Por José Morente
 |
Una imagen emblemática. El morro y el pitón derecho haciendo surcos en la arena. La forma de colocar la cara, de humillar, de embestir, de "Cobradiezmos" de Victorino Martín, se ha convertido en el paradigma de la bravura del siglo XXI (Fotografía Maurice Berho-Mundotoro)
|
Si yo fuera político declararía. la bravura del toro de lidia, Bien de Interés Cultural igual que se hizo en 1999 con los registros sonoros, con la voz, de la Niña de los Peines.
No lo soy y, por tanto, me tengo que contentar con documentarla que es lo que vamos a hacer en esta entrada. Vamos a repasar la evolución de la bravura del toro a lo largo de la historia. Para ello hemos elegido tres toros emblemáticos y paradigmáticos que representan y simbolizan el concepto que, en cada siglo, se ha tenido de la bravura, esa cualidad tan necesaria para la pervivencia de la Fiesta.
Vayamos al grano. Los tres toros que, en mi opinión, mejor simbolizan la bravura, son Jaquetón (siglo XIX), Bravío (siglo XX) y Cobradiezmos, que, para mí, encarna el ideal de la bravura deseable en este siglo XXI.
Jaquetón. La bravura fiera del siglo XIX
 |
| Jaquetón. La bravura del siglo XIX (Detalle de una lámina de la Lidia publicada el 23 de mayo de 1887) |
El
tópico define y describe al XIX como el siglo de los toros
fieros y los toreros
machos. Una época donde se derramaba
mucha sangre en los ruedos. Sobre todo, sangre de los
caballos de los picadores y sangre de los
toreros y menos, mucho menos (hoy dirían que ni para un análisis)
de los toros lidiados.
 |
En el XIX, La Fiesta era un espectáculo sangriento. La sangre de caballos y toreros corría copiosamente. La del toro. mucho menos (Detalle de la Lámina de la Lidia dedicada al toro Jaquetón)
|
Era aquel un espectáculo dantesco y sanguinario donde la idea de belleza estaba ausente. Las carencias médicas con el consiguiente riesgo de infecciones podían convertir un leve puntazo, en camino a la invalidez cuando no a la muerte. Pero no nos confundamos pues entonces la vida, también fuera de los ruedos, valía muy poco.
En esas condiciones, no tiene nada de
extraño que se considerase
más bravo, al toro
más fiero, al que
más veces acometiese a los caballos, al que los
corneara con más saña e ímpetu. Dicho lisa y llanamente, se consideraba más bravo el toro que más caballos
matase. Así de
simple y así de
trágico.
 |
En el siglo XIX, la suerte de varas era primordial. Ahí era donde entonces se veía la bravura del toro. Una bravura que, en realidad convendría llamar fiereza (Detalle de la Lámina de la Lidia dedicada al toro Jaquetón)
|
En ese contexto, el ideal de bravura de ese siglo, lo encarna Jaquetón de la ganadería de Agustín Solís, el cura Solís, vecino de Trujillo (Cáceres) lidiado en Madrid el 24 de abril de 1887 por Currito (el hijo de Cúchares) que alternaba con Frascuelo y Ángel Pastor.
Su memoria está encerrada (y enterrada) en el Tomo I del Cossío (1943: 367-368) a donde hemos acudido a rescatarla.
Fue tan
bravo e hizo tal
pelea en varas que el público enardecido se opuso a que lo banderillease
Pastor y pidió de forma clamorosa el
indulto. Indulto que fue
concedido aunque hubo que
apuntillarle en el ruedo al no poder seguir a los
mansos por las
convulsiones que le provocó una de las varas. En el
desolladero se comprobó que tenía reventado un
pulmón por el
esfuerzo realizado. Así lo contaban en
la Lidia:
Y un detalle de importancia que desliza el revistero
Don Jerónimo (Peña y Goñi) en la
Apreciación final, casi sin darle importancia: El toro "
llegó manso a la muerte". Muy
bravo en el caballo,
Jaquetón llegó
manseando al último tercio.
 |
Jaquetón llegó manso a la muerte lo que no importó a los aficionados de entonces, entusiasmados con su pelea en varas
|
Pese a ello, se le considera el toro
más bravo de todo el siglo XIX, pues entonces, a lo que se ve,
sólo importaba y se valoraba el comportamiento del toro en la
suerte de varas. Tanto que los aficionados más conspicuos se
marchaban de la plaza cuando
tocaban a banderillas en el último de la tarde.
Eran
otros tiempos.
Bravío. La bravura equilibrada del siglo XX.
A principios del siglo XX, los
gustos están cambiando.
Guerrita ha sido el primer torero en
demorar el quite dejando que el toro
romanee a los caballos con el fin de que
pierda poder. Se trata ya de que
llegue a la muleta en mejores
condiciones para el toreo.
Además, la
escabechina de la suerte de varas empieza a
molestar a algunos aficionados que cada vez valoran más las faenas de muleta. Y es que no en balde, los grandes diestros de este principio de siglo se llaman nada más y nada menos que
Joselito el Gallo, Juan Belmonte y Rafael el Gallo,... Gente que de verdad
sabe torear.
