Un encuentro tan deseado como imposible que solo fue posible en el mundo virtual (Portada de LP de 1977 editado por la casa RCA)
Dos grandes que nunca acabaron por entenderse y que tampoco hicieron nada por encontrarse.
Manolo Caracol y Antonio Mairena vivieron en dos mundos diferentes. El sevillano y el de los Alcores estaban en las antípodas por vivencias e ideologías. Del rajo y duende gitano de uno a la perfección académica y escolástica (también gitana) del otro. Noche y día. Alpha y Alep, Caracol y Mairena, Mairena y Caracol, sonaban distinto y provocaban emociones muy diferentes en quienes tuvieron la enorme ventura de oírlos.
Muy diferentes en todo, menos en una cosa, en su grandeza. Pocos como ellos ha habido en toda la historia del flamenco, pues estamos hablando de dos de los más grandes. Gran parte de la historia de este arte se condensa en esas dos gargantas privilegiadas.
Ellos no llegaron a juntarse, aunque Caracol llegó a insinuar lo interesante que hubiera sido ese encuentro que nunca llegó.
Decía Caracol en el programa Rito y Geografía del Cante:
"...pero me hubiera gustado más que ese cantaor, por ejemplo, hubiera sido Mairena, hubiera sido yo... Y entre Mairena y yo hubiéramos buscado la juerga...Nos hubiéramos metido en casa de los gitanos y cantar. Cantar el y yo..."
Ellos, por desgracia, no llegaron a juntarse, pero nosotros en este blog si que podemos y queremos hacerlo. Nos avala nuestro mairenismo confeso y nuestra devoción también declarada y conocida por la casa de los Ortega, la casa de Joselito.
Y vamos a juntarlos en algo que, siendo tan diferentes, tuvieron en común: su último cante. Y es que Mairena y Caracol, Caracol y Mairena se despidieron del flamenco grabando dos cantes que son dos joyas. Un a modo de testamento flamenco con el que cerraron sus impresionantes e imprescindibles discografías.
Gitanitos de la Cava (Fandangos)
Caracol murió el 24 de febrero de 1973, en accidente de tráfico en Madrid, cuando se desplazaba a Los Canasteros. Muy poco antes había grabado un disco de larga duración que terminaba con un espeluznante y premonitorio fandango: "Me voy a morir" le decía en ese cante a sus gitanos de la Cava, a los gitanos de Triana.
(Voz) Y gracias al público de España y del todo el mundo. Voy a grabar mi último fandango, mejor dicho mi penúltimo fandango en grabación, y le doy a la afición de España y del mundo entero y que todos los niños de vuestras casas tengan en la mente el disco de Caracol en su cincuenta años de sus Bodas de Oro.
Me voy a morir
Gitanitos de la Cava
Me voy a morir
Venid gitanos, gitanas
Quiero usted le lloréis por mí
Mis gitanos, mis gitanitos de la Cava
La madrugá (Tonás)
Diez años después, el 5 de septiembre de 1983, fallecía en Sevilla Antonio Mairena, con el corazón roto. Poco antes había grabado, en un último esfuerzo, una tremenda serie de tonás que remató de forma sobrecogedora cantando a la libertad (Soler&Soler dixit).
Cuando corren los cerrojos
y veo el alba del nuevo día
a uno le daba martirio doble
y a otro le estaban quitando la vía
Y aquél que se va
va diciendo en el silencio
que grande es la libertad
Dos grandes
Caracol y Mairena, Mairena y Caracol, los dos más grandes, nos dejaron un impresionante testamento discográfico, resumen de su inmenso legado.
Lo dicho, ¡Gitanitos de la cava, me voy a morir, pero que grande, que grande es la libertad!
Paco Camino remata una tanda ante el sobrero del Jaral de la Mira, en Madrid, la tarde histórica del 22 de mayo de 1975.
