lunes, 5 de diciembre de 2011

Joselito el Gallo (VI) Suspiro limeño (1ª parte)

 

clip_image002Una imagen mítica. Joselito, de luto tras la muerte de su madre, en la puerta de cuadrillas de la Maestranza antes del paseíllo en una corrida de la feria de abril de Sevilla del año 1920.

 

Perú es el país de los sueños y la poesía. Quizás, por eso un postre tradicional de aquí se llama el suspiro limeño y un sueño que duró un suspiro fue el periplo que, por estas tierras, hizo Joselito el Gallo el invierno del año 1919 para el 20.

El caso es que Joselito tenía comprometido con la empresa de la Plaza de Toros de Acho venir a Lima un año antes.

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La empresa de Lima viajó a Sevilla para contratar a Joselito quien debía haber toreado en esa tierra a finales del 18 y principios del 19.

 

Sin embargó, el fallecimiento de su madre, Gabriela Ortega, a finales de enero de 1919, le obligó posponer el viaje aunque con el compromiso con la empresa limeña para viajar a ese país al año siguiente.

 

Joselito con su madre y hermanos-as

Joselito enviaba a su madre, por la que sentía adoración, a tomar todos los años aguas en distintos balnearios. Al volver de uno de ellos (Suazo) la señora Gabriela se encontró indispuesta y enfermó. José no se separaría de su cama en los dos meses que duró la enfermedad de su madre.

 

La situación personal y profesional de Joselito ese año fue muy complicada. A la muerte de su madre se unió la inquina que, durante toda la temporada tuvo que soportar por parte del cronista del diario ABC, Gregorio Corrochano (a quien en este caso me permito suprimirle el don puesto que sin justificación alguna se dedicó a zaherir al diestro cuando años anteriores había sido ferviente defensor del torero).

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La prensa gallista (concretamente el The Kon Leche) denunció la postura durante ese año de Corrochano quien tan afecto había sido antes a Joselito. Éste pensaba en su fuero interno y así lo comentó a algunos amigos que Ignacio Sanchez Megías era quien azuzaba (consciente o inconscientemente) al crítico de ABC, pues Ignacio llegó a filtrar algunos comentarios privados de José que el cronista aprovechó para utilizarlos en contra del torero.

 

Además Joselito estaba fervorosamente enamorado de Guadalupe de Pablo Romero. Diferencias de casta y clase (José no sólo era torero sino también gitano) se oponían al amor que Joselito sentía por esta dama de la clase alta sevillana. Algo que hoy nos parece absurdo pero que respondía a los arcaicos esquemas mentales de la alta burguesía sevillana de entonces. 

El padre de la dama, y pese a su supuesta amistad con el torero, no consentía en estas relaciones y sólo permitía la boda si Joselito abandonaba su profesión.

Una exigencia excesiva para alguien como José que solo vivía por y para el toreo. El amor de Joselito por su profesión era tan exagerado que más que afición habría que hablar (en frase feliz de Fernando Cámara) de adicción.

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Joselito entre Felipe de Pablo-Romero y Llorente, el padre de Guadalupe y Felipe de Pablo-Romero y Artoloitia, hijo del anterior. Quienes pudieron llegar a ser -y no fueron- suegro y cuñado de José, respectivamente. También aparece en la foto (a la izquierda) Juan Belmonte a quien Joselito hizo partícipe de sus confidencias amorosas. (Fotografía de Tierras Taurinas. Opus 6. En esta revista se dice que la foto está tomada en 1917 en una tienta en la finca Partido de Resina donde aún hoy pastan las reses de esta ganadería. Sin embargo, Parrita dice -en su libro- que la foto está tomada en una tienta en la finca del ganadero Medina-Garvey).

 

Durante todo el año 19, todas estas circunstancias pesarían como una losa sobre las espaldas de Joselito quien sin embargo tuvo una de sus mejores temporadas como torero.

Joselito hubiera viajado a Lima ese año en cualquier caso (pues su profesionalidad rayaba en lo excesivo) pero en la situación anímica en la que se encontraba, el compromiso que había adquirido un año antes con la empresa limeña le vino al torero como anillo al dedo.

