miércoles, 27 de abril de 2016

Cuaderno de notas (LXXXI) ¡Qué el toro era de manteca!

Uno de los cuatro naturales que dio Belmonte a Escondido, el cuarto y noblote murube de la corrida de la Beneficencia del año 15. Una faena histórica del Pasmo de Triana que relata con su habitual contundencia Don Modesto en el Liberal de Madrid .
"A Belmonte lo estaba haciendo falta en Madrid una faena como ésta. Desde aquellas cinco famosas verónicas sin enmendarse en su época de novillero y desde 1a faena del 2 de Mayo, que recuerdo al comenzar esta revista, no había tenido ea Madrid una tardo completa. Los que lo proclamamos «fenómeno», porque lo que hacía de novillero no se lo habíamos visto hacer á nadie, comenzábamos á sufrir las consecuencias, pues el público creía que esos estupendos lances belmontistas solo se podían dar á toretes de manteca ó mermelada, y no merecía ciertamente levantar hasta la luna á un diestro que solo podía lucirse con bichos inofensivos.

—i Esperad!... i Esperad! Decía yo a los me increpaban—. Belmonte armará una revolución en la Plaza el día menos pensado.

Y ayer la armó. Y la armará el jueves ú otro día cualquiera

Esto no quiere decir que Belmonte estará siempre como estuvo ayer. Es más; yo creo que tan completo como ayer es muy posible que ya no lo esté en toda la temporada; pero sin llegar á tanto, han de ser muchas, muchas las tardes que con sus maravillosas medias verónicas y con sus estupendos pases de muleta nos ponga en pie, congestionados por entusiasmo y la admiración,

¿Qué el toro de ayer era de manteca?

¡Naturalmente!  Como que ni Belmonte ni nadie realizará nunca una faena tan fina, tan apretada y tan lucida con bueyes resabiados que tengan poder y alarguen y achuchen por ambos lados.

Don Modesto "Desde la barrera-Ocho de Murube" (Crónica publicada en el Liberal de Madrid el 26 de abril de 1915)

martes, 26 de abril de 2016

Postales taurinas (XIX) Pero también es apasionada entrega

Por Jose Morente

¡Mátame, toro! ¡Mátame!

Decíamos ayer, literalmente ayer, que torear es acariciar suavemente al toro. Bueno, en realidad lo decía Rafael el Gallo hace mucho tiempo. Nosotros, nos limitábamos ayer a glosarlo

En cualquier caso, si bien es cierto que el toreo puede ser una caricia suave, no es menos cierto que torear son otras muchas cosas. Como entregarse más allá de lo razonable, como luchar sin cuartel contra el toro o contra el público, a veces más peligroso que el toro.

En la imagen, espeluznante imagen, vemos a un bisoño Juan Belmonte, novillero aún, en Sevilla, Un Belmonte al que le acaban de echar un toro al corral tras los tres avisos. 

Juan, que ha quemado uno de los pocos cartuchos que en ese momento tenía y que ve como se le presenta un negro futuro a él y a los suyos, ha perdido la razón. Ha enloquecido momentáneamente y se ha puesto delante del toro pidiéndole que le mate. Pidiendo que le mate ese mismo toro al que el ha sido incapaz de matar.

Detrás, José María Calderón, su valedor, mentor y propagandista (cuya fe en el "Dermonte" era inagotable) intenta rescatarle. Pocos años antes, Calderón ha visto morir en México a su otro torero, el mítico trianero Antonio Montes. Y no quiere que a Juan le pase lo mismo.

Por suerte, no le pasará. Por suerte para Calderón, por suerte para el propio torero y, sobre todo, por suerte para la fiesta. Belmonte saldrá ileso de su bendita locura, de su entrega (de su apasionada entrega que diría Pepe Alameda), de su lucha. Y, gracias a él (y gracias también a Joselito, su competidor y sin embargo amigo), el toreo tomará en poco tiempo, nuevos rumbos.

Pero esa es otra historia.

lunes, 25 de abril de 2016

Postales taurinas (XVIII) Manzanares. Soñar el toreo

Muletazo soñado de Jose Mari Manzanares en la plaza de Ronda (Fotografía de 6 Toros 6)

Esencialmente y de forma simplificada (muy simplificada) podríamos decir que existen (coexisten) dos modos diferentes de torear. Dos tipos o escuelas de toreo que forman dos mundos diferentes. Cada uno con sus propias leyes, con sus propias reglas, con su propio lenguaje.