Abducido por la prensa de la época, descaradamente en contra de quien tuviera el caché de figura del toreo, mi verdadera devoción por Paco Camino nace demasiado tarde cuando ya retirado del toreo pude revisar unas cintas de vídeo de su época mexicana con varias faenas excepcionales comentadas por el simpar y excepcional Pepe Alameda. Aunque siempre había admirado y respetado al sabio de Camas, desde entonces soy "caminista" declarado, convicto y confeso, absolutamente convencido de la enjundia, profundidad, calidad e importancia histórica de su toreo.
Hace unos años le dedicaba en este blog cuatro entradas a modo de reivindicación y homenaje:
Hoy, me gustaría recordar algo más sencillo: una de sus grandes faenas, si no la más grande. La faena de Madrid al sobrero del Jaral de la Mira, en día de baile de corrales, algo que algunos piensan que solo pasa ahora.
Un extraordinario derechazo de Camino al sobrero del Jaral.
Un torero en las postrimerías de su carrera
Tras en la entrada en vigor del guarismo que certificaba la "verdadera" edad del toro, en 1972 se retiran Antonio Ordoñez, El Viti y el Cordobés. Camino se mantiene como maestro y referente de una nueva generación de jóvenes toreros: José María Manzanares, José Luis Galloso, Niño de la Capea, Antonio José Galán. Ruiz Miguel y los mexicanos Curro Rivera y Eloy Cavazos. La generación de los 70.
Fue una década, la del final del "régimen", confusa y convulsa, contestaria, rebelde y, sobre todo, muy protestona. Protestas que, lógicamente, alcanzaron al mundo del toreo.
La andanada del 8. Ahí empezó la protesta. Con el tiempo se propagó al 7, donde hoy se asienta el núcleo duro de la afición.
En el 73, un toro de Atanasio Fernández, ganadería de las consideradas comerciales, mataría en la plaza de Barcelona al hermano de Paco, Joaquín, banderillero en su cuadrilla. Tras un parón de seis meses, Camino regresa a los ruedos en 1974. Para llegar a 1975, el año de su enfrentamiento televisivo con Palomo Linares y el año de su faena al sobrero del Jaral. Una faena sobre la que Carlos Abella opinaba:
"No sé si la mejor, pero sí en conjunto la que para la historia del toreo mejor resumió sus virtudes toreras, renovadas con el paso del tiempo y perfeccionadas gracias a su gran cabeza y maestría".
Por si la valoración de Abella pudiera parecer exagerada y parcial, conviene recordar que también Alfonso Navalón, compartía el mismo criterio:
"El trasteo tuvo una primera parte técnica hasta someter la distracción del manso y luego una docena de muletazos bellísimos, ejecutados con una lentitud y un temple que jamás había logrado Camino en su larga carrera. Al pasar el tiempo nos asalta la duda de si la faena fue realmente templada o si fue la lenta embestida del toro la que obligó a Camino a torear despacio. Lo cierto es que esta fue la mejor faena de su vida, coronada además con una estocada muy limpia, aunque algo desprendida."
Pero, lo que para Carlos Abella había sido una prueba de maestría, para Joaquín Vidal (que todavía no escribía en El País) había sido un raro acaso, un momento aislado dentro de una trayectoria discutible y criticable:
"Camino se presentó en Madrid con responsabilidad y con una entrega como jamás se le había visto en esa plaza".
Y añadía:
"En su primer toro estuvo en los tonos de muletero rápido y de ventaja que le han caracterizado"
Creo que despachar la carrera de Paco Camino con el calificativo de "muletero rápido y de ventaja" es pasarse tres pueblos. A Camino se le pudo discutir su velocidad toreando, algo que quizás pudiera justificarse por su afición al toro de encaste santacoloma, un toro ágil y de gran picante y velocidad de embestida, pero lo de ventajista, clama al cielo, máxime en un diestro como el camero cosido a cornadas.
