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martes, 8 de agosto de 2023

¡Que nombres aquellos!

Por Jose Morente

Diego Prieto Cuatrodedos y su cuadrilla. A saber, de izquierda a derecha: Zocato, Saleri, Morenito, Bienvenida y Blanquito.

En 1890, la imprenta de Diego Pacheco, situada en la emblemática y madrileña Plaza del Dos de Mayo, número 5, publicaba la obra "la Tauromanía", subtitulada "poema bufo-épico-avinagrado (en octavas republicanas-vulgo antirreales)" y firmado con seudónimo por "Perico de los Palotes".

Aunque su calidad literaria es discutible, los nombres de los diestros citados son sugerentes y evocadores (eufónicos y melifluos, dice el autor). Vaya arte.


La Tauromanía (Fragmento)

Los nombres de los diestros, pronunciados
Con amor, con respeto y con delicia,
Ojos y lenguas ponen exaltados
Á muchos, y aun á muchas, con justicia.
Y les hay que daríanse por pagados,
Á cambio de la más alta franquicia,
Por poder ostentar, de cualquier modo,
Del último torero el lindo apodo.


Qué nombres tan gallardos, tan bonitos.
Eufónicos, melifluos, dulces, ledos!...
Lagartijo, Frascuelo, ambos Gallitos,
Caraancha, el Currinche, Cuatrodedos,
Canales, Bocanegra, el Chuchi, Ojitos;
Otro tal á quien llaman Veintiundedos,
Y que pregona á gritos el descuido
Que al digital reparto ha presidido;

Badila, el Tiri, el Largo y el Manchao;
Manitas, Negri, Varillas, el Pelón;
El Charpa, el Zoca, el Grapo y el Gangao;
El Punteret, el Chato y el Hostión;
Agujetas, Melones, el Mellao,
Chicorro, Tragábalas, el Hurón];
El Culebra, el Cangrena y el Potrilla;
Matacán, el Califa, el Coca, Armilla;


Morondo, el Ciudadano, la Santera;
Quico, Gos, Antoñeja, el Herradito;
Lechuga, Bienvenida, la Pasera;
Gaceta, el Barbi, Fatigas, el Corito;
El Manene, Minuto, el Carretera ;
Colita, el Pulga, el Curro y el Currito;
Lagartija (44j, Juaneca, el Honorato,
El Boquüa, Veneno, el Gordo, el Tato...

Pero si los nombres son llamativos, sus figuras, vestidos de corto o con el traje de torear de la época, lo son aún más.

Vamos a sumergirnos en el siglo XIX viendo estas estampas tan toreras y pronunciando con unción y respeto el nombre de esos toreros de otras épocas.

Rafael Molina (a) Lagartijo

Salvador Sánchez (a) Frascuelo

Fernando Gómez (a) el Gallo, Manuel García (a) el Espartero y Currito

Diego Prieto (a) Cuatrodedos

Manuel Fuentes (a) Bocanegra

Saturnino Frutos (a) Ojitos

José Bayard (a) Badila


Manuel Mejías Luján (a) Bienvenida I

(a) Manene


El Pulga

Antonio Carmona (a) Gordito

Antonio Sanchez (a) Tato


martes, 18 de agosto de 2020

La estocada de Frascuelo

 Por Jose Morente

Empuñadura damasquinada de un estoque utilizado por Frascuelo.

Decía Pepe Alameda que era muy poco lo que sus contemporáneos nos habían explicado sobre el modo de torear de Salvador Sánchez Frascuelo.

El torero de Churriana de la Vega pasa por haber sido el más valiente de los valientes. Un rango muy meritorio pues en ese peculiar escalafón de los diestros más arrojados encontramos nombre del calado y la importancia de Diego Puerta o Maoliyo el Espartero

Diego Puerta ha sido uno de los diestros más valientes de la historia del toreo. Por eso Luís Bollaín decía que le veía muchas veces "fantasías de aficionado" con la cara de Frascuelo.

Sonada fue su competencia -larga y dura- con  Lagartijo. Todo ello explica que Frascuelo haya pasado a la historia del toreo como uno de sus nombres más míticos.