 

El Viaje a Lima

Hoy nos quejamos cuando un vuelo atlántico dura 12 horas. Una minucia –sin embargo- comparada con las condiciones en las que entonces se desarrollaba este tipo de viajes. Cruzar el charco era toda una aventura. Por eso, no tiene nada de extraño que se formará una extensa comitiva para despedir a José en su viaje a Lima.

Primero, en Sevilla, donde le despidieron militares, ganaderos y amigos. Luego en Madrid, con una nutrida representación de aficionados, algunos de los cuales le acompañarían hasta Gijón donde José embarcaría en el Infanta Isabel.

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El Infanta Isabel en el que Joselito viajó a América

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Joselito durante la travesía y con el primer oficial del buque

 

En el viaje le acompañaron sus picadores Camero y Farnesio, sus primos el Almendro y el Cuco y su buen amigo el torero Isidoro Martí Flores con el que alternaría en Lima.

clip_image016Joselito con Isidoro Martí Flores y los miembros de su cuadrilla

clip_image018Gallito con su amigo el torero Isidoro Martí Flores y (volviéndose hacia el fotógrafo) su primo el Cuco.

 

El viaje duró la friolera de 5 semanas, pues el barco llegó con retraso a Cuba por lo que perdió el enlace previsto para cruzar el canal de Panamá, lo que José aprovechó para darse un garbeo por la Habana.

clip_image020Curiosa postal de “la Havana”

 

Luís Casas “El Brujo Bohemio” le entrevista en la Habana

clip_image022Joselito con Luís Casas quien le entrevistaría en la Habana.

 

En La Habana, a Joselito le entrevistó Luís Casas conocido como el Brujo Bohemio. José le dijo al periodista varias cosas no por sabidas menos interesantes.

Primero, que el valor es imprescindible para un torero (“con miedo no se podría torear”). Segundo, que la suerte en la que se encuentra más a gusto es en la muleta (En lo que coincide con el juicio que le hizo Guerrita). Tercero, que su cualidad más destacable como torero, es la de conocer los toros en cuanto salen del toril (“me precio de esto mucho”). Yo añadiría, con Corrochano, que los conocía antes de salir. Y cuarto, que puede asegurar que Belmonte y él son lo que se llama buenos amigos.

 

El ambiente a su llegada al Callao

Una vez cruzado el canal transbordaron a un vapor peruano (El Uyacati ó Uvacati) que les llevó ya directamente al Puerto del Callao donde llegó el día 13 de diciembre y donde le esperaba una ingente multitud en numerosos barquitos.

clip_image024El desembarco

clip_image026En el muelle pisando ya tierra peruana. Joselito con atuendo torero (torero aquí y en Lima)

 

Y de ahí le llevaron a la casa que le habían preparado en la plaza de la Inquisición.

clip_image028En su casa de Lima con sus amigos. Joselito descansa del viaje.

 

En Lima se le esperaba con verdadera expectación pues su fama de gran torero le precedía.

Lo curioso es que algunos belmontistas españoles pretendieron indisponer a los aficionados limeños enviando cartas donde decían que quien llegaba era un torerito tramposo que iba a robar el dinero de los peruanos.

Se quería aprovechar que, en Lima, se respiraba ambiente belmontista pues no en balde Juan se había casado con una señorita de la jet-set limeña, lo que suponía un hándicap para José como líder del partido contrario.

clip_image030La noticia de la boda de Belmonte en la prensa española de la época. En realidad, Juan (un “gentleman” según la prensa) se casó por poderes.

 

Más divertida aún fue la copla que se hizo circular los días antes de la llegada de José a Lima y que -a la vista del precedente de Juan Belmonte- avisaban al torero del verdadero peligro que le acechaba y que no eran los toros, según decía la letra, sino los ojos de las limeñas.

Los ojos de las limeñas

hacen pecar a un bendito

a Belmonte lo casaron

¡Ten cuidado, Joselito!

 

clip_image032Juan Belmonte con Julía Cossío. A Juan, según la copla, lo casaron los profundos y risueños ojos de esta limeña.

 

Joselito torea (y triunfa, pese a todo) en la plaza de Acho.