En el primero de ellos, el torero invade continuamente el terreno del toro pues se cruza de continuo. Es el toreo de Juan Belmonte o de Domingo Ortega. Un toreo salvaje y asilvestrado que alcanza su máxima expresión cuando se torea alternando los pitones (los expertos dirían que cuando se torea en ochos) y donde meter la pierna al toro se convierte en elemento clave y fundamental. Es un toreo basado en la lucha, en el enfrentamiento o en la confrontación entre el hombre y la bestia. 

Pero existe otro modo diferente, el de Joselito el Gallo, el de Chicuelo, el de Manolete, donde el torero no invade el terreno del toro sino que ocupa el suyo, el centro del círculo (toreo en redondo lo llaman los tratadistas), y desde allí y con los brazos y sin menear los pies, manda en la embestida del astado, al que hace deslizarse a su alrededor sin esfuerzo aparente, como si se tratara de un sueño. Porque, en ese concepto, torear no es pelear sino acariciar suavemente.

Es el toreo que enseña el maestro Manzanares en ese muletazo en la plaza de Ronda que abre este post.

El toreo soñado.

domingo, 24 de abril de 2016

La verónica más clásica y más pura

La verónica clásica tal y como la definía la Tauromaquia de Pepe-Hillo y según se interpretaba a principios de la Edad de Oro. El torero, que ha citado de frente, y ha esperado al toro sin menear los pies,  gira en el embroque, perfilándose y sacando los brazos para rematar la suerte. La posición de las piernas y edesemparejamiento de los brazos son licencia del dibujante pues, hasta Guerrita se citaba de frente y hasta Antonio Fuentes, ambos brazos se movían a la par 
(Dibujo incluido en una edición de la Tauromaquia de Pepe-Hillo. BDCyL).
Ya hemos dicho muchas veces en este blog que el toreo evoluciona con los tiempos y va cambiando al ritmo de las modas. Por eso cuando se habla de clasicismo y pureza hay que tener mucho cuidado pues lo que una generación determinada considera clásico y puro, puede no serlo tanto. Y es que, en ocasiones, nos falta perspectiva histórica, conocimiento de la historia.

Esto es lo que ocurre con el tema del compás. Hoy, muchos aficionados consideran más puro y más clásico el toreo con el compás abierto y echando la pata 'alante.

Sin embargo, esa apreciación es errónea pues lo que preconizaban las tauromaquias clásicas era justo lo contrario. O sea, el toreo con el compás relativamente cerrado y sin menear los pies.

Veamos un ejemplo. En la edición de la Tauromaquia de Pepe-Hillo, publicada en Madrid en la Librería e Imprenta de Eduardo Martínez (Sucesor de Escribano) en la biblioteca de Palmas y Pitos (y, por tanto, entre 1913-15 y no en 1875 como erróneamente se asigna en la Biblioteca Digital de Castilla y león) y que recoge con mucha fidelidad lo dicho por Hillo, se dice al hablar de la suerte a la verónica lo siguiente:
El [toro] franco, boyante, sencillo o claro, que todo es uno, se debe dejar venir por su terreno, y cuando llegue a jurisdicción, cargarle la suerte y sacarla; y hasta este acto, parará el diestro los pies para lograr echarle cuantas suertes quiera, procurando siempre que quede la res derecha y no atravesada. 
En el "Alfabeto de voces y expresiones de la Tauromaquia" que se recoge al final del citado texto se define "cargar la suerte" de la siguiente forma:
Cargar la suerte.—Es aquella acción que hace el diestro con la capa cuando sin menear los pies tuerce el cuerpo de perfil hacia fuera, y alarga los brazos cuanto puede. 
Que es lo que se ve en el grabado que se incluye en dicha edición y que hemos insertado al inicio de esta entrada.

Esta forma de ejecutar la verónica es la más clásica y la más pura. Luego, época de Guerrita, empezó a ponerse de moda el toreo espatarrado que hizo furor en las primeras décadas del siglo XX y que se mantuvo hasta que llegó Manolete.

Manolete ejecutaba la verónica con toda su pureza y clasicismo aunque incorporó algunas innovaciones de diestros anteriores. Una, la de Guerrita de ponerse de perfil, lo que le permitía ligar mejor una verónica con otra y, otra, la de Juan Belmonte de bajar los brazos, lo que le daba a la verónica mayor hondura y profundidad.

Pero el clásico (si consideramos clásico al que más se acerca al toreo parado definido en las Tauromaquias clásicas) es Manolete. No Guerrita, ni Juan Belmonte.