Al toro se le empieza a pedir que
mantenga su bravura hasta el final. Ya no valen esos toros de
Colmenar o de
Veragua que hacían salidas explosiva,
comiéndose la osa mayor, pero que, en banderillas, se
aconchaban en tablas. Por el contrario, se empieza a
valorar el toro que, saliendo frío,
va a más. Serán otros encastes de
bravura más sostenida, los que toman el
relevo en el gusto de los aficionados.
Será, por tanto, un toro de
Santa Coloma, casta Vistahermosa, el que marcará la
pauta de la bravura ideal del nuevo siglo. El toro se llama
Bravío y se lidiará en
Madrid un 11 de mayo de 1919.
Un toro que resulta
bravo,
muy bravo en varas pero también
noble,
muy noble en la muleta. Pese a su nobleza, la de
Bravío, es todavía una bravura
molesta y
desbordante para su matador que no acabará de entenderlo. Y eso que
Saleri II, que cargará con ese
sambenito toda su carrera, estuvo
sensacional en su
otro toro. Pero eso no importa. Cuando sale un toro
de bandera, el público se pone
de parte del toro.
 |
Corrochano en ABC destacaba la bravura y la nobleza de Bravío y es que, para el toreo, es condición necesaria la franqueza.
|
Y otro detalle importante. Las
hechuras. Ya no valen los toros
destartalados sino los "
bien hechos" pues su tipo es
garantía de su embestida.
Bravío es un toro
precioso a más de
fino y terciado. Hablando en plata,
un toro chico, tanto que los
veterinarios querrán
rechazarlo en el reconocimiento previo La amenaza del
ganadero de retirar la corrida completa si el toro no se aprueba, permite que salte al ruedo de Madrid pudiendo demostrar toda su
bravura.
 |
Casi 30 años después de la lidia de Bravío, el Ruedo recordaba a ese toro y a su criador, el Conde de Santa Coloma. Por cierto que algunos aficionados e incluso algunos toreros los consideraban toros fáciles sólo por el hecho de ser los preferidos de las figuras de entonces (Lo mismo que ocurre ahora)
|
Cobradiezmos. La bravura noble del siglo XXI
 |
La brava embestida de Cobradiezmos, el toro de Victorino lidiado en Sevilla esta Feria de Abril (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)
|
Casi cien años después de la lidia de
Bravío, las cosas han vuelto a
cambiar. En la suerte
de varas, la
víctima ya no es el
caballo, protegido por el
peto implantado en la Dictadura de
Primo de Rivera sino el propio toro
masacrado a placer desde unos
pecherones cruzados, de gran alzada y poder y muy
entrenados.
En consecuencia, la suerte
de varas ha perdido la
grandeza e importancia que tuvo en otras épocas pues lo que realmente importa a los públicos modernos es el
toreo a pie. El de
capote y, sobre todo, la
muleta. A los públicos de ahora, ver
sangre cada vez les gusta
menos sobe todo, si se trata de la sangre de los
animales.
Por contra, al toro se le
exige mucho en el
último tercio que ha crecido en
duración e importancia. Y es que el toreo que se practica hoy
somete a los astados a una
dura prueba pues frente a la
media docena de pases por alto y aliviados que componían la faena estándar del XIX, hoy se le pide al toro que llegue a la muleta con
fuerza, bravura y nobleza suficientes para embestir
infinidad de veces con
humillación, fijeza, recorrido, ritmo y clase.
"Cobradiezmos", de Victorino Martín, lidiado con solvencia por
Manuel Escribano, el pasado miércoles en Sevilla es el nuevo paradigma de la
bravura en este nuevo siglo. Una bravura encarnada por esas embestidas
entregadas y excepcionales de las que hizo
derroche. Es posiblemente, el toro al que
mejor y con más duración he visto
embestir en toda mi vida de aficionado. Un toro, huelga decirlo, de
preciosas hechuras en la línea de su encaste. Un toro
bravísimo u nobilísimo.
 |
| Las perfectas hechuras de Cobradiezmos (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro) |
La
Maestranza, que así lo entendió,
bramó de placer ante todas y cada una de sus incansables
arrancadas en pos de la muleta de su
hábil y eficaz lidiador.
 |
La Maestranza bramó en todas y cada una de las largas embestidas de Cobradiezmos (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)
|
Un
lidiador que, esa es
otra característica de la bravura que hoy se pide,
pudo triunfar con él. Y es que al contrario que el bravo del siglo XX, al que casi se le
exigía como
condición necesaria para así catalogarlo, que estuviese por encima del torero, que le ganase la pelea, la nueva bravura de hoy, la bravura del siglo XXI, convierte al toro en el mejor
colaborador posible del
éxito del torero. Siempre, claro está, que el torero esté dispuesto a
entregarse tanto como se le
entrega el toro.
Y es que, el toreo ya
no es lucha sin cuartel, ni una pelea a muerte entre dos aguerridos contrincantes, sino
entrega máxima de ambos contendientes, del toro y del torero.
Una
entrega cuya
conjunción hace posible el
milagro del toreo tal y como hoy lo entendemos.
"Cobradiezmos" ha señalado el
camino por donde debe discurrir la
auténtica bravura de este siglo.
Habrá que
seguirlo
 |
| Cobradiezmos de vuelta en las Tiesas, la finca de Victorino Martín |