El que caso es que, con todo lo anterior, Joselito se presentó en Lima con cierto ambiente a la contra. No tanto como deseaban los partidarios españoles de Belmonte ya que, en realidad, pesaba más la expectación por ver al que todos consideraban un gran torero, pero sí el suficiente para crear ese clima de pasión que a veces necesita la fiesta.

La temporada limeña de José se resume en el siguiente cuadro incluido en el libro Joselito, el rey de los toreros del gran escritor taurino y biógrafo de José, Paco Aguado.

Joselito toreó las siguientes corridas en Lima:

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El primer paseíllo de Joselito en Lima. José con Curro Martín Vázquez e Isidoro Flores. Ese cartel se repitió el día 4 de enero. Sin embargo, la circunstancia de hacer el paseíllo desmonterados la mayoría de los toreros participantes indica que la foto recoge probablemente la primera actuación de la troupe taurina española en ese año y, por tanto, el primer paseíllo de Joselito en Lima (el día 14 de diciembre al siguiente de su llegada al puerto del Callao).

 

En la primera tarde, José no estuvo bien pues la corrida se celebró al día siguiente de su llegada con el lógico cansancio por el viaje y aunque pidió un aplazamiento no se lo concedieron.

Pero la clave del mal resultado del festejo estuvo en el pésimo comportamiento de las reses que pertenecían a la ganadería criolla de la Rinconada de Mala.

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Más que el cansancio (José toreó al siguiente día de llegar de viaje) la clave del mal resultado del primer festejo fue el ganado de la Rinconada de Mala de Don Jesús Asín, como señala en su crónica el corresponsal de la revista Sol y Sombra en Lima, “Matraca”.

 

La siguiente corrida se dio –como es habitual allí- una semana después. Esta costumbre me parece mucho más racional que el atracón de corridas seguidas de las grandes ferias españolas y me recuerda al estilo del antiguo y tradicional abono madrileño. Magnífico sistema hoy día lamentablemente perdido. ¡Lástima!

En esa ocasión y aunque los toros no pasaron de regulares, Joselito apretó el acelerador y las cañas se tornaron lanzas. El triunfo de José fue esa tarde incontestable. Los limeños pudieron comprobar la calidad y categoría del torero. El público de Lima se entregó a José incondicionalmente.

clip_image040En la segunda corrida, Joselito triunfó y convenció a los limeños. Los cencerros que allí es costumbre (costumbre que aún continúa hoy día) hacer sonar en son de protesta, los arrojaron al ruedo como tributo al torero de Gelves, según nos cuenta el Heraldo de Madrid.

 

Lo mejor es que el tiempo entre corrida y corrida permitía al torero relajarse y hacer vida social. Joselito aprovechó al máximo esta circunstancia y llegó a hacer muy buenos amigos en Lima.

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Joselito de paseo por Lima con los hermanos Botto. Los empresarios de la plaza limeña.

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Joselito en el “camal” de Lima con un nutrido grupo de aficionados peruanos.

 

Esos descansos le permitían también dedicar tiempo al deporte y mantenerse en forma preparándose para las siguientes actuaciones.

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Una foto muy conocida. Joselito en bicicleta en la plaza de toros de Lima. Iconoclasta.

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En cambio esta foto es mucho menos conocida. Joselito aparece en un descanso de un partido de pelota en la misma plaza. Joselito pelotari decía el pie de foto original. Está acompañado –entre otros- de Manolete padre (que es quien sostiene el balón) y que toreó junto a Joselito en una de las tardes de la temporada limeña aunque con regular fortuna. Los toreros están sentados sobre el poyete de la plaza antigua. Ese poyete se suprimió en la remodelación de 1944. Precisamente, sentado en este poyete Joselito dio dos magníficos pases ayudados a un toro del Olivar, en la corrida del día 4 de enero.

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Así era la antigua plaza de toros de Lima. Aquella en la que toreó Joselito. En la foto se aprecia muy bien el curioso poyete adosada al murete sobre el que se sitúa la balconada para los espectadores de primera fila (todos con el inefable canotier) debajo de la cual se localizaban unos curiosos cuartos para los más privilegiados (con algunos de los cuales conversa el torero que está en primer término. Seguramente, analizando los azares de la lidia). La plaza tenía todas las localidades cubiertas al estilo de la plaza de Ronda. Bueno, todas no. En el tejado se han ubicado numerosos espectadores. Esta peculiar idiosincrasia se perdió en la reforma de 1944 cuando la plaza original se sustituyó por otra más convencional, aunque también con mucho encanto.

