacía de la quietud del torero en la suerte. 


La escultural media verónica de Juan Belmonte

Callan que Gallito, con un toro que había evolucionado e iba consintiendo que le disputasen su terreno, reveló la senda del toreo moderno, colocando la primera piedra de la técnica que con el tiempo permitiría la ligazón del toreo de muleta. Una aportación de enorme trascendencia histórica que no halló eco literario, pues mientras Belmonte se rodeó de intelectuales, cuyas glosas le atribuirían la paternidad del toreo moderno, Joselito, enamorado de su profesión y obsesionado por sujetar en solitario el cetro del toreo, frecuentó la vida campera para conocer al detalle todas las ganaderías y las reacciones de los diferentes encastes. De ahí que, a menor relación social, su toreo no encontrara idéntica repercusión literaria. No obstante, desde una perspectiva histórica, aquella segunda edad de oro del toreo –este título ya había rotulado la competencia entre Lagartijo y Frascuelo- no puede entenderse sin la solidaria y determinante influencia de José y Juan.


En el larguísimo pase natural de Joselito se encierran las claves del moderno toreo de muleta
Tras la muerte de Gallito en Talavera de la Reina, un discípulo suyo, Manuel Jiménez Chicuelo, otorgaría continuidad al pase natural revelado por su maestro, pero instrumentado con el aplomo manifestado por Juan. Y como el de la calle Betis estaba bendecido por la gracia del arte, su toreo asombró por la belleza. No lo hizo todas las tardes, pues ni todos los toros lo consentían ni su ánimo se prestaba a batallas, pero cuando manifestaba su arte “acababa con el cuadro”. Su toreo, por sosegado y ligado, era diferente a todos e inmediatamente encontró la cálida acogida del público, que maravillado por tan armónica ligazón comenzó a exigirla a los demás toreros. Para ello fue determinante la faena que Chicuelo llevó a cabo en Madrid el 24 de mayo de 1928, donde deslumbró ligando primorosamente el toreo en redondo por ambas manos a “Corchaíto”, bravo ejemplar de la ganadería de Graciliano Pérez Tabernero, al que formó un alboroto que sin lugar a dudas marcó un antes y un después en la historia del toreo.

1928. Chicuelo con Corchaíto. Un antes y un después en el toreo de muleta (aunque él "antes" ya había hecho lo mismo en México)
Un después que concluiría Manolete, figura indispensable para entender el toreo actual, porque representa el eslabón de la cadena que engarza la sabiduría plasmada por Guerrita en su Tauromaquia, con la portentosa técnica revelada por Joselito y la asombrosa quietud de Belmonte, para consolidar el toreo ligado en redondo, método que tras el reinado del espada cordobés sería aceptado por todos los toreros como la estructura necesaria para interpretar cualquier manifestación artística. Manolete acorta distancias y articula la ligazón de los pases para otorgar sentido de unidad a la faena de muleta.

Con escalofriante quietud y asombrosa regularidad añade los verbos “aguantar y ligar” a la trilogía “parar, templar y mandar”, para que adquiera validez un sistema donde el espada deja venir al toro por su terreno natural para llevarlo hacia atrás y hacia adentro. El monstruo cambia definitivamente el toreo: de la expulsión a la reunión, del distanciamiento al ajuste, del pase suelto uno aquí y otro allí al acoplamiento que facilita la ligazón y realza la expresividad artística.

1944- Natural de Manolete en Bilbao. Se consolida la estructura de la faena moderna de pases ligados en tandas.

Consolidado el toreo ligado en redondo, Manuel Benítez el Cordobés irrumpe en la Fiesta para dar un nuevo giro de tuerca al método. El de Palma del Río se impone a un maravilloso elenco de espadas, triunfa clamorosamente en todas las plazas y se convierte en la locomotora que remolca el toreo de su tiempo. También en el torero que más público ha movilizado en la historia del arte de Cúchares, otro heterodoxo histórico cuestionado por los escolásticos de su época. Excluyendo la puesta en escena de Manuel Benítez y analizando su obra, encontramos un torero que conectaba de inmediato con el público cuando sujetando muleta y espada, en los medios y centrado con el toro, lo dejaba venir por su terreno natural, y con espléndida flexibilidad de cintura y gran juego de muñecas lo llevaba hacia atrás, hacia el terreno de su espalda, donde una y otra vez volvía a engancharlo para ligar larguísimas y ajustadas series con las que rompió todos los moldes del toreo en redondo.

