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domingo, 20 de septiembre de 2015

Funesto mes de septiembre

Por Jose Morente



Cogida de Pepe-Hillo por el toro Barbudo el 11 de mayo de 1801. Cuadro de Eugenio Lucas Velazquez (Museo de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla)

En la historia del toreo existen dos meses especialmente peligrosos para la integridad de los diestros: mayo, cuando el toro estaba en todo su pujanza y septiembre, cuando el torero llegaba agotado y mermado a final de su temporada.

La crianza con piensos redobló el vigor y fuerza del toro que ahora se mantiene todo el año por lo que hoy día ese mes de mayo no da lugar a esas coplas y esos cantares de ciego que tanto emocionaban al personal, como aquella malagueña del Niño del Genil que, en 1924, decía:

Funesto mes de mayo
te recuerdan los toreros
murió Joselito el Gallo,
Varelito y Granero.

Y es que en sólo dos años (de mayo de 1920 a mayo del 22) murieron Joselito, Granero y Varelito. En mayo, de 1940, murió también Pascual Marquez. Y en mayo (¡funesto mes de mayo!) murieron Pepe Hillo en Madrid, Curro Guillén en Ronda y el Espartero, también en Madrid.

Y si mayo era funesto en el toreo antiguo, septiembre es el mes funesto en el toreo de nuestros días.

Muy a finales de agosto o sea, al rafe de septiembre, fallecieron Manolete en Linares y Yiyo en Colmenar Viejo y en septiembre en Pozoblanco mató un toro de Sayalero al diestro Francisco Rivera "Paquirri".

Hoy ya no mueren los toreros en la plaza gracias a los adelantos de la medicina y (toquemos madera) a la suerte pero siguen llegando las cogidas. Esas cogidas tremendas, brutales y espantosas que dan los toros de hoy (esos que algunos dicen que no tienen peligro). 

Toros, los de hoy, que cogen todo el año pero de manera especial y con más daño en este funesto mes de septiembre: los nombres de Rivera Ordoñez, López Simón y Miguel Ángel Perera, lo atestiguan.

La tremenda y dramática fiereza del fiero toro de nuestros días. Cogida de Miguel Ángel Perera por el toro Boticario de Gracigrande/Domingo Hernández en Salamanca, el pasado 15 de septiembre (EFE

Y, si septiembre es funesto para los toreros, este mes de septiembre de 2015 ha sido también funesto para nosotros. En los últimos días de agosto, también al rafe de septiembre, fallecía tras relativamente corta pero dura enfermedad, un entrañable amigo nuestro: Juan Antonio Polo. 

Aficionado catalán, de los de verdad, de los de toda la vida, dotado de un raro sentido común (¿el seny?) y una bonhomía desbordante pero nada transigente con la estupidez que tanto abunda en nuestros días.

Juan Antonio ponía el punto sobre las íes, se cruzaba al pitón contrario del argumento errático de los desorientados, cargaba la suerte sobre la mala baba de algunos y remataba, templando y detrás de la cadera, con sus abundantes y siempre atinadas razones.

Lo mejor de todo es que, pese su edad, su mirada sobre el toreo era tan predispuesta, sagaz y joven como la del más inteligente joven, Todo lo contrario que la mirada de esos gruñones del "cualquier tiempo pasado fue mejor".

Pero lo importante, lo realmente importante, es que nos dejará un hueco difícil de llenar por su concepto de la vida y por su forma de entender la amistad. Esa amistad que tuvo el detalle de regalarnos cuando nos conocimos lo que, lamentablemente, fue hace mucho menos tiempo de lo que a mí, personalmente, me hubiera gustado.

¡Funesto mes de mayo! ¡Funesto y maldito mes de septiembre!

Juan Antonio Polo en animada tertulia taurina, enseñando sin pontificar. Debajo de una fotografía famosa: La de Ignacio Sánchez-Mejías ante Joselito en Talavera.
 Juan Antonio. Doctor en Derecho. Abogado. Gran aficionado. Falleció en Barcelona, a la edad de 77 años, el día 30 de agosto del 2015. (E.P.D.)  
¡Funestos meses de mayo y septiembre!

martes, 23 de agosto de 2011

La suerte de matar (II) Un buen pinchazo en hueso es superior a una estocada mala.