En cualquier caso, la predisposición negativa de Vidal hacia Camino pone en valor su valoración de la faena:
"Fue el delirio... lo que hizo Camino esta tarde escapa a las posibilidades del relato: había que vivirlo. En los tendidos se produjo una enorme conmoción. Como si la plaza hubiese sido sacudida por una corriente eléctrica; la faena fue contemplada por el público en pie, vibrando, en un auténtico delirio.
Cuando Camino remató su penúltima tanda de naturales, sensacional, con el pase de pecho ligado, tan mandón como suave, de una armonía inigualable, y se fue del toro pinturero, con la muleta hecha un cartucho y recogido bajo el brazo, aquello fue un manicomio. Ya entonces se pedía insistentemente la oreja. Mató despacio, recreándose, pero la estocada quedó baja".
Un faenón de ese calibre no está a la altura de cualquiera. Y Camino no era ni fue nunca un cualquiera. Camino era grandioso, no porque le sonara la flauta una tarde concreta o llegase a Madrid con más ganas que otras veces, sino porque su concepto del toreo era grandioso. Podía estar mejor o peor, que eso depende de múltiples imponderables como el estado de ánimo del torero o la calidad del toro, pero siempre dentro de un nivel medio altísimo... para quien sepa y quiera verlo, claro.
Y para verlo, lo primero es mirar al toro.
Natural de Camino al sobrero del Jaral
Un toro manso en varas que fue muy bueno en la muleta
Y si miramos al toro, nos encontramos con esa aparente paradoja del toro manso en varas y bravo en la muleta. He dicho bravo aunque muchos dirían que solo noble. En cualquier caso, bueno para el torero y malo para el ganadero, como se hubiera dicho en la década de los treinta con mosqueo y enfado de Corrochano.
Pero así fue el sobrero del Jaral. Un toro manso en varas, pero nobilísimo en los engaños con una despaciosidad que Camino entendió a la perfección y le permitió la faena que hizo. Una faena que puso en cuestión el calificativo de torero "rápido" con que se le juzgó con injusta dureza tantas tardes.
Camino podía torear ligero, pero era capaz de torear tan despacio como el que más despacio hubiera toreado, lo demuestran la faena al sobrero del Jaral y otras muchas de sus grandes faenas, especialmente algunas de sus temporadas mexicanas.
Camino y el sobrero del Jaral. San Isidro de 1975. Un faenón de un gran torero. Lo vemos.
"Quiero referirme a un pase que practico por mero accidente; en la Plaza Monumental de Barcelona, y para "tapar" un toro que, por designio del sorteo, me había tocado en suerte y que fué protestado ruidosamente desde su salida, quise aportar una nota de emoción que hiciese ver al público -a ese público que siempre tiene razón, pero que algunas veces es injusto en sus apreciaciones- además de mis buenas intenciones, los deseos que tenía de agradarle.
Así pues, observé la arrancada de lejos, y una vez iniciado el movimiento, levanté la vista al tendido, dando lugar a un pase que se ha popularizado y que ahora ejecuto citando, ya desde el primer momento, con la vista alta atento con el oído a la embestida de la res".
(Declaraciones de Manolete recogidas por QUIROGA ABARCA, Manuel en Manolete-El hombre y el torero, Editorial Montañesa, Madrid, 1945, pág. 11)
Nota de LRI:
Vemos a Manolete en esos muletazos mirando al tendido (un muletazo que estrenó en Barcelona con un toro de Vicente Charro) en una tarde histórica: la de los toros de Coaxamalucan alternando con Pepe Luis Vázquez y Procuna. Las imágenes corresponden a la lidia del cuarto de la tarde, Platino, con el que hizo una de sus mejores faenas en México enloqueciendo al público de la plaza el Toreo como recordábamos hace unos días.
En esos muletazos mirando al tendido, llama la atención el entusiasmo del empleado de la plaza que se encuentra entre barreras.