Y eso es así, aunque a nosotros (hijos de nuestra época al fin y al cabo) nos siga encandilando más el toreo espatarrado de "fin de siecle" (del fin del siglo XIX, claro está) que el toreo de compás ligeramente cerrado de Pepe-Hillo y Manolete. 

¡Modernos que somos!

Aunque Manolete en la verónica solía abrir ligeramente el compás más de lo que se ve en la imagen, su concepto se aproximaba más a este: De perfil, con los pies quietos y el compás cerrado y girando el torso a compás de la embestida del toro. Una verónica muy similar -salvo las manos bajas- a la del dibujo que figura en la edición de la Tauromaquia de Hillo que hemos comentado ¡Puro clasicismo!

sábado, 23 de abril de 2016

Cuaderno de notas (LXXX) Con viento es imposible torear

Con viento es imposible torear (Fotografía de Juan Pelegrín-Las Ventas)

"Lo segundo que hago es preguntar á Bojilla: ¿hace aire?... y de su contestación depende el que yo inmediatamente me ponga á hacer gimnasia, ó me tumbe aburrido en la cama. Nadie puede figurarse lo que para nosotros representa el aire. Con viento, es imposible manejar artísticamente el capote y la muleta, y lo que es peor, está uno constantemente vendido, no hay quien se apodere de los toros, y llegan éstos á la muerte sabiendo álgebra superior, y con todo su poder.

La lucha, esos días, pierde todo su encanto; ya no es posible habilidad ni inteligencia para dominar al enemigo; es una lucha cuerpo á cuerpo, casi de bruto á bruto.

Yo sé decir, que muchas de las cornadas que tengo, las recibí en días de viento, en los que al ejecutar una suerte, una racha de aire me descubrió y avisó al toro del cebo. Yo, prefiero torear con agua hasta las rodillas, con todos los inconvenientes, á torear con viento, y creo que todos los toreros lo mismo. 

En el Reglamento de toros sólo se atiende, para las supresiones, á la conveniencia del público. Bien está que se suspendan las corridas para que no se moje el público de los tendidos, pero... ¿no es lógico y humanitario suspenderlas cuando el viento hace imposible la lidia?..."

Ricardo Torres "Bombita" (1912) Intimidades taurinas. Madrid, Biblioteca Renacimiento

viernes, 22 de abril de 2016

Un presidente con fundamento

Por Jose Morente

Un Presidente con fundamentodon José Luque Teruel. A su derecha, el veterinario Alfonso Herruzo Herrera y a su izquierda, el asesor, Luis Arenas (Fotografía Arjona-Aplausos)
Hace tiempo que venimos quejándonos de la actitud de la mayoría de los presidentes de las Plazas de Toros de estos tiempos. E incluso, a algunos de ellos, lo hemos enviado, con respeto y cariño eso sí, a nuestra peculiar y particular Cárcel de Papel.

Es justo por eso que, de forma recíproca, destaquemos a quien ocupa el palco cuando se conduce con fundamento y sentido común. Lo que no suele abundar, máxime en esta época donde lo que abunda (y, por desgracia, lo que se enseña y aprende) es el rigorismo reglamentista más absurdo..

Vaya por delante que el Reglamento es necesario (aunque convendría unificarlos y, en algún caso, modificarlo). Pero una cosa es aplicar el Reglamento y otra subirse al Palco cargado de filias, fobias, resquemores, desconfianzas, dudas y malos humores. Algunas lógicas y, quizás justificables, pero, la mayoría de ellas, fruto evidente del desconocimiento. Del desconocimiento de la historia del toreo (¡Cuantos errores se propician por eso!); del desconocimiento de las condiciones de los toros (¡Cuantos errores provocan los hierros!); del desconocimiento de la técnica del toreo (¡Cuantos errores causan  los tópicos!) y del desconocimiento de los gustos del público (¡Cuantos errores surgen por confundir nuestros gustos con los de la mayoría!).

Por eso, cuando aparece un Presidente que aúna conocimiento y sentido común y, a eso, le añade la sensibilidad de un buen aficionado, no podemos por menos que aclamarlo y proclamarlo.

Don José Luque Teruel se ha estrenado este año en el Palco de la Real Maestranza con nota de sobresaliente. Y no sólo por el acierto en todas decisiones sino por la rapidez con las que las ha tomado.