 

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Raúl Velasco. Hoy lo que importa es la rapidez y espectacularidad con la que muere el toro (Foto espectacular también de Juan Pelegrín).

La sensibilidad del público actual

La sensibilidad que hoy día tenemos respecto a los animales, lógica y positiva, hace que, en la suerte de matar, se prime sólo la eficacia. Aceptamos que el toro deba morir en la plaza, pero queremos que el desenlace se produzca con rapidez y sin alargar el sufrimiento del animal.

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Importa que la estocada sea entera y efectiva y valoramos menos la ejecución. El Juli en una buena estocada, eficaz aunque no perfecta (el torero  lleva  muy baja la mano izquierda y pasa la cabeza del toro -que tapa con la muleta- con un salto)

Consecuentemente, queremos que la estocada sea eficaz. Que el toro muera lo más rápido posible. Cuando la agonía del toro se prolonga (por los pinchazos o descabellos repetidos) aparecen las muestras de desagrado del público.

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El Cid descabellando. Un torero que ha perdido muchos trofeos por su mal manejo de la espada (Foto Gargallo)

Es muy evidente que lo que el público quiere hoy es que, se mate como se mate, se mate rápido.

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Lo que el público quiere es que se mate rápido

 

La pureza en la ejecución de la suerte de matar.

Sin embargo, este criterio (matar rápidamente al toro, acortar su agonía) es contradictorio con la ejecución más pura de la suerte de matar. Mientras mejor se ejecuta la suerte más probabilidades hay de pinchar en hueso.

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La correcta ejecución de la suerte no garantiza no pinchar en hueso. En la foto El Conde ejecuta la suerte correctamente con el único defecto de no haber liado la muleta. Sin embargo, pincha en hueso.

En mi opinión, a la hora de valorar la estocada lo que debe primar es la ejecución de la misma sobre la eficacia. Dicho de otro modo no deben importar los pinchazos en hueso siempre que la suerte se ejecute correctamente.

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Saúl Jiménez Fortes ejecutando la suerte con pureza y con arreglo a los cánones, llegando con la mano al pelo y sin perder la cara al toro (Foto de Juan Pelegrín

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Un estoconazo de Castella. La estocada es buena, porque el estoque está en lo alto y el torero se la ha jugado con la mirada fija en el morrillo, aunque la ejecución no sea perfecta porque la mano izquierda va  muy alta y la muleta tapa la cara del toro (Foto de Juan Pelegrín) 

Muchas son las formas de matar a los toro que definen las viejas tauromaquias: al volapié, a un tiempo, recibiendo, aguantando, a toro arrancado, a pasa de banderillas, a la media vuelta, etc. Todas menos la de recibir son estocadas de recurso. Y, como decían esas viejas Tauromaquias, todo suerte tiene sus reglas que nunca faltan. Más aún en la suerte de matar que es la más rancia del toreo.

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Iván Fandiño. Otra estocada arriba. Aquí es el toro el que no sigue la muleta que parece pisar (Foto de Juan Pelegrín).

Ya veremos en futuras entradas de este blog la definición de las distintas suertes y su correcto modo de ejecución, tanto según las Tauromaquias clásicas como según el criterio de aficionados y toreros más recientes. Centrándonos en especial en la suerte al volapié (la más practicada) y la de recibir (que hemos rescatado este año del olvido).

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José María Manzanares ha rescatado este año la suerte de recibir que se está convirtiendo en habitual en su repertorio (Foto de Juan Pelegrín)

 

El pinchazo en hueso, según Gregorio Corrochano

Según Corrochano (Teoría de las Corridas de Toros (Revista de Occidente, Madrid, 19…..):

“Un buen pinchazo en hueso técnicamente es igual a una buena estocada, y superior a una estocada mala, aunque de ésta ruede el toro”.

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Una mala estocada es peor que un pinchazo en hueso. Chicuelo entra a la media vuelta a un toro complicado que había cogido antes al torero, como acredita el pantalón del monosabio que este viste (También del libro de Hemingway)

Dice don Gregorio, como decíamos nosotros al principio, que al matador no se le exige que mate bien, sino que mate pronto.

Por el contrario no admite, como disculpa de los repetidos pinchazos, el que el toro no haga por el torero, el que el toro no ayude al torero. Porque para eso se inventó el volapié (“Toro que no parte, partirle”).