 

En las siguientes corridas, José mantuvo el nivel alcanzado siquiera no siempre le fuese posible lograr el máximo lucimiento por mor del ganado. Especialmente pésimos fueron los toros mexicanos (del Marqués de Saltillo, según el crítico de Sol y Sombra) lidiados en la sexta actuación de José en aquellas tierras (el día 19 de enero).

El escándalo por el escaso trapío y mal comportamiento del ganado mexicano fue de tal calibre que sólo la ocurrencia de José, destinando sus honorarios (o  la recaudación, según otras fuentes) a fines benéficos, pudo evitar males mayores.

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Pero la corrida de los toros mexicanos fue una excepción y en el resto de tardes Joselito siguió triunfando y gozando del beneplácito del público limeño. La apoteosis llegó la última tarde en la corrida que (como era costumbre en Lima) se dio en su beneficio y que José toreó (como también era costumbre en él) en solitario.

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Dos de los toros de la Ganadería del Olivar lidiados por Joselito en su última corrida en Lima (8 de febrero) que estoqueó en solitario como en él era habitual (aunque el sobrero esta vez lo cedió al torero local Cachucha). La ganadería del Olivar, de procedencia veragüeña y cuyo propietario era Don Celso Vázquez, fue junto a la Rinconada de Mala, una de las primeras ganaderías peruanas. Eran toros escurridos de carnes y bien puestos de pitones. Genéticamente poco refinados (como señala Paco Aguado). La costumbre antigua de disecar la cabeza de los toros cortando el cuello, algo a lo que no estamos acostumbrados, puede distorsionar nuestra percepción del real trapío de los astados. Los nombres de los dos toros que aparecen en las fotografías de arriba son –respectivamente- Primogénito y Maravilla. Este último (precisamente el último lidiado por José en Perú) rebautizado en claro homenaje al diestro de Gelves a quien se conocía popularmente como “Joselito Maravilla”.

 

La corrida de despedida fue triunfal y el público llegó al delirio. Como resumen, baste señalar que un cronista local dijo que Joselito lo había hecho todo “y todo magníficamente hecho”. Señalaba no obstante un lacónico reparo, que era –en realidad- elogio: “Solo le faltó hacer de picador y de toro”.

 

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Los trajes de José y Juan juntos en el Museo Taurino de la plaza de Acho.

(Continuará…)

lunes, 28 de noviembre de 2011

La dureza del toreo (VI) Pobrecito Ponce que en Lima murió

 

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Retrato de José Ponce publicado en la Lidia (1915) por Pedro Tejera.

Aunque parezca mentira, estamos (estoy) en Lima (Perú) siguiendo las huellas que aquí dejaron entre otros- Joselito, Belmonte y… Ponce.

Aunque cuando hablo de Ponce no me estoy refiriendo a nuestro coetáneo Enrique (Quien, por cierto, ha estado sensacional esta tarde en la corrida de la Feria del Señor de los Milagros con un toro de Roberto Puga) sino a José María, aquel “pobrecito Ponce que en Lima murió llamando a Cristina”, como dice la seguiriya dedicada a su muerte, compuesta (según Aurelio de Cádiz) por el enigmático y emblemático Tomás el Nitri.

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El enigmático Tomás el Nitri del que nos queda memoria de su genialidad y sus rarezas.

Lo más interesante es que la letra y música de esta seguiriya han llegado (con todos los matices que se quieran hacer) hasta nosotros pues la cantaba, en sus actuaciones en directo, Antonio Mairena, gracias al cual se han conservado este y tantos otros cantes.

Luego, hace no muchos años, la grabaría Carmen Linares en el CD que hizo con Gerardo Núñez titulado “Un ramito de locura”.

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Carmen ´Linares y Gerardo Núñez grabaron en 2002 el CD “Un ramito de locura” donde se incluye la seguiriya “En Lima murió” dedicada al torero.