Espectadores contemplan una faena de Belmonte. El cine ¡Que gran invento! (Fake)
Cine y toros
Vimos en la entrada anterior de esta serie, las desventajas de la fotografía a la hora de reflejar lo que ocurre en los ruedos, pues congelar un arte como el toreo puede llegar a distorsionar la realidad por muy parado que toreen los toreros. Es cierto que las películas antiguas tampoco son un fiel y absoluto reflejo de lo que pasó en los ruedos, pero si el cine no es un documento fidedigno, la imagen fotográfica lo es todavía menos.
Por lo que hace al cine, a mí me han sorprendido siempre todos esos aficionados (y son legión) que desprecian de planoel cinematógrafo. Son aquellos que afirman que el cine no conseguirá nunca reflejar mínimamente la verdad del toreo o que el cine nunca podrá reflejar los matices o las emociones que provoca el toreo en la plaza. Son los mismo aficionados que -de modo sorprendente- prefieren y dan más crédito a una fotografía o a una crónica escrita antes que a una película.
Creo que quien así piensa, se hace trampas a sí mismo, entre otras cosas porque el cine no engaña. O, al menos, engaña menos que la fotografía o la crónica. El cine no nos permite manipular ni distorsionar la realidad a nuestro antojo, lo que si nos puede pasar con la fotografía, que capta un solo instante, o con una reseña periodística, tan cargada de subjetividad. Y si me apuran, lo que también sucede con nuestra propia percepción en las plazas, siempre tan parcial.
Puede que al cine le falte la tercera dimensión y puede que le falte el calor del público en la plaza o la incertidumbre del resultado, pero lo más parecido a lo que ocurre en el ruedo es lo que se ve en una pantalla.
Dicho de otra manera más cruda, despreciamos el cine porque el cine pone al desnudo nuestras carencias y nos demuestra que lo que creímos ver en la plaza no era real. También es verdad que algunos prefieren vivir engañados. Allá ellos.
Para los toreros, no. Para los toreros que saben lo que ven, el cine es hoy y lo ha sido siempre un medio imprescindible de poder acercarse a aquellos toreros que, por edad, no pudieron ver en las plazas (Uceda Leal en la filmoteca Gan revisa viejas cintas de Joselito, Pepe Luis y Manzanares, padre)
Vayámonos al cine...
Visto lo dicho, creo que para entender en serio que diantres puede ser eso de la quietud en movimiento y dado que la fotografía -que capta un instante- no nos puede ilustrar sobre esa cuestión -que depende de una sucesión de instantes-, lo mejor será que vayamos a alguna sala de cine a ver películas de Juan Belmonte.
Hemos visto hasta la saciedad las imágenes de Belmonte en Nimes, el día de su reaparición. Esta vez vamos a tener la fortuna de disfrutar con unas imágenes mucho menos conocidas. Se trata de un documento excepcional, una filmación de la casa Cuesta de Valencia donde se recogen faenas de dos corridas diferentes en la plaza de Valencia, con el Gallo, Belmonte, Paco Madrid e Isidoro Martín Flores. Las faenas de Juan son del viernes día 5 de junio de 1914. El trianero acababa de tomar la alternativa a finales de la temporada anterior y ya desataba pasiones en los tendidos.
La película de la Casa Cuesta es un montaje de dos tardes de toros en Valencia. La corrida del 17 de mayo de 1914 con Rafael El Gallo e Isidoro Martí Flores y la del viernes 5 de junio del mismo año en la que torearon Belmonte, Madrid y Flores.
El Tío Candiles en la revista Arte y Cinematografía ensalzaba a los cuatro diestros y, muy especialmente, la labor de Juan Belmonte en una curiosa y divertida lección de toros y gastronomía :
"Pero... Belmonte ¡Que 75 metros de película! Floreos, valor, monerías en lo del capoteo y aluego. ¡qué tío más zaragata con la muleta! Eso no es pasar de muleta: eso es emborrachar al toro con Tío Pepe, Manzanilla, champagne, pechuguitas de ángel y arrope manchego, mezclaíto con miel de la Alcarria".
