domingo, 2 de abril de 2017

Las claves de la bravura (I) La humillación

Cobradiezmos arrastra por el albero de la Maestranza no sólo el morro sino también el pitón del lado que se torea. Humillación en su grado máximo

Decíamos en anterior entrada o, mejor dicho, decía Joaquín López del Ramo en anterior entrada que en cierto sector de la afición se está imponiendo una visión sesgada y distorsionada del toreo, de la técnica y del comportamiento del toro. Una visión que "llama bravo al manso espectacular; equipara la raza al genio bronco y defensivo; niega la nobleza como cualidad básica del toro y trueca la emoción por el morbo".

Reclamar que la fiesta no pierda emoción es una demanda tan necesaria como positiva pero tampoco cabe desconocer (en el término medio está la virtud) que la sociedad y el toreo evolucionan y que lo que hoy que emociona no es ni puede ser lo que emocionaba a nuestros bisabuelos hace más de un siglo.

La bravura no es un concepto estático e inamovible y el comportamiento del toro tiene tantos matices que no podemos ni debemos juzgar o valorar el toro de hoy con parámetros que son ajenos a la sensibilidad y los gustos de la actual sociedad o al toreo que hoy se hace, fruto de una evolución tan lógica como natural.

Puede que muchos de los términos que hoy utilizamos para designar esos matices del comportamiento del toro en la plaza sean los mismos que se utilizaban hace cien años. Pero, lo más posible, es que su significado haya cambiado radicalmente. Que hoy ya no signifiquen lo mismo que significaban antiguamente. Jaquetón (paradigma de la bravura decimonónica) con ser muy bravo estoy seguro que no tuvo nada que ver con Cobradiezmos (paradigma de la bravura moderna).

Vamos a repasar esos conceptos. Los antiguos y los más modernos. Los que existían hace cien años (siquiera con otro significado) y los de ahora (aquellos matices que entonces no podían ni imaginarse). Veremos adonde llegamos.

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Humillación

En el Cossío, el término "humillación" aparece con un matiz negativo:
"acción del toro de bajar la cabeza para embestir, partir o escarbar o bien por precaución defensiva".
El ejemplo con el que se ilustra esa definición abunda en ello "a un toro que humilla no se le debe torear por bajo, porque se agrava el defecto" (Federico M. Alcázar. Tauromaquia moderna)

La verdad es que resulta sorprendente que, en una tauromaquia llamada "moderna", se utilice una acepción del término humillar tan arcaica, tan poco moderna. No olvidemos que Alcazar escribe su libro en 1936. Más curioso es que este texto tan conocido por los aficionados actuales frente a otros muchos más enjundiosos y precisos sea tenido hoy como referente del toreo más ortodoxo y Alcázar como tratadista fiable.

El toro manso escarba y agacha la cabeza (humilla) para defenderse (Detalle de la lámina de La Lidia "Un manso entablerado" publicada el 30 de abril de 1900)
Sin embargo, si acudimos a la primera edición de la Tauromaquia de Pepe-Hillo, encontraremos una definición mucho más neutra, acertada y "modernista" (o sea, aplicable al toreo moderno tanto como al toreo de antes). Decía el maestro sevillano en 1796:
"Humillar el toro.- Es propiamente cuando baxa la cabeza, ya para engendrar la cabezada, ya para partir o escarbar, ya también cuando va con la cabeza baxa siguiendo el bulto o engaño"
La primera parte de la definición, es la que copia Cossío casi literalmente. La segunda es radicalmente opuesta. No es igual que el término se utilice para referirnos a una "preocupación defensiva" del toro que se limite a describir un modo de embestir, en concreto "embestir con la cabeza baja". Lo primero es atributo del toro manso, lo segundo es, hoy, un matiz inequívoco -y necesario- de la bravura.


La humillación como componente de la bravura

Según Raúl Galindo, el vocablo "humillar" no debe hacerle mucha gracia a los ganaderos pues no sólo en el lenguaje normal es peyorativo, sino que designa una actitud muy típica del toro manso, como hemos constatado en la definición de Cossío. Sin embargo y como señala Galindo, humillar "supone una gran virtud para la lidia".

En efecto, si el toreo de principios del pasado siglo se hacía a media altura, con el tiempo las manos han ido bajando (hasta convertirse en algunas épocas en una obsesión) y al toro también se le ha exigido que baje la cabeza, que embista con esa cabeza "baxa"de la que hablaba Hillo.

El toreo de principios del siglo pasado se hacia a media altura. En la imagen vemos a Belmonte con Barbero de Concha y Sierra. Un muletazo sensacional en una faena histórica pero... detrazo alto. La obsesión por las manos bajas llegaría después de la mano de otros toreros trianeros y mexicanos.
Y se le exige bajar la cara, no sólo en el momento del embroque sino a lo largo de todo el muletazo. E, incluso, antes de llegar al capote o la muleta. Del toro que humilla antes de tomar el engaño, se dice -y es elogio- que "coloca muy bien la cara", Una cualidad que los toreros aprecian mucho.

Puede que (como afirmaba Juan Pedro Domecq en su libro Del Toreo a la Bravura) fuese en México donde comenzara esa obsesión ganadera por conseguir animales muy humilladores. Quizás sea así porque en México predomina el encaste Saltillo y no conviene olvidar que ese toro de Saltillo-Albaserrada-Santa Coloma es un toro que va al paso, andando, sin galopar y resulta que humillar es más fácil cuando no se galopa.

Al toro mexicano de encaste Saltillo, que viene andando al paso, le cuesta menos colocar la cara que al toro que galopa (Alejandro Amaya ante un toro de Fernando de la Mora en su encerrona en Tijuana en 2010)
Humillar. Cuestión de grados

Era esa embestida humillada, precisamente, una de las características de los Victorinos antiguos (lo decía Luis Francisco Esplá), algo que parece que estaban perdiendo hace unos pocos años y que,últimamente, recordemos a Cobradiezmos entre otros, están volviendo a recuperar y a lo grande, los toros de esa ganadería.

Y cuando decimos a lo grande queremos decir al modo del toro indultado en Sevilla. Pues ya no es que el toro arrastre el morro por el suelo, como siempre se ha dicho, sino que arrastra por la arena el pitón del lado que se torea, como se ve claramente en la fotografía que encabeza este post.

Entre esa embestida humillada y la embestida con la cara alta hay todo un mundo compuesto por diferentes grados de bravura. 


De la embestida con la cara alta y desentendiéndose del engaño de un toro de Saltillo en Madrid (Fotografía de Andrew Moore)...

 A la embestida con la cara baja de un toro de Fuente Ymbro en Madrid,  que baja la cabeza aunque sin exageración (Foto de Juan Pelegrín)

Por el contrario, cuando el toro de Saltillo-Albaserrada humilla a tope, la cosa cambia. En la imagen (de Cuadernos de Tauromaquia) Diego Urdiales con un toro de Adolfo que arrastra el morro por el suelo. 
NOTA. En el toro de encaste Santa Coloma, humillar se convierte en una cualidad primordial y necesaria porque si ademas de ir al paso y no galopar, que es lo típico del encaste, se une el no humillar, la embestida resulta necesariamente sosa y deslucida.

Pero el tema de la embestida no se agota sólo en cuanto "baxa" el toro su cabeza, sino que tiene muchos más matices interesantes sobre los que hablaremos en las próximas entregas.

(Continuará)

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