Como quiera que esta letra por seguiriyas se ha venido cantando hasta nuestros días, la memoria del torero (al menos su nombre) se ha conservado en el mundo del flamenco con más fuerza que en el taurino pues José Ponce es hoy día un prácticamente desconocido para los aficionados a los toros.

Y eso que su dramática historia no deja de ser emotiva y muy propia además de la época romántica que le toco vivir. Repasémosla.

 

¿Quién era José María Ponce?

 

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El retrato de José Ponce que inserta Sánchez de Neira en su monumental obra El Toreo y que probablemente se hiciera a partir de la foto del torero que abre esta entrada

¿Quién era ese José Ponce, amigo de Tomás el Nitri, que murió en Lima llamando a su amada Cristina?

Su historia nos la cuenta José Sánchez de Neira en su monumental obra El Toreo. Neira nos dice que José María Ponce y Albiñana, tal era su nombre completo, nació en Cádiz en 1831, en el barrio de los Usías (un barrio de gente acomodada) y tenía por profesión la de calafate (carpintero de ribera).

Parece también (aunque esto no nos lo dice Sánchez de Neira sino Aurelio Ramírez Bernal) que no tenía nada que ver con el ambiente taurino, pero que conoció a una guapa gitana de la que se enamoró.

Ella se llamaba Cristina Ortega y pertenecía a una familia famosa de toreros gaditanos de los que ya conocemos algunos datos por otra entrada de este blog y entre cuyos descendientes figuran -nada más y nada menos- que Joselito y Rafael el Gallo.

Más concretamente, Cristina era hermana de Francisco de Asís (Cuco), de Manuel (El Lillo), de Gabriel (Barrambín) y de Enrique Ortega (padre de Gabriela Ortega, la madre de los Gallo). Todos toreros y el último también flamenco.

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Detalle del árbol genealógico de la familia Gómez-Ortega (del libro de Paco Aguado “Joselito el rey de los toreros) donde aparece el torero José Ponce casado con una hermana de los Ortega Díaz cuyo nombre (que no figura en el cuadro) era el de Cristina. La otra hermana, Carmen, también se casó con un torero, el Poncho.

 

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Enrique Ortega (Enrique el Gordo) uno de los hermanos de Cristina y por tanto hermano del Cuco, Lillo y Barrambín. Aunque banderillero como ellos su valía como torero fue menor. No así su proyección como flamenco. Gran amigo de Silverio Franconetti, quien le cantó a su muerte que acaeció siendo aún joven una emotiva seguiriya.

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Gabriela Ortega (La madre de los Gallo) era hija de Enrique el Gordo y, por tanto, sobrina de Cristina, la mujer de José Ponce.

Lo de ser torero en esa familia era una especie de obligación, tanto que cuando Ponce empezó a salir con Cristina está le exigió para mantener relaciones que abandonara sierra, garlopa y martillo y que lo sustituyese por capa y muleta, lo que nuestro protagonista hizo.

Y no fue mal torero. Al contrario, sin llegar a primera figura, el advenedizo Ponce -según Aurelio Ramírez Bernal- practicaba un toreo parado aunque seco y pausado, grave y valiente. Gustaba de recibir a los toros, suerte que practicaba con preferencia al volapié.

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Curiosa foto de estudio de José Ponce simulando un momento de la lidia. El torero se presenta sin montera y con la muleta plegada (Cossío T. III. Fotografía de la Colección de Ortíz Cañavate) en pose que concuerda con la imagen de torero seco y parado que los críticos nos han transmitido de él.

La alternativa se la dio nuestro también conocido Manuel Domínguez (protagonista de otra entrada de esta serie) en la plaza de Sevilla el 2 de octubre de 1859. Ponce pese a algunas críticas adversas tenía muy buen cartel en Andalucía.

