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martes, 10 de mayo de 2011

Una definición (torera) del temple

Por Fernando Cámara

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Bendita la muñeca que atesora el temple, aunque no sea únicamente, quien acaricia asperezas.

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Templar es mandar y aguantar, además de dominar impulsos biológicos propios del reino animal (el instinto de conservación), así sea racional, lo que es más difícil si cabe.

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Dicen que se da el temple cuando se atempera la embestida de un toro o cuando se ralentiza, e incluso si la muleta se acopla a la velocidad de movimiento del animal. Es cierto, puesto que a todos los que sentencian estas opiniones, les asiste la verdad.

Sin embargo, en mi opinión, todo eso conlleva una condición imprescindible, y no es otra que: el que es capaz de torear con todo el cuerpo es poseedor del temple.

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La conjugación de toda una amalgama de movimientos acompasados, rítmicos y fluidos componen la sensación de temple y muestran la impresión de que la labor se hace despacio.

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Sin embargo, todo va al mismo ritmo y la embestida del toro viaja a la misma velocidad cuando se templa o cuando no, solo que la agresividad del toro se difumina en el ritmo y generalidad de movimientos que el torero es capaz de exponer.

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Con todo esto aparece el temple, el cual domina, somete y suaviza al toro, cuya bravura es el elemento a templar.

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miércoles, 2 de febrero de 2011

El problema del temple (y II)

Tercera definición del temple. La explicación mágica (Luís Bollaín/Juan Belmonte)

La opinión del propio Juan Belmonte nos llega transcrita por el notario y belmontista Luís Bollaín en su libro “La tauromaquia de Juan Belmonte” (Madrid, 1ª ed., 1963). Dice Bollaín:

(….) Un día me lancé al asalto del maestro; le expuse como preámbulo “mis ideas”, y desemboqué en esta pregunta a tenazón:

-¿Qué piensa sobre el temple Juan Belmonte?

-Pues pienso lo mismo que usted. Los dos -cada uno desde nuestro sitio- vemos el “temple” de idéntica manera; de la única que, a mi juicio, puede concebirse: como concordancia de movimientos, sí; pero con ejecución lenta y con soberanía sobre el toro. No admito que pueda hacerse nada meritorio con una muleta o un capote en las manos, sino a base de que el torero sea siempre el supremo dictador. Torear es llevar la contraria al toro (…) templar es una manifestación –la más relevante- de ese “llevar la contraria al toro” en que el toreo consiste, porque es ejecutar con lentitud, aunque el astado embista con rapidez (...) Yo toreé “con temple belmontiano“ empujado a ello por mi modo de sentir el arte de torear; moví el engaño a la velocidad que me dictaba mi sentido del toreo, y luego … ya veía usted: unas veces el toro pasaba despacio y limpiamente, embebido en mi capote o en mi muleta, y otras, “no me hacía caso”, derrotaba en la tela o me cogía y el temple no asomaba por parte alguna. Pero no puedo explicar: ni el porqué del éxito, ni el porqué del fracaso. No sé decir que hacía yo para que aquello saliera bien… cuando salía bien, o para que no saliera bien…, cuando salía mal.

Aquí se está planteando una cuestión importante y es que la concordancia de velocidades debe venir impuesta por el torero (por el mando del torero) que es el que conseguiría frenar al toro que embiste rápido. Pero lo que no se explica es el cómo.


Cuarta deficinión del temple. Bajar la mano. Paco Malgesto-Armillita.

En las páginas finales del libro de Paco Malgesto sobre la vida taurina del mexicano Fermín Espinosa Armillita (Armillita-Maestro de maestros, México, D.F., 1ª Ed., 1949) se contiene un interesante compendio de las ideas de este diestro que constituye una verdadera tauromaquia.

De este apéndice denominado “el testamento de Armillita” entresaco lo que dice sobre el temple.

“Hemos hablado de lentitud y de temple; hay toreros muy lentos y toreros muy rápidos; pero “Armillita” opina que generalmente la velocidad la da el toro; si se pretende torear lentamente a un toro de embestida muy rápida, lo más probable es que atropelle el capote o la muleta, que derrote y que desarme; y si a un toro que embiste lentamente se le torea con rapidez, se adelantan las suertes, el torero se descubre y puede ser achuchado; ha habido toreros que por su sabor y su clase han aprovechado muy bien a los toros de embestida lenta: Chucho Solórzano, Victoriano de la Serna y “el Soldado” pueden mencionarse entre ellos.

