jueves, 16 de agosto de 2012

Una clase magistral: Lidia y toreo de un toro manso

Por Clarito

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Talavante, en el sexto de la tarde, acortando el muletazo para sujetar al toro (Foto J. Bueno)

Málaga. 15 de agosto de 2012. Toros de Jandilla para Javier Conde, Sebastián Castella y Alejandro Talavante

Nota previa. Son muchos los diarios, revistas y páginas de Internet que incluyen la reseña de las corridas. No tiene sentido hacer una más. Por ello, nos limitaremos nosotros al análisis, comentario o reflexión sobre un detalle, faena o hecho aislado que más reclame nuestra atención. Hoy, en esta primera mini-crónica de la Feria de Málaga, le toca el turno a Talavante y a su capacidad lidiadora.

La lidia del toro

Copio literalmente los siguientes párrafos, entresacados del libro de Gregorio Corrochano “Teoría de las corridas de toros” (1962):

Es frecuente en la afición novata entender por lidia: esfuerzo, vulgaridad, trabajo de trotarruedos, toreo de gañanía, torpeza.

Lo torpe es entender así la lidia, que es finura de observación, vista, inteligente conocimiento de las reses, facilidad de adaptación, dominio del toro y del toreo.

Un gran lidiador es siempre un gran torero, con raíces clásicas, aunque se permita por las circunstancias, licencias modernas y personales”.  

Si hubiera que poner hoy un ejemplo gráfico de lo que es la lidia de un toro. Mejor aún, si tuviéramos que elegir las imágenes actuales que mejor ilustraran el texto de Corrochano, lo mejor sería recuperar la faena que hizo ayer Alejandro Talavante al sexto toro de la corrida de Jandilla en Málaga.

Y cuando digo faena, no hablo de faena de muleta pues la lidia del toro y el toreo empiezan desde que el toro sale por la puerta de chiqueros y si me apuran (y siguiendo también a Don Gregorio), antes de que salga.

Se encontró Talavante en el último de su lote y último de la tarde con un toro (he dicho toro, ojo) de Jandilla feo, basto, corto de cuerpo y de cuello que desarrolló desde la salida una clara tendencia a la huida.

Era difícil sujetarle pero el extremeño se fue en pos del burel manejando el capote con elegancia y suavidad y, sobre todo, con mucha eficacia, haciendo al toro, enseñándole a embestir.

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Talavante enseñando a embestir al toro (Fotografía de Pablo Cobos)

No fue lucida la actuación de la cuadrilla pero al toro se le midió en varas. No cambió el comportamiento del astado en banderillas por lo que el toro llegó a la muleta como salió a la plaza. Declaradamente manso. Un manso huido pero con casta.

Talavante que había estado muy atento en los tercios anteriores y que sabía ya como era el toro, se fue hacia él con la decisión del que tiene muy claro lo que había que hacer con él toro. Decisión que no nos sorprendió.

Y ahí continuó la lección de toreo iniciada en el primer tercio y, que se convirtió, en la muleta en clase magistral del buen toreo.

No voy a contar la faena. Grabada está y circulará seguro por Internet (¿O no?). Baste decir que el diestro se entretuvo en sujetar al toro, en no dejarlo salir nunca de la muleta. Por eso, los muletazos fueron muy cerrados, de un cuarto de vuelta, de media vuelta, de vuelta y media… de dos vueltas y media, con el toro prendido en los vuelillos de la muleta, para que no se fuera a su querencia.

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El muletazo cada vez más cerrado (Foto de Pablo Cobos)

Y es que hablando de querencias, otra de las notas destacables fue el espectacular manejo de los terrenos que hizo Talavante con este toro. El terreno en el que planteó la faena. El terreno al que lo quería llevar el toro y el terreno en el que finalmente consiguió imponer su toreo…Teoría de los terrenos.

Y es que fue el diestro (no el toro) el que, en todo momento, acababa  decidiendo (no sin lucha, a veces) donde realizar el toreo. Faena de imponer su toreo al toro, no adaptándose a él.

Para remate, otra lección de catedrático fue la que dio Talavante en la preparación de la estocada que rubricó la clase de ayer.

Quería Talavante matar al toro en la suerte contraria. El burel situado a favor de querencia no se paraba y no dejaba colocarse al torero. Talavante insistía pues tenía muy claro (¡Que cabeza torera tiene este torero!) donde había que matarlo.

Otro diestro, en esas circunstancias y porque el tiempo pasaba, le hubiese cambiado los terrenos al toro y entrado a matar en la suerte natural donde el toro (a contra de querencia) le hubiese dejado citar cómodamente pero donde no le hubiese ayudado nada con lo que todo habría acabado en el habitual pinchazo.

Nuestro torero, no. Muy resuelto sacó al toro al tercio, ya cerca de la zona de toriles, casi a favor de la querencia de chiqueros. La estocada, desprendida, entró sola.

El entusiasmo del público malagueño (cada vez más fino en su apreciación de toros y toreros) se desbordó pues a la lección lidiadora Intuida por los espectadores (y que tanto hubiera elogiado un Gregorio Corrochano) se había unido la elegancia del trazo, la templanza en el manejo de los engaños, la complejidad de movimientos del cuerpo y de los brazos (muñecas, codos y hombros) que tanto caracterizan a este grandioso torero.

En resumen, Talavante estuvo Inmenso  y lo mejor de ayer fue la magistral lección de lidia y buen toreo que dio este diestro en la Malagueta.