Sin embargo, Frascuelo, gran estoqueador, no alcanzó las mismas cotas toreando y su aportación al toreo es, vista con la perspectiva que da el tiempo, bastante reducida. Como decía Pepe Alameda y recogíamos en la anterior entrada, hay diestros que, siendo importantes, no dejan huella histórica al margen de su fama y Frascuelo es posiblemente uno de ellos. Y si su nombre es recordado todavía hoy, quizás lo sea por su papel de contrapunto de Lagartijo quien si que marcó un nuevo rumbo en la fiesta. Con el diestro de Córdoba, la estética, la apostura y la elegancia empiezan a cobrar carta de naturaleza y se imponen como referentes frente a la mera valentía.

En cualquier caso, si no toreando, donde Frascuelo hizo punto y aparte fue en la estocada, la suerte que caracteriza a los toreros valientes. Hay que ser muy decidido para perder de vista los pitones del toro cuando estos cruzan por debajo del cuerpo del torero. Y en la estocada, en la suerte de matar, la memoria de Frascuelo sigue intacta y sus estocadas son todavía recordadas y glosadas, hasta el punto que seguimos llamando estocada frascuelina a aquellas en las que el torero se juega el todo por el todo entrando en corto y por derecho y hundiendo el estoque hasta la bola.

La definición de la estocada frascuelina según Peña y Goñi (Guerrita, 1894. Pág. 148)

Como no hemos visto a Frascuelo no podemos saber como eran esas estocadas. Para intuirlas o soñarlas solo nos cabe leer a sus contemporáneos.

La estocada de Frascuelo según F. Bleu 

F. Bleu seudónimo de Félix Borrell Vidal. Ejemplo de aficionado radical de finales del XIX.

Como toro y torero arrancan a la vez, las estocadas del Negro Frascuelo entran en la categoría de estocadas "a un tiempo". Sus matices nos los describe con mucha precisión F. Bleu, el boticario de la Puerta del Sol, en su libro "Antes y después del Guerra" (Madrid, 1914, páginas 209-210):

"Como todos los buenos matadores que han existido, Frascuelo necesitaba de antemano tener el toro perfectamente igualado y pendiente de su muleta (...). Lo primero lo lograba quebrantando con pases de tremendo castigo en redondo y de pecho, y lo segundo colocándose a la distancia inverosímil de que ya se ha hecho mención, y de la cual, repito, no hay ejemplo en lo moderno, ni acaso en lo antiguo.

Situado a un metro de la cabeza, en el centro de la cuna, entre los dos ojos, acababa de fijar la vista del toro por medio de un movimiento ondulatorio de la muleta. Después de liar en el extremo del palo, armado con la mano derecha a la altura del nacimiento del pecho, sin perfilarse ni meter el hombro izquierdo, empinado sobre los dedos de los pies y estirado el cuerpo, apuntaba calmosamente con la espada y adelantaba las dos manos, bajando la izquierda.

A esta especie de desafío, el toro acudía, y simultáneamente avanzaba Salvador, o más bien, se dejaba caer despacio, llevando brazo y cuerpo en una masa detrás del estoque  y emparejando con imponderable desprecio del peligro y con extraordinaria exactitud.

Como acogotaba a los toros con la izquierda, forzándolos a descubrirse, el estoque no entraba tendido. Como no hería de muñeca ni con la mano alta, no caía perpendicular. Como miraba al morrillo, no se apartaba de la recta y llegaba donde hay que llegar, se burlaba de las bajas, de las atravesadas y de las delanteras. Como hería con el cuerpo más que con el brazo, no había que temer que las estocadas se quedasen a la mitad (...)

Las estocadas altas, hondas y derechas de aquel legítimo fenómeno, avaloradas por unos preparativos y un estilo de entrar a matar que no pueden llamarse más que frascuelinos, se citarán siempre como lo más grandioso y sensacional de un espectáculo que, despojado de lo sensacional y lo grandioso, no tiene más remedio que quedar reducido a piruetas de music-hall"

Al margen de excesos partidistas, la estocada de Frascuelo, tal y como la describe Bleu tuvo que ser una estocada formidable y tremenda, un encontronazo brutal de toro y torero, eléctrico y emocionante, por lo que no me extraña que, en aquella época, arrancase el alarido de los tendidos y pusiera a los públicos en pie.