Por ejemplo, la prontitud y las pocas dudas con la que concedió el indiscutible indulto a "Cobradiezmos"de Victorino o la seguridad y rapidez con la que concedió las dos orejas a Paco Ureña, unas orejas que los puristas de siempre reputaban en la propia Plaza de excesivo premio pero que el tole-tole posterior a la corrida ha convertido en indiscutibles.

La concesión de dos orejas a Ureña fue discutida en la plaza por más de un aficionado que luego no ha tenido más remedio que callarse (Fotografía de Arjona-Aplausos)
Y ojo que no se trata aquí sólo de fomentar la concesión de trofeos aunque no estaría de más para contrarrestar a tanto presidente cicatero y a tanto aficionado de esos que presumen -falsamente- que a ellos no les importan las orejas, sobre todo cuando son merecidas, sino de poner los puntos sobre las íes. Sobre todas las íes, pues la actuación presidencial no se reduce a conceder o no las orejas.

Un detalle que lo dice todo. Transcurría, con muchas dificultades, el tercio de banderillas del quinto miura (un cinqueño con mucho sentido, hasta el punto que fue el único de la última corrida de feria que parecía realmente un miura). Marco Galán había pasado ya en falso dos veces por el pitón izquierdo por lo que corrió tuerno y entró a banderillear su compañero, Fernando Sánchez quien clavó un par sensacional exponiendo mucho. Vuelve a coger los palos Marco y tiene que pasar en falso otra vez porque el miura vuelve a cortarle con mucho peligro. El presidente sacó inmediatamente el pañuelo blanco cambiando el tercio cuando el toro sólo tenía dos palos clavados en el lomo.

Fernando Sánchez en el burladero medita. Parear a un miura con sentido y que corta el viaje no es nada fácil (Fotografía Maurice Berho-Mundotoro)
Para muchos, esa decisión podría catalogarse de antirreglamentaria. Para mí, resulta una decisión acertada. Las pasadas en falso (¡ya iban tres!) agudizan el sentido del toro que cada vez se vuelve más ilidiable y acrecientan con ello el riesgo del torero (en este caso, Javier Castaño) que tiene luego que ponerse delante.

Que a los miuras no se les puede pasar en falso en banderillas, ya lo decía Dulzuras en su Catecismo Taurino en 1908. También decía que se les debería pasar de las varas al tercio final sin ponerles banderillas pues no las necesitan. El consejo sigue siendo válido en muchos de estos toros un siglo después
Bien están los reglamentos ya lo hemos dicho. Pero, por encima de ellos, está la lógica de una lidia adecuada y, sobre todo, la vida de un hombre en juego. Eso es más importante que cualquier reglamento y eso es lo que supo ver y valorar el nuevo presidente de la Plaza de Sevilla, don José Luque Teruel.

Del nuevo presidente hemos dicho que tenía fundamento. Conviene que lo expliquemos brevemente. José Luque Teruel es hijo del banderillero Andrés Luque Gago.y su padrino de bautismo fue Luis Miguel Dominguín. 

¡Como para no saber de toros!

Andrés Luque Gago
Reseña del Ruedo de 23 de enero de 1973 dando cuenta del bautizo del nuevo Presidente de la Plaza de Sevilla. En la fotografía, aparecen su padre, Andrés Luque Gago  y, detrás del sacerdote, Luis Miguel Dominguín (Recorte obtenida del magnífico blog de fabad "Aula Taurina de Granada") 

miércoles, 20 de abril de 2016

Los paradigmas de la bravura: Jaquetón-Bravío-Cobradiezmos

Por José Morente

Una imagen emblemática. El morro y el pitón derecho haciendo surcos en la arena. La forma de colocar la cara, de humillar, de embestir, de "Cobradiezmos" de Victorino Martín, se ha convertido en el paradigma de la bravura del siglo XXI (Fotografía Maurice Berho-Mundotoro)

Si yo fuera político declararía. la bravura del toro de lidia, Bien de Interés Cultural igual que se hizo en 1999 con los registros sonoros, con la voz, de la Niña de los Peines.

No lo soy y, por tanto, me tengo que contentar con documentarla que es lo que vamos a hacer en esta entrada. Vamos a repasar la evolución de la bravura del toro a lo largo de la historia. Para ello hemos elegido tres toros emblemáticos y paradigmáticos que representan y simbolizan el concepto que, en cada siglo, se ha tenido de la bravura, esa cualidad tan necesaria para la pervivencia de la Fiesta.

Vayamos al grano. Los tres toros que, en mi opinión, mejor simbolizan la bravura, son Jaquetón (siglo XIX), Bravío (siglo XX) y Cobradiezmos, que, para mí, encarna el ideal de la bravura deseable en este siglo XXI.


