Por Clarito (y Patricia Navarro)
| Castella rinde un último homenaje a "Cantaor" un toro para la historia. |
Mi buen amigo, José Morente me pide una pequeña reseña de la corrida de ayer. Concretamente, me ruega que me centre en el juego excepcional de "Cantaor" el toro de Victoriano del Río que ha demostrado hasta donde puede lllegar el comportamiento de un toro no bravo, sino bravísimo. Un toro excepcional. Un toro de bandera. Pero también me pide que comente la gran, grandiosa, grandísima faena de Sebastián Castella (en mi opinión una de las mejores, si no la mejor, de toda su carrera).
Podria hacerlo pero lo que diría yo ya lo ha dicho en "La Razón".Patricia Navarro (la mejor crítico taurino de la actualidad), Así que transcribo lo dicho por ella y... encargo cumplido:
Castella salió corriendo detrás de las mulillas para besar al toro. La escena contenía toda la verdad de la tarde. No hacía falta explicar nada más. Ahí estaba resumido el milagro: el reconocimiento del torero al animal de Victoriano del Río que le había permitido rozar la gloria.
Porque «Cantaor» fue un toro bravo, encastado, repetidor, de esos que aparecen muy pocas veces y que convierten Las Ventas en un lugar distinto donde habitar la tauromaquia para disfrutarla. Y en la Monumental. Bendiciones. O no, según se mire.
Sebastián Castella lo vio enseguida. Lo entendió de menos a más en una faena que acabó contagiando a toda la plaza. La plaza de Madrid, que cuando ruge parece un león capaz de arañarte el corazón y tardar días en devolvértelo, y cayó rendida ante la emoción de aquella embestida. José Chacón ya había encendido los primeros olés con dos grandes pares de banderillas y el toro había enseñado durante la brega un fondo extraordinario. Cómo se descolgaba en el capote. Qué manera de perseguir los vuelos. Qué forma de moverse por la plaza, siempre metido abajo, siempre queriendo más. «Cantaor» ya venía avisando que no era un toro cualquiera.
Castella se fue a los medios y comenzó con pases cambiados por la espalda y alguna arrucina que levantó clamores. Aquello era fuego vivo. Pero después llegaba la hora del toreo. Por la diestra ligó Castella dentro de sus cánones. Gustaba en Madrid y al natural, por donde el toro era pletórico, fue por donde la faena alcanzó otra dimensión. Y Madrid se rindió. Con el hocico del toro cosido a la arena, los naturales surgieron lentos, hondos, interminables. Castella toreaba abandonado, dejándose llevar por la embestida de «Cantaor», y el toro respondía con una bravura emocionante, persiguiendo el engaño hasta el final. Hubo una tanda a pies juntos, gobernando la distancia, que pareció detener el tiempo. Y un natural, quizá uno solo, que valió por toda una tarde de toros.
Las bernadinas cerraron la obra entre el clamor de la plaza, aunque acaso fueron los cambios de mano —toreadísimos, llenos de verdad y de belleza— los que dejaron la huella más profunda. La espada, sin embargo, se cruzó en el umbral de la Puerta Grande y todo quedó suspendido en una sensación amarga. Como si a Madrid le hubieran arrebatado algo suyo.
La vuelta al ruedo para «Cantaor» tuvo aroma de justicia. La de Castella también. Había tenido el triunfo en la mano.
Amén.
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