Por ello, Corrochano disculpa el primer pinchazo que dice que está justificado porque el matador cuenta con lo que va hacer el toro, con lo que va a embestir, con la arrancada y si no hace nada el toro al ver venir al torero, el pinchazo es inevitable y no admite la más leve protesta.

Luego, si por segunda vez el torero hace lo mismo y pincha, ya no lo admite.

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Una situación más complicada de valorar. Manolo Bienvenida, por otra parte un buen matador, estoquea a un toro (probablemente un marrajo) que se defiende en tablas. El toro lleva ya otro estoque clavado en el cuerpo. La estocada se está dando a paso de banderillas (Del libro de Hemingway, Muerte en la tarde)

No lo dice Corrochano pero lo digo yo, en este “hacer el toro por el torero” juegan y mucho las querencias. A tablas o a toriles. Para garantizar en lo posible el éxito de la estocada es importante que el torero de salida al toro hacia su querencia, cuando la tenga. Así el toro no se defiende y no tapa la salida del torero.

Se dan muchos pinchazos por equivocar la elección de la suerte (natural o contrario) lo que debería haber previsto el matador. Sin embargo, me uno al criterio de Corrochano y admito el error en la primera entrada a matar. Luego, a la vista del comportamiento del toro, el matador no puede equivocar los terrenos. Podrá pinchar en hueso, si se tira arriba, pero entrando por los terrenos correctos en función de las querencias del toro.

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Muchos pinchazos e, incluso, cogidas en la suerte de matar se producen al equivocar los terrenos.

 

El pinchazo en hueso según la Tauromaquia de Guerrita.

La Tauromaquia de Guerrita, se publicó en Madrid en 1896, escrita por Leopoldo Vázquez, Luís Gandullo y Leopoldo López de Saa bajo la dirección técnica del diestro cordobés.

Es muy interesante y hay reediciones recientes a precio asequible porque al contrario que muchas de las tauromaquias de la época que se limitaban a copiar los textos de Montes y Pepe-Hillo, esta actualiza conceptos y define las nuevas suertes que a finales de siglo se venían practicando.

Por lo que respecta a la estocada y aunque Guerrita no destacó como ejecutante de la misma (en su época los buenos matadores fueron Mazzantini y Reverte) fue muy buen tratadista y sus definiciones y conceptos de plena validez. Validez que se mantiene hasta nuestros días dado que es, de las suertes del toreo, una de las que menos evolución ha tenido en el tiempo.

Sobre el pinchazo en hueso dice el Guerra, en su Tauromaquia:

“La estocada dada en todo lo alto, es difícil que interne por la reunión de huesos que forma el centro superior de las agujas y la médula espinal sobre los brazuelos, sitio que vulgarmente se conoce con el sobrenombre de los rubios, sin que el diestro pueda evitarlo ni hacer más por el toro, por cuya causa no debe medirse el éxito de la suerte por razón del número de veces que un espada intenta clavar el estoque, sino por la forma en que entre y salga, pués más bien puede llamarse fortuna que habilidad, el rematar los toros a la primera estocada

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La buena ejecución de la suerte no garantiza no pinchar en hueso, más bien al contrario. Zaldívar en Madrid este año.

El criterio es insuperable. Lo que pasa es que es más fácil protestar un pinchazo que aquilatar la colocación del estoque y esto último es también más fácil de apreciar que la buena o mala ejecución de la suerte. Comodidad, por parte del aficionado, se llama esa figura.

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La Tauromaquia de Guerrita. Portada interior del Tomo Primero

Conclusiones

Con lo dicho hasta ahora y sin perjuicio de agradecer la rapidez y eficacia en la suerte de matar, creo que –siguiendo los criterios de estas dos autoridades en la materia, Guerrita y Corrochano- deberíamos intentar valorar más la forma de ejecutar la suerte que no su resultado.

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Hay que valorar más la ejecución que el resultado. En la foto, Manzanares dando una buena estocada. El único pero, la mano izquierda algo encogida.

Dicho de otro modo, el pinchazo no debería ser a priori y por si sólo motivo de decepción para el buen aficionado. Ni menos para denegar los trofeos si estos son merecidos.

