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viernes, 13 de mayo de 2022

Empieza San Isidro…bajo la tiranía del 7

Por Rubén Amón

El sector beligerante de Las Ventas ha adquirido una influencia que condiciona los humores de la feria, en contraste con la atmósfera expectante y lúdica de Sevilla

Ellos mismos se autoproclaman defensores de la integridad de la fiesta. Es falso lo que la fiesta necesita es justo lo contrario: quien la difunda y engrandezca.

Uno de los mayores hitos de mi carrera profesional consiste en haber provocado la iracundia del tendido 7 de Las Ventas, hasta el extremo de que los ultras esgrimieron una pancarta que exigía mi expulsión de la plaza: “Fuera de Las Ventas, Rubén Amón”, se leía en la distancia.

El colmo. La inquisición en acción.

Era la manera de represaliarme públicamente. Y de reprocharme en caliente unas declaraciones que compartí en el Canal Toros (Movistar) después de haber disfrutado una tarde de gloria en el Domingo de Resurrección: “Cuanto más vengo a La Maestranza, menos me gusta Las Ventas”, dije.

Me pareció entrañable la pancarta. Me conmovió que unos aficionados se tomaran el tiempo y la atención de planificar la campaña de denuncia a un periodista que siempre ha sido hostil al 7. Y que lo seguirá siendo mientras los abonados radicales del tendido -también los hay cabales y moderados- no rectifiquen los peores modales, la falta de respeto al torero, los dogmas extemporáneos y la extorsión que ejercen sobre el resto de la plaza.

Cuando más vengo a Sevilla menos me gusta Madrid porque La Maestranza me parece la plaza perfecta. No solo en su estética, en el privilegio del Guadalquivir, en su arraigo territorial y cultural, sino porque representa el mejor equilibrio entre la seriedad y el respeto, entre el conocimiento y la prudencia, entre el entusiasmo y la “versatilidad” del silencio.

El silencio de la expectación que solo transgreden los pajarillos. Y el silencio del castigo y de la indiferencia, muy preferible al jaleo vocinglero con que los predicadores del 7 -se les conoce hasta por el nombre y por el apodo- revientan el “pathos” e intimidan a los toreros de oro y de plata.

De siempre ha sido proverbial la capacidad del público sevillano de entender el toreo, todo tipo de toreo. Frente a la intransigencia de las Ventas, la inteligencia de un público que sabe de toros

La presión de Las Ventas ahoga a los artistas. Los deja sin aire ni saliva. Saca lo peor de ellos. La presión de Sevilla, en cambio, obtiene lo mejor de los toreros. Los estimula y los eleva, de tal manera que el acontecimiento de la corrida de toros conserva toda su ortodoxia y liturgia sin discriminar la dimensión lúdica y sin reprochar al aficionado su derecho al hedonismo.

Estas reflexiones vienen a cuento porque acaba de terminar la feria de Sevilla -allí estuvimos- y acaba de comenzar la de San Isidro -aquí estamos- en una suerte de correlación que estimula la rivalidad de La Maestranza y Las Ventas. Y que sería más civilizada si no fuera porque la intransigencia de Madrid se ha radicalizado sobremanera en la última década. 

No se explica la hostilidad atmosférica sin la beligerancia del tendido 7. Los llamamos el 7 porque es el tendido que ocupan los aficionados más dogmáticos y explícitos, pero hay muchos aficionados respetables en el 7 y muchos otros que emulan a los menos cabales desde otros tendidos del coso madrileño. Por eso el 7 es una abstracción, o una categoría que identifica al aficionado cabreado y fundamentalista. Lenguaraz. Faltón. Y provisto de una extraordinaria resistencia, al límite del síndrome de Estocolmo.

No falta nunca a los toros. Y se vale de semejante lealtad para imponer su criterio a voces. Recela del espectáculo. Sospecha de las figuras. Constituye la turba inquisitorial. Y acude a la plaza provisto de un pañuelo verde. Para protestar a los toros sin fuerza. Y para airear la indignación.  Dicen a los toreros donde tienen que ponerse. Y se sublevan a la autoridad presidencial.

De hecho, una de ellas, Gonzalo de Villa, comisario de policía, decidió enviar a un grupo de agentes al tendido 7 en la conflictiva edición de 2019 para requisar  las pancartas que exigían su dimisión.

