domingo, 21 de junio de 2020

Cuaderno de notas (CXXXVIII) El muletazo mirando al tendido, por Manolete

Por Manuel Rodríguez Manolete




"Quiero referirme a un pase que practico por mero accidente; en la Plaza Monumental de Barcelona, y para "tapar" un toro que, por designio del sorteo, me había tocado en suerte y que fué protestado ruidosamente desde su salida, quise aportar una nota de emoción que hiciese ver al público -a ese público que siempre tiene razón, pero que algunas veces es injusto en sus apreciaciones- además de mis buenas intenciones, los deseos que tenía de agradarle.

Así pues, observé la arrancada de lejos, y una vez iniciado el movimiento, levanté la vista al tendido, dando lugar a un pase que se ha popularizado y que ahora ejecuto citando, ya desde el primer momento, con la vista alta atento con el oído a la embestida de la res".

(Declaraciones de Manolete recogidas por QUIROGA ABARCA, Manuel en Manolete-El hombre y el torero, Editorial Montañesa, Madrid, 1945, pág. 11)




Nota de LRI: 
Vemos a Manolete en esos muletazos mirando al tendido, que estrenó en Barcelona con un toro de Vicente Charro en una tarde histórica, la de los toros de Coaxamalucan alternando con Pepe Luis Vázquez y Procuna. Las imágenes corresponden a la lidia del cuarto de la tarde, Platino, con el que hizo una de sus mejores faenas en México enloqueciendo al público de la plaza el Toreo como recordábamos hace unos días. 
En esos muletazos mirando al tendido, llama la atención el entusiasmo del empleado de la plaza que se encuentra entre barreras.

miércoles, 17 de junio de 2020

Divagaciones sobre la quietud en el toreo (III)

Por Jose Morente

Espectadores contemplan una faena de Belmonte. El cine ¡Que gran invento! (Fake)
Cine y toros

Vimos en la entrada anterior de esta serie, las desventajas de la fotografía a la hora de reflejar lo que ocurre en los ruedos, pues congelar un arte como el toreo puede llegar a distorsionar la realidad por muy parado que toreen los toreros. Es cierto que las películas antiguas tampoco son un fiel y absoluto reflejo de lo que pasó en los ruedos, pero si el cine no es un documento fidedigno, la imagen fotográfica lo es todavía menos.

Por lo que hace al cine, a mí me han sorprendido siempre todos esos aficionados (y son legión) que desprecian de plano el cinematógrafo. Son aquellos que afirman que el cine no conseguirá nunca reflejar mínimamente la verdad del toreo o que el cine nunca podrá reflejar los matices o las emociones que provoca el toreo en la plaza. Son los mismo aficionados que -de modo sorprendente- prefieren y dan más crédito a una fotografía o a una crónica escrita antes que a una película.

Creo que quien así piensa, se hace trampas a sí mismo, entre otras cosas porque el cine no engaña. O, al menos, engaña menos que la fotografía o la crónica. El cine no nos permite manipular ni distorsionar la realidad a nuestro antojo, lo que si nos puede pasar con la fotografía, que capta un solo instante, o con una reseña periodística, tan cargada de subjetividad. Y si me apuran, lo que también sucede con nuestra propia percepción en las plazas, siempre tan parcial.

Puede que al cine le falte la tercera dimensión y puede que le falte el calor del público en la plaza o la incertidumbre del resultado, pero lo más parecido a lo que ocurre en el ruedo es lo que se ve en una pantalla.

Dicho de otra manera más cruda, despreciamos el cine porque el cine pone al desnudo nuestras carencias y nos demuestra que lo que creímos ver en la plaza no era real. También es verdad que algunos prefieren vivir engañados. Allá ellos.

Para los toreros, no. Para los toreros que saben lo que ven, el cine es hoy y lo ha sido siempre un medio imprescindible de poder acercarse a aquellos toreros que, por edad, no pudieron ver en las plazas (Uceda Leal en la filmoteca Gan revisa viejas cintas de JoselitoPepe Luis y Manzanares, padre)
Vayámonos al cine...

Visto lo dicho, creo que para entender en serio que diantres puede ser eso de la quietud en movimiento y dado que la fotografía -que capta un instante- no nos puede ilustrar sobre esa cuestión -que depende de una sucesión de instantes-, lo mejor será que vayamos a alguna sala de cine a ver películas de Juan Belmonte.

