sábado, 4 de noviembre de 2017

La faena más grande de la historia. Chicuelo con Corchaíto

Por Jose Morente


Chicuelo en la habitación de su hotel preparado para salir a torear en la plaza de Madrid, probablemente el día de la faena a Corchaíto. Al fondo a la derecha, su tío Zocato. "A mí, el público de Madrid todavía no me han visto torear como yo quiero que me vean". Ese mismo día le vieron  (Fotografía publicada en la revista Estampa a finales de mayo de 1928)

Una plaza muda

Hubo un momento en que la plaza de Madrid se quedó en un silencio total y Chicuelo pensó que su faena no le estaba gustando al público. Una verdadera lástima porque el torero estaba disfrutando de verdad con la embestida de Corchaíto un toro muy noble de Graciliano Pérez Tabernero.



Un toro muy curioso pues había salido abanto y algo mansurrón pero a la muleta llegó bravo y noble. Quizás ese punto de mansedumbre -pensaba el torero para su caletre- era el motivo por el que se estaba dejando torear tan bien. Ese abrirse en el engaño y salirse tras los vuelos, es lo que permitía al diestro relajarse en el embroque y olvidarse de la técnica. Torear, sólo torear y por el mero placer de torear.

La lidia de Corchaíto había comenzado muy bien. Era su primer toro y tercero de la corrida del día 24 de mayo de 1928. Chicuelo había dado la alternativa a Barrera y la costumbre, hoy corregida, le imponía torear ese toro y el cuarto. Los dos primeros -el de la alternativa y el de Cagancho- habían sido bravos en los caballos, los dos diestros habían estado muy bien y el público estaba disfrutando de lo lindo cuando salió a la arena ese tercer toro que pasaría a la historia, algo que entonces nadie hubiera imaginado.

Ya en el capote, alternando en quites, Chicuelo había estado sensacional con Corchaíto. Sus cuatro chicuelinas habían puesto la plaza boca arriba. Por eso, cuando el torero de la Alameda cogió los trastos y se fue a los tercios del tendido 2 con la muleta en la izquierda, la plaza estaba a revienta calderas. Y eso que todavía no había llegado lo que iba a llegar.



A Chicuelo siempre le había gustado tantear a los toros con la izquierda. Lo de tantear por naturales se lo habían reprochado algunos aficionados amigos (¡No arriesgues tanto!) pero a Chicuelo le importaba bien poco (¡Con lo que a mí me gusta torear con la izquierda!). Por eso se fue a buscar a Corchaíto con la muleta en la izquierda, con la espada en la derecha y con el corazón en el centro, para ligar cuatro naturales gloriosos, inmensos e indescriptibles que pusieron al rojo vivo la plaza de Madrid.




Mientras daba esos cuatro naturales, Chicuelo recordaba que esa forma de ligar se la había visto, el primero de todos, al pobre José, a Joselito. Con los toros buenos, Joselito les dejaba, en el remate, la muleta muerta en la cara y si el toro volvía por su camino, lo enganchaba sin tocarle, sin brusquedades, tirando de la franela, tendiendo la suerte y engarzando naturales. Uno tras otro. Eso le había visto Chicuelo a Gallito. Engarzar naturales, tantos como le dejaran los toros. Que, esa es la verdad, solían ser pocos los que se lo permitían porque en la época de José, en la Edad de Oro, todavía muy pocos toros respondían a ese toreo en redondo que luego sería la base de la faena de muleta. Belmonte se había metido de lleno en el terreno del toro pero Juan ligaba el natural con el pase de pecho al estilo de la vieja escuela, del toreo antiguo. Joselito fue quien adivinó el futuro.

Y allí estaba Chicuelo, en la plaza de Madrid, frente a Corchaíto. Un Chicuelo que se había casado hacía poco con Dora la Cordobesita, obligado a arrimarse para mantener con decoro a esa familia que estaba empezando a formar, y acordándose de esa manera de ligar los muletazos que tenía Gallito, delante de un toro bravo y noble, muy noble, que le estaba poniendo en bandeja el triunfo y la posibilidad de hacer algo grande, muy grande, en el toreo.



No iba a ser esa la primera faena importante de su carrera. Había habido otras antes en varias plazas de España y México pero no en Madrid. Y en aquellos tiempos, no era lo mismo hacer una gran faena en Madrid que en cualquier otra plaza del mundo.

Como México, país del que también se acordaba Chicuelo mientras citaba a Corchaíto pues el toro mexicano más toreable, más boyante, más noble, de mejor son y mejor embestida, hacía posible ese cante grande que rara vez permitía el toro español. Por eso, porque este tipo de toro escaseaba en España es por lo que Joselito el Gallo, cuando le salía un toro de buen estilo en cualquier plaza, siempre pensaba lo mismo "¡Ojalá me toque uno como este en Madrid un día sin viento!".