Obsérvese el talante de la feria. Y la beligerancia de estos aficionados no sé si a los toros pero sí al masoquismo, pues e criterio predominante consiste en sabotear el espectáculo. Cuanto peor, mejor, es el lema del sector ultra.

Es el tendido en-tendidos. Custodian el dogma. Hunden la figura y encumbran al humilde. Y pagan. Y como pagan, pues gritan, como si el dinero les doliera. O quisieran recuperarlo con el estruendo vociferante.

Hunden la figura y encumbran al humilde. O como dijera Luis Miguel Dominguín: "Madrid es una plaza muy buena para los malos toreros y muy mala para los buenos"

El 7 se describe a sí mismo como la última trinchera de la pureza, la madrasa donde se fija la doctrina y donde se garantizan los tabúes. Implícitamente están prohibidos en Madrid los rabos y los indultos, igual que prosperan las consignas de contra los matadores prohibidos. Nadie como El Juli ha pagado y paga la aversión del 7, más que nada porque los espectadores del “sector” recelan de sus triunfos en Sevilla e interpretan con suspicacia a los toreros ricos y superdotados.

Los aficionados del 7 tiene una misión. Y la ejecutan tiranizando la atmósfera de la plaza. Por eso he recomendado cambiar el nombre de la estación de Las Ventas. Y sustituirla por Tribunal.

Por Rubén Amón (artículo publicado en el Confidencial, el 9 de mayo de 2022)

Protesta airada de los vociferantes del Tendido 7. Protesta con o sin fundamento, que eso les da igual.

NOTA de LRI: No creo equivocarme si califico a Rubén Amón como uno de los aficionados más sagaces y atinados que conozco. Todos mis amigos aficionados lo son pero Rubén une a esas cualidades del "saber ver" la del valor, un valor a lo Salvador Sánchez "Frascuelo" que le permite plantar cara a esos sectores de intransigentes que tanto daño, quizás sin saberlo pero queriendo, le están haciendo a nuestra Fiesta. 

Para mi es un lujo que su nombre figure en este blog.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Cuaderno de notas (CXXVI) Refutación del toreo de frente

Por Guillermo Sureda Molina

Manolo Vázquez recuperó para el toreo el cite más clásico, el de las viejas Tauromaquias, el cite de frente, un cite de honda emoción dramática (Fotografía del libro "El toreo de frente" de Andrés Amorós)

Nota de LRI:
Recuperar y reinterpretar viejas suertes o modos de torear, enriquece al toreo. Por eso cuando Manolo Vázquez recuperó el viejo cite de frente. el cite clásico de las primeras Tauromaquias según recordaba el eslogan de la propaganda que se le hizo, los viejos aficionados y los críticos lo recibieron con júbilo y alborozo.
El cite de frente de Manolo Vázquez tenía y tiene su sitio y oportunidad, sobre todo en los inicios de faena cuando juegan las inercias y en los finales cuando el toro pierde gas y sus arrancadas se acortan. Sin embargo, planteado como alternativa al cite de perfil que había traído Manolete, resulta insostenible.
Y es que esos viejos aficionados y escritores taurinos no supieron entender que el cite de perfil era un eslabón más en la necesaria evolución técnico-histórica del toreo pues venía a resolver los problemas que planteaba el antiguo cite de frente en orden a conseguir una más perfecta ligazón de los muletazos.
Un joven escritor taurino de la época, Guillermo Sureda Molina, se atrevió a discutir la postura de esos viejos aficionados. Su tesis no iba contra la apuesta de Manolo Vázquez  sino que tenía por objeto encuadrar histórica y técnicamente el cite de frente y evidenciar las limitaciones y carencias que presentaba en orden a propiciar un adecuado remate del muletazo y, por consiguiente, en orden a posibilitar un correcto toreo ligado en redondo. Un toreo en redondo que ya entonces resultaba imparable
Hoy, cuando todavía existen muchos aficionados aferrados a los tópicos más trasnochados y que siguen anteponiendo sistemáticamente el toreo de frente al de perfil, no está de más rescatar este brillante y clarividente texto de Guillermo Sureda Molina que- repito- no va contra un torero sino contra una visión dogmática del toreo. Rescatar y reinterpretar suertes del toreo antiguo como hizo Manolo Vázquez siempre será positivo y elogiable. Negar la evolución del toreo es absurdo y supone condenarlo a su pronta desaparición.