Tremendismo en la ejecución aparte, su cite (tal como lo describe Bleu) resulta singular y diferente. Anotemos las siguientes características diferenciales:

1º. Frascuelo no se perfilaba, como han hecho hoy y siempre siempre casi todos los toreros, sino que se mantenía de frente al toro y así arrancaba.

Antonio Fuentes "perfilándose" para matar. El título lo dice todo. La colocación de perfil es la habitual en el cite de la estocada.


También de perfil para citar se colocan Emilio Bomba y el Algabeño.

2º. Frascuelo se colocaba en corto y por derecho o, como dice Bleu, a un metro de los pitones y en el centro de la cuna. Hoy y siempre, aunque hay excepciones se suele citar desde más lejos y el torero se coloca en la pala del pitón derecho


Dos excepciones de categoría: Machaquito y Pastor. El recuerdo de Frascuelo - y aún más, el de Mazzantini- citando entre los pitones estaba todavía muy cercano.

Pero lo habitual es colocarse algo más lejos y en la pala del pitón derecho.

3º. Frascuelo citaba al toro echando por delante ambas manos y dejándose caer al mismo tiempo. Así es como mataba Mazzantini. Sin embargo, hoy y siempre casi todos los toreros arrancan antes de que el toro se de por aludido.



Algabeño y Lagartijo chico arrancan a matar a volapié puro. En ambos casos, el toro se encuentra igualado y aplomado. Frascuelo, al contrario, provocaba primero la arrancada del toro al tiempo que iniciaba el ataque.

Una duda razonable

Sin embargo, me entra la duda de si esa descripción es o no fidedigna. No tengo claro si lo que Bleu relata responde a la realidad o está idealizado por el recuerdo. No me refiero a la emoción que provocaban las estocadas de Frascuelo sobre lo que no dudo, sino a la forma de ejecutarla. Es la misma duda que le entró a Joselito el Gallo al que sus amigos le contraponían continuamente el ejemplo de Frascuelo.

Es también la misma duda que tenía Pepe Alameda y que transcribíamos en la entrada anterior de este blog: 

"Sólo hay ciertos análisis de su estocada. Pero son contradictorios, no sólo ellos entre sí, sino con la realidad que reflejan las pocas fotografías de la época, donde Frascuelo está colocado al revés (o casi) de lo que cuentan sus devotos".

Veamos esas pocas fotografías que nos han llegado. He encontrado solo estas dos. 

La primera, muy poco conocida, es este cite en la Maestranza de Sevilla:



La segunda, mucho más vista, corresponde a una estocada en la plaza de Madrid el día de la corrida del Gran Pensamiento.



En ambas, Frascuelo cita para matar en corto, eso sí, pero perfilado de cintura para abajo y con la mano del estoque a la altura de la cara, no a la altura del nacimiento del pecho. Justo lo contrario de lo que afirmaba F. Bleu. 

A Joselito le reprochaban continuamente que matase con la mano en el tupé, por lo que no me extraña que, harto de que le rayasen con la estocada frascuelina, se alegrase sobremanera al encontrar una de estas fotos de Frascuelo citando de modo muy diferente a como le decían que Frascuelo lo hacía.


Joselito citando para la estocada. Con la mano derecha a la de la cara altura igual que lo hacía Frascuelo en las fotos que hemos encontrado. Y otro detalle: Joselito está perfilado y también tiene las puntas de las zapatillas mirando hacia el terreno de afuera como Frascuelo (aunque el de Churriana al girar el torso da la impresión que se coloca más de frente).

sábado, 15 de agosto de 2020

Cuaderno de notas (CXLI) El contrapunto de Lagartijo

Por Pepe Alameda

Lagartijo y Frascuelo
Lagartijo y Frascuelo. Toda una época del toreo

"Ya hemos visto que en casi todas las parejas hay uno que queda y otro que se pierde; uno que deja su huella y otro del que sólo queda un registro de hechos.

Cúchares hace historia y no el Chiclanero; hace historia el Gordito y no el Tato. En otras, menos afortunadas, no la hace ninguno de los dos (recordar el "interregno" de Bomba y Machaco).