Hemos visto hasta la saciedad las imágenes de Belmonte en Nimes, el día de su reaparición. Esta vez vamos a tener la fortuna de disfrutar con unas imágenes mucho menos conocidas. Se trata de un documento excepcional, una filmación de la casa Cuesta de Valencia donde se recogen faenas de dos corridas diferentes en la plaza de Valencia, con el Gallo, Belmonte, Paco Madrid e Isidoro Martín Flores. Las faenas de Juan son del viernes día 5 de junio de 1914. El trianero acababa de tomar la alternativa a finales de la temporada anterior y ya desataba pasiones en los tendidos.

La película de la Casa Cuesta es un montaje de dos tardes de toros en Valencia. La corrida del 17 de mayo de 1914 con Rafael El Gallo e Isidoro Martí Flores y la del viernes 5 de junio del mismo año en la que torearon Belmonte, Madrid y Flores.
El Tío Candiles en la revista Arte y Cinematografía ensalzaba a los cuatro diestros y, muy especialmente, la labor de Juan Belmonte en una curiosa y divertida lección de toros y gastronomía :
"Pero... Belmonte ¡Que 75 metros de película! Floreos, valor, monerías en lo del capoteo y aluego. ¡qué tío más zaragata con la muleta! Eso no es pasar de muleta: eso es emborrachar al toro con Tío Pepe, Manzanilla, champagne, pechuguitas de ángel y arrope manchego, mezclaíto con miel de la Alcarria".
Y lo cierto es que Juan, fiel a su estilo, estuvo tremendo de valiente y acabó saliendo a hombros.

Por si lo anterior fuera poco, tenemos como proyectista nada menos que a Joselito el Gallo.


Gallito era un entusiasta del cinematógrafo y, al menos en sus primeros años, se hacía acompañar por un cámara profesional para grabar sus actuaciones. Hoy, sin embargo, que nos toca visionar películas de su gran rival Juan Belmonte, no está nada mal que sea el quien le haga de proyectista...

La película (The movie)

Nunca llegaremos a saber cuales hubieran sido nuestras sensaciones si hubiéramos podido ver torear a Joselito, Belmonte, Marcial, Chicuelo, Ortega, Manolete o Arruza, pero -gracias al cine- podemos saber como toreaban realmente.

Por lo que respecta a Belmonte, Juan no era un torero elegante, pero transmitía mucho en la cara del toro y su muñeca era excepcional, especialmente en el manejo del capote.

En su muleta predominaba el uso de la mano derecha, utilizando la izquierda en raras ocasiones. Un toreo aprendido en las noches de campo de Tablada ante reses corraleadas y resabiadas. Un toreo defensivo y nada escolástico que hoy es tenido por canónico.

Ese toreo aprendido en el campo, era un toreo basado en el regate, mediante un continuo movimiento de avance y retroceso; alternando, que no ligando, el natural con el de pecho (toreo en ochos), metiendo mucho la pierna, entrando y saliendo del terreno del toro de manera incesante.

Un toreo espatarrado, histriónico y muy efectista caracterizado por un leve parón en el momento del embroque estirándose el torero y componiendo la figura  lo que le daba un matiz muy fotogénico a su toreo. Ese parón era el momento aprovechado por los fotógrafos de la época para impresionar sus placas.

El "parón" en el momento del embroque le da mucha prestancia y fotogenia al lance. En la Edad de Plata, todavía el gesto se exageraría más.
Visto en fotografía, impresiona. Visto en cine... impresiona también pero de otro modo.

Un altísimo nivel con el capote (aunque la mano de salida va muy alta), pero de menor calado en la muleta, con un aire de toreo antiguo muy perceptible por ese empeño de torear alternando pitones.

En todo caso, lo que nos importaba era entender eso de la quietud en movimiento.

Parar no es lo mismo que estar parado

Creo que el propio vocablo ("parar") define y sentencia esa forma de torear.

Una cosa es parar y otra, muy diferente, estar parado. Solo se puede parar lo que está o estaba en movimiento. Para pararse hay que estar antes en movimiento. 