Un toro de esos, de los de buen estilo, era Corchaíto y ese toro le había salido a Chicuelo en Madrid. Premio gordo de la lotería para el diestro de la Alameda y premio gordo, sobre todo, para los afortunados espectadores que estaban ese día en la plaza presenciando la faena más grande de la historia del toreo. La más grande no sólo por la indiscutible calidad del excepcional trasteo, pues ya antes hubo -y las habría después- otras faenas excepcionales de otros diestros, sino por su importancia capital en la evolución de la fiesta. La faena a Corchaíto marcó un rumbo y un ejemplo. Un antes y un después. Después de esa faena los públicos ya sólo querrían que se torease así. Pero eso no se entendería hasta muchos años más tarde cuando el paso del tiempo permitiese calibrar cabalmente el alcance de lo sucedido ese día.

Mientras tanto en la plaza Chicuelo, después de esa primera tanda y el remate de pecho había engarzado dos naturales más. Y luego otro más. Borrachera del toreo al natural. La plaza era un verdadero manicomio.



A ese inicio colosal e inmenso, siguieron pases por alto, pases con la derecha y la izquierda, pases de todas las clases, pases de la firma, molinetes, afarolados, de pecho, de costado, de espalda. Toda la gama del toreo del mejor estilo. Una faena preciosa que no preciosista como, con muy mala uva, dijo al día siguiente Gregorio Corrochano, a quien se le había subido a la cabeza la importancia y relevancia que se le daba a su opinión. Un crítico influyente, buen aficionado pues se fijaba en el toro, pero malo por dogmático y teorizante, por no entender el toreo. Hacedor y deshacedor de reputaciones, más preocupado por construir frases impactantes, que por seguir el hilo de la fiesta. 



Un hilo que se le escapó ese día. Lo de Corrochano, su incapacidad para valorar la faena de Chicuelo, la más grande de la historia, causó la indignación de los buenos aficionados madrileños. Tanto enfado provocó que el crítico de ABC tuvo que rectificar astuta y ladinamente a los pocos días. 

Corrochano fue el único que no se enteró de lo que estaba pasando en el ruedo. Los espectadores, mientras tanto y mientras toreaba Chicuelo, habían enloquecido y enmudecido. Fue cuando Chicuelo, ante ese silencio, pensó que algo no iba bien. Pensó que su faena no estaba gustando al público...



La apoteosis

Chicuelo entonces no lo sabía pero la plaza había callado en silencio sepulcral, no por disgusto sino porque la emoción del buen toreo había puesto un nudo en los corazones. Nadie, roncas las gargantas, podía ya gritar un olé. Y entonces ocurrió lo insólito, lo inexplicable. Todos los espectadores silenciosamente agitaban sus pañuelos al viento y pedían la oreja. La plaza entera muda pedía los trofeos antes de entrar a matar el torero. 

En esas, Chicuelo entró a volapié y pinchó, Enseguida, tres naturales más, tres últimos y tremendos naturales de tinieblas, los mejores según muchos de los que lo vieron pues el toro sin fuerzas ya no iba y había que tirar de él. Luego otro pinchazo y media estocada que, esta sí, tiró al toro sin puntilla.



Ahí fue cuando el torero, nuestro torero, levantó la vista y vio el tendido poblado de pañuelos. Ahí fue cuando comprendió que la faena, con la que él tanto había disfrutado, había emocionado tanto a tantos. Emocionado él también y quizás algo sorprendido le comentó al Rerre su alegría porque, pese a los pinchazos, le estaban pidiendo la oreja.

La respuesta fue tajante: "¡No, Manuel, te están pidiendo la segunda! ¡La primera ya te la han dado mientras toreabas! ¡Acabas de cambiar el toreo! ¡Has hecho historia!".

Lo dicho, la faena más grande de la historia. 


Chicuelo tras cortar las dos orejas a Corchaíto dando la vuelta al ruedo en la plaza de Madrid seguido por uno de sus peones (probablemente se trata de Antonio Romero, el padre de Romerito, peón de Curro Romero)
Nota de LRI de agradecimiento. Los comentarios y pensamientos de Chicuelo sobre su faena al toro Corchaíto nos llegan a través de su hijo Rafael (quien evocó en el Ateneo de Sevilla el pasado viernes 27 lo que su padre le contó un día en su casa de la Alameda sobre esa inolvidable jornada) y de su nieto Manolo.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por acercarnos una faena histórica. Que bonito es el toreo

Un saludo desde Segovia!
Ricardo