martes, 7 de julio de 2015

Personalidad y ambición

Por Juan Antonio Polo

Andrés Roca Rey. Gaoneras de infarto (EFE)


Novillada de Feria (5 julio 2015)

La personalidad de Posada de Maravillas y la ambición sin límites de Roca Rey definieron el primer festejo de la Feria del Toro. Y eso que la cosa empezó regular, ya que el esperado encierro de El Parralejo, divisa que se había ganado por méritos propios su tercera comparecencia sanferminera, dio un evidente paso atrás. Cierto que la novillada, pareja y de preciosas hechuras, “se dejó”, pero cierto también que adoleció de una alarmante falta de fuerzas que, como suele ocurrir, devino en esa sosa nobleza, propia de los llamados “toros tontos” −que no “artistas”− característicos de su encaste, por más que su movilidad engañara en algunos momentos a los espectadores. 

Contra esa sosería y falta de transmisión se estrellaron los indudables buenos ánimos del debutante Varea, que se ganó una vuelta al ruedo merced a su contundencia estoqueadora.

Tan sólo un novillo se salvó de la quema. Con nobleza, clase y algo más de chispa que sus compañeros, el colorado cuarto propició el triunfo −frustrado finalmente con los aceros− de un Posada de Maravillas, también en su tercera aventura sanferminera, que no sólo demostró ser uno de los escasos diestros actuales que disfruta de una personalidad definida, sino que plasmó media docena de lentos y templados naturales −auténtico cante grande− que ahí quedaron. Para el recuerdo.

El debutante Roca Rey, un caso aparte, también dejó para el recuerdo un ansia de triunfo espectacular. En novillero-novillero, pero con una prestancia y aplomo propias de un matador experimentado, el peruano no perdonó un quite, peleó bravamente con su incómodo primero–que se dolió en banderillas− y se metió al público en el bolsillo en su faena a la res que cerró plaza, raquíticamente premiada con una oreja. Al margen de su carisma, me impresionó el absoluto dominio que mostró en todo momento con su capote y, en especial, al bordar sendos quites, uno por tafalleras floreadas, y otro, al quinto, con unas gaoneras de auténtico infarto.

Mención aparte merece el atípico público propio de la novillada sanferminera. Más numeroso que en otras ocasiones –tres cuartos largos del aforo−,  consiguió “entrar” en el festejo, fue calentándose paulatinamente a lo largo del mismo y, tras la apoteosis final de Roca Rey, incluso salió toreando por la calle. 

Un positivo paso adelante.

Juan Antonio Polo

1 comentario:

Jaime de Rivero B dijo...

Concuerdo con lo dicho, pero sobre Roca Rey 2 cosas: lo que destacó en el último es que hizo todo y de todo como en figura, para que ese novillo tan malo por falta de fuerzas (1) no parezca tan malo (2) no se caiga. En otras manos lo hundía en la segunda tanda.

Y, dos, respecto de la segunda oreja del que cerró la plaza, lamentablemente la condición de ese novillo hacía imposible que se otorguen dos orejas en plaza seria, sea a Roca Rey o a cualquiera.

Lo mejor para Andrés ha sido que haya quedado en una oreja (un orejón bien grande como decía el Marqués Valero de Palma), y con bronca al Juez por no haber dado la segunda. Si le hubiesen dado las 2, la noticia del lunes hubiese sido que salió a hombros con un inválido y todo lo que sigue a eso.

Con resultado, de Pamplona ha salido triunfador y destacado por encima de sus alternantes de la tarde, sin ningún cuestionamiento.

Saludos,
Jaime