En el toreo que analizamos, del que es paradigma el toreo de Juan Belmonte, el diestro, en continuo movimiento, ganando siempre el pitón contrario al cruzarse, "para" un instante en el embroque y compone la figura. Hoy, por contra, en el toreo al hilo, citando con los pies asentados en el albero, sin cargar la suerte, sin cruzarse, el torero mantiene la quietud, "está parado", desde que el toro arranca hasta que pasa.

No digo que sea mejor o peor, no juzgo, pero si digo que el parar de la trilogía belmontina es muy diferente al quedarse quieto, al torear "sin menear los pies" del que hablaban las viejas tauromaquias, y que es base y fundamento del toreo moderno, del toreo que hoy se hace en las plazas.

Son dos modos muy, pero que muy diferentes. Lo vemos... en cine.

martes, 16 de junio de 2020

Manolete con Platino

Por Jose Morente

Platino de Coaxamalucan en los corrales (Fotografía del facebook del nieto del ganadero)
La corrida del día 17 de febrero de 1946 en la plaza el Toreo de la capital mexicana, pasará a la historia como una de las tardes más grandes y emocionantes de nuestra fiesta.

Con reses de Coaxamalucan, los diestros Manuel Rodríguez Manolete (azul celeste y oro), Pepe Luis Vázquez (azul plomo y oro) y Luis Procuna (blanco y plata) pusieron la plaza al rojo vivo. Para la crítica "fue la corrida más brillante, más grandiosa, más extraordinaria de que se tenga memoria. La corrida ideal, la corrida perfecta".

En esa tarde de grandes faenas, la faena de Manolete a Platino brilló con luz propia.



El toreo cruzado o al hilo según Manolete

Frente al dogmatismo de otros toreros, Manolete hablaba siempre del toreo con máximo respeto a los demás punto de vista. Manolete hablaba de "su" concepto del toreo pero sin pretender imponerlo a nadie.

Es lo que hizo en una entrevista concedida al Tío Carlos para El Universal Gráfico el día que abandonaba México, el 10 de marzo de 1947.

Sobre el toreo cruzado o al hilo, decía:
-Creo que la cuestión ha sido mal planteada y que no hay en ello las enormes diferencias que se dicen que existen entre un modo u otro de torear. Generalmente se dice que "cruzarse" representa más riesgo que "enhilarse" con el toro. Y yo no creo eso...
 - El único momento difícil del pase cruzándose es el primer tiempo, cuando se engancha al toro. El segundo tiempo es mucho más desahogado que en cualquier otro estilo de cite, por la sencilla razón de que el toro se va para afuera siguiendo su natural embestida en línea recta. El tercer tiempo ni siquiera llega a darse en la mayor parte de las ocasiones, casi siempre el natural, dado así, se queda en medio natural.
-La mejor prueba de ello es que, en ese modo de torear cruzándose, es muy difícil que se pueda ligar. El torero se enmienda entre muletazo y muletazo y es obligado a repetir una y otra vez el cite.
- Y si además, se mueve ligeramente la pierna contraria hacia atrás en el momento de enganchar al toro, se tendrá muy clara la idea de como no hay en el toreo "cruzado" hecho en esa forma, el riesgo que se piensa.
- En el toreo enhilado con el pitón del toro, se logra más pureza en la ejecución del pase, y sobre todo se puede rematar perfectamente el pase, con toda limpieza y mando; y además se puede seguir toreando en el mismo sitio, haciendo el toreo redondo. El último tiempo de las suertes resulta así irreprochable.
Ese último tiempo de las suertes,  el del remate, "el tercer tiempo" que Manolete había traído a las plazas con una longitud y precisión impensables hasta entonces, constituye un hallazgo técnico de enorme calibre.


De la teoría a la práctica: La faena a Platino

En la misma entrevista confesaba al periodista que las mejores faenas que había hecho en México fueron las del toro "Montecillo", sobrero de San Mateo, en la corrida inaugural de la plaza México; la de "Platino" el día de los toros de Coaxamalucan y la de "Manzanito" de Pastejé. 

Sobre la ligazón, en la faena de muleta a Platino (castaño aldinegro, con bragas, ojalado, astifino, de hermosa estampa), decía:
-Con "Platino" toreé con la derecha a mi sabor. Recuerdo tres derechazos en que el toro no salió de la muleta: fueron como uno solo.
Muletazo con la derecha de Manolete a Platino.
Al final de la lidia de ese toro, cuarto de la tarde, el público bramaba enloquecido. Se le concedieron al torero la oreja y el rabo y al toro se le dio la vuelta al ruedo. Manolete tras dos lentas y pausadas vueltas devolviendo prendas y regalos, sacó al ganadero, don Felipe González,  a saludar y luego fue a por Pepe Luis y Procuna, para dar, todos juntos, otra triunfal vuelta al ruedo. 