"El toreo de perfil constituye, como digo, una técnica y es pura consecuencia de la evolución histórica del toreo, mientras que el toreo de frente de Manolo Vázquez quiere ser, por el contrario, una vuelta al pasado.

En el toreo de perfil se puede parar, se puede mandar y se puede templar, como han venido a demostrar, por ejemplo, Manolete, Luis Miguel, Parrita, Pepín Martín Vázquez, Arruza, y tantos otros toreros. En cambio, esto no puede hacerse en el toreo de frente, porque para que el torero pare, temple y mande, es decir, para que toree, es imprescindible que vea todo el pase que está realizando, desde su inicio hasta su remate.

En esta forma de torear, al pasar la muleta el plano del hombro del torero, este pierde de vista al toro y, por lo tanto no puede ni mandarle, ni mucho menos templarle. Ha de limitarse a seguir moviendo la muleta, al mismo ritmo hasta donde le permite la forzada extensión de su brazo, tenso hacia atrás como un arco de ballesta. Solo en ciertas ocasiones, cuando el toro lleve a lo largo del pase, el mismo ritmo, la misma velocidad, puede resultar hecho el pase aunque esto es cosa insólita.

La longitud del muletazo y la trayectoria del brazo de torear, son totalmente distintos en el toreo de frente y en el toreo de perfil. En el toreo de perfil, el brazo describe una trayectoria larga y entera, desde el plano de la pierna contraria hasta que la mano queda sesgada con el trozo de espalda del lado contrario al que se ha iniciado el pase.

En el toreo de frente, esta trayectoria es cortísima y va de delante a atrás, forzada y recta, de tal modo, que la enmienda es forzada y la ligazón de los pases, imposible. En esta postura el toreo no mira nunca las astas de su oponente sino su trasero, su cola. Y pongan una u donde hay una o y una o donde hay una a y sabrán Vds. con toda exactitud lo que mira el torero." 

SUREDA MOLINA, Guillermo. El toreo contemporáneo 1947-1954 
(1ª ed., Palma de Mallorca, s.e., 1955. Págs. 162-163)



El hermano menor de Pepe Luis en un magnífico muletazo de frente. Manolo Vázquez rescató y revalorizó una forma de citar que se estaba perdiendo (Fotografía de El Ruedo)

Aunque resulta innegable la "honda emoción dramática" del toreo de frente al natural, en ese modo de citar -según Guillermo Sureda Molinano puede haber mando ni tampoco ligazón, por la evidente falta de control del muletazo en su remate, un remate que siempre resulta demasiado forzado.

domingo, 27 de agosto de 2017

Ponce se encara con un espectador en Bilbao

Por José Morente

Ponce enfadado se encaraba, ayer en Bilbao, con un espectador (Foto captura de pantalla de televisión)

Cada espectador tiene su forma de ver los toros. Su personal e intransferible escala de valores. Aquello a lo que concede mayor importancia y aquello otro a lo que no le da tanta o no le da ninguna. Eso es así y nadie va a cambiarlo. Podremos afinar nuestra percepción ampliando nuestro conocimiento pero lo que motiva y entusiasma a cada uno, ya sea el valor, el arte o la técnica, difícilmente variará a lo largo de nuestra vida.

En esa disparidad de enfoques, en esa distinta valoración de lo que se les hace a los reses está el mayor atractivo e interés de esta fiesta. Es también lo que explica el porqué algunos aficionados prefieren a Enrique Ponce mientras otros se decantan por José Tomás.

Lo malo es que, ese gusto por un concepto, ese interés por los matices o cualidades que adornan a determinados toreros, se suele traducir demasiadas veces en una inquina desaforada hacia el contrario, hacia el torero o toreros que representan un modo diferente de concebir el toreo. Creo que el primer antecedente de esa, tan deleznable y rechazable forma de actuar, se encuentra en aquel aficionado rondeño que provocó la muerte  de Curro Guillén cuando le retaba a matar recibiendo a un toro de Cabrera que no se prestaba a esa suerte, una suerte que no era del gusto ni del concepto del diestro de Utrera pero si del gusto del protestante. Ese día se inició una deriva nefasta que llega a nuestros días.