En la de Lagartijo y Frascuelo, lo que queda es lo que trajo Rafael Molina: un sentido estético del toreo, que coincidió con lo que ya era un anhelo de los públicos y aún del arte mismo -de la dialéctica interna del arte-, maduro ya para esos valores... Y la presencia clara de los lineamientos de "toreo natural", de plantas fijas, ritmo de brazos y de cintura; y, en sus momentos felices, sin concesiones a la técnica de "expulsión" del toro, características del toreo "cambiado" o contrario.

De Frascuelo poco puede decirse, puesto que poco nos han dicho. Y menos sus panegiristas, que parecían no tener más ojos para Lagartijo, para los "defectos" -presuntos o reales- de Lagartijo, que para el toreo de Salvador. No lo reflejan, no lo describen, no parecen verlo. Casi sólo ven las cualidades morales de su ídolo y casi sólo eso cantan: el valor espartano, el carácter indomable, el amor propio, el pundonor... Todo seguramente cierto, pero que no tiene nada que ver con el arte del toreo en sí; únicamente como supuestos para realizarlo. Pero de como lo realizaba, ninguna apreciación que realmente lo caracterice.

Sólo hay ciertos análisis de su estocada. Pero son contradictorios, no sólo ellos entre sí, sino con la realidad que reflejan las pocas fotografías de la época, donde Frascuelo está colocado al revés (o casi) de lo que cuentan sus devotos.

Frascuelo, citando para la estocada, hace lo contrario de lo que decían sus panegiristas que hacía.

De modo que, con toda su fuerza, todo su ímpetu, toda su capacidad de llenar el cartel y la escena, a la postre, para quienes tenemos que entornar los ojos y hacernos sombra con la mano en busca de los perfiles del pasado, Frascuelo no aparece más que como el contrapunto de Lagartijo.

¡Que le vamos a hacer!"

La época de la Lagartijo y Frascuelo fue, visto con la perspectiva que da el tiempo, la época de Lagartijo. Las aportaciones del diestro de Córdoba marcaron el rumbo del toreo,


ALAMEDA, José. El hilo del toreo
(Colección la Tauromaquia, núm. 23. Madrid, Espasa-Calpe, S.A., 1989. Págs. 116-117)

jueves, 27 de octubre de 2016

Dos amigos: El Tormento y el Monstruo

Por Jose Morente

Manolete y Silverio (Del blog "La Aldea de Tauro")

A lo largo de la historia, la amistad sincera entre toreros que, cara a los públicos, sostenían una encarnizada competencia ha sido más frecuente de lo que, a primera vista, cabria pensar.

Poco sabemos de los toreros más antiguos pero desde Lagartijo y Frascuelo hasta nuestros días son muchos los casos en los que la lucha en la plaza se tornaba en fraternal relación fuera de ellas. 

Joselito y Belmonte, por ejemplo, se profesaban mutua admiración y viajaban en los mismos compartimentos de los trenes pero se separaban al llegar a las estaciones para que sus partidarios no los viesen juntos. 

Baste esta anécdota que nos recordaba hace unos días Vicent Climent en el blog gallista "La gracia toreadora", Convaleciente Belmonte de la cogida que le propinara un toro de Saltillo en Burgos, allá por junio del 15, José que viajaba de Valencia a Andújar donde pensaba estoquear 6 toros de Murube, hizo escala en Madrid para poder visitar al herido, al que hizo compañía durante un buen rato.

Lo mismo ocurrió con Manolete y Arruza, a partir de una famosa paella de arroz en Valencia que los hermanó. No obstante, en México, la relación más sentida que tuvo Manolete a quien la prensa internacional llamaba The Monster ("el Monstruo") fue la que sostuvo con ese extraño y mágico torero que se llamó Silverio Pérez "El Tormento de las mujeres".

Precisamente, en la última entrevista que le hicieron a Manolete en Linares, la misma mañana de su mortal cogida, el diestro de Córdoba hablaba así de Silverio:
P- De los matadores mexicanos que han actuado con usted, ¿a cuál destacaría
R. A Silverio Pérez. Como torero tiene momentos sublimes y como persona es único. Recuerdo una ocasión en la que le obligaron a saludar al terminar el paseíllo y me propuso que compartiera la ovación. Yo le dije que no, que de ninguna manera, y él me dijo: “Pero hombre, nos vamos a pelear antes de empezar
Estas declaraciones las recogía el propio periodista (K-Hito) en su libro póstumo "Manolete ya está muerto. Muerto está que yo lo ví".