Manolete con Pepe Luis, Procuna y el ganadero don Felipe González, en triunfal vuelta al ruedo tras la lidia de Platino.
Al terminar, el público seguía de pie aplaudiendo al Monstruo que tuvo que dar otra nueva vuelta al ruedo recogiendo al final una de las ovaciones más grandes que se han dado en México.

Veamos esa faena de Manolete Platino la tarde de los toros de Coaxamalucan, para disfrutar con su toreo y con el entusiasmo del público (¡ese empleado del callejón!) y, sobre todo, para comprobar como Manolete llevaba a la práctica, con absoluta fidelidad y pureza, su estricto concepto del toreo.

domingo, 14 de junio de 2020

La manoletina la inventó Domingo Ortega

Por José Morente

Manoletina de Domingo Ortega, su inventor (captura de vídeo)

Mucho se ha escrito y hablado sobre las manoletinas, ninguneadas y criticadas hasta la saciedad por los aficionados más exigentes. Lo curioso es que ese muletazo atribuido a Manolete no fue invención suya sino ¡asómbrense!... de Domingo Ortega.

El propio Manolete lo explicaba en una entrevista reproducida en el libro de Juan Castillo Casas:
"La manoletina no es un muletazo que yo haya inventado. Yo se lo ví a Ortega. Ortega la ejecutaba dando un paso o dos. Yo lo que hice fue quedarme en un solo lugar y no moverme, como no fuera girando en el mismo sitio: Yo no he creado ningún muletazo...
Frente a tanta afirmación gratuita como es habitual en este mundillo taurino donde las palabras (dogmas, tópicos, clichés) solo sirven para esconder la verdad, lo mejor es oponer la irrefutable verdad de las imágenes. Ellas hablan por si solas.

En la película vemos a Ortega por manoletinas. ese adorno que Manolete hizo emblema de su toreo vertical y mayestático.


Cuando las palabras mienten

Que la palabra se puede utiliza para decir la verdad o para esconderla es una evidencia. Como prueba de lo segundo traemos esta entradilla de una crónica de Joaquín Vidal a una corrida de la feria de Valencia de 1998.

La crónica se titulaba "El año de la manoletina" y venía a cuento porque fue cuando, después de muchos años de ostracismo, a José Tomás se le ocurrió desempolvar las olvidadas manoletinas de Manolete, en claro homenaje al inolvidable diestro cordobés y dándole, a ese lance menor, la misma dignidad, al menos, que aquel le daba.
"El año de la manoletina (Valencia, 25 de julio de 1998. Crónica de Joaquín Vidal)
Las manoletinas están de moda: las da todo el mundo. 
Es una moda retro, en realidad, porque las sacó a relucir Manolete, su recuerdo las mantuvo vigentes durante la década de los cincuenta, y luego el propio público se encargó de mandarlas a paseo, por obsoletas y por embusteras. 
No se trata de un embuste total, obviamente. En toreo todo tiene riesgo, y el propio Manolete sufrió un volteretón con fractura de clavícula precisamente cuando ejecutaba la manoletina. 
Ocurre, sin embargo, que la manoletina es invento bufo. Salían allá por los años treinta y cuarenta los charlores, aquellos simpáticos cómicos de Llapisera y El Empastre, o los del Bombero Torero, o los de Charlot, para remedar el toreo, y en plena faena -que a veces era buenísima- se sacaban de la manga, quiere decirse por la espalda, ese chusco pase recreado luego por los mexicanos e incorporado por Manolete a su corto repertorio, y al verlo, el público se partía de risa.

Una espectacular manoletina de José Tomás en una corrida de las Fallas valencianas.

El público se partiría de risa, pero pocas ganas de reír provoca este texto que destila, en cada línea y en cada palabra, una mala baba que sorprende. Vidal ha sido uno de los periodistas taurinos que más veneno ha vertido contra las figuras en general y contra Manolete en particular y uno de los que, con más vehemencia, ha defendido a ultranza las tesis toreras (aunque mal aprendidas y peor digeridas) de Domingo Ortega. Allá cada uno con sus convicciones y sus neuras, pero lo que no es de recibo es que, por mor de esas convicciones y esas neuras, se falsee o manipule la realidad.