Hay, sin embargo, un procedimiento para conseguir que un toro bravo, codicioso y de buen estilo frene su velocidad en el momento del lance o del muletazo: todo el secreto está en bajar mucho el engaño; entonces el toro, para alcanzarlo con los pitones, baja mucho la cabeza y, y así su rapidez disminuye; para obtener este resultado, mientras más largo tenga el toro el cuello es mejor, porqué podrá bajar más la cabeza; los toreros que opinaban, antiguamente, que un toro de cuello largo, es peligroso o incómodo , estaban equivocados; el toro incómodo es el de cuello corto, porque siempre tiene la cabeza alta.

Fermín recuerda a “Gitanillo de Triana”, en Madrid, frenando a sus toros, en el primer tercio, a base de arrastrarles el capote; con la muleta, ha seguido ese mismo procedimiento Silverio Pérez.

Con lo que volvemos a Pedro Romero.

Quinta definición del temple. El toreo en curva. Domingo Delgado
La siguiente explicación la dará Domingo Delgado de la Cámara, en su libro “Del Paseíllo al arrastre-La lidia y su evolución (1ª Ed., Madrid, 2004)

Señala que el temple siempre lo ha visto ligado al valor. Sólo los toreros valientes son capaces de esperar tranquilamente a que el toro meta la cabeza.

Niega la teoría mágica (Toreros que serían capaces gracias a su poder mental de imponer al toro la velocidad que quieren). Dice que si se intenta torear más despacio de la velocidad del toro, este engancha la muleta (Aquí se parece a Corrochano. Se puede torear despacio sólo al toro que va despacio).

Señala que esa velocidad del toro se tiene que modular en las varas (No recuerdo yo quien dijo que el temple del torero dependía del temple del palo. Me parece que era Joaquín Gordillo (el ínclito comentarista de televisión años ha). También añade que la velocidad del toro se reduce bajando la mano y cruzándose.

No obstante, añade que picado el toro, bajando la mano y cruzándose el torero, el toro tendrá aún una determinada velocidad (menor si se quiere) pero que nunca se podrá torear por debajo de ese tempo porque se produciría el enganchón.

Habla de Belmonte (recuerda que con él es cuando empieza a hablarse del temple) y dice que su aportación técnica fue cruzarse con el toro con eso consiguió torear más despacio y, sobre todo, sobrevivir en el toreo. Mientras más cruzado, más tiene el toro que cambiar su trayectoria y más se ralentiza su embestida.

También insiste en lo de bajar la mano como el otro elemento técnico que posibilita el temple. Cuando la mano va más baja, el toro va más sometido y embiste más despacio. Recuerda que la mayoría de los toreros han templado con la mano baja. Y dice que muy pocos han toreado bien a media altura. Pone como ejemplo a Chicuelo, El Viti, Manzanares y Ponce (Curiosamente a mí esa impresión de torear despacio a media altura sólo se la recuerdo a Curro Romero y al Paula)

Introduce por tanto un concepto nuevo: torear en curva como solución técnica que permite acercarse al temple y, además propone un elemento de valoración sobre el que los otros autores han dicho poco: El enganchón como antítesis del temple. Mientras más enganchones se sufren menos se estaría templando. La regla contraria también sería válida.

Posdata. Sobre las fotografías de esta página

He elegido para ilustrar esta página una fotografía de Juan Mora, como homenaje a su faena de Madrid el pasado otoño, donde toreo muy templado y muy despacio, y cuatro del Juli.

La explicación de elegir las fotos del Juli está no sólo porque es torero de mucho temple (Ver sus dos primeras fotografías con la muleta planchá) y cuyas imágenes ilustran muy bien los conceptos de bajar la mano y torear en curva (ver las dos últimas), sino sobre todo porque se le achaca una cierta rapidez a su toreo. La explicación para mí está muy clara y corresponde con los anteriores comentarios de Domingo Delgado. ¿Será quizás porqué Juli es, de los toreros punteros, el que torea ganado más encastado y gusta de dejarse más crudos y enteros a los toros para la muleta?

sábado, 29 de enero de 2011

El problema del temple (I)

Hay quien sostiene que templar es acomodar la velocidad de los engaños a la de los toros.