 13-PRENSA (J. Bueno)Talavante, con su peculiar estética, en el principio de faena a su primer toro (Foto J. Bueno)

jueves, 9 de agosto de 2012

Huelva. Explosión de buen toreo

Por Clarito

Explosión en mina a cielo abierto

Huelva, la antaño floreciente provincia minera pudo volver a oír, el pasado fin de semana el estruendoso ruido de las grandes ocasiones que fueron provocadas esta vez, no por la dinamita de los mineros, sino por la firme templanza de los diestros que actuaron en las Colombinas.

Una corrida con argumento. Una feria con argumento (¿Una crítica taurina sin ellos?).

Y la explosión fue grande no sólo por la importancia de lo sucedido en el ruedo (y recalco lo de la importancia) sino además, porque el discurrir de la feria parecía seguir un magistral guion escrito de antemano por un autor teatral o cinematográfico de campanillas.

Todo comenzaba (para nosotros) el jueves con el prólogo de un Cid en un muy buen tono; seguía el viernes con dos espléndidos Tomás y Morante y remataba estruendosamente el sábado en magnífica traca final, previa al epílogo ecuestre de este domingo. Remate de feria al que, por desgracia, no pudimos asistir pues nos fuimos al Puerto de Santa María en pos del bello y emocionante epílogo que pusieron Morante de la Puebla y de Miguel Ángel Perera, a nuestro periplo,

Feria –la de Huelva- para vivida y no “escribida” pero a la que vamos a poner la crónica de nuestro relato porque nos lo pide el cuerpo y, también, porque nos lo piden algunos buenos amigos nuestros que quieren saber lo que pasó y que conocen nuestro criterio y nuestra manera de ver los toros.

Y es que, cada vez resulta más difícil enterarse de lo que pasa en las plazas leyendo a los críticos taurinos oficiales quienes se dedican en el fondo a torear para la galería. Galería que, en este caso, la componen los criterios de los aficionados más intransigentes cuyas minoritarias opiniones no pueden (ni deben) servirnos de referencia a los demás.

Vamos a intentar seguir nosotros un camino distinto. Simplemente vamos a acercarnos a la plaza de toros (Primero, Huelva y luego a la del Puerto de Santa María) para contar lo que vimos. Más sencillo, imposible.

 

Primer capítulo. En el que el autor cuenta como vio al Cid –un jueves de Feria en Huelva- torear muy bien a dos buenos toros de Pereda.

Empezábamos nosotros la feria el jueves con una corrida de José Luis Pereda para El Cid, Fandiño y Luque.

Corrida que tuvo cuatro toros malos (los dos lotes de Fandiño y Luque) y un par de toros buenos que correspondieron (¿casualidad, otra vez?) al Cid.

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El Cid en Huelva. Clase magistral por la mañana… (Foto de Toros para todos)

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…Y por la tarde (Foto de Arjona. El Cid en su primer toro)

El de Salteras estuvo magnífico en su primero un toro muy manso, muy huido pero de infinita nobleza y bondad. Un comportamiento que es muy lucido para el torero si sabe aprovechar las condiciones del astado pues el público no espera faena pero que exige del diestro capacidad y oficio. Cuidado pues con restar méritos al Cid porque a estos toros hay que saber verlos y saber torearlos. Y, ahí, el Cid, estuvo sensacional, andándole hacia atrás con el capote y en los primeros muletazos, consiguiendo que el toro se creciera y se confiara en su mansedumbre, lo que le permitió luego torearlo a placer.

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Para torear, primero hay que poder al toro (Foto Arjona)

Consecuencia, una más que interesante faena del torero sevillano que, por cierto, se quedó sin la recompensa que se merecía quizás porque era el primero de la tarde y el público en esos primeros compases de corrida suele estar siempre bastante frío.

Luego en cuarto lugar, salió ese toro que quisiéramos ver en las plazas habitualmente. El toro bravo de verdad pero noble y con mucha transmisión. El que repite incansable y se revuelve con su punto de agresividad. Ese toro que permite el buen toreo pero que no da un momento de respiro al diestro pues no admite ningún error.

El Cid le toreó muy bien con la mano derecha con pases de mucha longitud y temple pero nos dejó inédita la zurda por lo que la faena no acabó de remontar el vuelo. Por eso, por lo que no hizo y también porque cuando hay un toro bravo en la plaza, al público y al aficionado casi siempre se le hace poco lo que hace el torero.

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Así de bien toreó el Cid al magnífico toro de Pereda que le cupo en suerte. Lástima que con la izquierda (su mano fuerte) bajara el nivel. La oreja fue más que merecida (Foto Arjona).

Fandiño y Luque no estuvieron bien. Su justificación fue el mal juego de sus toros pero, a esa edad, con sus circunstancias y con sus ambiciones, no hay –en el fondo- justificación que valga. Cuando no embiste el toro, tiene que “embestir” el torero. Algo que saben muy bien las figuras de nuestra época y las de todas las épocas.

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Fandiño matando con todas las de la ley. Toreando estuvo técnicamente correctísimo.

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El capote –suave y elegante- del de Gerena. Daniel Luque a la verónica. Con la muleta también estuvo técnicamente correcto.

 

Segundo capítulo. En el que el autor cuenta como vio llegar -un viernes de feria- el toreo -el buen toreo- a Huelva.