Y la realidad es que, en esa hipotética cadena que va de Llapisera a Manolete, hay que citar (inevitablemente, si no se quiere mentir) a Domingo Ortega, al que Vidal ni nombra, pues fue Ortega, y no los mexicanos ni Manolete, quien trajo ese lance supuestamente bufo a las plazas. 

Conviene que se sepa... que se sepa la verdad.

viernes, 12 de junio de 2020

Yo toreo como los propios Ángeles

Rafael Bienvenida 


Una interviu con Rafael Mejias

En Méjico le han interviuvado a Rafael Mejías, el nuevo crío de Bienvenida. He aquí el diálogo:

- ¿Usted es torero'?
- Zí, zeñó.
- ¿Y cuándo debutó usted'?
- Pues verá usté. Yo vengo a debutar en Méjico, porque a esta tierra le tengo mucho cariño desde que mis hermanitos me dijeron en Sevilla que aquí se vivía como en la gloria y que se ganaba el dinero a puñaos.
Es decir, en Méjico voy a vestir por primera vez el traje de luces. Porque en España, en Morón, mate un becerro en un festival, pero «vestío» de corto.
- ¿Y como es que vino usted a Méjico?
- Porque me contrataron.
- ¿Cómo?, ¿Quién le ha contratado a usted?
- Mis hermanitos. Un dia, estando en Sevilla, después de la becerrada de Morón, me dijeron: ¿Te gustaría ir a Méjico? yo le respondí: Asegún.
- ¿Y qué quería decir eso?
- Pues que a América los toreros no vienen sueltos. Vienen sueltos los que no valen Los toreros «güenos» siempre vienen «contrataos». Yo les dije mis hermanitos: «Si me contratáis...»
Pues que me ofrecieron dos mil pesetas por «corría». Yo entonces le dije mamá: «Manolo y Pepe me contratan para América, dándome dos mil pesetas por «corría». Y mi mamá, claro está, me dijo que no aceptara, porque ella no quería «endejarme» venir. Entonces, con ganas de darle gusto a mamá, le dije a Manolo: «Si me dáis tres mil pesetas embarco con vosotros...». Yo quería darle gusto a mamá, creí qué Manolo no iba pasar por mi exigencia.
- ¿Y pasó?
- Zí, zeñó. Entonces, ya no tuve más remedio. Fuí «con» mamá, y le dije: «Embarco para América porque les he «pedío» tres mil pesetas por «corría», y me las han «dao». Y no es de gentes serias volverse atrás de lo que se dice. Mamá se opuso que firmara el contrato, porque mamá quiere que yo sea ingeniero; pero como la cosa estaba hecha, pues mi papa me apoyó, y... aquí me tiene usté.
- ¡Caramba!
- !Ah! las tres mil pesetas son sólo para mi, «depositás» en el Banco. sin obligación de dar nada en casa porque, como soy el más chico, no tengo «entoavía» obligación.
- ¿Cuántos años tiene usted?
- Once.
- ¿Y a esa edad se puede torear y matar?
- Ya lo verá «usté». Como tenga un «poquiyo» de suerte, pa mí que baño a Pepito. Porque dicen las personas mayores que me vieron en Morón que yo toreo como los propios ángeles...»

Entrevista publicada en El Clarín (Valencia, 2.02.1929)

"Como tenga un poquiyo de suerte, pa mí que baño a Pepito" (Pepe y Rafael Bienvenida en Ceuta)

Nota de LRI: La torería no tiene nada que ver con la capacidad torera. Un torero puede torear muy bien, inmejorablemente bien y carecer o no destacar por su torería. Otro con menor enjundia puede derrochar y derramar torería en las plazas. Torería tenía el Papa Negro y torería tuvieron todos sus hijos, los hijos del Papa Negro, ya toreasen muy bien o menos bien. 
La casa de los Bienvenidas ha sido en realidad algo más que una casa torera de alcurnía. La casa de los Bienvenida ha sido una fábrica, no de toreros que también, sino sobre todo, una fábrica de torería, pero de torería de la buena, de la de verdad, de la fetén. 
Loor y gloria eterna a todos sus miembros, especialmente a ese malogrado Rafaelito Bienvenida que, confesión de parte, toreaba como los ángeles.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Divagaciones sobre la quietud en el toreo (II)