Y lo cierto es que Juan, fiel a su estilo, estuvo tremendo de valiente y acabó saliendo a hombros.
Por si lo anterior fuera poco, tenemos como proyectista nada menos que a Joselito el Gallo.
Gallito era un entusiasta del cinematógrafo y, al menos en sus primeros años, se hacía acompañar por un cámara profesional para grabar sus actuaciones. Hoy, sin embargo, que nos toca visionar películas de su gran rival Juan Belmonte, no está nada mal que sea el quien le haga de proyectista...
La película (The movie)
Nunca llegaremos a saber cuales hubieran sido nuestras sensaciones si hubiéramos podido ver torear a Joselito, Belmonte, Marcial, Chicuelo, Ortega, Manolete o Arruza, pero -gracias al cine- podemos saber como toreaban realmente.
Por lo que respecta a Belmonte, Juan no era un torero elegante, pero transmitía mucho en la cara del toro y su muñeca era excepcional, especialmente en el manejo del capote.
En su muleta predominaba el uso de la mano derecha, utilizando la izquierda en raras ocasiones. Un toreo aprendido en las noches de campo de Tablada ante reses corraleadas y resabiadas. Un toreo defensivo y nada escolástico que hoy es tenido por canónico.
Ese toreo aprendido en el campo, era un toreo basado en el regate, mediante un continuo movimiento de avance y retroceso; alternando, que no ligando, el natural con el de pecho (toreo en ochos), metiendo mucho la pierna, entrando y saliendo del terreno del toro de manera incesante.
Un toreo espatarrado, histriónico y muy efectista caracterizado por un leve parón en el momento del embroque estirándose el torero y componiendo la figura lo que le daba un matiz muy fotogénico a su toreo. Ese parón era el momento aprovechado por los fotógrafos de la época para impresionar sus placas.
El "parón" en el momento del embroque le da mucha prestancia y fotogenia al lance. En la Edad de Plata, todavía el gesto se exageraría más.
Visto en fotografía, impresiona. Visto en cine... impresiona también pero de otro modo.
Un altísimo nivel con el capote (aunque la mano de salida va muy alta), pero de menor calado en la muleta, con un aire de toreo antiguo muy perceptible por ese empeño de torear alternando pitones.
En todo caso, lo que nos importaba era entender eso de la quietud en movimiento.
Parar no es lo mismo que estar parado
Creo que el propio vocablo ("parar") define y sentencia esa forma de torear.
Una cosa es parar y otra, muy diferente, estar parado. Solo se puede parar lo que está o estaba en movimiento. Para pararse hay que estar antes en movimiento.
En el toreo que analizamos, del que es paradigma el toreo de Juan Belmonte, el diestro, en continuo movimiento, ganando siempre el pitón contrario al cruzarse, "para" un instante en el embroque y compone la figura. Hoy, por contra, en el toreo al hilo, citando con los pies asentados en el albero, sin cargar la suerte, sin cruzarse, el torero mantiene la quietud, "está parado", desde que el toro arranca hasta que pasa.
No digo que sea mejor o peor, no juzgo, pero si digo que el parar de la trilogía belmontina es muy diferente al quedarse quieto, al torear "sin menear los pies" del que hablaban las viejas tauromaquias, y que es base y fundamento del toreo moderno, del toreo que hoy se hace en las plazas.
Son dos modos muy, pero que muy diferentes. Lo vemos... en cine.
Platino de Coaxamalucan en los corrales (Fotografía del facebook del nieto del ganadero)
La corrida del día 17 de febrero de 1946 en la plaza el Toreo de la capital mexicana, pasará a la historia como una de las tardesmás grandes y emocionantes de nuestra fiesta.
Con reses de Coaxamalucan, los diestros Manuel Rodríguez Manolete (azul celeste y oro), Pepe Luis Vázquez (azul plomo y oro) y Luis Procuna (blanco y plata) pusieron la plaza al rojo vivo. Para la crítica "fue la corrida más brillante, más grandiosa, más extraordinaria de que se tenga memoria. La corrida ideal, la corrida perfecta".