Por el contrario, parece mayoritaria la opinión de que no hay temple si esa sincronización no se hace de forma lenta. O sea que sin torear despacio no se templa, con independencia de la velocidad inicial del toro.

Sobre esto parece que no hay discusión. Lo que ya no está claro es como se consigue llevar despacio a un toro que embiste rápido.


Estoy releyendo a Federico M. Alcázar (escritor de los años 30 a los 60) por instancia de mi amigo y muy buen aficionado Joaquín Albaicín y Alcázar dice que el temple se consigue por el milagro de la muleta del torero (no es broma) y pone a Belmonte como prototipo.

Algo de cierto puede haber, pero a mí esta explicación no me acaba de convencer por lo que me he dedicado a indagar lo que distintos autores dicen sobre este tema. Comencemos por el principio.


Primera definición del temple. El mando para obligar al toro (J.R.A.)

Curiosamente, la primera explicación y análisis de la cuestión se encuentra en un texto muy antiguo donde creo que se da la primera definición del temple que existe escrita.

Pedro Romero
Se trata de un extracto de una carta publicada en el Diario de Madrid hace más de doscientos años (concretamente el día 16 de noviembre de 1779) y escrita por un partidario de Pedro Romero (El autor se autotitula “romerista”) que firma con las siglas J.R.A. y polemiza con otros aficionados sobre los méritos de cada uno de los toreros en alza entonces (Pepe-Hillo, Pedro Romero y Joaquín Rodríguez Costillares).
Pepe-Hillo
Sobre la muleta de Pedro Romero dice:

Sepa Vmd. Señor mío, que el timón de esta nave es la muleta, en que es Romero inimitable, ya llevándola horizontal al compás del ímpetu del toro, ya llevándola rastrera como barriéndole el piso donde ha de caer ó que ha de besar mal su grado, aquella muleta que siempre huye, y nunca se alexa de los ojos de la fiera, que a veces la obedece como un caballo al freno. En esa muleta libra Romero su vida…

No se habla de temple, pero la definición corresponde a ese concepto. Lo interesante es que ya desde esa fecha no solo se habla de una muleta que se mantiene siempre a la misma distancia del toro, sino que también se le atribuye la capacidad de frenar (atemperar) la embestida del mismo. Si bien no se relacionan los conceptos ya se hace referencia y se habla de una muleta rastrera que barre el suelo.


Costillares y su cuadrilla
Lo anterior es un esbozo de una teoría. Su exposición más completa se encuentrará posteriormente en Paco Malgesto, escritor y revistero mexicano y en Domingo Delgado de la Cámara, escritor y aficionado español.

Segunda definición del temple. El mando para tirar del toro (Gregorio Corrochano)

Muchos años después Gregorio Corrochano analiza esta cuestión en su libro ¿Qué es torear? Introducción a la Tauromaquia de Joselito (Editorial Revista de Occidente, Madrid, 1ª Ed., 1953)

Don Gregorio dedicó un capítulo entero de la Tauromaquia de Joselito al temple de su rival. El título (precioso) “El toro se queda y no pasa ¿Por qué?”

Plantea el temple no desde el torero que frena la embestida del toro agresivo, sino desde la situación contraria. La del toro quedado, mansote al que le cuesta embestir. Y señala que el día que aparezca un torero que dé al toro el temple preciso y justo la frase “el toro se queda y no pasa” dejará de tener sentido.

Señala que Belmonte es el torero que más se aproximó a ese concepto y que el secreto del temple está en conservar las distancias. Relaciona además temple con mando (obligó, tiró, pasó, etc.), pero no con la capacidad de frenar al toro.

Pone un ejemplo de faena de Belmonte donde esté toreó lentísimo y señala que eso fue así porque el toro era lentísimo. Para Corrochano, temple y lentitud no tienen por qué coincidir.

Interesante como siempre, pero lo cierto es que Corrochano tampoco resuelve la duda planteada. Su teoría vale para los toros quedados, pero no para los toros que embisten rápidos.

Juan Belmonte y su espectacular media verónica

(Continuará)