Por Jose Morente

El toreo de Domingo Ortega era un toreo en ochos y en continuo movimiento, lo que aquí se ve perfectamente. El toreo de Ortega estaba en la misma línea que el toreo más parado y pausado, que no quieto, de Juan Belmonte. No en balde ambos se hicieron toreros en la "escuela" de las capeas y los cerrados, con reses viejas y corraleadas. En todo caso, la fotografía (que capta solo un instante) puede, a veces, llegar a ser muy engañosa...
Divagando sobre la quietud en el toreo (ver entrada anterior pinchando aquí), llegábamos a la conclusión que el parar de la trilogía belmontista era -valga la paradoja- una "quietud en movimiento".

Una afirmación iconoclasta, atrevida y desconcertante, que, estoy seguro, será discutida por muchos aficionados pues va contra de lo que siempre nos habían dicho: que Belmonte fue el primer torero en quedarse de verdad quieto.

Lo curioso es que ya hace muchos años, en 1963, ese ínclito belmontista que fue don Luis Bollaín -el belmontista más belmontista de todos los belmontistas que en el mundo han sido, el number one del belmontismo- decía lo mismo que ahora decimos nosotros: Que la quietud del toreo de Belmonte era una quietud en movimiento. (¡A ver si va a resultar que, al final, vamos a tener razón...!). Bollaín añadía que "¡Esa [quietud en movimientos] es la que sirve en Tauromaquia!"...

La prueba irrefutable. El texto de don Luis Bollaín. La quietud belmontista es una quietud en movimiento. No lo digo yo. lo testifica un notario (La tauromaquia de Juan Belmonte, Madrid, 1963, página 98)
Lo de la "quietud en movimiento" que defiende Bollaín, valdrá para la tauromaquia belmontista, pero a mí eso del movimiento me parece la antítesis de la quietud.

Para que nadie diga que hacemos trampa, conviene aclarar que el movimiento al que se refería Bollaín en su libro es el movimiento de los brazos. Sin embargo, algo no le debía cuadrar al notario belmontista en su defensa de la quietud del toreo de su ídolo, cuando en su texto relaciona quietud con movimiento. Su subconsciente le delata.

En todo caso, yo discrepo del ilustre aficionado y afirmo lo contrario. Sostengo que la cacareada quietud belmontista es una quietud ¡en movimiento!, en efecto, pero en movimiento de piernas y no solo de brazos.

¿Que, sino movimiento, puede ser ese tan alabado echar la pata 'alante?

El toreo espatarrado resulta basto y antiestético cuando el movimiento de la pierna de salida, al cargar la suerte, se exagera tanto como hace aquí Domingo Ortega.

Cargar la suerte se podrá valorar, no como ventaja de quien desplaza al toro, sino como la meritoria acción de cruzarse en su camino, pero ya sea ventaja o mérito (eso ahora no importa) el caso es que nadie puede negar que para cargar la suerte hay que moverse.

Un movimiento que podrá ser muy exagerado, como es el caso de Domingo Ortega, o más comedido y ajustado, como era el caso de Juan Belmonte, pero movimiento a fin de cuentas.


Para cargar la suerte, para cruzarse al pitón contrario hay que moverse, mucho o poco, pero hay que moverse (Belmonte en un pase de pecho. Fotografía publicada en El Ruedo)
Lo cierto es que todos los toreros que han toreado en ochos (con la excepción singular del genial Paco Ojeda merecedor de una tesis doctoral) han toreado sobre las piernas. Vamos a comprobarlo.


De la fotografía... al cine

Acostumbrados a ver el toreo del primer tercio del siglo XX (y casi todo el toreo de ese siglo) a través de la fotografía, más de uno estará tentando de decir que, al afirmar lo que acabamos de afirme, hemos perdido la cabeza o que nos mueven confusas e inconfesables razones, pues lo que en esas fotos se ve, parece contradecir lo que nosotros decimos.

Empecemos con estas cuatro y excepcionales fotos del genial Juan Belmonte:





La serie es magnífica. Además. analizando las cuatro fotografía, podríamos llegar a la conclusión de que Belmonte no solo está quieto sino que está... quietísimo.