Jaquetón. La bravura fiera del siglo XIX

Jaquetón. La bravura del siglo XIX (Detalle de una lámina de la Lidia publicada el 23 de mayo de 1887)

El tópico define y describe al XIX como el siglo de los toros fieros y los toreros machos. Una época donde se derramaba mucha sangre en los ruedos. Sobre todo, sangre de los caballos de los picadores y sangre de los toreros y menos, mucho menos (hoy dirían que ni para un análisis) de los toros lidiados.

En el XIX, La Fiesta era un espectáculo sangriento. La sangre de caballos y toreros corría copiosamente. La del toro. mucho menos (Detalle de la Lámina de la Lidia dedicada al toro Jaquetón)
Era aquel un espectáculo dantesco y sanguinario donde la idea de belleza estaba ausente. Las carencias médicas con el consiguiente riesgo de infecciones podían convertir un leve puntazo, en camino a la invalidez cuando no a la muerte. Pero no nos confundamos pues entonces la vida, también fuera de los ruedos, valía muy poco.

En esas condiciones, no tiene nada de extraño que se considerase más bravo, al toro más fiero, al que más veces acometiese a los caballos, al que los corneara con más saña e ímpetu. Dicho lisa y llanamente, se consideraba más bravo el toro que más caballos matase. Así de simple y así de trágico.

En el siglo XIX, la suerte de varas era primordial. Ahí era donde entonces se veía la bravura del toro. Una bravura que, en realidad convendría llamar fiereza (Detalle de la Lámina de la Lidia dedicada al toro Jaquetón)
En ese contexto, el ideal de bravura de ese siglo, lo encarna Jaquetón de la ganadería de Agustín Solís, el cura Solís, vecino de Trujillo (Cáceres) lidiado en Madrid el 24 de abril de 1887 por Currito (el hijo de Cúchares) que alternaba con Frascuelo y Ángel Pastor.

Su memoria está encerrada (y enterrada) en el Tomo I del Cossío (1943: 367-368) a donde hemos acudido a rescatarla.

Fue tan bravo e hizo tal pelea en varas que el público enardecido se opuso a que lo banderillease Pastor y pidió de forma clamorosa el indulto. Indulto que fue concedido aunque hubo que apuntillarle en el ruedo al no poder seguir a los mansos por las convulsiones que le provocó una de las varas. En el desolladero se comprobó que tenía reventado un pulmón por el esfuerzo realizado. Así lo contaban en la Lidia:


Y un detalle de importancia que desliza el revistero Don Jerónimo (Peña y Goñi) en la Apreciación final, casi sin darle importancia: El toro "llegó manso a la muerte". Muy bravo en el caballo, Jaquetón llegó manseando al último tercio.

Jaquetón llegó manso a la muerte lo que no importó a los aficionados de entonces, entusiasmados con su pelea en varas
Pese a ello, se le considera el toro más bravo de todo el siglo XIX, pues entonces, a lo que se ve, sólo importaba y se valoraba el comportamiento del toro en la suerte de varas. Tanto que los aficionados más conspicuos se marchaban de la plaza cuando tocaban a banderillas en el último de la tarde.

Eran otros tiempos.


Bravío. La bravura equilibrada del siglo XX.



A principios del siglo XX, los gustos están cambiando. Guerrita ha sido el primer torero en demorar el quite dejando que el toro romanee a los caballos con el fin de que pierda poder. Se trata ya de que llegue a la muleta en mejores condiciones para el toreo.

Además, la escabechina de la suerte de varas empieza a molestar a algunos aficionados que cada vez valoran más las faenas de muleta. Y es que no en balde, los grandes diestros de este principio de siglo se llaman nada más y nada menos que Joselito el Gallo, Juan Belmonte y Rafael el Gallo,... Gente que de verdad sabe torear.

Al toro se le empieza a pedir que mantenga su bravura hasta el final. Ya no valen esos toros de Colmenar o de Veragua que hacían salidas explosiva, comiéndose la osa mayor, pero que, en banderillas, se aconchaban en tablas. Por el contrario, se empieza a valorar el toro que, saliendo frío, va a más. Serán otros encastes de bravura más sostenida, los que toman el relevo en el gusto de los aficionados.

Será, por tanto, un toro de Santa Coloma, casta Vistahermosa, el que marcará la pauta de la bravura ideal del nuevo siglo. El toro se llama Bravío y se lidiará en Madrid un 11 de mayo de 1919.