Muchos años después y con motivo del cincuentenario de la muerte del Califa, entrevistaban al mexicano quien, sobre su compañero, decía lo siguiente:
"Su personalidad de él era su seriedad. Tenía una personalidad, seca, fuerte y... no se reía para nada. Pero ya entonces empezamos a tener más amistad, a frecuentar nuestras pláticas cuando íbamos a torear por fuera. 
Y ya inclusive me gastaba hasta bromas. Estábamos en la puerta de cuadrillas y me decía ¿Qué hay "Tormento"?. "Tormento" lo dice por el pasodoble que dice "Tormento de las mujeres". Entonces, yo le decía a él ¡"Monstruo"! pues sabe que le decían "El Monstruo de Córdoba".
 Entonces: ¿Qué tal "Monstruo", como estás? ¿Qué tal, "Tormento"?
Y así, sucesivamente". 


miércoles, 20 de abril de 2016

Los paradigmas de la bravura: Jaquetón-Bravío-Cobradiezmos

Por José Morente

Una imagen emblemática. El morro y el pitón derecho haciendo surcos en la arena. La forma de colocar la cara, de humillar, de embestir, de "Cobradiezmos" de Victorino Martín, se ha convertido en el paradigma de la bravura del siglo XXI (Fotografía Maurice Berho-Mundotoro)

Si yo fuera político declararía. la bravura del toro de lidia, Bien de Interés Cultural igual que se hizo en 1999 con los registros sonoros, con la voz, de la Niña de los Peines.

No lo soy y, por tanto, me tengo que contentar con documentarla que es lo que vamos a hacer en esta entrada. Vamos a repasar la evolución de la bravura del toro a lo largo de la historia. Para ello hemos elegido tres toros emblemáticos y paradigmáticos que representan y simbolizan el concepto que, en cada siglo, se ha tenido de la bravura, esa cualidad tan necesaria para la pervivencia de la Fiesta.

Vayamos al grano. Los tres toros que, en mi opinión, mejor simbolizan la bravura, son Jaquetón (siglo XIX), Bravío (siglo XX) y Cobradiezmos, que, para mí, encarna el ideal de la bravura deseable en este siglo XXI.


Jaquetón. La bravura fiera del siglo XIX

Jaquetón. La bravura del siglo XIX (Detalle de una lámina de la Lidia publicada el 23 de mayo de 1887)

El tópico define y describe al XIX como el siglo de los toros fieros y los toreros machos. Una época donde se derramaba mucha sangre en los ruedos. Sobre todo, sangre de los caballos de los picadores y sangre de los toreros y menos, mucho menos (hoy dirían que ni para un análisis) de los toros lidiados.

En el XIX, La Fiesta era un espectáculo sangriento. La sangre de caballos y toreros corría copiosamente. La del toro. mucho menos (Detalle de la Lámina de la Lidia dedicada al toro Jaquetón)
Era aquel un espectáculo dantesco y sanguinario donde la idea de belleza estaba ausente. Las carencias médicas con el consiguiente riesgo de infecciones podían convertir un leve puntazo, en camino a la invalidez cuando no a la muerte. Pero no nos confundamos pues entonces la vida, también fuera de los ruedos, valía muy poco.

En esas condiciones, no tiene nada de extraño que se considerase más bravo, al toro más fiero, al que más veces acometiese a los caballos, al que los corneara con más saña e ímpetu. Dicho lisa y llanamente, se consideraba más bravo el toro que más caballos matase. Así de simple y así de trágico.

En el siglo XIX, la suerte de varas era primordial. Ahí era donde entonces se veía la bravura del toro. Una bravura que, en realidad convendría llamar fiereza (Detalle de la Lámina de la Lidia dedicada al toro Jaquetón)
En ese contexto, el ideal de bravura de ese siglo, lo encarna Jaquetón de la ganadería de Agustín Solís, el cura Solís, vecino de Trujillo (Cáceres) lidiado en Madrid el 24 de abril de 1887 por Currito (el hijo de Cúchares) que alternaba con Frascuelo y Ángel Pastor.

Su memoria está encerrada (y enterrada) en el Tomo I del Cossío (1943: 367-368) a donde hemos acudido a rescatarla.