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Detalle de un cartel de una corrida celebrada en Sevilla en 1866 donde Ponce alternó con Manuel Domínguez. Este último -por lo que dice el cartel- fue la única vez que toreó ese año en la Maestranza sevillana. Los toros de Concha y Sierra -expuestos en Tablada- habían llamado la atención de los aficionados

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Manuel Domínguez (Desperdicios)

Al respecto de su buena aceptación por el público y mala por la crítica (algo que viene siendo recurrente en todas las épocas), es muy curiosa la reseña (que recoge José María de Cossío) de una corrida en Córdoba donde el torero tuvo un gran éxito lo que el revistero de turno (exigente y dogmático como todos los de la cáscara amarga) achacaba a la asistencia a la plaza de numerosos jornaleros, muchachos y (atención que la frase, que se pretende irónica, era y es de juzgado de guardia) “otros seres animados que el vulgo llama mujeres”.

Curioso personaje tuvo que ser este detestable crítico, elitista y misógino para más inri, del Boletín de Loterías y Toros.

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Uno de esos “seres animados que el vulgo llama mujeres” (que diría el impresentable crítico del Boletín de loterías y Toros) en la plaza de toros de Cádiz, la ciudad natal de José Ponce.

 

El toro Caramelo de Saltillo

Una de las tardes más complicadas de la carrera de este torero, tuvo lugar en la plaza de toros de Cádiz en junio de 1867. El relato de esa corrida (cuya reseña también se puede leer en el Boletín de Loterías y Toros) lo hacía P.P.T. (pseudónimo de Aurelio Ramírez Bernal, crítico taurino malagueño)

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Aurelio Ramírez Bernal que firmaba sus artículos con el seudónimo de P.P.T. y que nos relata la historia de Ponce y el toro Caramelo en uno de los artículos de la serie “Memorias del tiempo viejo” que publicó en la revista Sol y Sombra

El segundo de la tarde se llamaba Caramelo, era colorado, ojo de perdiz, bien puesto de cabeza, de unas nueve yerbas (traducción: ocho años) y con mucho sentido.

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El toro Caramelo de Saltillo, era colorado, ojo de perdiz y bien puesto de pitones como se observa en la imagen (que es detalle de una fotografía que se inserta más adelante).

El toro tomó 27 varas de Pinto, Calderón, Gallardo y un reserva, rompió cuatro garrochas, dio siete caídas tremendas a los picadores (dejando a dos de ellos, Gallardo y el reserva, fuera de juego) y mató nueve caballos.

Cada vez que salía de una vara perseguía al peón que estaba al quite, al que obligaba a tomar el olivo, donde el toro llegaba siempre antes pues cortaba el viaje escandalosamente.

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La plaza de Cádiz. Han pasado muchos años desde la época de Ponce hasta el momento de la instantánea, pero la escena que se ve en la fotografía (bastante antigua en todo caso) debe ser muy parecida a lo que se vivió ese día de junio de 1867 durante la lidia del toro Caramelo de Saltillo. Las asistencias arreglan el ruedo en las cercanías de un caballo muerto. El toro, que mansea y se defiende, acaba de arrebatar su capote (que yace en el suelo) al peón que está en primer término. Uno de los toreros cita al toro con bastantes precauciones.

Al acabar, como se pudo, el tercio de banderillas el toro se entableró. El público viendo lo que había pidió que saliesen los mansos pero el Presidente dijo que nones. Por lo que Ponce (de azul y plata) salió muy resuelto con toda la plaza en expectante silencio. El toro se defendía con la cabeza en las nubes. Ponce pinchaba en hueso repetidamente y no conseguía matarlo.

El torero en un momento dado, consiguió –embraguetándose mucho- darle una gran estocada en lo alto. El toro, al sentirse herido tiró un derrote y le enganchó por el brazo derecho, dándole un puntazo en la cabeza, un varetazo en el pecho y tirándole al suelo, cayendo el toro mortalmente herido al mismo tiempo.

Cuando el torero se levantó, la ovación fue unánime y atronadora. Máxime cuando, pese a la oposición de los médicos y del Tato con el que alternaba, salió a matar a su segundo toro Copa-alta.

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Tales fueron los pesares y penurias del torero con el toro Caramelo y tal el alivió cuando consiguió matarlo, que Ponce quiso fotografiarse en este trance frente a la cabeza disecada del cornúpeta que tan mal rato le había hecho pasar en la plaza de toros de Cádiz.