En esa tarde de grandes faenas, la faena de Manolete a Platino brilló con luz propia.
El toreo cruzado o al hilo según Manolete
Frente al dogmatismo de otros toreros, Manolete hablaba siempre del toreo con máximo respeto a los demás punto de vista. Manolete hablaba de "su" concepto del toreo pero sin pretender imponerlo a nadie.
Es lo que hizo en una entrevista concedida al Tío Carlos para El Universal Gráfico el día que abandonaba México, el 10 de marzo de 1947.
Sobre el toreo cruzado o al hilo, decía:
-Creo que la cuestión ha sido mal planteada y que no hay en ello las enormes diferencias que se dicen que existen entre un modo u otro de torear. Generalmente se dice que "cruzarse" representa más riesgo que "enhilarse" con el toro. Y yo no creo eso...
- El único momento difícil del pase cruzándose es el primer tiempo, cuando se engancha al toro. El segundo tiempo es mucho más desahogado que en cualquier otro estilo de cite, por la sencilla razón de que el toro se va para afuera siguiendo su natural embestida en línea recta. El tercer tiempo ni siquiera llega a darse en la mayor parte de las ocasiones, casi siempre el natural, dado así, se queda en medio natural.
-La mejor prueba de ello es que, en ese modo de torear cruzándose, es muy difícil que se pueda ligar. El torero se enmienda entre muletazo y muletazo y es obligado a repetir una y otra vez el cite.
- Y si además, se mueve ligeramente la pierna contraria hacia atrás en el momento de enganchar al toro, se tendrá muy clara la idea de como no hay en el toreo "cruzado" hecho en esa forma, el riesgo que se piensa.
- En el toreo enhilado con el pitón del toro, se logra más pureza en la ejecución del pase, y sobre todo se puede rematar perfectamente el pase, con toda limpieza y mando; y además se puede seguir toreando en el mismo sitio, haciendo el toreo redondo. El último tiempo de las suertes resulta así irreprochable.
Ese último tiempo de las suertes, el del remate, "el tercer tiempo" que Manolete había traído a las plazas con una longitud y precisión impensables hasta entonces, constituye un hallazgo técnico de enorme calibre.
De la teoría a la práctica: La faena a Platino
En la misma entrevista confesaba al periodista que las mejores faenas que había hecho en México fueron las del toro "Montecillo", sobrero de San Mateo, en la corrida inaugural de la plaza México; la de "Platino" el día de los toros de Coaxamalucan y la de "Manzanito" de Pastejé.
Sobre la ligazón, en la faena de muleta a Platino (castaño aldinegro, con bragas, ojalado, astifino, de hermosa estampa), decía:
-Con "Platino" toreé con la derecha a mi sabor. Recuerdo tres derechazos en que el toro no salió de la muleta: fueron como uno solo.
Muletazo con la derecha de Manolete a Platino.
Al final de la lidia de ese toro, cuarto de la tarde, el público bramaba enloquecido. Se le concedieron al torero la oreja y el rabo y al toro se le dio la vuelta al ruedo. Manolete tras dos lentas y pausadas vueltas devolviendo prendas y regalos, sacó al ganadero, don Felipe González, a saludar y luego fue a por Pepe Luis y Procuna, para dar, todos juntos, otra triunfal vuelta al ruedo.
Manolete con Pepe Luis, Procuna y el ganadero don Felipe González, en triunfal vuelta al ruedo tras la lidia de Platino.
Al terminar, el público seguía de pie aplaudiendo al Monstruo que tuvo que dar otra nueva vuelta al ruedo recogiendo al final una de las ovaciones más grandes que se han dado en México.