Fue tan bravo e hizo tal pelea en varas que el público enardecido se opuso a que lo banderillease Pastor y pidió de forma clamorosa el indulto. Indulto que fue concedido aunque hubo que apuntillarle en el ruedo al no poder seguir a los mansos por las convulsiones que le provocó una de las varas. En el desolladero se comprobó que tenía reventado un pulmón por el esfuerzo realizado. Así lo contaban en la Lidia:


Y un detalle de importancia que desliza el revistero Don Jerónimo (Peña y Goñi) en la Apreciación final, casi sin darle importancia: El toro "llegó manso a la muerte". Muy bravo en el caballo, Jaquetón llegó manseando al último tercio.

Jaquetón llegó manso a la muerte lo que no importó a los aficionados de entonces, entusiasmados con su pelea en varas
Pese a ello, se le considera el toro más bravo de todo el siglo XIX, pues entonces, a lo que se ve, sólo importaba y se valoraba el comportamiento del toro en la suerte de varas. Tanto que los aficionados más conspicuos se marchaban de la plaza cuando tocaban a banderillas en el último de la tarde.

Eran otros tiempos.


Bravío. La bravura equilibrada del siglo XX.



A principios del siglo XX, los gustos están cambiando. Guerrita ha sido el primer torero en demorar el quite dejando que el toro romanee a los caballos con el fin de que pierda poder. Se trata ya de que llegue a la muleta en mejores condiciones para el toreo.

Además, la escabechina de la suerte de varas empieza a molestar a algunos aficionados que cada vez valoran más las faenas de muleta. Y es que no en balde, los grandes diestros de este principio de siglo se llaman nada más y nada menos que Joselito el Gallo, Juan Belmonte y Rafael el Gallo,... Gente que de verdad sabe torear.

Al toro se le empieza a pedir que mantenga su bravura hasta el final. Ya no valen esos toros de Colmenar o de Veragua que hacían salidas explosiva, comiéndose la osa mayor, pero que, en banderillas, se aconchaban en tablas. Por el contrario, se empieza a valorar el toro que, saliendo frío, va a más. Serán otros encastes de bravura más sostenida, los que toman el relevo en el gusto de los aficionados.

Será, por tanto, un toro de Santa Coloma, casta Vistahermosa, el que marcará la pauta de la bravura ideal del nuevo siglo. El toro se llama Bravío y se lidiará en Madrid un 11 de mayo de 1919.

Un toro que resulta bravo, muy bravo en varas pero también noble, muy noble en la muleta. Pese a su nobleza, la de Bravío, es todavía una bravura molesta y desbordante para su matador que no acabará de entenderlo. Y eso que Saleri II, que cargará con ese sambenito toda su carrera, estuvo sensacional en su otro toro. Pero eso no importa. Cuando sale un toro de bandera, el público se pone de parte del toro.

Corrochano en ABC destacaba la bravura y la nobleza de Bravío y es que, para el toreo, es condición necesaria la franqueza.
Y otro detalle importante. Las hechuras. Ya no valen los toros destartalados sino los "bien hechos" pues su tipo es garantía de su embestida. Bravío es un toro precioso a más de fino y terciado. Hablando en plata, un toro chico, tanto que los veterinarios querrán rechazarlo en el reconocimiento previo La amenaza del ganadero de retirar la corrida completa si el toro no se aprueba, permite que salte al ruedo de Madrid pudiendo demostrar toda su bravura.

Casi 30 años después de la lidia de Bravío, el Ruedo recordaba a ese toro y a su criador, el Conde de Santa Coloma. Por cierto que algunos aficionados e incluso algunos toreros los consideraban toros fáciles sólo por el hecho de ser los preferidos de las figuras de entonces (Lo mismo que ocurre ahora)


Cobradiezmos. La bravura noble del siglo XXI

La brava embestida de Cobradiezmos, el toro de Victorino lidiado en Sevilla esta Feria de Abril (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)
Casi cien años después de la lidia de Bravío, las cosas han vuelto a cambiar. En la suerte de varas, la víctima ya no es el caballo, protegido por el peto implantado en la Dictadura de Primo de Rivera sino el propio toro masacrado a placer desde unos pecherones cruzados, de gran alzada y poder y muy entrenados.