En Bilbao, el pasado jueves, un inoportuno espectador pitaba no se sabe qué al Juli justo cuando arrancaba para matar al volapié. Al día siguiente, otro inoportuno espectador, recriminaba a Enrique Ponce en plena faena con otro inoportuno grito. Detengámonos en este segundo incidente.

Elaboraba Ponce una compleja y trabajada faena a un complicado toro del Puerto de San Lorenzo de ocultas calidades, cuando, en un momento determinado, una voz le conminó: ¡colócate!

Ponce, de natural tranquilo y apacible, nada respondón ni en el toreo ni en la vida, paraba la faena dirigiendo la mirada al aficionado protestón, en un gesto de reproche, ante lo inoportuno de su grito. Luego, se encogió de hombros, volvió al toro y remató la tanda con solvencia y buen toreo, la mejor respuesta posible, consiguiendo el aplauso unánime del público.

Más tarde, ante los micrófonos de Movistar, mostraba su extrañeza ante lo sucedido aunque reconocía que, como torero, no tendría que haberse descarado con nadie. Concretamente, decía:
"Es que no viene al caso. Que diga ¡colócate! ¿Que no estoy colocado?¿Donde estoy? ¿Estoy en el burladero? Eso son tonterías y, además, no vienen a cuento porque estás con un toro, haciéndolo, construyéndolo, y además un toro con esas complicaciones... Yo trato de no hacer caso pero, me ha salido del alma, mira, por lo menos decirle ¿qué dices? ¡no me he podido aguantar! (...) La gente ha reaccionado bien porque lo ha visto igual que yo. Son cosas que son unos tópicos tan absurdos y tan tontos que hay que acabar con eso y es que eso está en manos de todos. Que te digan "colócate" ¿pero tú qué sabes donde me tengo que colocar? Son cosas que no tienen sentido y que hay que empezar a cortar. Un espectador puede decir lo que le de la gana, está en su derecho pero tiene que respetar. No le va decir uno a un pintor como tiene que coger el pincel. Vamos, digo yo..."
Enrique Ponce, maestro probado e indiscutible, tiene toda la razón del mundo. Una cosa es que no se comparta su concepto del toreo (el suyo o el de otros torero) o su forma de torear (la suya o la de otros toreros) y otra muy distinta es que, en la plaza, cualquiera se crea con derecho a decirle a él, maestro probado e indiscutible, o a cualquier otro torero, como tiene que coger los pinceles  o sea, como tiene que coger la muleta o donde tiene que colocarse.

La protesta tiene su lugar importante en las plazas de toros y puede aparecer (y de hecho debe aparecer y aparecerá) ante la actuación desafortunada de los diestros pero esa protesta conceptual sobre el modo de torear es inadmisible e inaceptable. Suponer que nuestra forma de ver los toros (una entre las muchas posibles) es la única válida y pretender imponerla a los demás, a los toreros y al resto de la plaza, es una pretensión absurda, una pedantería que sólo se explica quizás por una obsesión compulsiva, por un trastorno de la conducta.

Ocurre con mucho de los tópicos hoy al uso y cuya difusión es achacable a la globalización de la fiesta provocada, entre otras causas, por esas recurrentes retransmisiones televisivas que han tenido por escenario la plaza de las Ventas. Una plaza que tenemos por referente pero que, desde los años 80 del pasado siglo, está marcada y condicionada por la forma de ver los toros de determinados críticos (como Zabala padre, en su primera época, Vidal, Navalón, etc.) con derroche de clichés, algunos tan manidos y tan erráticos como el pico, el toque o el cargar la suerte.

Esto último, por ejemplo, lo de cargar la suerte o cruzarse, no pasa de ser un recurso técnico adecuado en el toreo en ochos o ante ciertos toros, pero se le ha querido convertir en referente ético de todo el toreo, en piedra angular del mismo. Un desatino absoluto y aberrante pues no pasa de ser un recurso o tranquillo, cuando no una descarada ventaja según y como se emplee. Solicitado y exigido por algunos aficionados, tarde tras tarde, en todas las ocasiones y en todos los toros, resulta indigesto y causa empacho. Una obsesión compulsiva.