Veamos esa faena de Manolete a Platino la tarde de los toros de Coaxamalucan, para disfrutar con su toreo y con el entusiasmo del público (¡ese empleado del callejón!) y, sobre todo, para comprobar como Manolete llevaba a la práctica, con absoluta fidelidad y pureza, su estricto concepto del toreo.
Manoletina de Domingo Ortega, su inventor (captura de vídeo)
Mucho se ha escrito y hablado sobre las manoletinas, ninguneadas y criticadas hasta la saciedad por los aficionados más exigentes. Lo curioso es que ese muletazo atribuido a Manolete no fue invención suya sino ¡asómbrense!... de Domingo Ortega.
El propio Manolete lo explicaba en una entrevista reproducida en el libro de Juan Castillo Casas:
"La manoletina no es un muletazo que yo haya inventado. Yo se lo ví a Ortega. Ortega la ejecutaba dando un paso o dos. Yo lo que hice fue quedarme en un solo lugar y no moverme, como no fuera girando en el mismo sitio: Yo no he creado ningún muletazo..."
Frente a tanta afirmación gratuita como es habitual en este mundillo taurino donde las palabras (dogmas, tópicos, clichés) solo sirven para esconder la verdad, lo mejor es oponer la irrefutable verdad de las imágenes. Ellas hablan por si solas.
En la película vemos a Ortega por manoletinas. ese adorno que Manolete hizo emblema de su toreo vertical y mayestático.
Cuando las palabras mienten
Que la palabra se puede utiliza para decir la verdad o para esconderla es una evidencia. Como prueba de lo segundo traemos esta entradilla de una crónica de Joaquín Vidal a una corrida de la feria de Valencia de 1998.
La crónica se titulaba "El año de la manoletina" y venía a cuento porque fue cuando, después de muchos años de ostracismo, a José Tomás se le ocurrió desempolvar las olvidadas manoletinas de Manolete, en claro homenaje al inolvidable diestro cordobés y dándole, a ese lance menor, la misma dignidad, al menos, que aquel le daba.
"El año de la manoletina(Valencia, 25 de julio de 1998. Crónica de Joaquín Vidal)
Las manoletinas están de moda: las da todo el mundo.
Es una moda retro, en realidad, porque las sacó a relucir Manolete, su recuerdo las mantuvo vigentes durante la década de los cincuenta, y luego el propio público se encargó de mandarlas a paseo, por obsoletas y por embusteras.
No se trata de un embuste total, obviamente. En toreo todo tiene riesgo, y el propio Manolete sufrió un volteretón con fractura de clavícula precisamente cuando ejecutaba la manoletina.
Ocurre, sin embargo, que la manoletina es invento bufo. Salían allá por los años treinta y cuarenta los charlores, aquellos simpáticos cómicos de Llapisera y El Empastre, o los del Bombero Torero, o los de Charlot, para remedar el toreo, y en plena faena -que a veces era buenísima- se sacaban de la manga, quiere decirse por la espalda, ese chusco pase recreado luego por los mexicanos e incorporado por Manolete a su corto repertorio, y al verlo, el público se partía de risa.
Una espectacular manoletina de José Tomás en una corrida de las Fallas valencianas.
El público se partiría de risa, pero pocas ganas de reír provoca este texto que destila, en cada línea y en cada palabra, una mala baba que sorprende. Vidal ha sido uno de los periodistas taurinos que más veneno ha vertido contra las figuras en general y contra Manolete en particular y uno de los que, con más vehemencia, ha defendido a ultranza las tesis toreras (aunque mal aprendidas y peor digeridas) de Domingo Ortega. Allá cada uno con sus convicciones y sus neuras, pero lo que no es de recibo es que, por mor de esas convicciones y esas neuras, se falsee o manipule la realidad.
Y la realidad es que, en esa hipotética cadena que va de Llapisera a Manolete, hay que citar (inevitablemente, si no se quiere mentir) a Domingo Ortega, al que Vidal ni nombra, pues fue Ortega, y no los mexicanos ni Manolete, quien trajo ese lance supuestamente bufo a las plazas.