El viernes, llegó el esperado mano a mano entre Tomás y Morante que si no consiguió las máximas cotas posibles con esos dos enormes toreros, tuvo sin embargo la virtud de que no defraudó en lo más mínimo las esperanzas puestas, lo que en el caso de estos diestros parece cada vez más complicado por lo mucho que se espera de uno de ellos (Morante) y lo mucho que se le exige al otro (Tomás).

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El ambiente (mejor ambientazo) que había en Huelva en viernes

Una cuestión previa. Hagamos un poco de crítica

Hablamos, en este caso, de mano a mano por convencionalismo y porque así lo anuncian en los carteles. Por decir algo. Pero una cosa es lo que se anuncia y otra lo que sucede en el ruedo y lo cierto es que, si un mano a mano implica pelea, controversia y disputa entre los diestros, en Huelva el viernes el mano a mano brilló por su ausencia. Y aunque ambos diestros son muy distintos en sus planteamientos y forma de concebir el toreo, lo que permitiría un encontronazo magistral, lo cierto es que no se quisieron dar la réplica en ningún momento.

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Un mano a mano que no fue tal (Foto Arjona)

“Tú a Boston y yo a California” podría haber sido el título cinematográfico del evento y es que no sólo no hubo quites, ni competencia (al menos directa) sino que ni siquiera los diestros de dirigieron la palabra en ningún momento. Todo lo contrario de lo que ocurriría al día siguiente.

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Este cartel de cine podría haber servido previamente para anunciar el esperado mano a mano de José Tomás y Morante de la Puebla.

Por no haber, no hubo siquiera el albur del sorteo pues, al ser los toros de distintas ganaderías, cada torero trajo las reses que le plugo en ganas. Vamos, como en los tiempos de Guerrita pero sin los tapujos del “lo ha elegido el ganadero

Dicho esto, también hay que decir que lo que pasó en Boston y sobre todo, lo que ocurrió en California tuvo enjundia torera. Y mucha…

Y en ese sentido, de lo primero que hay que hablar es de la magnífica presentación de la corrida. Nada que ver con el digno pero terciado encierro del pasado año. José Tomás escogió para Huelva tres toros (dos, sobre todo) que echaban mucho bulto. También estuvieron bien presentados los elegidos por el diestro de la Puebla.

Morante lo borda

Venimos diciendo y visto lo visto, tenemos que volver a decirlo que el toro de Cuvillo es un toro muy exigente con los toreros pues pide del diestro máximo conocimiento del oficio y recursos varios para extraer el buen fondo que estos astados suelen atesorar (lo contrario que ocurre con los encierros de ganaderías duras donde al a priori de su dificultad se justifican muchos alivios).

Y es que el toro de Cuvillo plantea casi siempre un diálogo similar al que imagino yo que planteaba a Morante de la Puebla su primer toro del pasado viernes:

-¿Es usted un buen profesional? Pudo decir el toro de Cuvillo al torero (Morante en este caso)

- Si, por supuesto, le contestaría éste

-Pues… ¡Vamos a verlo! Sentenciaría el toro

Pero… no lo vimos. No pudimos verlo pues Morante se inhibió en ese toro que le vino muy largo. Lo que no parecía importa al torero pues en chiqueros quedaban dos más.

 

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El toro de Cuvillo le vino largo a Morante (Foto Arjona).

Largo también (aunque menos) le vino a Morante el de Zalduendo (sexto de la tarde) un toro con mucho, mucho carbón con el que, sin embargo, hizo el esfuerzo que no quiso hacer con el otro.

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Un toro minero (o sea, con mucho carbón). En este el de la Pueblo se justificó. Vaya si se justificó. (Foto Arjona)

El desquite llegó en el cuarto toro y es que, esperar a los toreros artistas, tiene a veces recompensa y la recompensa llegó mediada la corrida en forma de toro artista (aunque, este por cierto, nada empalagoso pese a llevar el hierro de Juan Pedro Domecq).

Morante lo cuajó literalmente, con el capote de salida (las chicuelinas fueron cosa aparte) y le toreó en redondo con la derecha con una justeza, una precisión, un ritmo y un temple verdaderamente excepcionales.

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Torea Chicuelo… Perdón, quise decir Morante. (Foto Arjona)

Sobre el capote de este torero nada hay que decir. Baste señalar que en Huelva vimos al mejor Morante y con eso está todo dicho.

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Morante torea con el capote. Un capote con arrugas, más dúctil, con menos apresto (almidón) que los capotes usados hoy día.

Con la muleta sólo añadiré que toro, torero y engaño formaban un único cuerpo que se movía en el espacio y en el tiempo en total y plena comunión. Pocas veces he visto torear a nadie, con la muleta, así de conjuntado con el toro… Con la muleta en la derecha, pues la faena se diluyó cual azucarillo en agua al coger el torero la mano izquierda lo que hizo Morante quizás un poco tarde.

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Toro, torero y muleta en conjunción astral.

Y es que el toreo de Morante necesita el toro que se venga. Por eso, mientras las faenas de Tomás van normalmente a más incluso cuando el toro se para, las del diestro de la Puebla (como las faenas de otros toreros artistas) son necesariamente (o deberían serlo) más cortas pues acaban cuando acaba la embestida pronta del toro. Tema este a tratar, con más detenimiento, en otro momento.

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No se trata de un efecto óptico ni que el toro se haya parado. Es Morante el que ha parado el tiempo y… el toreo.

Tomás. No hay más allá

Tomás es justo lo contrario de Morante. Si aquel busca acoplar su toreo al toro, este busca imponérselo, marcando al toro el camino (a veces, imposible) que este debe seguir. Y ahí, cuando el toro duda o se niega, es cuando el toreo del torero de Galapagar sube varios quilates.

