Por Jose Morente

Antonio Díaz-Cañabate ponía (de manera harto exagerada) todo el toreo en el movimiento del diestro de adelantar la pierna de salida y apoyar en ella el peso del cuerpo, como aquí hace Domingo Ortega en un natural el día del Corpus de 1936. El ditirambo exagerado en defensa del torero preferido ha sido una constante de la crítica taurina de todos los tiempos. Lo que no dice Cañabate es que Ortega, al igual que Belmonte, no toreaba en redondo sino en ochos.
Como nos recordaba hace unos días mi amigo Andrés de Miguel, el crítico taurino de ABC, Antonio Díaz Cañabate, ponía todo el toreo (¡Ahí es nada! ¡Todo el toreo!) en el gesto de adelantar la pierna de salida y apoyarse en ella.
Confieso que, aunque la he buscado, no he encontrado la fuente donde se cita ese axioma. No importa pues me merece absoluta credibilidad sobre todo porque la frase está en línea con lo que sostenía Domingo Ortega en su conferencia “El arte del toreo”.
Para el torero de Borox, para Antonio Díaz Cañabate y para los seguidores de ambos, todo el toreo (¡Ahí es nada! ¡Todo el toreo!) se resume en ese gesto de cargar la suerte y adelantar la pierna de salida.
Tengo que confesar que la frase me resulta difícilmente aceptable no sólo por razones técnicas (que son de sentido común) sino, sobre todo, porque de admitirla tendríamos que prescindir de un plumazo de todos los diestros de la historia que practicaron y practican el toreo de línea natural como Guerrita, Joselito o Manolete (curiosamente los más grandes). Lo que me parece que es mucho prescindir ¿o no?
Sin embargo, es a esa buena técnica del toreo de línea natural (la del toreo en redondo) que practicaron esos diestros, a la que algunos aficionados actuales (¡no usted ni yo, por supuesto!) demonizan adjudicándole la etiqueta de “destoreo”.

Manolete en Toledo en agosto del 47. El diestro de Córdoba carga la suerte con los brazos sin mover las piernas, como se puede apreciar en esta magnífica foto de Cano. Frente al toreo más defensivo que consiste en desplazar hacia afuera la embestida de la res, el toreo moderno (basado en aguantar sin moverse esa embestida) resultaba enormemente novedoso, emocionante y meritorio. Un mérito que, sin embargo, nunca le han querido reconocer los aficionados “de libro”.
El objeto de esta mini-serie
La colocación enhilada, el cite con la muleta a la altura del cuerpo, la suerte cargada con los brazos y haciendo gravitar el peso del cuerpo sobre la pierna de salida, en línea o retrasada respecto a la otra pero anclada en el albero desde el momento del cite, no son trucos baratos de malos toreros sino, al contrario, el resultado depurado de muchos años de buen toreo, de muchos años de prueba-error y, por lo tanto, de mucha sangre vertida en los ruedos, que han permitido alcanzar las calidades que hoy se alcanzan toreando cuando el toreo lo interpretan los más grandes toreros de la actualidad como José Tomás, Morante de la Puebla, Julián López el Juli o Miguel Ángel Perera.

La técnica del toreo en redondo ha permitido llegar a ligar muletazos de la categoría y la enjundia de este muletazo de Morante de la Puebla en Aguascalientes. Sobran las palabras.
Calificar como “destoreo” esa forma de torear es, en el fondo, un insulto a la inteligencia de los buenos aficionados que todavía quedan.
Pensar que se debe torear en redondo de forma distinta a como se torea o sostener que los grandes toreros de la historia han toreado en redondo cargando la suerte con la pierna de salida adelantada es una falsedad y un engaño.
Desmontar esa patraña. Poner al descubierto esta superchería, ha sido el objeto de esta miniserie, que hoy culmina, donde hemos podido ver a cuatro grandes e indiscutibles toreros toreando en redondo con los recursos técnicos propios de ese modo torear. Toreando en la forma que algunos denuncian hoy como inaceptable. No lo hemos leído ni nos lo han contado sino que lo hemos visto.
Hemos podido comprobar, viendo las imágenes seleccionadas, que el toreo en redondo de Antonio Bienvenida, Paco Camino, Rafael Ortega y César Rincón, en sus mejores tardes, no se diferencia, en esencia y desde el punto de vista técnico, ni un ápice del toreo que hoy practican los toreros de nuestro tiempo antes citados, ese toreo que hoy algunos califican tan cínica y burdamente como el “destoreo”.