Pero, además, su postura y su apostura resultan impresionantes. Creo que que nadie puede dudar, viendo estas imágenes, que Belmonte ha sido uno de los grandes toreros de la historia, cumbre de una forma de torear que subyuga y arrebata.

La expresión de Juan toreando (gesto tenso, mandíbula hundida en el pecho, dientes apretados) creo que podría ser muy similar a la de todo aquel (llámese Cortés, Pizarro o Magallanes) que, en situación límite, en vez de rehuir el peligro, decide tirar para adelante.

Ya solo esa pierna de Juan, adelantada en pleno embroque, tan dentro siempre del camino del toro, impresiona y apabulla.

O sea que, a la pregunta: ¿Belmonte, quieto?, tendremos que responder: ¡Quieto, no! ¡Quietìsimo!

Sin embargo, si dejamos de lado la fotografía y nos vamos al cine, la cosa cambia...

Pero eso, lo veremos en la próxima entrega.


lunes, 18 de mayo de 2020

Divagaciones sobre la quietud en el toreo (I)

Por José Morente

Último tercio del siglo XIX. Frascuelo esquiva la acometida del toro. Si no te quitas, te quita el toro". El toreo antiguo era un toreo en continuo movimiento:  (O eso dicen)
Dicen quienes saben de esto

Dicen quienes saben de esto, que el toreo antiguo era un toreo en continuo movimiento, mientras que el toreo moderno, el de nuestros días, se caracteriza por la absoluta quietud del diestro ante el toro.

Dicen quienes saben de esto, que esa quietud, antes desconocida, la trajo al toreo un diestro llamado Juan Belmonte, quien convirtió la quietud en un pilar fundamental ("parar") de su famosa trilogía.

Dicen quienes saben de esto, que Manolete llevo a su punto álgido eso de la quietud, consumando así la senda que había iniciado el trianero.

Eso dicen...

Belmonte en su última época. El torero ha citado de frente y acompaña la embestida del toro en el embroque con el quiebro de la cintura sin menear los pies como prueban esos dos talones asentados en la arena. Un buen ejemplo de quietud de la buena (Por cierto: ¿no nos habían dicho que lo ortodoxo -y lo que Juan hacía siempre, siempre- era "cargar la suerte"? ¿En que quedamos?)
Cuando empecé como aficionado.

Cuando empecé como aficionados, los dos dogmas más repetidos (esos que algunos llaman "cánones") eran:
  • "Parar, templar y mandar", la trilogía belmontina. Entendiendo "parar" como esperar quieto la arrancada del toro.
  • "Cargar la suerte". Entendiendo "cargar" por adelantar la pierna de salida tras la arrancada del toro.
De entrada, algo ya no cuadra, pues -así definidos- "parar" y "cargar" son términos antitéticos. O se para o se carga la suerte. O el torero está quieto antes que el toro inicie su arrancada o se mueve adelantando la pierna de salida tras esa arrancada. Las dos cosas a la vez, no es posible.

Puntualicemos que, para los puristas -está escrito-, la suerte se carga cuando el movimiento de la pierna tiene lugar tras la arrancada del toro.

Según opinión mayoritaria, solo se carga la suerte cuando el avance del pie de salida se produce tras la arrancada del toro (Valga por todas, esta cita de Joaquín Vidal. del libro "El toreo es grandeza", Ediciones Turner, Madrid, 1987, página 38)
El caso es que a mí, igual que a casi todos los aficionados, esas contradicciones me traían al pairo. Los cánones son los cánones y uno no va dejar de "creer" en ellos, por más absurdos e imposibles que sean, máxime cuando son muchos los que los defienden a pies juntillas, con ardor digno de mejor causa y como si en ello les fuera la vida. Al fin y al cabo, somos españoles y eso, queramos o no, imprime carácter.

Lo peor vino después.

Así que yo seguía en mis treces, en mis trece años, atento más a mis convicciones que a buenas razones, cuando un día cayó en mis manos un libro más que interesante: "Los toros desde la barrera" (Ediciones RIALP S.A., Madrid, 1966) de un francés, Claude Popelin, al que, como buen francés, se le entendía todo lo que escribía.