Un toro que resulta bravo, muy bravo en varas pero también noble, muy noble en la muleta. Pese a su nobleza, la de Bravío, es todavía una bravura molesta y desbordante para su matador que no acabará de entenderlo. Y eso que Saleri II, que cargará con ese sambenito toda su carrera, estuvo sensacional en su otro toro. Pero eso no importa. Cuando sale un toro de bandera, el público se pone de parte del toro.

Corrochano en ABC destacaba la bravura y la nobleza de Bravío y es que, para el toreo, es condición necesaria la franqueza.
Y otro detalle importante. Las hechuras. Ya no valen los toros destartalados sino los "bien hechos" pues su tipo es garantía de su embestida. Bravío es un toro precioso a más de fino y terciado. Hablando en plata, un toro chico, tanto que los veterinarios querrán rechazarlo en el reconocimiento previo La amenaza del ganadero de retirar la corrida completa si el toro no se aprueba, permite que salte al ruedo de Madrid pudiendo demostrar toda su bravura.

Casi 30 años después de la lidia de Bravío, el Ruedo recordaba a ese toro y a su criador, el Conde de Santa Coloma. Por cierto que algunos aficionados e incluso algunos toreros los consideraban toros fáciles sólo por el hecho de ser los preferidos de las figuras de entonces (Lo mismo que ocurre ahora)


Cobradiezmos. La bravura noble del siglo XXI

La brava embestida de Cobradiezmos, el toro de Victorino lidiado en Sevilla esta Feria de Abril (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)
Casi cien años después de la lidia de Bravío, las cosas han vuelto a cambiar. En la suerte de varas, la víctima ya no es el caballo, protegido por el peto implantado en la Dictadura de Primo de Rivera sino el propio toro masacrado a placer desde unos pecherones cruzados, de gran alzada y poder y muy entrenados.

En consecuencia, la suerte de varas ha perdido la grandeza e importancia que tuvo en otras épocas pues lo que realmente importa a los públicos modernos es el toreo a pie. El de capote y, sobre todo, la muleta. A los públicos de ahora, ver sangre cada vez les gusta menos sobe todo, si se trata de la sangre de los animales.

Por contra, al toro se le exige mucho en el último tercio que ha crecido en duración e importancia. Y es que el toreo que se practica hoy somete a los astados a una dura prueba pues frente a la media docena de pases por alto y aliviados que componían la faena estándar del XIX, hoy se le pide al toro que llegue a la muleta con fuerza, bravura y nobleza suficientes para embestir infinidad de veces con humillación, fijeza, recorrido, ritmo y clase. 

"Cobradiezmos", de Victorino Martín, lidiado con solvencia por Manuel Escribano, el pasado miércoles en Sevilla es el nuevo paradigma de la bravura en este nuevo siglo. Una bravura encarnada por esas embestidas entregadas y excepcionales de las que hizo derroche. Es posiblemente, el toro al que mejor y con más duración he visto embestir en toda mi vida de aficionado. Un toro, huelga decirlo, de preciosas hechuras en la línea de su encaste. Un toro bravísimo u nobilísimo.

 Las perfectas hechuras de Cobradiezmos (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)

La Maestranza, que así lo entendió, bramó de placer ante todas y cada una de sus incansables arrancadas en pos de la muleta de su hábil y eficaz lidiador.

 La Maestranza bramó en todas y cada una de las largas embestidas de Cobradiezmos (Fotografía de Maurice Berho-Mundotoro)
Un lidiador que, esa es otra característica de la bravura que hoy se pide, pudo triunfar con él. Y es que al contrario que el bravo del siglo XX, al que casi se le exigía  como condición necesaria para así catalogarlo, que estuviese por encima del torero, que le ganase la pelea, la nueva bravura de hoy, la bravura del siglo XXI, convierte al toro en el mejor colaborador posible del éxito del torero. Siempre, claro está, que el torero esté dispuesto a entregarse tanto como se le entrega el toro.

Y es que, el toreo ya no es lucha sin cuartel, ni una pelea a muerte entre dos aguerridos contrincantes, sino entrega máxima de ambos contendientes, del toro y del torero.

Una entrega cuya conjunción hace posible el milagro del toreo tal y como hoy lo entendemos.

"Cobradiezmos" ha señalado el camino por donde debe discurrir la auténtica bravura de este siglo.

Habrá que seguirlo

Cobradiezmos de vuelta en las Tiesas, la finca de Victorino Martín