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La Chicuelinas de José Tomás. Más quietud no es posible…venga como venga el toro.

Por eso, por esa forma de plantear el trazo del muletazo pueden aparecer esporádicamente enganchones o pequeñas pérdidas de ritmo en su toreo de muleta (como pueden aparecer en la muleta de Talavante otro que tal baila y sigue la senda del maestro) pero enganchones que no quitan un ápice de mérito al torero pues éste nunca (y esa es su gran virtud) descompone su figura.

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José Tomás en su primer toro. Un toreo aparentemente imposible que al final resulta posible. Posible sólo en sus manos, por supuesto (Foto Arjona)

Ayer Tomás, en su línea, se encontró con dos buenos toros y firmó dos faenas excelentes (al primer y tercer toros). Faenas sobre las que no cabe discusión pues este torero siempre está por encima de sus toros.

Si hubo (discusión) en la faena al quinto. Un complicado y muy peligroso toro del Pilar que iba con bastantes defectos por el lado derecho. Defectos tapados, en parte, por el buen hacer del diestro de Galapagar pero defectos que no podían ocultarse por el lado izquierdo. Por esa mano, el toro del Pilar tenía peligro, mucho peligro, pues se colaba buscando descaradamente el bulto.

Tomás aguantó las tarascadas y gañafones del burel y se justificó. Nunca nadie podrá decir que a este diestro le falte una pizca de dignidad toreando (a este ni a cualquier otro toro) pues es virtud esta que el madrileño derrocha a manos llenas.

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Tomás en el último. Estuvo mejor que lo que han dicho. Con la izquierda aguantó varias coladas espeluznantes

Apuntemos finalmente, el mérito que encierra torear sólo dos o tres tardes y lo difícil que es, en esas condiciones acoplarse a los toros. El mayor elogio que podemos hacerle es que a Tomás no le nota en la cara del toro, este año, merma ni imprecisión alguna que delate falta de puesta punto. Antes, al contrario. Tomás torea a gusto y con gusto. Disfrutando con su toreo. Y eso se le nota

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Inimitable chicuelina de José Tomás en su último toro (Foto Arjona)

Tercera parte. En la que el autor cuenta como la corrida del sábado en Huelva le recargaba las baterías de su ilusión por la Fiesta de los toros

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Juli y Talavante. Entendimiento total en la plaza.

El sábado (Mano a mano Juli-Talavante) vimos el espectáculo que siempre quisiéramos ver. Aunque somos conscientes, por lógica, que una tarde de tanto calado y emoción sólo podrá producirse una, dos o, a lo sumo, tres veces al año, lo que ya es mucho pedir

Y es que ese día vimos toros y toreros. Compleja, sorprendente y variada corrida de Núñez del Cuvillo (Desigual en comportamiento y presentación) para dos toreros pletóricos de casta, afición y ambición. La clave para que se produzca el toreo verdadero y del encuentro salten chispas.

Añadamos, para perfilar el cuadro, un público atento (curiosamente distinto al de los dos días anteriores) que (como decían en el Diario de Huelva) vino por José Tomás pero volverá a la plaza por Juli y Talavante.

Sorprendentes, sin embargo, los adjetivos que la crítica oficial ha empleado para valorar esta corrida. Adjetivos que no me cuadran con lo que yo pude presenciar en la plaza. Y es que cuando la tarde se sale del guion habitual de todas las tardes, muchos periodistas se quedan descolocados.

Y la verdad es que la actitud del público fue triunfal pero en absoluto triunfalista si por triunfalista entendemos el premiar con exceso la labor de los espadas.

Y la verdad, es que la corrida fue emocionante, pero no divertida si por divertido entendemos lo intrascendente y pueril.

Pero tampoco debemos cargar las tintas en los periodistas cuando fueron los propios toreros los primeros sorprendidos con el primer toro de Cuvillo que abrió plaza y cuyo comportamiento descolocó a todo el mundo.

El Juli. Épica sin alharacas ni adjetivos

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El Juli ante el primero de la tarde, Subastador de nombre. Una faena épica

Y en estas, que apareció Juli, sin importarle millones ni cortijos, pleitos ni zarandajas sino dispuesto a todo. A jugarse la vida con uno de los toros (Subastador de nombre) más complicados que hemos visto este año y en varios años. Con el inri de que por tratarse de ganadería comercial (¿comercial?) aquí no valen los alivios que se admiten e incluso aplauden con toros de otros encastes.

Pocas veces (¿puede que ninguna?) he visto a un torero con tanta firmeza y decisión como vi a Juli en su primer toro en Huelva. Un toro que intentaba probar al torero y que frenaba en seco su embestida para ver si el diestro dudaba en algún momento. Amagando para coger al mínimo descuido. Marcando los derrotes a las femorales. Derrotes que se hubieran convertido en cornada si hubiera habido algún titubeo en algún momento.

Pero Julián no es sólo uno de los toreros de más verdadera técnica del momento (pues aúna el conocimiento de las suertes con el de las reses) sino también uno de los más auténticamente valientes del todo el escalafón.

La actitud del Juli nos metió el miedo en el cuerpo. Después de su faena a ese primer toro del mano a mano de Huelva, ya nada para nosotros será igual en el toreo pues el listón queda colocado muy alto.