La cosa tenía su miga, mucha miga. Un libro escrito por un francés para iniciar en el toreo a los franceses, se sumergía en sus primeras páginas (página 17 del Capítulo II "Qué es torear") en el proceloso y complejo mundo de la técnica más depurada. 

Lo que no se encontraba en los libros escritos por españoles estaba ahí en ese libro. Una explicación razonada de la técnica del pase natural, pero, y esto es lo importante, de la técnica verdadera, no de la teórica. Y es que Popelin, además de francés y aficionado, toreaba, así que no se limitaba a repetir lo mismo que siempre habían dicho y repetido todos los que habían escrito de toros, pero nunca se habían puesto delante de un toro, sino que explicaba el toreo desde su propia experiencia

Claude Popelin toreando... de verdad

Ganar el pitón contrario. 

Y entre las muchas cosas que decía, una de las que más me llamó la atención fue como Popelin explicaba, con esa sencillez propia de su pueblo, la importancia de cruzarse o ganar el pitón contrario del toro. 

La clave, decía, estaba en la forma de embestir del toro:
"Los animales al embestir, aumentan progresivamente su velocidad, lo mismo que un Renault 4-4 pasa de la primera a la segunda, y después a la tercera. Pero, una vez embalados, su peso les impide rectificar la dirección y, por tanto, no consiguen alcanzar al enemigo que se aparta de ellos en diagonal. Desde jóvenes, pues, adquieren la costumbre de observar el punto hacia el cual se desplaza su adversario, con objeto de embestirle cortándole el camino, tal como hace un cazador cuando apunta a la cabeza del venado"
Para que quedase claro como se aplicaba eso al toreo, incluía un sencillo esquema. Este:


Si, en el pase natural, el torero avanza hacia el punto A, le indica al toro la salida y será cogido irremisiblemente. Retroceder supone echarse al toro encima. Que es, en el fondo, lo mismo que aconsejaba Domingo Ortega cuando decía que el único que puede ir para atrás es el que abre la puerta del toril.

Por el contrario, si el torero avanza hacia el pitón contrario, hacia el punto B, hace creer al toro que esa es la dirección que va a seguir y lo orienta hacia un punto al que no llegará, puesto que se parará antes. Y añadía Popelin: 
"Esta técnica básica, el famoso ir al pitón contrario, no debe iniciarse demasiado pronto, ya que si se hace así, da una ventaja demasiado grande al hombre, y al mismo tiempo perjudica la precisión del pase".
Para mí fue una especie de revelación, pues ya me encajaba aquello de parar y cruzarse. El torero se cruza al pitón contrario, pero se para antes de llegar a ese pitón, desplazando el toro hacia un punto que no alcanzará nunca. 

Eso es lo que se ve en las viejas películas de Juan Belmonte y Domingo Ortega y de todos los que en aquellos tiempos toreaban en ochos. Un continuo movimiento de avance y retroceso. Curioso concepto de la quietud en quienes no paran de moverse.

El toreo de Domingo Ortega se basaba en un continuo movimiento de avance y retroceso, metiendo la pierna al toro. Es el mecanismo del regate que tan bien describen las tauromaquias clásicas. La misma técnica que utilizaba Juan Belmonte y que suelen utilizar los toreros que han aprendido a torear en los cerrados, en las capeas, en las marismas... ante reses resabiadas o corraleadas. Un toreo de tinte claramente defensivo y en movimiento.
Pero lo sorprendente es que, leído y pienso que comprendido todo esto, un servidor todavía seguía pensando que cargar la suerte era lo máximo en el toreo. Hasta tal punto estábamos influenciados por tópicos y dogmas y, sobre todo por esas lecturas taurinas de tan doctos y sesudos escritores que nos hablaban de las vías del tren y del mérito de meterse en el camino del toro, en curiosa y rara unanimidad.

No sería hasta muchos años después, cuando empezamos a comprender que cruzarse, ganar el pitón contrario, cargar la suerte no es más que un recurso. Recurso válido para determinado modo de torear o necesario en determinados momentos y para determinados toros, pero recurso a la postre. Entonces todavía faltaba mucho para que pudiera llegar a comprender lo grande, lo grandioso que había sido  el toreo de Manolete, descalificado y crucificado por los santones de la crítica... ¡por no cruzarse!

Pero esa es otra historia. La historia de la verdadera quietud.

Manolete torea al hilo, sin acudir al recurso de cruzarse.