Durante la lidia del toro sucedió un hecho curioso y es que al Cuco se le ocurrió quitarle la vara a un monosabio y, desde el callejón, descargar con ella un golpetazo sobre el lomo del toro escondiéndose tras la barrera a continuación.

Según contaba este torero personalmente a Aurelio Ramírez Bernal, el toro al recibir el fuerte palo se volvió y poniendo las manos en el estribo asomó por el filo de la barrera el hocico para ver quien le había pegado el golpe. ¿Era o no sabio? Preguntaba el famoso banderillero.

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El banderillero el Cuco según un grabado de la época que presenta un gran parecido con las fotografías que de este torero se conservan.

 

En Lima murió

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La plaza del Acho en 1890 (fotografía del blog de Pepe Villanueva)

Ponce, después de un periplo por Veracruz, la Habana y Matanzas llegó a Perú donde fue muy bien recibido, esta vez tanto por el público como por la prensa.

Y en esa ciudad, el día 2 de junio de 1872, el diestro que estaba enfermo en la cama, se levantó para participar gratuitamente en una corrida de 14 toros con el Salamanquino, Gerardo Caballero y Pedro Cortijo (de Valladolid) celebrada a beneficio de la Compañía Nacional de Bomberos.

El segundo toro de la tarde de la ganadería regional de Bujama, dio muestras desde el primer momento de estar toreado, lo que causó la natural prevención entre las cuadrillas.

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Casi medio siglo después, en diciembre de 1920, Isidoro Martí Flores pasaba por alto en Lima (toreando con Joselito y Curro Martín Vázquez) a un toro de ganadería de la zona (como el toro que mató a Ponce). En este caso se trata de un astado de la Rinconada.

Nuestro torero no obstante, le dio varios pases naturales pero al pasarlo con la derecha, el toro alargando la gaita lo alcanzó por la espalda, lo levantó un palmo del suelo y le propinó un leve puntazo en la parte superior del glúteo derecho. El Salamanquino a la media vuelta remató al toro, mientras Ponce se retiraba a la enfermería.

La herida que parecía poco importante se le fue complicando por días. Al final se le declaró la gangrena y el 14 de julio de ese año fallecía.

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El 12 de julio de 1815, Pedro Tejera publicaba en la Lidia un artículo sobre la plaza de toros de Cádiz en el que incluía la foto del toro que mató a Ponce. Muerte que –sorprendentemente- se decía que fue en Granada.

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El 26 del mismo mes, el autor del anterior artículo publicaba esta rectificación y confirmaba el dato de la muerte de Ponce en Lima (quien había muerto en Granado era José Romero, hermano del mítico Pedro Romero). Sin embargo, no aclaraba si la cabeza del toro Hechicero que había publicado correspondía o no al que mató a Ponce en Lima (Un dato en contra de esa atribución es que en toda la bibliografía que hemos consultado se cita la ganadería a la que pertenecía el astado –Bujama- pero no el nombre del mismo)

 

La tierra le sea leve

Lo curioso es que, el día que murió, se había anunciado en los carteles su participación en la corrida de esa tarde:

“La empresa tiene la satisfacción de anunciar al respetable público que el matador José Ponce se encuentra ya fuera de peligro

Ironías del destino, se decía que estaba fuera de peligro el mismo día que fallecía en Lima a muchos kilómetros de distancia de su querida Cristina, aquella gitana por la que se había hecho torero.

La noticia de la muerte de Ponce llegó muy pronto a España, siendo difundida a través de la prensa de la época y causando el consiguiente impacto.

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¡La tierra le sea leve! El Boletín de Loterías y Toros daba así (el 9 de septiembre de 1872) la noticia de la muerte de Ponce en Lima. Había muerto –según el periódico- un hombre digno.

Su amigo Tomás el Nitri le hizo la sentida seguiriya que comentábamos al inicio de esta entrada y cuya letra dice en una de sus versiones (hay varias):

“Pobrecito de Ponce

que en Lima murió

como murió llamando a Cristina

murió y no la vio

Empezaba la leyenda que ha llegado hasta nuestros días.

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La Plaza de Armas de Lima donde se celebraban las corridas de toros antes de la construcción de la plaza de toros del Acho.