Faena por cierto poca cantada pese a su calado y es que los públicos (y los críticos) hoy se decantan por el preciosismo y la elegancia formal (Y no doy nombres pues estos están en la memoria de todos). El fondo, por desgracia, cada vez pesa menos.

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Juli en el tercero. Más poderío no cabe.

Su segundo, tercero de la tarde fue un gran toro, al que Juli exprimió como se exprime un limón. Tanto que el toro se rajó al final y el madrileño se pegó un arrimón con mucha sustancia. Eso sí, después de haber toreado mucho y bien.

El toro tardó en doblar y el Presidente concedió una sorprendente vuelta al ruedo. Premio quizás justificado por el entusiasmo que recorría los tendidos que por el juego real del astado. Pero, repito, un buen toro.

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La sorprendente vuelta al ruedo del tercero.

En su tercer toro (quinto de la tarde) muy bronco y deslucido, Juli se la volvió a jugar de verdad y sin cuentos. Estuvo impresionante.

Talavante. Sorprendente e innovador

Suerte que, por allí andaba Alejandro Talavante, otro valiente que no se amilana por nada. Faena, la de su segundo toro de gran calado, de pulsar muy bien los engaños, de –como decían los revisteros antiguos- correr muy bien la mano. Talavante convenció al respetable y eso que la sensacional faena anterior nos había dejado aplanados.

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El gran toreo de nuestros días, en la espléndida versión de Alejandro Talavante.

En estas, con la corrida embalada, llegó el tercero de la tarde. Juli le había hecho un gran quite muy vistoso y alado al toro cuando Talavante le pidió permiso para intervenir. Lo que haría por gaoneras. Gaoneras a las que el madrileño contra-replicó por lopecinas (o zapopinas). Después, en plena euforia torera, Julián le ofreció banderillas para un lucido tercio donde Talavante puso un buen par al quiebro al hilo de las tablas y el madrileño estuvo solvente y eficaz con dos grandes pares de poder a poder.

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Talavante por gaoneras

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Juli le ofrece un par a Talavante quien acepta el envite.

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Juli un gran par de poder a poder cuadrando en la cara del toro (Foto Arjona)

Gran tercio de quites y gran tercio de banderillas que crearon una atmósfera mágica en la plaza. Atmósfera que se mantendría ya hasta el final de la corrida, jalonada por las dos faenas del Juli que ya hemos comentado y las dos de Talavante en las que este puso se sello personal e innovador. Muy creativo.

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La creatividad de Talavante con el capote.

La tarde de Talavante (como la de Julián) fue plena. Llena de detalles, inspiración y torería. Tarde que culminó en la gran faena al sexto toro al que toreó muy bien aunque sin premio de la Presidencia.

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La creatividad de Talavante en la muleta con el sexto. Este muletazo (una arrucina) se está convirtiendo en distintivo de este torero quien lo ha rescatado del baúl del olvido. (Foto Arjona)

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El más que merecido final

 

Cuarta parte. En la que un ya agotado autor cuanta como vio a un torero (Perera) dándole miedo y a otro (Morente) proporcionarle momentos de placer indefinible.

Los aficionados esteticistas (cada vez son más) aducen a favor de sus toreros un sofisma indemostrable: Sostienen que las faenas de sus diestros preferidos perduran siempre y se graban a fuego en la memoria del aficionado, mientras que la de los toreros valientes o los técnicos se esfuman en el recuerdo en el mismo momento de abandonar la plaza.

Será a ellos pues a nosotros nos ocurre justamente lo contrario. Y si no se me va de la mente lo que hizo Morante en Huelva y en el Puerto, la verdad es que persisten en mi memoria, desde el sábado, los recuerdos de la faena del Juli a su primer toro en Huelva. Y en los fugaces momentos que consigo olvidarla, son las imágenes de los dos quites de Miguel Ángel Perera,  el domingo,en el Puerto, las que ocupan su lugar.

El quite al primero merece contarse. Perera se planta en los medios ante un toro distraído y con ganas de coger en tarde de viento y con el capote a la espalda. Peligrosa puesta en escena que por si sola nos provoca ya cierto temor pues todos sabemos de la quietud que es capaz este diestro. El toro, va y viene y pasa por delante del cuerpo del torero que ofrece sus femorales al astado quien se ciñe mucho por uno de los dos pitones.

En uno de los lances, el toro hace un extraño y la salida prevista por delante se convierte en cambio de la trayectoria del toro que pasa por la espalda. En el lance siguiente, el toro parece ignorar al diestro, pues mira para allá y acullá, moviéndose a dos metros del cuerpo del torero ignorándole olímpicamente. De golpe se arranca sobre el matador que vacía la embestida, aguantando lo indecible. El público que no puede contener la emoción prorrumpe en clamorosa ovación.

Tenía que haber tocado la música. Algo similar sucedió en su segundo toro.

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Quite de Perera en su segundo toro. Firmeza (Foto de González Arjona)

El epílogo corresponde ponerlo a Morante quien en el Puerto se deleitó y nos deleitó a ráfagas. Faena a su primero de las suyas irregular sobando mucho al toro, ora por abajo, ora por arriba, del derecho y del revés, para inopinadamente sorprendernos con algunos muletazos de excelsa factura. Muletazos de los suyos con lo que está todo dicho.

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Morante el domingo en el Puerto se gusta. Así se torea (Foto de González Arjona)

El caso es que a estas alturas estamos ya muy cansados y mañana lunes (escribo el domingo por la noche al regreso) empieza el ciclo de novilladas de las Escuelas Taurinas en Málaga donde se va a recuperar la suerte de varas con puya de tentadero, lo que no hacía desde hace varios años en esas clases prácticas.