El Cordobés enganchaba al toro y lo llevaba hacia atrás con un gran juego de muñecas
Parecía imposible que otro espada pudiera torear más cerca. Sin embargo, la historia volvió a sorprender con Paco Ojeda, otro revolucionario que, en las distancias más cortas, daba los pases más largos, ligando el toreo de un pitón a otro sin variar la posición. El genio de Sanlúcar de Barrameda cambiaba la muleta de una a otra mano para coser redondos con naturales, mientras el toro trazaba “ochos” en sus idas y venidas alrededor del torero, que asombrosamente permanecía impasible en el ruedo hasta cerrar aquellas espeluznantes series con auténticos forzados de pecho. Ojeda dominaba primorosamente los toques, no sólo para fijar o alargar la embestida del toro, sino para obligarlo a describir una curva de más en el remate de la suerte, donde le exigía volver por el otro pitón sin que él rectificara su posición en la arena y mientras el público se ponía de pie al ver lo que ocurría en el ruedo. Paco Ojeda revolucionó la Fiesta desarmando todas las teorías sobre los terrenos del toro o del torero y proclamando un solo terreno: el del toreo.

En las idas y venidas del toro tras la muleta de Ojeda se produce el novedoso y sorprendente aporte del toreo cambiado pero con el torero quieto como eje de la faena.

De todas las fuentes citadas bebe la tauromaquia de José Tomás, y a todas honra con un toreo conmovedor que ha devuelto a la Fiesta la emoción que siempre le tributaron las grandes figuras. Pocas veces la historia del toreo ha registrado una reaparición más deseada por el público y con mayor poder de convocatoria. La afición añoraba la vuelta de José Tomás por su imperturbable quietud, por el sitio tan comprometido que pisa, por lo cerca que se pasa los toros, por su forma de sentir el toreo y porque sabe que está ante un torero histórico. De ahí que las localidades de sus actuaciones se agoten con increíble anticipación, la reventa maneje cifras increíbles y las peregrinaciones de aficionados se sucedan por las plazas donde el madrileño echa el paseíllo. Todos quieren ser testigos de ese toreo de manos bajas mecido por unas telas cuyo temple y mando otorgan majestuosidad y hondura a una reunión que por bragueta, pureza y belleza eriza el vello y pone un nudo en la garganta.

Casi cien años de historia han sido necesarios para la evolución, desarrollo y perfeccionamiento de un toreo apasionante: el ligado en redondo. Desde el soplo de Gallito en la brasa de Belmonte a la llamarada del gran Chicuelo, propagada tarde a tarde por la perseverancia de Manolete, que marca definitivamente el rumbo de la tauromaquia contemporánea, consolidando un sistema que todos los toreros adoptarán para interpretar su toreo. He aquí la síntesis histórica de cuatro figuras legendarias que al expresar el toreo enseñaron el camino que conducía a la ligazón de los pases y su estructura en series, estrechado angustiosamente por Manuel Benítez el Cordobés y Paco Ojeda. Es, en esa estrechez, donde ha brotado una nueva primavera de esplendor y emoción con José Tomás, en cuya manifestación artística confluye el curso de un apasionante siglo de tauromaquia.

José Tomás en Jerez este mismo años. Bragueta, pureza y belleza en el toreo al natural. Un toreo al natural donde confluyen cien años de historia (Fotografía Arjona)
Nota de LRI: Este artículo se escribió hace ya 8 años con motivo de la vuelta a los ruedos de José Tomás. La síntesis que hace de los cien años que llevamos de toreo moderno es sencillamente genial por lo que me ha parecido oportuno rescatarlo ya que al haberse publicado en una revista local concretamente "Toreros cordobeses" no había tenido la difusión que creo que se merece.