En consecuencia, la suerte de varas ha perdido la grandeza e importancia que tuvo en otras épocas pues lo que realmente importa a los públicos modernos es el toreo a pie. El de capote y, sobre todo, la muleta. A los públicos de ahora, ver sangre cada vez les gusta menos sobe todo, si se trata de la sangre de los animales.

Por contra, al toro se le exige mucho en el último tercio que ha crecido en duración e importancia. Y es que el toreo que se practica hoy somete a los astados a una dura prueba pues frente a la media docena de pases por alto y aliviados que componían la faena estándar del XIX, hoy se le pide al toro que llegue a la muleta con fuerza, bravura y nobleza suficientes para embestir infinidad de veces con humillación, fijeza, recorrido, ritmo y clase. 

"Cobradiezmos", de Victorino Martín, lidiado con solvencia por Manuel Escribano, el pasado miércoles en Sevilla es el nuevo paradigma de la bravura en este nuevo siglo. Una bravura encarnada por esas embestidas entregadas y excepcionales de las que hizo derroche. Es posiblemente, el toro al que mejor y con más duración he visto embestir en toda mi vida de aficionado. Un toro, huelga decirlo, de preciosas hechuras en la línea de su encaste. Un toro bravísimo u nobilísimo.

 Las perfectas hechuras de Cobradiezmos (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)

La Maestranza, que así lo entendió, bramó de placer ante todas y cada una de sus incansables arrancadas en pos de la muleta de su hábil y eficaz lidiador.

 La Maestranza bramó en todas y cada una de las largas embestidas de Cobradiezmos (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)
Un lidiador que, esa es otra característica de la bravura que hoy se pide, pudo triunfar con él. Y es que al contrario que el bravo del siglo XX, al que casi se le exigía  como condición necesaria para así catalogarlo, que estuviese por encima del torero, que le ganase la pelea, la nueva bravura de hoy, la bravura del siglo XXI, convierte al toro en el mejor colaborador posible del éxito del torero. Siempre, claro está, que el torero esté dispuesto a entregarse tanto como se le entrega el toro.

Y es que, el toreo ya no es lucha sin cuartel, ni una pelea a muerte entre dos aguerridos contrincantes, sino entrega máxima de ambos contendientes, del toro y del torero.

Una entrega cuya conjunción hace posible el milagro del toreo tal y como hoy lo entendemos.

"Cobradiezmos" ha señalado el camino por donde debe discurrir la auténtica bravura de este siglo.

Habrá que seguirlo

Cobradiezmos de vuelta en las Tiesas, la finca de Victorino Martín

martes, 16 de febrero de 2016

Torear en el filo de la navaja

Por Jose Morente

Saúl Jimenez Fortes. Siempre al límite

Si un mínimo de valor es necesario en todo el que baja al ruedo, hay que ser muy, pero que muy valiente, para destacar precisamente en esa faceta del toreo.

Y aunque a los toreros de esta cuerda les han achacado siempre que hayan puesto el valor, la demostración de valor, el alarde de valor, como fin último de su toreo, yo no comparto esa opinión pues creo que hay en ellos algo mucho más importante que demostrarnos "cuantos pelos tienen en el pecho", como ya le recriminara Hemingway a Ignacio Sanchez-Mejías.

Explorar los límites de nuestras capacidades y de nuestros miedos. No ceder nunca. No tomarse ninguna ventaja, ni ningún respiro. Exponer el cuerpo y la vida hasta más allá de lo razonable. No por nada sino por pura entrega. Por un inquebrantable compromiso con nosotros mismos y con nuestros principios.

Ese creo que es el ideario de los diestros de esta cuerda, un ideario incomprensible y ajeno  a los cómodos parámetros éticos de nuestra sociedad y que solo al enunciarlo, ya asusta. Pero aquí estamos hablando de moral. No de buenísimo ni moralina. Quizás sea necesario releer a Nietzsche para entender de verdad y cabalmente a estos toreros.

Es un ejercicio de análisis que creo necesario e imprescindible. No podemos despachar de un plumazo y con la simplista etiqueta del valor y sólo el valor la impresionante y dramática trayectoria de diestros del calado del negro Frascuelo, del llorado Maoliyo el Espartero, del poliédrico Ignacio Sánchez-Mejías, del simpático Diego Puerta o de nuestro contemporáneo y estoico Saúl Jiménez Fortes.