Si se trata de un torero que ejecuta con pureza la suerte (Por ejemplo, el Joselito de hace pocos años o el José María Manzanares de hoy día) el pinchazo debería incluso agradecerse porque nos permite recrearnos en la ejecución de la suerte de matar.

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José Miguel Arroyo Joselito. Uno de los mejores matadores de los últimos años.

Algo parecido a lo que les ocurría con los aficionados antiguos con Manuel Varé Varelito, al que estaban deseando que pinchara para disfrutar varias veces, en el mismo toro, de su forma de entrar a matar.

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Varelito cuyo emocionante estilo impactaba tanto a los espectadores que estos estaban deseando que pinchara para verle repetir la suerte.

Sé que eso sería difícil hoy día con la sensibilidad actual, pero sin llegar a tanto, deberíamos valorar el buen pinchazo o  al menos que no puntúe negativamente a la hora de pedir los trofeos y, por ello, que no se pierdan orejas por pinchar en hueso si la suerte se ejecuta con pureza.

Porque –como dijeron en su día Guerrita y Corrochano y suscribimos nosotros- mientras mejor se ejecuta la suerte de matar más difícil es evitar el pinchar en hueso.

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Rafaelillo se desplanta ante un Miura en Bilbao hace muy pocos días. Le pinchó varias veces. Con otro criterio (el de la Tauromaquia de Guerrita, por ejemplo) podría haber cortado la oreja que mereció.

 

Nota: Esta entrada ha sido propiciado por un comentario efectuado, al hilo de la crónica sobre la tarde de José Tomás en Ciudad Real, por un lector del blog. Álvaro D. al que agradecemos su sugerencia.

sábado, 25 de junio de 2011

La dureza del toreo (II) Varelito, el trágico

 

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Varelito en uno de sus últimos retratos

La dificultad de la suerte suprema

No creo que haya dudas sobre la dificultad que tiene la suerte de matar. Hasta el punto de que grandes toreros han flaqueado en este lance de la lidia. Lo que se ha intentando explicar (como nos recordaba Oselito en un comentario a la anterior entrada de este blog) en la circunstancia de que la estocada es el único momento en que el torero pierde de vista los pitones del toro, ya que la ejecución de esta suerte exige clavar la vista en el morrillo, lo que a muchos diestros, evidentemente, desconcierta. Y les ha llevado a buscar determinados “tranquillos” o “alivios” más o menos admisibles, más o menos chapuceros.

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Una estocada ejecutada con mucha pureza. La mirada en el morillo y la mano muy baja. Antoñete en su plaza de las Ventas (Fotografía facilitada por Oselito)

Una de las soluciones aportadas ha sido ejecutar la suerte con celeridad. Evidentemente, pasar rápido los pitones no garantiza que se evite la cogida, pero es algo muy parecido a la diferencia entre pasarse despacio el toro por la barriga (lo que antes se decía “pasárselo por la faja”) o pasarlo por el costado y con rapidez. No es lo mismo. El aficionado cabal agradece y elogia la lentitud en la ejecución de las suertes, de todas las suertes, incluida la estocada (como también señalaba con acierto Gastón Ramírez, otro lector del blog)

Sin embargo, este recurso creo que es menos criticable ya que, a fin de cuentas y como han recordado muchos autores, la palabra “volapié”, viene de “vuela pies”, de volar los pies. Y es que las viejas tauromaquias aconsejaban ejecutar esta suerte con la máxima celeridad.

No obstante, lo anterior no quita para que haya habido toreros que se hayan recreado en la ejecución del volapié ejecutándolo muy despacio como a “cámara lenta”, recreándose en su ejecución y convirtiéndose en verdaderos estilistas de la estocada, lo que exige valor rayano en la temeridad.

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Entre todos ellos, creo que destaca un sevillano, trianero por más señas contemporáneo de Joselito, Belmonte y Granero, que se llamó Manuel Varé y que en los carteles figuraba con el simpático nombre de “Varelito”, y al que sus contemporáneos bautizaron como “El Trágico” por su cogida y muerte. Esta es su historia y estas son sus estocadas.

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Manuel Varé “Varelito” 

Si hay un torero que haya matado los toros despacio y con buen estilo, ese es Manuel Varé “Varelito”, tanto que los aficionados estaban deseando que pinchara en hueso para verle repetir la suerte varias veces.