Los tópicos son nefastos porque sustituyen nuestra capacidad de intentar razonar, analizar y entender cabalmente el toreo por una serie de frases hechasfórmulas baratas y facilonas que nos hacen creer que sabemos de toros todo lo que hay que saber cuando, de esta materia, nadie sabe nada o casi nada.

martes, 23 de febrero de 2016

Cuaderno de notas (LXXII) Los que odian lo presente (o los detractores del toreo)

La búsqueda de nuevos caminos puede pasar, en ocasiones, por forzar las formas para aumentar el mando en detrimento de la estética. No siempre, ni necesariamente, el arte más puro va unido a la belleza. Bueno y bonito son conceptos que no necesariamente tienen que  ser coincidentes.
"Los aficionados viejos siembran de multitud de obstáculos el camino de la fiesta; y esos obstáculos son las intransigencias, que, generalmente, los distingue de todos.

Y al que se opone al desarrollo natural de un arte (aunque este arte sea el de la lidia), debe combatírsele, como se combate a un furibundo detractor. Dicen que el toreo es arte; pero al mismo tiempo con sus intransigencias, con sus inmutables doctrinas; con sus capciosos credos, acaban por negar lo que antes afirmaban sentenciosos (...)

Y no pretendan ustedes sacarles de un error o de una mala interpretación. Antes lograrán ustedes sacarles de sus casillas ¡y entonces!...

¡Cualquiera se atreve a decir, delante de uno de esos viejos, que no hay razón para que el acto de adelantar el pie contrario en los pases de muleta se considere una heroicidad, siendo, por el contrario, una ventajilla del torero!...

Para ellos no hay más arte que lo que el Curro, el Chiclanero, Pepete o Guillén dejaron sentado; el arte no debe admitir modificaciones, ni mixtificaciones, ni novedades necesarias por el gusto de la época o de las circunstancias especiales en que nos movemos; el arte debe ser siempre el mismo, único, invariable...

Que quieran o no quieran; que se desesperen o no, lo cierto es que todo lo existente cambia, y que lo que es capaz de progreso; ni puede detenerse ni puede retroceder a lo que fue en otros tiempos. Tal pretensión sería pueril.

Si la fiesta de los toros se dejase llevar de las direcciones o influencias de estos señores (lo que felizmente no sucederá), caminaría en un sensible y rápido descenso. El arte es arte, precisamente porque vive de la libertad, de la independencia, que necesita para vivir; porque no puede subsistir encerrado en viejos moldes, en círculos pequeños dentro de los que es posible moverse con desembarazo (Hache, Doctrinal Taurómaco)

Nosotros respetaríamos al verdadero amante de lo viejo, si existiera; pero los que conocemos constituyen un caso morboso; son enemigos del arte, de toda innovación. Y ese culto que rinden los aficionados amantes de lo viejo, es rancio, es negativo, , está cubierto de telarañas y carcomido por la polilla. Ese culto niega la libertad, de la que nacen los contrastes, las riquezas de líneas, los movimientos, lo pintoresco, aquello que emula al artista y que le hace apropiarse de lo que cree bueno.

En una palabra, los aficionados viejos son enemigos, son detractores del arte porque son excépticos (sic) y porque lo quieren someter a media docena de reglas, y acabarán con él, si no hubiera quien pensase que el arte puede tener infinitas formas y soluciones. Son inquisidores (...)

Los que van contra él, son los geómetras del toreo, los que quieren hacer de la lidia, un arte invariable, fijo, aherrojado con cuatro o cinco nociones que constituyen un sencillo abuso; y los que no progresan; los que aman lo caduco, no por su natural belleza, no por su valor intrínseco, sino los que lo aman, o dicen que lo aman, sólo por odiar lo presente.

Los que a todo ponen peros y con nada están conformes..."

Victorio de Anasagasti "El Doctor Anás", El secreto de Belmonte 
(1ª ed., Madrid: 1915. Páginas 14-21)

La figura"feísta" de Juan Belmonte (tensa, rota, crispada, encajada; no erguida, ni vertical, ni natural, ni relajada) fue objeto de duras críticas por parte de los aficionados puristas y clasicistas de su época (le llegaron a llamar "galápago"). Sin embargo, la estética que él inauguró, incomprendida en su tiempo, fue fuente de inspiración de grandes artistas y creó escuela en el toreo (Fotografía de una escultura de Belmonte, obra de Sebastián Miranda, publicada en Toros y Toreros en marzo de 1916).