El agotamiento nos vence y el sueño nos invade. En la bruma, se destacan fugaces las imágenes increíbles de lo visto estos días:

Cid,

   Morante,

       Talavante,

             Juli y

                  José Tomás torean en nuestros sueños.

Nos dormimos.

 

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José Tomás en Huelva. Tiene mérito torear como está toreando este torero después del cornadón de Aguascalientes.  Muy pocos (por no decir ningún torero) se han recuperado totalmente de una cornada de similar alcance: Nunca esperábamos que volviese a ser el mismo.Sin embargo, lo sigue siendo.

lunes, 30 de julio de 2012

La emoción en el toreo (El secreto de José Tomás)

Por Luis Miguel López-Rojas

Nota de LRI: A raíz de la crónica de Clarito, publicada en este blog, sobre la corrida de Badajoz,  ese gran aficionado que es Luis Miguel López-Rojas matiza y puntualiza sobre un tema candente planteado en esa crónica: La emoción del toreo ¿La pone el toro o el torero? La respuesta (brillante) nos desvela la duda y sentencia el tema. Lo leemos.

 

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La verdad y emoción del toreo. José Tomás entrando a matar por derecho. El gran torero “se atraca” de toro.

 

Al hilo de una crónica

Precisa y preciosa la crónica, con la que nos deleitó “Clarito”, sobre la tarde vivida en Badajoz. Sensibilidad a flor de piel. Ecos de una gran TARDE DE TOROS (con mayúsculas aunque les pese a algunos, sobre todo de los que no tuvieron el privilegio de asistir).

Independientemente de la crónica, hay un punto que me ha llamado poderosamente la atención y que puede levantar algunas controversias. Cito textualmente:

Volviendo a la frase de marras (“Nada tiene importancia si no hay toro”) he de decir que yo, por el contrario, cada vez estoy más convencido que la importancia de la fiesta y la emoción verdadera la pone el torero no el toro

Apuntala dicha afirmación con los ejemplos del toro de la época de Manolete en contraposición con el de la época de Bombita-Machaquito y la emoción provocada en el público.

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La estocada de la tarde. Escultura de Mariano Benlliure que representa la muerte del toro Barbero de Miura tras una gran estocada de Machaquito. Las estocadas del torero de Córdoba salvaron muchas tardes la atonía que imperaba en esos años, a pesar de lidiarse entonces (puente entre la época de Guerrita y la de Joselito y Belmonte) uno de los toros de mayor tamaño y presencia (mejorando lo presente) de toda la historia del toreo

Si a esto le unimos otra cita que aparece en la entrevista publicada la semana pasada, en el semanario taurino 6toros6, podemos tener un coctel un tanto explosivo.

Justo Hernández, ganadero de Garcigrande, expone su teoría sobre el tipo de toro que busca y hace propia la frase del torero mejicano Raúl García

El toreo empieza cuando se para el toro”.

 

Miguel Cuartero 6º novillo (85)

El novillero Miguel Cuartero citando muy de largo a un novillo en Zaragoza el 26 de mayo de 2012 (Foto del blog “Del Campo al Chiquero”).

Alude a que el galope del toro, en muchas ocasiones, por las inercias, enmascara su verdadero fondo (bravura o mansedumbre). Cuando galopa, el torero “se limita” (resalto entrecomillado por la dificultades implícitas) a ver pasar o conducir la embestida. Cuando esas inercias desaparecen (se para), es el torero el encargado de enganchar, “tirar” de él, y extraer todos los matices (si es capaz), mediante el moldeo de su embestida. Será ésta, la que nos muestre (según el ganadero), la verdadera condición del toro.

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El toro se ha parado. El torero Perera, en este caso, acorta las distancias (Fotografía de José L. Díaz publicada en el blog “Banderillas Negras”)

¿Emoción puesta por el torero?…, ¿Esperar que un toro se pare para que sea el torero el que extraiga su fondo de bravura?….

Parece que ambas frases vienen a destruir los cimientos más firmes de la afición “torista” donde es, el toro, el protagonista principal y el que marca la importancia de lo acontecido en el ruedo (“Nada tiene importancia si no hay toro”).

Dos posiciones totalmente contrapuestas y que los defensores de cada una de ellas, no sin “sus razones”, creen irreconciliables. Las llamaremos emoción-toro (toristas) y emoción-torero (toreristas).

 

Conciliando posturas

Tratando de conciliar ambas y de descifrar los argumentos utilizados por las dos posiciones, tengo mi propia teoría en la percepción que unos y otros tienen de la tauromaquia y de la emoción. Para ello recurriré a la ciencia.

Puede que la explicación la tengamos en la estructura del cerebro humano y las partes en las que, según los expertos en la materia, se divide la inteligencia humana -mira por donde sale éste ahora, pensarán muchos-. Bueno, no se adelanten y déjenme que me explique.

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La estructura cerebral. Las distintas capacidades se controlan desde distintas áreas cerebrales.

Dicen que la inteligencia humana se divide en tres partes: Inteligencia reptilínea (la de los instintos: supervivencia, hambre, sed, frío, calor…), inteligencia emocional (emociones: alegría, tristeza, miedo, belleza…) e inteligencia racional (donde impera la razón y que nos distingue de los animales).