El aficionado que se atreva a sostener que este muletazo de Antonio Ordoñez (Zaragoza-1956) es una muestra de “destoreo” merece que lo ingresen en el cotolengo. Ordoñez, que practicó en muchas ocasiones el toreo cambiado cargando la suerte con la pierna de salida, sabía torear en redondo así de bien.
A salvo (a veces y sólo a veces) del primer muletazo de la tanda, la forma de ligar los muletazos, cuando se dan por el mismo pitón, sigue el patrón impuesto por Joselito-Chicuelo-Manolete, los creadores del moderno toreo en redondo.
Es cierto que el toreo de los 60 y el actual presentan matices respecto al modelo formulado por esos nombres sagrados pero son matices técnicos propios de la evolución lógica de las suertes que para nada desvirtúan la esencia del planteamiento básico de ese modo de torear.
La otra línea del toreo
El toreo en redondo no tiene nada que ver con el toreo que se produce cuando un diestro torea a la verónica o cuando con la muleta desplaza al toro alternando los muletazos por ambos pitones. En este caso, toreo en ochos, el concepto y los medios técnicos utilizados son (y deben ser) muy diferentes.

En el toreo “en ochos” la clave si que está en cargar la suerte adelantando la pierna de salida y apoyando en ella el peso del cuerpo. El toreo a la verónica, alternando pitones, es un buen ejemplo de ese modo de torear. En la foto, Morante del Puebla (¿Quien si no?) interpretando, con rara perfección, el toreo en ochos a la verónica.
Es ahí y sólo ahí, en ese toreo en ochos, en el toreo en movimiento, cuando está, no sólo aconsejado, sino también indicado, desplazar la embestida del toro hacia afuera, ganándole terreno y cargando la suerte apoyando el peso del cuerpo en la pierna de salida.
Ese el toreo que han practicado los toreros que se han formado de manera intuitiva en el campo o en las capeas. Es, por tanto, el toreo que han practicado Juan Belmonte, Domingo Ortega, Paco Ojeda o César Rincón.
Un toreo que ha disfrutado de más literatura y de mayores y mejores cantores, palmeros, elogiadores, paroxistas o entusiastas pero de similar (nunca mayor) enjundia en la plaza que el toreo en redondo.



La literatura panegirista del toreo cambiado o en ochos ha sido amplía y fecunda. No ocurre igual con el toreo de línea natural (o en redondo) que, pese a ser predominante, ha carecido de ese soporte literario. Las teorías contenidas en esos textos (la mayoría de las veces descontextualizadas) pueden desorientar al más pintado. Todo eso explica la incapacidad de algunos aficionados actuales para entender y valorar cabalmente lo que ocurre realmente en el ruedo. En cualquier caso, no parece adecuado ni acertado juzgar el actual modo de torear en redondo bajo el prisma de otro modelo tan diferente como es el toreo en ochos.
Dos modos de torear diferentes pero válidos.
Ambos modos de torear (el toreo en redondo y el toreo en ochos) son magníficos y espléndidos. Y, sobre todo, cuando se ejecutan en su máxima pureza (cada modo tiene la suya propia) entrañan la dificultad y el rigor que tiene siempre la excelencia.
Cada aficionado tendrá sus lógicas preferencias por uno u otro modo de torear. Las dos opciones son, pues, legítimas. Lo que no resulta de recibo es pretender imponer de forma excluyente una de ellas o, peor aún, pretender mixtificar el toreo en redondo exigiendo mezclas espurias. Como tampoco es de recibo descalificar una de las dos formas de torear porque no sea la de nuestra particular elección.

Un extraordinario muletazo de Diego Urdiales en Madrid en San Isidro de este año. Pese a su indudable belleza, conviene precisar que la aplicación sistemática en las tandas de naturales de elementos técnicos ajenos al toreo en redondo (como el cite enfrontilado, la pierna de salida adelantada o el remate detrás de la cadera) y dejando al margen las cuestiones de coherencia estilística, dificultan y comprometen enormemente la ligazón de un muletazo con otro (Fotografía de Miguel Pérez Adradas)
Dicen que el mejor aficionado es al que más toreros le caben en la cabeza. Yo reformularía el aserto diciendo que el mejor aficionado es aquel al que más “toreos” le caben en la cabeza.
Y el peor,… al que menos. Dicho sea todo esto sin la acritud de quienes (de modo siempre tan sectario) descalifican a todo aquel (torero o aficionado) que no comulga con sus dogmas.

El buen toreo no puede quedar encerrado en una fórmula matemática o geométrica como muchos pretenden.
Resulta cuando menos sorprendente (si no contradictorio) que sean los aficionados que más reniegan y despotrican de la técnica y los que menos valor le conceden, aquellos que luego quieran encerrar todo el toreo en un único, simple y prescindible mecanismo técnico como es el de adelantar o no la pierna de salida en los lances.