Su biografía nos la resume Curro Meloja en la Ficha 38 de su recopilación.

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Como se ve nació en Triana en 1894 (1893 según Cossío), un año antes que Joselito, aunque su carrera de novillero fue mucho más lenta que la de este, ya que no triunfó en Madrid hasta 1918. Ese mismo año, en septiembre, Joselito le dio la alternativa.

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Aunque su fuerte fue el estoque su toreo era alegre y valeroso y de no mal estilo.

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Dice Cossío que Varelito fue ante todo, un estoqueador sobresaliente; pero más que un matador seguro y eficaz, era un estilista de la suerte:

Pinchaba con más frecuencia de la que convenía a diestro que en esa suerte cimentaba su fama; pero sus pinchazos justamente se ovacionaban como si fueran estocadas. Y las veces que acertaba a darlas, el efecto era admirable”.

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Añade Cossío que:

“Se perfilaba desde buen terreno y al arrancar encogía un poco la pierna izquierda, que al avanzar sobre el toro daba la sensación de deslizar sobre el piso del ruedo.

La mano izquierda la llevaba muy baja y el cruce se verificaba casi siempre con precisión, logrando un efecto plástico en la reunión insuperable.

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Varelito matando con su depurado estilo

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Varelito viendo al toro morir con una estocada de perfecta colocación

La cogida de Sevilla. La actitud del público

Como bien dice Curro Meloja, era tal el interés de sus estocadas que cuando no le cogía bien, el público defraudado lo pagaba duramente con el torero. Por lo que eran frecuentes las broncas. Como frecuentes, por su pundonor en la suerte, fueron sus cogidas.

El día de abril de 1922, el público sevillano apostrofó violentamente al torero trianero quien perdió los papeles al entrar a matar. Al salir de la estocada, el toro “Bombito” de Guadalest, le alcanzó y corneó en el recto.

Mientras iba camino de la enfermería se dirigió a los espectadores gritando:

¡Ya me la ha pegado! ¡Ya os habéis salido ustedes con la suya!

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Moriría 21 días después de la cogida, tras penosa convalecencia.

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Varelito convaleciente de una cogida. Esta impresionante foto pertenece al libro “Death in the afternoon” de Ernest Hemingway.

 

Su muerte. Su amistad con Granero. Una triste anécdota

Varelito fue muy amigo de su tocayo Manuel Granero. Por ello, cuando se encontraba convaleciente de la cogida que le llevó a la muerte, uno de los primeros que se acercó a visitarlo fue el diestro valenciano, que había alternado con él el día de su cogida.

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Preciosa imagen de Granero y Varelito, los dos Manueles, en un desplante al alimón en Valencia el año 22.

Lo cuenta, con emotivo estilo, José Ramón Márquez en el blog Salmonetes ya no nos quedan:

Entre los que se acercan a la casa a interesarse por el estado de salud del maltrecho diestro se encuentra su compañero de la desdichada tarde, Manuel Granero. Para animarle, le dice:

-Anda, hombre, que tienes que ponerte bien, que tenemos que volver a torear juntos.

El trianero le responde:

-Qué más quisiera yo, Manuel. Yo estoy muy mal y me voy a morir...

Granero, que era un torero bastante jovial, se ríe y le responde:

-¿Tú te vas a morir? Pues mira, que a lo mejor me muero yo antes.

Premonitorio Granero, ya que como recuerda José Ramón:

El día 7 de mayo, en la Plaza Vieja de Madrid, el toro Pocapena de Veragua le propina a Granero una tremenda cornada en las tablas del tendido 2 que le entra por el ojo destrozándole el cerebro y ocasionando la muerte inmediata del valeroso torero valenciano.

Varelito fallece de septicemia en Sevilla el día 13 de mayo a las seis de la mañana, seis días después de Granero.

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En la foto, Varelito con Granero y Chicuelo. También aparece el banderillero “Morenito de Valencia

Por cierto y como recuerda José Ramón, se da además la triste circunstancia de que el bautizo de la hija de Varelito, de siete meses de edad, se había organizado para después de la corrida en que resultó cogido.

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Varelito con su esposa, hija y familiares en un día de descanso

Para actuar como padrino de la niña había viajado a Sevilla el pintor taurino Ruano Llopis, que era íntimo amigo del torero.

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