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La inteligencia reptilínea es la propia de los reptiles

Son las dos últimas, la que intervienen en la percepción de la emoción del toreo. También, siempre según los expertos en la materia, queda demostrado que la inteligencia emocional ocupa un mayor espacio en nuestro cerebro y nos supone mucho menor esfuerzo su utilización que la inteligencia racional. Concretamente, los antiguos griegos ya se dieron cuento de esto. Y ahora éste mezcla a los griegos con el toreo. ¿Adónde nos quiere llevar? Mal camino llevamos… Tengan paciencia.

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La inteligencia emocional es la que tiene más peso (la que ocupa mayor espacio en el cerebro)

Les pondré el ejemplo utilizado por Aristóteles que nos puede dar algo de luz. Decía algo así como que enfadarse (inteligencia emocional), es muy fácil. Todo el mundo lo puede hacer sin ningún tipo de dificultad. Pero “enfadarse en el momento justo, con la persona adecuada y en la proporción exacta (inteligencia racional), es mucho más difícil. Incluso muchos no lo pueden hacer, ni responder a esa pregunta en un momento de acaloramiento. Ya vamos llegando…

 

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Aristóteles

En la tauromaquia, el TORO, representaría o estaría mucho más cerca de la inteligencia emocional. La emoción que provoca, es mucho más fácil de percibir. La emoción es sinónimo en este caso de un vocablo muy utilizado: TRANSMISIÓN. La transmisión viene muy marcada por el miedo que provoca el toro (por trapío y condición) y sobre todo diría que, por la velocidad de la embestida. Resumiendo la amenaza para la integridad física del que se pone delante. Sensación de que “yo no sería capaz de hacerlo”.

Este tipo de emoción, es independiente del torero que tiene delante (mejor o peor). Si el torero es bueno, además tendremos otras emociones que nos provoca el triunfo, la superación de las adversidades. Pero si el torero es malo, también somos capaces de sentir esa emoción del toro. Por tanto, es como el “enfado” de Aristóteles. Al utilizar de forma preponderante la inteligencia emocional es más fácil y cómoda de percibir para la mayor parte del público. Todo el mundo lo entiende. Todo el mundo es capaz de “enfadarse”.

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La emoción del toro. Impresionante embestida de un toro de Moreno Silva lidiado en la feria de Céret de este año (Fotografía del blog Terres Taurines)

Cuando la emoción del toro decrece (de inicio, por su presencia, o a lo largo de la lidia por la pérdida de velocidad), entra en juego la emoción que es capaz de generar el toreo. Navegamos al otro extremo. Emoción-torero. Aquí entra más en juego la inteligencia racional (el “enfadarse en el momento justo, con la persona adecuada y en la proporción exacta”). Es mucho más difícil de percibir. Su utilización nos supone un mayor esfuerzo. Incluso algunos la niegan (“Nada tiene importancia si no hay toro”).

Sólo está al alcance de los elegidos y depende de dos partes. La principal, el torero. Hay toreros que son capaces de generarla o mostrarla en mayor proporción que el resto (Manolete-José Tomás por poner dos de los máximos exponentes). Y la otra, el público-aficionados que la tienen que percibir.

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La emoción del toreo la pone el torero. En la foto, Perera en Badajoz en un quite por gaoneras.

Al requerir mayor esfuerzo para su conocimiento, entendimiento y percepción, no todos los asistentes son capaces de detectarla. Es más, yo afirmaría que depende sobre todo de si los espectadores se han puesto delante de un toro o no. Justo Hernández además de ganadero es aficionado práctico, lo mismo que le ocurría a Juan Pedro Domecq. A través del toreo intentan descifrar o llegar a la bravura. Por eso creo que es el título del libro “Del toreo a la bravura” de este último. Esto explicaría sus conceptos de bravura que en ocasiones, difieren mucho del concepto de los defensores del torismo extremo. ¿Coincidirá que “Clarito” también es aficionado práctico? Sólo él, quién quiera que sea, si lo tiene a bien, lo desvelará. Lo que podría reforzar o debilitar mi teoría.

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Juan Pedro Domecq toreando en el campo (Fotografía de Cano)

En Badajoz, pudimos tener la justificación a la afirmación de “Clarito” “la emoción verdadera la pone el torero no el toro” en unión con la teoría de Justo Hernández (“cuando se para el toro, surge el toreo), en un hecho. La inmensa serie al natural de José Tomás en el epílogo de la faena realizada al quinto de la tarde.

 

 

Nadie lo esperaba. Con un toro parado, agarrado al piso, sin “excesiva” presencia (importancia del toro que dicen los toristas), donde la inteligencia emocional tiene poco a lo que agarrarse (emoción-toro). No obstante, el toro escondía un tesoro oculto, que el de Galapagar, por su concepto, por su temple, por pasar esa “raya”, por invadir ese terreno, por su magia…, o cómo lo queramos definir, fue capaz de extraer.

Tirar de él para llevar su embestida… al infinito. “Clarito” y Justo Hernández deben conocer la dificultad de la ejecución, que encierra los más grandes secretos de la tauromaquia (inteligencia racional). Para ellos es la ESENCIA del toreo, lo que buscan fundamentalmente, lo que les llena (“emoción verdadera” que dice Clarito”). Sólo al alcance de los más grandes. José Tomás, fue capaz de invertir el orden de la utilización de la inteligencia, para que las emociones fluyeran (llegar a través de la inteligencia racional a la inteligencia emocional). Y la emoción volvió a inundar a toda la plaza (a pesar del desconocimiento de gran parte de los recursos utilizados para la consecución del objetivo).