Torear así, asumiendo el riesgo, todos los riesgos, para explorar los límites de la quietud, de la entrega y del abandono, no es nada fácil. No es nada fácil torear como si no se tuviera cuerpo o como si el cuerpo no importara. El cuerpo existe y las cornadas duelen. Dolor físico y dolor moral. 

Renunciar, de forma consciente, a la  seguridad (relativa, todo hay que decirlo) que proporciona la técnica o renunciar a la comunicación directa con el público que permite el arte, es muy difícil, como difícil es andar por la vida sin muletillas ni apoyaduras y sin otras armas que nuestras propias convicciones.

Ir por la vida y por la plaza con la verdad desnuda por delante, es duro.

Muy duro.

El Espartero encarna posiblemente al arquetipo de los toreros de esta cuerda de valientes. Le cogieron casi todos los toros que toreó /algunos varias veces). Su respuesta displicente ha pasado a la historia: "Más cornás da el hambre"

martes, 27 de octubre de 2015

Una estocada frascuelina

Por Jose Morente


Frascuelo en Sevilla, cuadra en la cara del toro. Muy enfrontilado. De tanto estrecharse, la mayoría de las veces salía apurado cuando no trompicado de la suerte. Unas estocadas que había que calificar de superiores, aunque no se pudieran considerar perfectas. En cualquier caso, sus estocadas (frascuelinas las llamaron) han pasado como modélicas a la historia del toreo y todavía permanecen en el recuerdo y en la memoria de los buenos aficionados.

El negro Frascuelo representaba -dice Néstor Luján- "la seriedad, la sequedad, la arrogancia y el valor desmedido y resonante, el gesto recio de cuando la angustia hace el vacío en la plaza y, sobre todo, la audacia en la suerte suprema".
 
Sobre todo, eso: la audacia en la suerte suprema. Sus estocadas, a las que conviene llamar frascuelinas, han quedado como modélicas. No ha habido después de él diestro que domine esa suerte de manera tan rotunda, de manera tan brutal. Ha habido matadores muy seguros y, también finos estilitas de la suerte pero estoqueadores con el temple de acero del corazón de Frascuelo, ni uno.
 
Y no se piense que sus estocadas eran perfectas. Antes al contrario. En la revista la Lidia están reseñadas igual que están reseñadas esas viejas polémicas sobre el mérito de las mismas. Pues Frascuelo salía, muchas veces y de tanto estrecharse, rebotado de la suerte y por la cara, perdidos los agremanes de la chaquetilla en el pitón derecho de sus toros.
 
Pese a eso o mejor, gracias a eso, no es de extrañar que sus estocadas enloquecieran a los espectadores hasta tal punto que sólo por ellas (o casi sólo por ellas) Frascuelo pudo mantener la competencia con Lagartijo, gran artista y fino lidiador, mucho más torero que el de Churriana, durante un cuarto de siglo largo. ¡Qué tiempos aquellos!
 
Pero he dicho que sus estocadas no eran perfectas y conviene aclararlo. Lo hacemos de la mano de Peña y Goñi y de Mariano de la Riestra. Dice Goñi:
"(...) estrechándose tanto en el centro, lo cual indica que consiente extraordinariamente a los toros, éstos hacen con frecuencia de más y salen rebozados con el matador (...) los toros le han hecho perder terreno frecuentemente por estrecharse demasiado con ellos (...) Salvador pierde terreno por embraguetarse con exceso"
Y puntualiza De la Riestra:
"se deja caer despacio y con empuje, saliendo muchas veces apurado, y algunas trompicado"
Sus estocadas no eran perfectas de tanto como se atracaba de toro...No eran perfectas, eran -como entonces se decía- superiores.
 
 
Talavante con Colchonero el bravo toro de Garcigrande en Zaragoza. Talavante sale trompicado de tanto atracarse de toro después de entrar a matar con la máxima entrega y verdad posibles en la suerte más arriesgada. Evidentemente, no es una estocada perfecta... sino -como decían aquellos viejos aficionados que sí que sabían de toros- superior ¡Una estocada frascuelina!

Frascuelina Etiquetas: F. 1. f. Taurom. Estocada entera, hasta el puño, llamada así en homenaje a Frascuelo, gran dominador de esa suerte.