Nos dijo, miren señores, les muestro el secreto que escondía el toro. El secreto de mi tauromaquia. Para lo entendidos (tauromaquia racional) y descodificado en emociones para los que no lo son (tauromaquia emocional). El secreto de José Tomás. El milagro del toreo.

Puede que mi teoría nada tenga que ver con la realidad, pero con ella, también intento justificar otras afirmaciones:

 

  • “La figura del torero marca la diferencia con el toro medio”. Con el toro bueno (la emoción mayoritariamente la pone el toro), todos están o pueden estar más o menos bien. Con el malo (también la emoción la pone el toro), ninguno, salvo raras excepciones y ocasiones, está bien. Pero con el toro medio (donde la emoción la debe poner en su mayor parte el torero), las grandes figuras marcan la diferencia (Manolete- José Tomás). Aunque algunos renieguen de su importancia por el toro, o les pueda “aburrir”. Cuanto mejor es el aficionado, más matices encuentra. Y si además es aficionado práctico, incluso la percepción y “lo que buscan” cuando asisten a una corrida, es muy diferente al resto de los espectadores. Seguramente intenten saciar sus ansias de conocimiento y descubrir los secretos del toreo.

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Con el toro medio solo las figuras están –habitualmente- bien. José Tomás en Badajoz (Foto de Ismael Rodríguez)

  • Según afirma Pepe Alameda en su libro “Al hilo del toreo(Colección la Tauromaquia Espasa-Calpe, Madrid). Los toreros más populares son los más arriesgados. Estaría justificado puesto que las emociones que generan son mucho más fáciles de percibir por el gran público (preponderancia de la utilización de la inteligencia emocional). Este hecho se repite con frecuencia en la historia. Animadversión del público hacia Guerrita, gran dominador (“no me voy, me echan”) y preferencias por “El Espartero” (de mucho menor entidad taurina que el Califa de Córdoba, pero más arriesgado). Entre Joselito “El Gallo” y Belmonte (lo que generaba gran contrariedad en el de Gelves). Con todas las deficiencias taurinas que condensaba el trianero, ¿qué hacía para encandilar de esa forma a los públicos?, ¿qué justificaba que Joselito, aplicando toda su cátedra, en raras ocasiones conseguía ese efecto?, ¿cuál era el secreto? Quizás la clave hay que buscarlas fuera de la tauromaquia y se encuentren en la propia estructura del cerebro humano: inteligencia emocional/racional. ¿Le podría pasar esto mismo al Juli, en nuestros días?

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El Juli en Badajoz. Fotografía del blog de Domingo Cáceres.  No tiene sentido que un torero que apela a la inteligencia racional encandile antes al público en general que a los aficionados. Lo que viene a corroborar otro aserto de Pepe Alameda y es el de que los públicos no se equivocan y yerran menos en sus apreciaciones que quienes nos tenemos por aficionados.

Para finalizar, no quiero que se malinterprete mi teoría, con la defensa de la ausencia de trapío, o la falta de emoción del toro. Nada más lejos de la realidad. Es más, personalmente si me piden que elija sólo una para que la fiesta perdure, teniendo en cuenta la afición actual, me decantaría por la emoción del toro (mucho más fácil de percibir para el gran público que predomina hoy en día).

1913-04-25 (p. 28 PyP) Madrid Toro Coronela (5 caballos)

La emoción del toro siempre ha sido la más fácil de apreciar. En la imagen, Coronelo de Benjumea (lidiado por Vicente pastor en la corrida de la Prensa del año 13). Mató 5 caballos pegándose al brazuelo derecho de su víctima como se ve en la foto publicada en Palmas y Pitos. 

El propósito de mi exposición es que ambas posiciones no sean excluyentes (“Nada tiene importancia si no hay toro”/ “La emoción verdadera la pone el torero no el toro”). Para ello, es fundamental su identificación (emoción toro/emoción torero), su conocimiento y la justificación científica del grado de dificultad que entraña la percepción de ambas. Tan válida es la una, como la otra. Y si se saben combinar ambas... tenemos delante un buen aficionado.

Aquellos que presumen de grandes aficionados y no reconocen la emoción del torero, puede que todavía no se hayan dado cuenta que les faltan conocimientos taurinos (seguramente a nivel práctico), que les impiden que su inteligencia racional actué y se desarrolle. No cierren la puerta. No se refugien en frases manidas que han convertido en doctrina. En la comodidad del “no pensar”.

Y para aquellos que sólo tienen ojos para los toreros y desentrañar los misterios racionales del torero, sepan que incluso los más grandes toreros de la historia en los que predomina la razón, reduciendo la emoción del toro (Guerrita/Joselito), han tenido serias dificultades para llegar al gran público (la emoción racional llega a muy pocos). Hagamos caso a Aristóteles: “la virtud está en el término medio de las cosas”.

No obstante, llegados a este punto, rectifico lo de mi propósito… si tengo que ser sincero, el verdadero propósito de mi teoría donde mezclo toros, toreros, aficionados, ciencia, psiquiatría, filosofía, griegos… de una forma un tanto desordenada, no es otro que… hablar de toros.

1913-04-28 (p. PyP) Toreros en la Puerta de Hierro

Hablar de toros, siempre ha sido lo más importante. En la foto (publicada en Palmas y Pitos hace 100 años) podemos contemplar una tertulia de toreros a la puerta del Gran Café

 

 

Nota: Selección de fotografías y comentarios a pie de imágenes de Jose Morente.